Mikel Itulain*. LQSomos. Julio 2017

Le dediqué hace unas fechas varios capítulos a un suceso no nuevo en la historia de España, pero que ha marcado profundamente el devenir de esta durante el siglo XX y hasta el tiempo presente. Me refiero a la guerra de África, un fenómeno ya viejo porque las incursiones e invasiones y el establecimiento de colonias era una constante en el pasado de esta nación. Decía entonces que La guerra colonial que desató España contra Marruecos tras la pérdida de Cuba y otras colonias, como Puerto Rico, Guam y Filipinas, a finales del siglo XIX, tenía como objetivos, entre otros, mantener el carácter imperial de un país que perdía poder a nivel internacional y, a su vez, también continuar con el estado de privilegio y corrupción de unas clases militares y económicas que se enriquecían con la guerra. Las potencias europeas se repartían África y España entró en la puja, permitiéndole intentar hacerse con el control de la zona norte marroquí, una zona montañosa donde estaban Ceuta y Melilla; el sur quedaría en manos de Francia. Esta campaña de invasión comenzaría en 1909.

Ramón J. Sender, uno de los grandes novelistas españoles de todos los tiempos y también de la literatura mundial, narró esta contienda a la que no iban los hijos de los más pudientes, que pagando cierta cantidad -entre dos mil y seis mil reales- podían librarse total o parcialmente de ella, escribiendo una obra maestra relatando tales hechos y mostrando el verdadero horror de lo que sucedía y se ocultaba.

De lo que no eran tan conscientes los españoles era de que ese mismo horror les iba a llegar a ellos con toda su crudeza. Cuando los militares destinados en aquel continente, los africanistas, aplicaron los mismos métodos de terror que allí ejercían sobre sus paisanos.

Es cierto que hubo protestas ante la movilización de reservistas que eran obligados a ir a combatir a tierras extranjeras, especialmente en Cataluña, desencadenando la Semana Trágica y reprimidos con dureza, pero también es cierto que las denuncias sobre el maltrato y crímenes contra los habitantes de África fueron menores, muy menores; incluyendo a la izquierda española. Luego, eso que no denunciaron sobre lo que se hacía sobre otros no considerados de importancia, caería como una tormenta sobre ellos mismos. Si es que, cuando uno es ajeno al sufrimiento del prójimo, no puede pedir que los demás sean condescendientes con el propio.
Ese año de 1909 en que se originan los conflictos bélicos, significa el punto de arranque de la carrera de los militares africanistas. Una empresa para supuestamente restaurar la “grandeza” de España, confundida esta con la “grandeza” particular.

Respecto a la presencia de cuadros de “moros” en la sublevación de 1936, cabe recordar que con el fin de que las cabilas (tribus locales) no se uniesen a la revuelta contra la invasión española, estas eran subvencionadas, agasajando y sobornando a los caídes (notables locales). Estos movían a gente del lugar para constituir grupos armados, denominados harkas, que combatían a quienes defendían la independencia de su país de los europeos. Luego estos mercenarios, los legionarios y el resto de africanistas, creados y mantenidos con el dinero de todos los españoles, harían una matanza tras otra en la península.

Otro problema añadido y endémico en España venía del carácter de casta, casi aristocrática, de una clase militar, que se sucedía en linaje familiar. Este mundo cerrado, privilegiado y poderoso, hacía que viesen a la población en su conjunto con desprecio y superioridad. Conociendo a los miembros de las clases populares con la denominación despectiva de “catetos”. Tal circunstancia no sería un asunto menor en el modo tan cruel y despiadado con que actuaron los insurrectos tras el 17 y 18 de julio, prolongando una guerra civil a propósito para infligir un mayor castigo, que continuaron durante muchos años después tras el fin de los combates y la derrota del Gobierno legítimo.

Una de las características de los soldados que sirvieron a la insurrección de 1936 era su obediencia ciega, conseguida mediante la anulación de la personalidad por medio de métodos brutales basados en la disciplina, el castigo sin piedad y el esfuerzo físico extremo. Entre los africanistas el sometimiento y veneración a un líder era la regla, de ahí que sus jefes fuesen denominados como caudillos. Tras la victoria, después de la cruel guerra civil, nombraron a uno de los suyos como caudillo, no solo para comandar a la tropa, sino que lo extendieron para dirigir al conjunto de la sociedad.

Progresivamente, el poder político se fue concentrando en manos de una sola persona, el general Franco, quien al fin tuvo ocasión de ejercitar su concepto colonial del mando sobre todos los españoles. (1)

Pocas veces se tiene en consideración que sistemas brutales como los fascistas italiano y alemán, o clerofascistas como el de España, son en realidad extrapolaciones y aplicaciones de los regímenes coloniales que estos estados llevaban a cabo en otras naciones, pero ahora llevado a cabo en sus propios países. Y no se tiene mucho en cuenta porque nos haría pensar que lo que era malo para otros también debía serlo para nosotros, aunque esto, mezquinamente hablando, no sea del todo cierto mientras nosotros no fuésemos los afectados. Pero lo fuimos, por esos azares de la justicia, la injusticia y la revancha que suceden de vez en cuando en la aparente pero no real inescrutabilidad de la vida. Tampoco era tan extraño que todo esto sucediese, aunque algunos tercamente no quisiesen verlo. Ocurre cuanto tanto poder y medios pones o dejas poner en aquellos que son los más crueles, despiadados y carentes de cualquiera de los escrúpulos. Al final sucedió lo que podía haber sucedido, no lo que tenía que suceder.
Si muchos de los españoles miraron hacia otro lado mientras otros seres humanos eran violentados, robados, violados, humillados y asesinados, como finalmente les ocurrió a ellos, ¿qué ayuda y con qué legitimidad podían pedirla ante los desmanes que ahora sufrían?

Referencias-Notas:
1.- Gustau Nerín. La guerra que vino de África. Crítica. 2005. p. 51.
*.- ¿Es posible la paz?
@MikelItulain

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