Antonio Pérez*. LQSomos. Septiembre 2017

Dos motivos en los que el orden no altera el producto me llevan a colgar este poste: 1) Ante la actual revolución catalana, el Partido Socialista dice y hace exactamente lo mismo que PP y C’s, sus otros dos socios de la Triple Alianza. 2) En el Congreso, el Partido Socialista ha boicoteado otras iniciativas más justicieras presentando una PNL (Proposición No de Ley) sobre los represaliados por el franquismo que es una burla sangrienta contra esas personas y colectivos a las que dice defender. El diputado catalán Joan Tardá lo ha denunciado con su habitual contundencia –y por ello le felicito y le doy mis más sinceras gracias–.
Volviendo a Catalunya, he maquinado que conviene hacer un poco de Historia, aunque sólo sea para añadir una pieza más al colosal corpus que demuestra que la socialdemocracia lleva la traición en su ADN. Así comprobaremos que, efectivamente, la Historia se repite…

La gran señora libertaria, el año antes de la Huelga General

En 1902 reina Alfonso XIII. Los trabajadores se encrespan y el Partido Socialista se opone decididamente a la huelga general del proletariado de Barcelona. Más aún, al enterarse de que las Trade Unions inglesas han votado una cantidad para ayudar a los huelguistas, Pablo Iglesias se apresura a hacer el triste papel de esquirol e intenta disuadir a las Trade Unions de su propósito. Quizá por ello, en ese mismo año, un joven Pío Baroja –luego envejecería en más de un sentido- escribió el siguiente artículo de 1690 palabras del que, obviamente, no suscribo todos sus párrafos:

Traición en letras grandes: BURGUESÍA SOCIALISTA.
Pío Baroja (1902)

TENGO un amigo que es industrial: se empeñó en serlo por la influencia de esas ideas semiyanquis que ahora corren en España, y gastó los cuartos que le dejaron sus padres en una industria. Había estudiado maquinarias, procedimientos modernos de trabajo, y se decidió a poner su fábrica.
— No seas majadero —le decíamos los amigos- ; no te metas en esas historias. Compra papel del Estado, busca un destino, y entre la renta y el sueldo podrás pasarlo tranquilamente e ir a la última del Apolo, que es el ideal de casi todo madrileño.
Se empeñó en que había de ser anglosajón, sin comprender que era manchego y que vivía entre manchegos, y hoy, después de dos años de trabajos y sinsabores, está el hombre en vísperas de la ruina.

Para instalar su industria, el amigo tuvo que echar el bofe. Primeramente había que luchar con el Ayuntamiento y con las Ordenanzas municipales, que son una especie de muralla de la China, para defender Madrid de todo intento de industria.

Hizo sus planos y fue a la Alcaldía.
— Esto debe estar firmado por un arquitecto – le dijeron—, y tiene que tener estas, y las otras y las demás condiciones.
— Pero si mi procedimiento es distinto, ¿cómo va a exigírsele las mismas condiciones que a las demás fábricas? —dijo el amigo—. Las condiciones son otras. Si yo, en vez de caballos, empleo un motor eléctrico, ¿para qué necesito cuadra en mi casa?
— Las Ordenanzas así lo exigen.
El hombre inventó en el plano de su fábrica una cuadra, inventó otras cosas que no había y fue a ver a un arquitecto, que le firmó los planos. Presentó su expediente y preguntó:
— ¿Lo resolverán pronto?
— De aquí lo pasaremos a la secretaría —contestó el empleado— , de la secretaría a la Alcaldía-presidencia; el alcalde presidente lo envía al arquitecto municipal; el arquitecto municipal al teniente alcalde; el teniente alcalde preguntará a los vecinos sí la industria les perjudica y pondrá un edicto; si hay una duda se consultará con el arquitecto municipal; el arquitecto enviará los planos al alcalde presidente, éste a la Sección de Obras; después esperará a que se publique en la Gaceta y se le dará a usted la licencia. Tardará un mes.
Efectivamente, tardó cinco. El proyecto tenía que dar más vueltas que una peonza.
— Active usted eso -le decían—. En cada Negociado, el expediente se estancaba una semana o dos.
El hombre se armó de paciencia, y al último, viendo que no se resolvía su expediente, siguió el consejo de alguien y empezó a trabajar.
De vez en cuando aparecía un municipal a preguntar muy amablemente si tenía licencia. El amigo le daba una propinilla, y a los cinco o seis días aparecía otro.

