Guadi Calvo*. LQS. Abril 2018

Después de 17 años de guerra y la gigantesca máquina de guerra trasferida a Afganistán por parte de Estados Unidos, las cifras siguen demostrado que está muy lejos la posibilidad del fin del conflicto. Los muertos fundamentalmente civiles se siguen multiplicando en una guerra que se estima que como mínimo han muerto unas 130 mil personas

Alrededor del mediodía del miércoles 21 de marzo un atacante suicida revindicado por el Daesh-Khorassan, se detonó en medio de una multitud a 200 metros del templo de Kart-i-Sakhi, delante del hospital Ali Abad y muy próximo a la Universidad de Kabul, en el oeste de la capital afgana, asesinando a 32 personas e hiriendo a otras 60.

El atacante, inicialmente había intentado ingresar a la mezquita, a la que había llegado en una moto, la que se presume también estaba preparada para estallar, pero al no poder acceder se mezcló en la multitud que celebraba Nauruz, el año nuevo persa, festividad fundamentalmente chií, pero que en Afganistán la celebran también los suníes, por lo que es un día feriado.

Este mismo santuario había sido atacado en octubre de 2016 y en 2011 dejando un total de 75 muertos, durante la conmemoración de Ashura, quizás el ritual más importante del chiismo, ya que se recuerda el martirio del imán Hussein, nieto del profeta Mahoma, que murió en la batalla de Kerbala, hoy Irak, en el año 680.

Este último ataque del que los talibanes, rápidamente han salido a deslindar su responsabilidad, ya se encuentran en una discusión internar acerca de su participación en las conversaciones de paz, por lo que no sería oportuno ningún ataque. Aunque si se lo han adjudicado el Daesh-Khorassan, quienes desde hace varios años disputan su supremacía en Afganistán con los talibanes.

Las tareas de socorro, fueron particularmente lentas ya que tras el atentado de enero último, donde un atacante suicida detonó la ambulancia que conducía frente al Ministerio del Interior en Kabul, matando a 103 personas e hiriendo a 235, por lo que en esta oportunidad, la policía junto al Directorio Nacional de Seguridad (DNS) acordonaron la zona, para hacer un control exhaustivo en las unidades afectadas al operativo de rescate, ya que los terrorista suelen tener preparado algún otro dispositivo para que estalle durante el rescate de víctimas producidas en el primer atentado causado más víctimas y más caos.

El lunes se había desbaratado un ataque suicida contra una escuela en las cercanías del barrio kabuli de Dasht-e-Barchi. Agentes de seguridad impidieron que un suicida se detonara en un aula repleta de estudiantes, al no alcanzar su objetivo, el atacante lanzó una granada hiriendo a seis personas.
El atentado de Nauruz se produjo mientras el jefe del Estado Mayor Conjunto norteamericano, el general Joseph Dunford, se encuentra en el país para evaluar la campaña militar contra los grupos fundamentalistas, ya que es en primavera cuando estas bandas comienzan sus campañas (Ver: Afganistán, la batalla de la próxima primavera). Según fuentes de la inteligencia norteamericana se prevé que este año estas campañas serán particularmente intensas.
Los ataques en Kabul contra la minoría chií, estimada en un 20% de los 35 millones de afganos, pertenecen en su mayoría a la etnia Hazara, han recrudecido desde 2016. Atacando sus mezquitas, procesiones y centros culturales tanto por parte del Daesh-Khorasan como del Talibán.

El último 9 de marzo 10 miembros de la comunidad chií murieron tras un ataque, revindicado por el Daesh, a la mezquita de imam Zamam en un barrio de Kabul. Esta misma mezquita había sido atacada en octubre pasado, también por seguidores del Califa Ibrahim dejando en esa oportunidad una cincuentena de muertos.

Los hazaras, en su doble condición de minoría étnica y en su gran mayoría chii han sido blanco de persecuciones en muchos momentos de la historia afgana, fundamentalmente durante el gobierno talibán (1996-2001), en que ha sido expulsada de sus tierras y relegada trabajos de baja categoría, más allá de la infinidad de matanzas que el grupo wahabita ha realizado contra ellos. También han sido declarados herejes por el Lashkar-e-Jhangvi (Ejército de Janghvi), pakistaní y es objetivo de todos los grupos fundamentalistas sunitas, no solo el Daesh y el talibán, sino también al-Qaeda. Su característica física, rasgos orientales y piel clara, los hacen fácilmente identificables.

