Arturo del Villar*. LQS. Junio 2018

¿Qué república era la proclamada? Ni la federal ni la unitaria. Había mediado acuerdo entre los antiguos y los modernos republicanos, y habían convenido en dejar a unas Cortes Constituyentes la definición y la organización de la nueva forma de gobierno

El 11 de junio de 1873 las Cortes Constituyentes de la República Española, inauguradas el día 1, eligieron a Francisco Pi y Margall presidente del Poder Ejecutivo. Suele escribirse que la I República tuvo cuatro presidentes legales, sin contar al pelele militarizado que los sucedió. Tal afirmación es falsa: no hubo ningún presidente de la República puesto que no se llegó a aprobar la Constitución, por lo que de hecho estaba prorrogada la monárquica de Amadeo de Saboya. Los encargados de dirigir el nuevo régimen tuvieron el título de presidentes del Poder Ejecutivo de la República, es decir, primeros ministros.
Igualmente es un error escribir Francesc Pi i Margall, como se hace en los últimos años. Siempre escribió su nombre en castellano, así aparecen firmados todos sus libros, y está probado que desconocía el idioma catalán, porque si nació en Barcelona en 1824, se instaló en Madrid en 1847, a sus 23 años, y aquí vivió hasta su muerte en 1901, excepto durante los períodos en los que debió exiliarse para salvar su vida de la persecución monárquica y eclesiástica, porque ambas instituciones consideraban sus escritos perniciosos, los prohibieron y condenaron.

Recordemos en este aniversario la base de su teoría política para conformar la República Federal Ibérica, en estos días con renovada actualidad: si se hubiera puesto en práctica durante aquella República, los españoles nos habríamos evitado las monarquías degeneradas que la sucedieron, ilegales por derivar del golpe de Estado militar dado por el traidor general Martínez Campos el 29 de diciembre de 1874 para restaurar la monarquía borbónica despreciada por el pueblo, y todas sus horribles secuelas hasta el presente. El pensamiento de Pi Margall está vivo, por lo que conviene volver sobre sus puntos esenciales, analizarlos y adaptarlos al tiempo actual, con lo que se superarán las disputas nacionalistas innecesarias.

La teoría del pacto

Al partido federal presidido por Pi se le conocía como el partido pactista. Toda la estructura federal de la República la resumía Pi en esta frase: “No hay federación sin pacto.” La adoptó después de estudiar a fondo la historia de España, volcada en tantos libros imprescindibles. Suele denominársele pacto sinalagmático, aunque a él le disgustaba el adjetivo y lo utilizó muy pocas veces. Se aplica especialmente a los contratos, cuando las partes se obligan recíprocamente, tanto los individuos como los colectivos.
En nuestra historia se conocen pactos establecidos entre regiones, principalmente para superar los peligros del poder central del Estado, especialmente en períodos de guerra. Todos deben ceder alguna parte de su soberanía, pero es mucho más lo que obtienen a cambio, porque se garantizan la capacidad de decisión propia y la defensa de sus intereses comunes. Así se alcanza una moral política que hace innecesarios los recursos a la violencia, se garantizan las libertades públicas y por lo mismo son innecesarios el terrorismo y las insurrecciones.
La teoría política así entendida se consolidó en su ideología durante el exilio vivido en París entre agosto de 1866, para escapar de los esbirros de la golfísima Isabel II, y febrero de 1869, cuando era ella la exiliada después del triunfo de la Gloriosa Revolución. Mientras se ganaba la vida con las colaboraciones periodísticas, como corresponsal de diarios hispanoamericanos, leyó y tradujo a Pierre—Joseph Proudhon, y además añadió unos prólogos para resaltar la aplicación de las teorías expuestas a la realidad española, como advertencia para sus lectores. En el que presentó su versión de El principio federativo, el ensayo proudhoniano más difundido, con ediciones en 1868 y 1872, explicó la teoría del pacto federativo, acomodada a la historia de España desde la época medieval: “Los pueblos, adviértase bien, aman por instinto el régimen federativo”, y lo demostró con ejemplos tomados de la historia de España, porque las provincias que se fueron agregando a la Corona de Castilla mantuvieron sus fueros.

