Arturo del Villar*. LQS. Diciembre 2018

Corazón de Jesús Sacramentado, Corazón del Dios Hombre, Redentor del mundo, Rey de reyes y Señor de los que dominan: España, pueblo de tu herencia y de tus predilecciones, se postra hoy reverente ante este trono de tus bondades que para ti se alza en el centro de la península…

El papa Paco quiere contribuir eficazmente a la salvación eterna de sus fieles españoles por medios pacíficos, además de las canonizaciones y beatificaciones de “mártires de la Cruzada” que le han permitido figurar en el Libro Guinness de los Records. No han acabado los años santos de Vicente Ferrer, Caravaca de la Cruz y Toribio de Liébana, cuando este 2 de diciembre empezó a contar el año jubilar del corazón de Jesús, que durará hasta el 24 de noviembre de 2019.
Lo inauguraron el nuncio de Paco en España, Renzo Fratini, y el obispo de Getafe, Ginés García (a este obispo le van las ges; cualquier día se irá a hacer gárgaras), acompañados por numerosos acólitos. Vestían faldas multicolores y se cubrían con unos gorros puntiagudos: su dios no les atiende si no se disfrazan de mamarrachos carnavaleros. Abrieron la llamada puerta santa en el monumento al corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles, perteneciente a la diócesis de Getafe, en la archidiócesis de Madrid.
Durante estos meses Paco ha concedido indulgencia plenaria, es decir, que perdona todos los pecados cometidos a quienes confiesen, comulguen y oren por sus intenciones secretas, además de dar un óbolo para contribuir a las necesidades de la Iglesia catolicorromana, muy crecidas en los últimos años debido a las indemnizaciones millonarias que debe pagar a las víctimas de la pederastia sacerdotal en todos los países del mundo, excepto en el reino de España, en donde los jueces condenan a los que denuncian la violación de que han sido objeto por un cura, y no al abusador.

El corazón como juguete

El motivo que ha inducido a Paco a concedernos este año jubilar a los españoles (aunque muchos lo tomamos a cachondeo), se debe a que el 30 de mayo de 1919 el entonces rey de España, Alfonso XIII de Borbón, consagró allí España al corazón de Jesús. Solamente al corazón, no al resto del cuerpo. Los catolicorromanos tienen la asquerosa costumbre de trocear los cuerpos de quienes consideran santos, para fabricar reliquias y venerarlas. El dictadorísimo tuvo como reliquia protectora el brazo de Teresa de Jesús, al que besaba antes de firmar una sentencia de muerte. El fanatismo catolicorromano induce al crimen; era la disculpa del abominable Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición: matar el cuerpo para salvar el alma del reo.
La absurda devoción al corazón exclusivamente de Jesucristo obedece a las alucinaciones de una monja histérica, Margarita María de Alacoque, declarada santa por la Iglesia catolicorromana, como es lógico en esta crédula secta. Vivió entre 1647 y 1690, y profesó en el convento de Paray-le-Monial, en la Borgoña francesa, donde tuvo constantes visiones consideradas sobrenaturales. El 27 de diciembre de 1673, víspera de la festividad de los santos inocentes, afirmó que se le habia aparecido Jesucristo y le había cambiado su corazón por el de ella. Todos los catolicorromanos creen semejante estupidez, y rinden culto a la desequilibrada mental que la propaló: están tan majaras como ella. Y se les nota. Pero ahí siguen.
Contó además que la aparición le ordenó que el viernes siguiente a la celebración del llamado “Corpus Christi” se organizase una solemne fiesta dedicada a su corazón. Asimismo le prometió que quienes comulguen durante nueve primeros viernes de mes seguidos tienen asegurada la salvación eterna. Todavía hay quienes lo creen y lo practican en pleno siglo XXI. Las tragaderas de los catolicorromanos son inconmensurables. Lo malo es que tienen la costumbre de asesinar a quienes no las comparten.