Con los obreros de la obra, mi amigo se desesperó lo indecible; trabajaban maquinalmente, sin hacer caso de lo que se les indicaba; si el patrón no miraba, hacían una de chapuzas indecentes.
Trató el amigo de ajustar el precio del trabajo con albañiles, carpinteros y herreros, de antemano; no fue posible. Una cosa que se podía hacer en diez días, lo hacían en treinta; y además, el albañil le robaba, y le robaba el carpintero, el herrero, el pintor, todos.
Terminó, al fin, el amigo sus obras, que le costaron el doble de lo que había calculado; le dieron la licencia para la fabricación; llevó obreros y se encontró con otro obstáculo que no esperaba: la Sociedad de resistencia. Él creyó que era libre para contratar los obreros que le parecieran; nada de eso.

Una pobre mujer le suplicó que diera trabajo a su hijo y el amigo le empleó en su fábrica, e inmediatamente los operarios le salieron al paso y le dijeron:
— Si toma usted ese trabajador no asociado, nos vamos ahora mismo todos.
Él, desesperado, les dijo: — Váyanse ustedes, no cedo; que se hunda la fábrica.
Viendo que mi amigo estaba decidido, se callaron; pero al muchacho hijo de la viuda le dijeron:
— O entras en la Sociedad, o no trabajas en el taller.
El muchacho entró en la Sociedad, y hoy es un enemigo más de su patrón.
Mi amigo está desesperado; ha perdido su dinero, ha perdido sus relaciones, que encontraron muy ordinario que se hiciera industrial, y probablemente debe abominar de los anglosajones y creer algo así como un sueño que se puede ir por las noches a ver la cuarta de Apolo.

El domingo pasado decía Pablo Iglesias que el patrón quiere pactar con los individuos y no con las colectividades. ¡Claro! ¿Cómo va a pactar con éstas? Tanto valdría entregarse de pies y manos, declararse esclavo de ellas. Para eso vale más dejar de ser patrón.
Están las Sociedades obreras engendrando una burguesía nueva, llena de privilegios, como la antigua. Y lo molesto, lo que tiene un carácter injusto, es que esa nueva burguesía, cada año más poderosa, a quien revienta es al pequeño industrial, que muchas veces no tiene ni un céntimo, y que lo único que posee es audacia o inteligencia. Al industrial grande, al que cuenta con dinero para resistir la racha, no le hacen daño ninguno, y al capitalista menos; al que corta sus cupones todos los trimestres o cobra los alquileres de sus casas, le importa un pepino que los obreros se asocien o no.
La burguesía actual, que adivina en los obreros asociados otra burguesía, otra clase, con el tiempo privilegiada, le abre ya sus brazos, y así los periódicos de gran circulación adulan constantemente a los socialistas.

Y es natural; al banquero, a la marquesa, al negociante rico, ¿qué le importa la huelga del carpintero, del panadero o del tipógrafo? Absolutamente nada; el campo de acción del socialista es la ciudad; mientras el bracero de los olivares o de las viñas no se desmande, y tardará mucho en hacerlo, mientras la huelga no tome bastante incremento para hacer bajar el papel, el capitalista puede estar tranquilo.
En cambio, el pequeño industrial cada día ha de estar peor con el incremento que toma el socialismo; dentro de diez años no podrá vivir.
Había una defensa para él: unirse como hacen los obreros, y entonces nacerían trusts y cooperativas; pero el industrial español es individualista por temperamento. Sabe, y lo ha visto por experiencia, que no se puede fiar de sus colegas, porque el que no es un tonto es un pillo, y conoce, además, su incapacidad para la administración.