Firmado el pacto federal

Regresó a la España libre de la monarquía borbónica que, por incitación del general Prim, acoplaba la dinastía saboyana, un experimento absurdo que debía terminar mal, como así ocurrió. Inmediatamente se dedicó a instigar los pactos federativos interprovinciales durante los meses de mayo y junio de 1869. En su teoría organizativa las regiones eran denominadas estados, que aceptaban libremente federarse para la defensa de sus intereses comunes. El pacto de Tortosa lo firmaron compromisarios de los estados de Aragón, Cataluña y Valencia; el de Córdoba los delegados de Andalucía, Extremadura, Murcia y las islas Canarias; el de Valladolid representantes de la dos Castillas; el de Eibar, comisionados de las entonces llamadas Provincias Vascongadas y Navarra, y el de La Coruña los de Galicia y Asturias. El 30 de julio quedó rubricad en Madrid en pacto federal por los delegados anteriores.
Bien puede afirmarse que todo ello fue resultado del empeño personal de Pi, secundado por un grupo de partidarios convencidos. Sin embargo, sufrieron la oposición encarnizada de los republicanos unitarios, que contaban con dos diputados en las Cortes, Eugenio García Ruiz y Julián Sánchez Ruano. Especialmente el primero fue el enemigo más pertinaz de Pi, al que atacó continuamente con una verdadera manía persecutoria digna de ser analizada por un psicoanalista, en el caso de estar inventada para entonces esa ciencia médica. Los mayores y peores enemigos de los republicanos federales fueron los unitarios, como es tan habitual en las filas del republicanismo, que parece llevar el síndrome de la división en sus genes. En vez de aliarse todos los defensores del ideal republicano en contra de los monárquicos, prefirieron combatirse entre sí, lo que siempre tiene como resultado un suicidio colectivo.

Los periódicos declaran la guerra

Quisieron airear las discrepancias, para que todo el mundo supiera que los republicanos estaban enzarzados en una pelea cainita, y así el 7 de mayo de 1870 seis periódicos madrileños de inspiración republicana desigual dieron a conocer conjuntamente la conocida como “Declaración de la Prensa. En realidad era una declaración de guerra contra las tesis de Pi: aseguraban que ellos eran los “verdaderos republicanos federales”, y se oponían a los pactos por considerarlos propios de los estados que se confederan, pero nunca de los que se federan, que era el propósito de los españoles. En consecuencia, los “verdaderos republicanos federales” aceptaban la República unitaria. Sí, necesitaban un psicoanalista a toda prisa, que tal vez hubiera logrado curarles la esquizofrenia.
Entre los firmantes figuraba Estanislao Figueras, quien nunca demostró tener las ideas claras, pese a los cual se iba a cometer enseguida el error de elegirle presidente del Poder Ejecutivo. Como patrocinador de la idea pactista Pi reunió a los diputados federales, y se tomó el acuerdo de redactar un manifiesto para definir el propósito del partido:

Constituir España en un grupo de verdaderos Estados, unidos por un pacto federal, que sea la expresión de su unidad, la salvaguardia de sus intereses, y la más sólida garantía de los derechos del individuo.