Los jesuitas se aprovechan

La histeria no se da solamente en las monjas, sino que también afecta a cierto tipo de hombres, como el vallisoletano Bernardo de Hoyos. Siendo seminarista aseguró que el 14 de mayo de 1733 recibió la denominada por los jesuitas “revelación de la gran promesa”: se le apareció Jesucristo con su corazón desprendido del cuerpo y le manifestó: “Reinaré en España con más veneración que en cualquier otra parte.” A éste solamente lo han beatificado, pero tiene abierta la postulación para hacerle santo. El lugar donde, según él, se produjo el portento fue consagrado como Santuario Nacional de la Gran Promesa. Y se dice que los jesuitas son la secta más inteligente dentro de la secta catolicorromana, pero aceptan la tontería más absurda.
Aunque es posible que no crean esa ridícula invención, pero la defiendan para obtener un beneficio económico. Ellos se adjudicaron la exclusiva del culto al corazón de Jesús, apropiándose del lema “Reinaré en España”. Venden imágenes, cuadros y estampitas, organizan comuniones los primeros viernes de mes, así como novenas, y cuando yo era niño también procesiones callejeras, si bien esta costumbre ha quedado reducida a los pueblos más asilvestrados en la España profunda actual.
En 1886 crearon una universidad privada en Deusto (Bilbo), admitida por todos los gobiernos, aunque fue cerrada durante la República. De 1915 data la aparición en Bilbo de la editorial Mensajero, todavía activa, para publicar la revista mensual El Mensajero del Corazón de Jesús y del Apostolado de la Oración; también imprime unos calendarios con preces diarias, y libros para difundir sus ideas. Todo un negocio mercantil en torno a la sagrada víscera.
Dado que el fundador de la secta, Íñigo de Loyola, era vasco, han colonizado Euskadi como su propiedad. Una novela muy realista de Vicente Blasco Ibáñez, El intruso (1904), relata con pleno conocimiento cómo el taimado jesuita se introduce en las familias de la alta sociedad vasca para dominarlas, llegando a destruirlas. Los jesuitas han sido expulsados de España en 1767, 1835 y 1932, pero siempre encuentran el modo de volver. Son tan infames que el papa Clemente XIV disolvió la secta en 1773, pero se rehicieron.

A reinar en España

La conmemoración que festeja el año jubilar fue la consagración de España a la sagrada víscera extraída del cuerpo de Jesucristo. Aquel fantoche real llamado Alfonso de Borbón dividía su tiempo entre colocar su fortuna personal en bancos extranjeros, estuprar doncellas, practicar deportes y demostrar un celo religioso que mantuviera el fanatismo tradicional de las clases dominantes para utilizarlo en su servicio. Y puesto que, según el visionario histérico, Jesucristo quería compartir con él el la potestad sobre el reino de España, y dado que con ello no disminuiría su poder de monarca efectivo absoluto, ideó levantar un grandioso templo en el llamado Cerro de los Ángeles considerado el centro geográfico de la península.
Ya sólo faltaba conseguir el dinero para costear al proyecto, lo que se logró por suscripción nacional muy fácilmente, ya que el papa Benedicto XV concedió indulgencias a quienes contribuyesen a la erección, como en tiempos de las grandes edificaciones romanas, cuando la venta de indulgencias causó la Reforma de la corrupta Iglesia por Martín Lutero. Se superó el medio millón de pesetas, una cantidad muy considerable en 1916. El 30 de junio de ese año, cuando la Iglesia celebraba la festividad del corazón de Jesús, se colocó la primera piedra.
Se encargaron las obras al arquitecto Carlos Maura Nadal y al escultor Aniceto Marinas. Sobre una plataforma alzaron un pedestal de forma piramidal, para asentar sobre él una escultura presuntamente retrato de Jesucristo de cuerpo entero, tal como se le aparecería seguramente a Marinas. A sus pies se grabó el lema “Reinaré en España”, ese capricho extraño declarado al visionario según su confesión. Dos imaginados ángeles se encargaban de sostener el escudo de Borbón, para confirmar la alianza entre el altar y el trono, y además se añadió una paloma con un ramo de olivo en el pico, todo de bronce. La figura central estaba rodeada por otras de santos variados. Las medidas del monumento eran 28 metros de alto por 31,5 de ancho.
Este monumento fue destruido en 1936 por deseo del pueblo de Getafe, pero la dictadura lo reconstruyó y fue reinaugurado en 1965.

