14 de abril: un día feliz para la historia

Por Arturo del Villar. LQSomos.

El martes 14 de abril de 1931 comenzó una etapa feliz en la historia de España. Era la consecuencia de unas aparentemente vulgares elecciones municipales, celebradas el domingo día 12. Todos los partidos políticos, excepto los dinásticos, sabían que superaban el ámbito municipal, porque los sufridos vasallos de Alfonso XIII estaban hastiados de soportar su comportamiento chulesco: lucía a sus amantes oficiales y presumía de sus hijos adulterinos, había amasado una fortuna con sus negocios fraudulentos, utilizaba al Estado en su beneficio propio, no se interesaba más que por los automóviles de alta gama y por los caballos de carreras, ignoraba al pueblo, enviaba a los soldados de reemplazo a morir en una guerra colonial imposible en Marruecos, y ordenaba a sus matones policiales reprimir violentamente los conatos de oposición.

Eran recientes sus últimas hazañas criminales, que indignaban al pueblo: los fusilamientos de los militares patriotas sublevados en Jaca contra sus desmanes regios, y el encarcelamiento de seis políticos opositores firmantes del pacto de San Sebastián, puestos en libertad por el consejo de guerra que los juzgó. Desde 1923 gobernaban militares dictadores, primero el general Miguel Primo, después el general Dámaso Berenguer, y entonces el almirante Juan Bautista Aznar, sometidos a sus regios caprichos.

El descontento popular era tan enorme que obligó a unirse a los diversos partidos republicanos, habitualmente enfrentados, y desde esa fuerza pactar con el Partido Socialista Obrero, que por herencia de su fundador, Pablo Iglesias Posse, era republicano, marxista y laicista. La conjunción republicano-socialista fue la vencedora. En Madrid el candidato más votado fue Niceto Alcalá Zamora, presidente de la Derecha Liberal Republicana, designado presidente del Gobierno provisional de la República por los compromisarios de San Sebastián, que obtuvo 12.275 votos.

Una jornada pacífica

Aquel día que iba a ser histórico hubo pocos incidentes, pero los monárquicos se fueron encorajinando con el transcurso de las horas, a medida que se rumoreaba el triunfo republicano. Al mediodía se produjo un altercado en la Puerta del Sol de Madrid, cuando manifestantes republicanos fueron agredidos por belicosos monárquicos. El ministro de la Guerra, el general Dámaso Berenguer, el fracasado anterior jefe del Gobierno, ordenó que salieran de sus cuarteles los escuadrones de Pavía y Princesa, para patrullar a caballo por Madrid y reprimir las manifestaciones.

Se puso como disculpa que iban a relevar a las fuerzas policiacas y a los guardias civiles de servicio, que se hallaban cansados después de haber estado haciendo labores de vigilancia. La realidad era que el despreciado régimen monárquico tambaleante se sostenía solamente con las armas de los militares, desde el 13 de setiembre de 1923, cuando el rey acosado por su nefasta intervención en la guerra de Marruecos propició el golpe de Estado del general Primo. En síntesis la jornada resultó pacífica, con incidentes aislados de poca importancia.

El Gobierno estaba inquieto desde que empezaron a conocerse los primeros resultados llegados de las provincias, en los que se confirmaba el triunfo de la conjunción republicano-socialista. A las nueve de la noche el ministro de Estado, el incombustible conde de Romanones, recibía a los medios de comunicación, después de haber parlamentado con varios compañeros del Gobierno. No les ocultó su preocupación, muy lógica al comprobar que la candidatura monárquica había sido derrotada incluso en su circunscripción de Guadalajara, en donde siempre actuaba como un gran cacique indiscutible. Al no publicarse diarios los lunes, debemos recurrir a las ediciones del martes 14 para conocer las noticias dominicales, y en la página 37 del diario archimonárquico y protofascista ABC leemos el comentario del conde supuestamente liberal:

–Nada, señores –les dijo–. El resultado de la elección no puede ser más desfavorable para nosotros, los monárquicos. Ésta es la realidad, y hay que decirla, porque sería inútil y contraproducente escamotearla o tergiversarla. Hay, ahora mismo, treinta y cinco capitales de provincia perdidas para los monárquicos.

La realidad era que lo habían perdido todo, porque los vasallos del rey ya no soportaban su chulería. Las elecciones municipales se habían convertido en un referéndum popular sobre la monarquía, hundida en el mayor desprestigio a causa de las actividades regias, todas contrarias a lo que debiera ser una monarquía decente. El grito que se escuchaba en todas partes era “¡Fuera borbones!”, y efectivamente los republicanos se disponían a ponerlo en práctica, para cumplir la voluntad popular. El monarca se considerable intocable por derecho divino, sin tener que someterse a ninguna opinión, puesto que no existía ninguna por encima de la suya.

