15-M, Syriza, Movimiento 5 Estrellas:¿revueltos podemos?

Al tiempo que la recesión se generaliza en toda la Unión Europea y aumentan los índices de paro y exclusión social, nuevos movimientos de resistencia civil, ahora de corte electoral, como el italiano 5 Estrellas, se añaden a la protesta de los indignados mostrando un mapa de rebeldía a nivel continental que podría potenciar la lucha contra el sistema más allá de un sólo país, si no se dejan atrapar en las redes de eso que “llaman democracia y no lo es”. El debate clave es saber si juntos y revueltos podemos o, por el contrario, la carrera institucional, es la alfombra roja para una nueva frustración. Como ocurre con la coalición de gobierno entre IU y el PSA-PSOE de los EREs al sur de Despeñaperros.
 
Como en la sátira de George Orwell “Rebelión en la Granja”, las poblaciones de los países del sur de Europa, los famosos PIGS, según el despectivo acrónimo adosado por los poderosos, se están sublevando en toda regla para disgusto de sus amos. Con una diferencia respecto a la famosa novela, mientras en la fábula la especie animal servía para denunciar la dictadura del desaparecido régimen soviético, en la situación actual remite a un proceso de liberación iniciado por la parte más concienciada de la sociedad contra la brutalización de los mercados. Y es que el viejo comunismo y el vigente capitalismo, como variantes que son del totalitarismo de Estado, se rigen por el mismo mandamiento: “Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo”.
 
Han bastado solo cinco años, desde que estalló la crisis en 2008, para que los ciudadanos de buena parte de la naciones desarrolladas, esa zona del mundo cuyos atributos más visibles son un formato político de democracia representativa y un modelo económico de consumismo avanzado, hayan comprobado, como en otro célebre cuento, que “el Rey está desnudo”. El mecanismo de delegación personal que en realidad encubría la suplantación del representado por el representante y la golosina de una prosperidad material que permitía la servidumbre voluntaria, están saltando por los aires vacíos de contenido. Todo ese mundo está radicalmente cuestionado, sin que los mandamases de la inmensa ratonera en que ha devenido el sistema sepan como impedir su hundimiento.
 
Como casi siempre suele ocurrir en las coyunturas decisivas que en el mundo han sido,fue primero la inteligencia de la gente sencilla, el pueblo llano liberándose de la camisa de fuerza que le había convertido en resignada masa, quien dio la voz de alarma y encabezó las luchas contra las estructuras de opresión establecidas desde gobiernos varios. Un sutil aleteo de mariposa que poco a poco se ha ido convirtiendo en un vendaval, y que en este instante avanza resuelto hacia posiciones de colisión con las los poderes fácticos. El movimiento continuo de los indignados, el 15-M, el 25-S, las mareas de todos los colores y cuantos frentes sociales se han autoconvocado para hacer de la sociedad civil la medida de todas las cosas, evidencian la propuesta de una revolución desde abajo de características casi únicas en el historia.
 
Junto a ella, otro importante proceso, que hunde sus raíces en lo que de escasamente democrático sobrevive en las sociedades del neoliberalismo capitalista de Estado, está ayudando a socavar el sistema desde dentro. Minándolo, potenciando sus contradicciones, relevando su impostura representativa y afirmando la capacidad soberana de las personas para decidir sobre su futuro en plenitud. A esa oleada igualmente subversiva en sus objetivos corresponden experiencias electorales como la de Syriza en Grecia y el Movimiento 5 Estrellas en Italia. Dos iniciativas distintas y distantes, a través de las cuales muchos ciudadanos, confiados aún en la catarsis de la reforma o simplemente impacientes por explorar atajos para la ansiada transformación, esperan alumbrar un mundo mejor.
 