La ceremonia de 1919

La primera inauguración, con la consiguiente consagración del reino de España al corazón de Jesucristo, tuvo lugar el 30 de mayo de 1919. Una enorme bandera borbónica estaba desplegada en el lugar, en donde flameaban estandartes de ayuntamientos y parroquias, todo adornado con profusión de claveles. A la derecha se colocó una tribuna para la llamada familia real, aunque siempre es la más irreal del reino, emperifollada con tapices de la Casa Real, traídos para la ocasión.
Enfrente estaban situados los sillones para el Gobierno, presidido entonces por Antonio Maura, el criminal al que toda Europa había criticado diez años antes, al grito de “¡Maura no!”, por la espantosa represión de la conocida como Semana Roja de Barcelona. En lugares destacados se situaron las autoridades civiles y militares. A ambos lados de la carretera había dispuestas sillas para el pueblo. El Regimiento Inmemorial del Rey rindió los honores de ordenanza.
De Madrid salió un tren especial hasta Getafe, cargado de crédulos creyentes. También se veían aparcados varios automóviles, aunque entonces la motorización era escasa en España, limitada al rey y los llamados nobles, que al parecer acudieron todos, a juzgar por las crónicas periodísticas, en las que destacan duques, marqueses y condes, muy fieles practicantes del catolicismo romanista. Se juntaron asimismo numerosos jerarcas eclesiásticos. En una palabra, allí se reunió la alta sociedad del reino, enfrente del pueblo llano aleccionado para la ocasión. No obstante, parece que no asistió ningún ángel, pese a estar en su cerro, porque las crónicas periodísticas no los mencionan. Tampoco se dejó ver Jesucristo. Quizá el protocolo de la Casa de Su Majestad no había contado con ellos.
El rey vestía uniforme de capitán general, y lucía la insignia del Toisón de Oro y la gran cruz de la orden de Carlos III. Su mujer vestía un traje gris con abrigo de seda negra y sombrero también negro. Con ellos estaban la reina madre María Cristina de Habsburgo, y el resto de la familia irreal.
Francesco Ragonesi, nuncio del papa Benedicto XV, bendijo el monumento, y a continuación celebró misa el obispo de Madrid–Alcalá, como se denominaba entonces la diócesis, Prudencio Melo Alcalde. A su término se dio lectura a un telegrama remitido por el secretario de Estado del presunto Estado Vaticano al obispo, que decía de esta guisa, según publicaron los diarios:

Roma, 28. El Santo Padre ha sabido con particular satisfacción la inauguración del monumento nacional dedicado al Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles de esa diócesis. Concede de muy buen grado a V. E. la facultad de dar la bendición papal con indulgencia plenaria, en las condiciones ordinarias, a todos los que asistan a la ceremonia religiosa. Cardenal Gasparri.

Así lo hizo el obispo. Las “condiciones ordinarias” para recibir la presunta indulgencia plenaria que se arrogan los papas para perdonar absolutamente todos los pecados de un crédulo, como se ha dicho, consisten en confesar, comulgar, orar por las intenciones del papa y dar un estipendio.