El final de esto, dada la inminente desaparición de las pequeñas industrias; dada, además, la incapacidad nuestra para la administración, será la entrada de Sociedades extranjeras, que, así como hoy explotan trenes, tranvías y minas, mañana explotarán en grande desde la fabricación del aceite hasta la de los zapatos.
He sido un curioso del socialismo. No he estudiado gran cosa de sus doctrinas, porque su parte científica me ha sido repulsiva; además, las ideas me parecen menos interesantes que las cosas y que los hombres; pero si no su parte dogmática, he observado los que siguen esas doctrinas.
De los socialistas, los unos, los intelectuales, en casi todos los países, son, en su mayoría, una colección de profesores pedantes, parientes en grado muy próximo de nuestros genios de la Universidad de Oviedo, genios soporíferos, que escriben libros muy grandes y artículos muy pesados, para decir de un modo vulgar y pedestre lo que otros han dicho bien y con gracia.

Los otros socialistas, los obreros, son, como digo, los burgueses del porvenir; forman una burguesía en germen, que viene llena de malos instintos, con toda la petulancia y la inmoralidad de la actual, con el mismo entusiasmo por discursear, con las mismas prácticas viejas del sistema parlamentario.
Llamarse compañero o su señoría, es lo mismo; en compañero hay como una falsa humildad, y en su señoría como una falsa nobleza; pero es igual.
Otra belleza tiene el socialista. Se ha convencido de que el honor caballeresco, y la Patria y la bandera son farsas; ha perdido estas tradicionales nociones; pero, ¿qué ha tomado a cambio de éstas? Nada, absolutamente nada; así que el socialista actual, no hablo del obrero ilustrado, sino del socialista vulgar, está en camino de ser, si no un granuja, un perfecto egoísta.

Este egoísmo del socialista se observa en sus mítines; así como en las reuniones anarquistas se oye hablar de los mendigos, de los niños, de las prostitutas, con un sentimentalismo delirante, en los socialistas no se oye hablar más que de obreros y patronos. Todo lo demás es letra muerta; y es que esta burguesía que nace hereda todos los instintos egoístas de esa otra burguesía que vive.
Dada la adoración por el número y por la masa que hoy se siente, yo me figuro que el porvenir será socialista; pero, a pesar de eso, siento una antipatía profunda por esa doctrina y por ese partido, que trae la glorificación de la manada, el apabullamiento del individuo por los demás.
A pesar de lo que dicen los periódicos representantes del capitalismo, a nosotros médicos, abogados, ingenieros, pequeños industriales, a los que queremos trabajar para vivir, no nos asustan más los anarquistas que los socialistas. Éstos nos quieren convertir en obreros, aquéllos sueñan con darnos cada uno de los hombres nuestra casita, nuestra tierrecilla y un trabajo cualquiera para entretenernos.

Será imposible lo último, pero nuestras simpatías han de estar por eso. Y respecto al desorden y a la revolución, me decía el otro día un carpintero, medio arruinado por la huelga, comentando un artículo de El Imparcial:
— Si a mí me quitan la manera de vivir, ¿qué me importa que después venga el fin del mundo?
Y esto es lógico. Es preferible ser salvaje entre salvajes, que no mendigo entre civilizados.
Yo así lo creo; me parece el único bien del hombre la libertad, cuanto más absoluta mejor.
Si llegara ese dulce, esa vida en rebaño, por mi parte, antes de ocupar el número ochenta o noventa mil que me tocara en el gran pesebre socialista, preferiría emigrar, refugiarme en otro país más atrasado y menos socialista, aunque no tuviera allí más derecho que el derecho al santo revólver.

* Baroja, Pío (1999 [1902-1904]). “Burguesía socialista”. En El tablado de Arlequín, OC, Vol. XIII, Barcelona: Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores. Es difícil encontrar este artículo digitalizado y colgado en internet pero puede bajarse en un formato imposible, clic aquí

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