Aunque antagónicos en su estructura y procedimientos, uno horizontal y antiautoritario y otro de elitismo humanizado y de representación regulada, los dos proyectos buscan hacer diana en las entrañas de un sistema que amenaza incluso al planeta donde habitamos. La desoladora realidad de huella ecológica, fruto venenoso de un modelo económico que se basa en la destrucción mercantil de la naturaleza, y la siniestra constatación de la miseria existencial de millones de personas en un mar de posibilidades tecnológicas, es la razón que inspira todas las sublevaciones populares. La crisis desatada por el golpe de los mercados financieros solo ha sido la gota que vino a colmar un hastío que hace tiempo estaba desbordándose con la genocida política Norte-Sur y el flagelo del Patriarcado sometiendo a media la humanidad.
 
La pregunta pertinente ahora es ¿resultarán suficientes estos movimientos, endógeno y electoralista uno y exógeno y extraparlamentario el otro, para generar el deseado cambio? ¿Podrán acoplarse en sus objetivos para consolidar la ofensiva contra el Capital y el Estado butrón? Son cuestiones que solo el tiempo puede responder. Pero hasta que llegue ese veredicto inapelable, e incluso para influir en él desde la óptica de los intereses comunes, si cabe hacer algunas consideraciones. Parece evidente que la vía electoral elegida por el Movimiento 5 Estrellas y la coalición de izquierda radical Syriza, por descreída que sea respecto al sistema dominante y por mucho que esté sustentada desde la base por los sectores sociales más renovadores, es candidata a la integración en el régimen. La función crea el órgano y la técnica de la competitividad parlamentaria para aunar mayorías, sustentada en pactos y concesiones entre disidentes, es mala consejera. Por eso las hemerotecas están llenas de espléndidas derrotas nacidas de una victoria electoral. Es como aquello que dijo el genial artista vasco Jorge Oteiza cuando, ya en su vejez, aceptó una distinción oficial: “Toda una vida de magníficos fracasos para al final cagarla con un premio de mierda”. Caronte acecha.
 
Pero no menos claro es que la irrupción de los indignados en las calles y plazas, su permanente vigilia en defensa de libertades y derechos en peligro, su ejemplar agitación, la creatividad desplegada en sus acciones, el espíritu solidario que las anima, y todo el proceso de construcción de una sociedad civil autogestionada democráticamente entre libres e iguales, que no hace sino ganar apoyos entre la ciudadanía, carece de la fuerza expansiva necesaria para provocar la implosión del sistema. Aparte del riesgo de que una mejora de la crisis (temporal, como siempre) debilite la cohesión de la protesta y ofrezca la oportunidad a las fuerzas de la reacción para desactivarla. También aquí hay precedentes.
 
De todo ello se deduce que habrá que hacer de la necesidad virtud, sin renunciar al objetivo que está en el origen de la constitución de ambos proyectos emancipadores. El asalto electoral necesita vacunarse contra el conformismo, la rutina y la corrupción. Y para ello tendrá que dotarse de principios éticos y democráticos inalienables, sometiéndose siempre al veredicto de la calle. Actitudes que potencien el sustrato de auténtica representación popular que, más allá del marco legal posible, se distinga de los restantes en su insobornable radicalidad anticapitalista. Con parecido espíritu, las mareas ciudadanas y el asedio de los indignados deben dotarse de mecanismos que conlleven en la práctica creación de derecho, para posibilitar la evolución de la protesta hacia áreas de ruptura democrática y apertura de un proceso constituyente de nueva planta, igualmente democrático y económicamente sostenible.
 
Y para finalizar, decir alto y claro que la variante que en España está ensayando Izquierda Unida (IU), aliándose con el peor y más corrupto PSOE de la historia en la Andalucía de los EREs, mal que les pese a algunos colectivos bien intencionados de esa formación, es lo contrario de lo que demanda la situación de emergencia humanitaria a la que nos conducido el golpe de los mercados y los gobiernos cipayos que les apoyan. En esa experiencia, carente de la mínima ética democrática y burdamente cortoplacista, lo que se consigue es todo lo contrario: socorrer a los verdugos por un plato de lentejas y refundar la explotación con odres nuevos. Porque al compartir el gobierno precisamente con los malhechores que están en el origen de la debacle criminal, utilizando los argumentos y señas de identidad de la indignación, no sólo se comete una traición sino que además se contaminan las fuentes de la protesta contribuyendo a su neutralización. Arrieros somos
 
 

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