La consagración

Una vez todos los asistentes santificados gracias a la posesión de la indulgencia, el rey se trasladó al altar y leyó la consagración de España, representada por su real persona, al corazón de Jesús, de la que copio los párrafos más sustanciosos:

Corazón de Jesús Sacramentado, Corazón del Dios Hombre, Redentor del mundo, Rey de reyes y Señor de los que dominan: España, pueblo de tu herencia y de tus predilecciones, se postra hoy reverente ante este trono de tus bondades que para ti se alza en el centro de la península. Todas las razas que la habitan, todas las regiones que la integran, han constituido en la sucesión de los siglos y a través de comunes azares y mutuas lealtades esta gran patria española, fuerte y constante en el amor a la religión y su adhesión a la monarquía. […]
Desde estas alturas que para Vos hemos escogido como símbolo del deseo que nos anima de que presidáis todas nuestras empresas, bendecid a los pobres, a los obreros, a los proletarios todos para que en la pacífica armonía de todas las clases sociales encuentren justicia y caridad que haga más suave su vida, más llevadero su trabajo. […]

Como si hablara un líder comunista, a los dos años escasos del triunfo de la Revolución Soviética, el rey de España pedía a la sacrosanta víscera que mejorase las condiciones laborales del proletariado. A él, que era indiscutible soberano de España, con poderes por el momento absolutos para hacer su real gana, no se le ocurría ordenar a su Gobierno la aprobación de unas leyes sociales en ese sentido. Prefería reclamar la realización de un milagro a la víscera celestial, para que concediese caridad a los sufrientes.
Desde luego, era más cómodo y barato, y caso de que los proletarios siguieran padeciendo miseria, la culpa habría que achacársela a la falta de caridad de la bienaventurada víscera, sorda al requerimiento real. Por su parte, había cumplido el papel constitucional, nadie podría echarle en su cuenta el hambre de los asalariados. El cinismo del rey era muy bien conocido por sus vasallos.
Es llamativa también la referencia a que España era la herencia de la venerable víscera, porque no se tiene noticia de que se la hubiera dejado nadie. Asimismo sorprende la alusión a “todas las razas” que en 1919 habitaban en España, después de haber expulsado a los judíos, los mahometanos y los moriscos. Y el colmo de la desvergüenza es la apostilla acerca de la “adhesión a la monarquía” presentada como una característica de España: ignoraba, al parecer, que en 1868 su abuela Isabel II fue expulsada al exilio, y que si se restauró la monarquía en la persona de su padre fue gracias a la traición de un general golpista, sin ninguna intervención del pueblo. Y a él mismo le quedaban doce años de reinado, porque el 14 de abril de 1931 iba a salir a toda velocidad de España.
Si imaginó que al compartir el reino con Jesucristo afianzaba su poder, se equivocó totalmente. En los párrafos finales, no copiados en la cita, se reitera la unidad entre la religión y la patria, otra falsedad borbónica. La patria es el conjunto de quienes la habitan, y muchos españoles no aceptaban los dogmas ridículos de la Iglesia catolicorromana. La unidad se ha dado y sigue dando entre el altar y el trono, y ninguna de las dos instituciones puede equipararse a la patria.
A continuación se llevó la hostia consagrada en un ostensorio de oro a la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles. Al llegar allí, el cardenal primado impartió la bendición con la hostia, mientras las bandas de música interpretaban la Marcha real, y después se marcharon todos efectivamente.

Y sigue el espectáculo

Este esperpento representado en la España borbónica en 1919, tendrá su imitación el próximo año. Según el calendario publicado, la solemnidad mayor está prevista para los días 29 y 30 de junio, cuando el rey Felipe VI, si continúa siéndolo todavía, reconsagrará España al corazón de Jesús. También está anunciada la celebración de una “Olimpiada en el corazón de Cristo”, un congreso nacional de evangelización, y simposios mensuales en los que se analizará la relación de España con la sagrada víscera. Sigue el espectáculo, pues. ¡Qué país! Yo me declaro apátrida, rechazo la dinastía borbónica y la religión catolicorromana que me han impuesto por haber nacido en España.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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