Veredicto de cumpabilidad real

Esa misma noche se reunieron los compromisarios de la conjunción republicano-socialista en la Casa del Pueblo, en Madrid, para analizar cómo se había desarrollado ese día que apuntaba a ser histórico. Al finalizar entregaron a los periodistas una nota informativa, en la que anunciaban:

La votación de las capitales españolas y principales núcleos urbanos ha tenido el valor del plebiscito desfavorable a la Monarquía, favorable a la República, y ha alcanzado a su vez las dimensiones de un veredicto de culpabilidad contra el titular Supremo del Poder. […]
El día 12 de abril ha quedado legalmente registrada la voz de la España viva; y, si ya es notorio lo que ansía, no es menos evidente lo que rechaza; pero si, por desventura para nuestra España, a la noble grandeza civil con que ella ha procedido, no respondiesen adecuadamente quienes con violencia desempeñen o sirvan funciones de Gobierno, nosotros declinamos ante el país y la opinión internacional la responsabilidad de cuanto inevitablemente habrá de acontecer, ya que, en nombre de esa España, mayoritaria, anhelante y juvenil que circunstancialmente representamos, declaramos públicamente que hemos de actuar con energía y presteza, a fin de dar inmediata efectividad a sus afines implantando la República.
Niceto Alcalá Zamora, Fernando de los Ríos, Santiago Casares Quiroga,
Miguel Maura,Álvaro de Albornoz, Francisco Largo Caballero y Alejandro Lerroux.

El grito de “¡Fuera borbones!” repetido en todas las calles españoles en aquellas solemnes horas, resonaba como un eco del “¡Viva España con honra! ¡Abajo los borbones!” con el que se proclamó la Gloriosa Revolución el 18 de setiembre de 1868. El pueblo español mostraba por segunda vez su inequívoco rechazo a la dinastía borbónica, que solamente había aportado a la nación calamidades, guerras civiles, corrupción y vergüenza.

Al fin la libertad

La suerte estaba echada, y así lo entendía mayoritariamente el Gobierno, a la vista de los resultados electorales. A las doce de la noche del 12 de abril se reunió el Consejo de Ministros, presidido por el almirante Aznar. Estaban ausentes dos de sus titulares, el de la Guerra, el general Berenguer, porque se quedó en su despacho oficial, redactando instrucciones a los capitanes generales y al alto comisario en Marruecos, para remitírselas por telégrafo urgente, “recomendando a todos absoluta confianza en el mando, manteniendo a toda costa la disciplina y prestando la colaboración que se le pida en orden público”, y el de Marina, el almirante Rivera, que transmitía instrucciones parecidas a sus subordinados. La intención era preservar el orden público a toda costa, sin comprometerse por el momento, pero vigilando atentamente la evolución de los acontecimientos. Los ministros eran conscientes de su enorme responsabilidad, al constatar que la voluntad popular era contraria a la dinastía borbónica, a la que ellos debían servir por su juramento de fidelidad.

Resultaba muy significativo que se hubiera invitado a la reunión del Consejo al general Sanjurjo, jefe de la Guardia Civil, el estamento más odiado por el pueblo, al estar siempre al servicio de los terratenientes y caciques. Los ministros querían saber cuál sería la actitud del cuerpo represivo en el caso, muy previsible, del triunfo republicano, pero el general guardó un elocuente silencio, con la cabeza inclinada sobre el pecho, una actitud interpretada como de acatamiento de la voluntad popular, fuera la que fuese.

Poco podía discutirse ante la contundencia de los resultados electorales. La mayoría de los ministros opinaba que había llegado la hora de un cambio histórico, excepto el de Fomento, el belicoso Juan de la Cierva, que propuso declarar el estado de guerra y sacar a Ejército a la calle, en prevención de que el pueblo lo hiciera también y proclamase la República.

Sus compañeros no atendieron esas provocadoras recomendaciones, y la reunión se levantó a la una de la madrugada del lunes 13 de abril, sin otro acuerdo que el de informar de lo tratado al rey a la mañana siguiente, y proponerle que abdicase en cumplimiento de la voluntad popular. Así lo hizo el almirante Aznar, sin éxito, porque el monarca no aceptaba abandonar sus privilegios, y era partidario de movilizar al Ejército para que lo protegiese con la fuerza de sus armas.

Ya no era posible la resistencia. El grito de “¡Fuera borbones!” resonaba en toda la geografía, como anuncio de que el pueblo rompía las cadenas monárquicas y alcanzaba la libertad. Solamente faltaban unas horas para que el rey huyera de Madrid en automóvil, con un reducido séquito de servilones, poniendo así fin a 231 años de tiranía borbónica ejercida dictatorialmente contra el sentir del pueblo, y diera lugar a la proclamación de la ansiada República Española.

– Descargar la edición de “El Pueblo”, diario republicano de Valencia, 14 de abril de 1931. PDF

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