En la ciudad de Quetta, capital de Baluchistán, en el norte de Pakistán, donde viven unos 600 mil hazaras en 2013 una letal campaña contra esa comunidad dejó más de 300 muertos.

Tras la invasión norteamericana de 2001, los hazaras afganos, comenzaron a reagruparse iniciando una campaña en procura de sus derechos, lo que ha incentivado más aún el odio de los wahabitas.

Una manifestación en Kabul en julio de 2016, fue objetivo de un ataque que dejó casi 100 muertos, lo que marcó el inicio de una permanente ola de atentados contra ellos. El Daesh, además acusa a los hazaras de haber sido reclutados por los gobiernos de Irán y Siria, para luchar contra ellos.

La muerte afgana

Después de 17 años de guerra y la gigantesca máquina de guerra trasferida a Afganistán por parte de Estados Unidos, las cifras siguen demostrado que está muy lejos la posibilidad del fin del conflicto. Los muertos fundamentalmente civiles se siguen multiplicando en una guerra que se estima que como mínimo han muerto unas 130 mil personas.

El talibán han resurgido desde finales de 2014, tras la retirada de las tropas de combate de la OTAN y los Estados Unidos, están recuperando cada vez más territorio, se estima que ya dominan el 55 % del país, y tiene presencia en cada una de las 34 provincia afganas, donde los ataques a unidades militares y policiales son constantes.

El 2017 fue particularmente letal solo entre enero y junio de 2017, murieron 1670 civiles y unos 3600 resultaron heridos, lo que da un 15% más del mismo periodo de 2016.

Se estima que 2018, será aún peor que año pasado en lo que va de este año ya son 2300 los civiles muertos y uno 4 mil los heridos. Mientras que Kabul se convirtió en el epicentro de los ataques terroristas. Donde la Red Haqqani, veteranos de la guerra antisoviética y tributaria del talibán tienen una refinada trama de contactos y comandos que les ha permitido realizar sangriento ataques, como el de mayo de 2017, que dejó casi 100 muertos y cerca de 500 los heridos (Ver: Afganistán: Cuando se disipe el humo, cuando se asiente el polvo.) Aunque en provincias como Nangarhar, Herat, Ghor, Kunduz y Helmand, la actividad terrorista se ha convertido en incontenible.

Los temidos IED, por sus siglas en inglés Aparato Explosivo Improvisado, siguen siendo el arma favorita de la insurgencia y una verdadera pesadilla para las tropas del Ejército Nacional Afgano (ANA) y los estadounidenses.

La presencia de los seguidores de Abu-Bakr al-Bagdadí, desde 2015, ha incrementado la sangría, son constantes los ataques como los atentados suicidas, particularmente en Kabul, solo dos producidos en noviembre de 2017, causaron la muerte unas 200 personas, mientras que siguen en aumento las acciones en el interior del país.

Para algunos analistas el Daesh-Khorasan conformado fundamentalmente por desertores del talibán seguidores de Qari Hekmat, un ex capitanejo talibán de la provincia de Jawzjān quien tras enfrentarse con los líderes talibanes junto a 400 combatientes realizó el bayat o juramento de lealtad al califa Ibrahim.

El Daesh, al contrario del Talibán, incorpora combatientes extranjeros, por lo que se han detectado hombres de China, Uzbekistán, Tayikistán, Pakistán y Chechenia entre otros países. Además de grupos de combatientes de las montañas de Nangarhar y bandas armadas del norte vinculadas a las redes de narcotraficantes.

La guerra afgana sin duda se radicalizara, todavía más con mayor presencia del Daesh, y a pesar de que el talibán se siente en una mesa de negociaciones fiel a su estilo negociara produciendo más atentados, en ese festejo de la muerte que es Afganistán.

* Escritor y periodista argentino. Publicado en Línea Internacional
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