Pi impuso su tesis, pero a costa de una grave crisis interna entre los republicanos, que resultaría insalvable. Fue imposible procurar un entendimiento entre unitarios y federales, porque la doctrina del pacto se convirtió en obligatoria, en un caso para seguirla, en otro para combatirla Desde entonces al partido de Pi se le conoció como el del pacto, con un cierto tono peyorativo para sus detractores. Las luchas intestinas republicanas favorecen a los monárquicos, pero son forzosas, como una maldición que se transmite a través de los siglos.
Al año siguiente se originó otra escisión no menos grave entre los federales, que tuvo consecuencias muy negativas para la ideología republicana. La provocó Emilio Castelar, un curioso tipo de republicano partidario de promover desuniones, incluso cuando alcanzó la presidencia del Poder Ejecutivo. Entonces, en 1871, propuso “dar benevolencia” a un posible gobierno radical. Los llamados benevolentes y los tildados de intransigentes llegaron a separarse en dos facciones irreconciliables, con ideologías contrarias, en octubre de 1872.
El motivo alegado fue la censura de Pi a la sublevación por la República Federal de la guarnición de El Ferrol: según su teoría del pacto, eran innecesarias las revoluciones mientras estuviesen garantizadas las libertades civiles, y la República debía implantarse en tal supuesto desde la legalidad, o dicho conforme a su expresión favorita, de arriba abajo. Los republicanos impacientes se opusieron también a la doctrina pactista sustentada por Pi.

Una República incierta

Como consecuencia inevitable, los republicanos no estaban preparados para organizar una República Española en condiciones de viabilidad. Es cierto que nadie suponía que podría instaurase tan pronto, porque resultó obligado proclamarla por necesidad, ante el vacío de poder dejado por la inesperada y tajante renuncia de Amadeo I. Así que el 11 de febrero de 1873 los republicanos se hallaban escindidos en tres grupos principales, cada uno con sus ideas contrarias a los dos otros. En tales condiciones era previsible el fracaso, como lo anotó Pi en un ensayo histórico en el que dejó clara la realidad de la situación y el papel que le correspondió desempeñar. Titulado La República de 1873. Apuntes para escribir su historia por F. Pí [sic] y Margall. Libro primero. Vindicación del autor, se imprimió en Madrid por Aribau y Cía. en 1874, y en su página 13 se puede leer este análisis mesurado:

¿Qué república era la proclamada? Ni la federal ni la unitaria. Había mediado acuerdo entre los antiguos y los modernos republicanos, y habían convenido en dejar a unas Cortes Constituyentes la definición y la organización de la nueva forma de gobierno. La federación de abajo arriba era desde entonces imposible: no cabía sino la que determinasen, en el caso de adoptarla, las futuras Cortes. Admitido en principio la federación, no está ya sino empezar por donde antes se habría concluido, por el deslinde de las atribuciones del poder central. Los estados federales habrían debido constituirse luego fuera del círculo de estas atribuciones.

A su modo de juzgar los hechos, la implantación de la República de abajo arriba sólo hubiera sido factible, en su opinión, como consecuencia de acontecimientos revolucionarios que hiciesen imposible el pacto. Puesto que no sucedió así aquel 11 de febrero, quedaba vigente la doctrina pactista, que Pi pretendió poner en práctica como ministro de la Gobernación en el primer momento, y como presidente del Poder Ejecutivo desde el 11 de junio al 18 de julio, cuando las agresiones continuadas de los mismos republicanos agotaron su paciencia y le incitaron a dimitir.
Parecía que los republicanos se habían vuelto completamente locos. La continua sucesión de cantones independentistas en ciudades y pueblos impedía la viabilidad del proceso de arriba abajo postulado por Pi. Los monárquicos no necesitaron conspirar contra la República: los mismos republicanos se encargaron de matarla, destrozando el único programa coherente que se expuso ante las Cortes Constituyentes, el de Pi y Margall. Su pensamiento era correlativo con la historia y la realidad de España; sin embargo, algunos republicanos cortaron su viabilidad.

La Federación Ibérica

El planteamiento federativo de Pi mantiene su vigencia, y sólo hay que lamentar el hecho de que fuera imposible hasta ahora llevarlo a la práctica. Por eso continúan sucediéndose problemas que podían haberse resuelto en el siglo XIX, cada vez más enconados y sin atisbos de alcanzar un acuerdo entre las regiones españolas, aunque se les cambie el nombre para llamarlas autonomías, manteniéndolas sumisas al poder de la Corona. Repasemos los argumentos que proporcionó para explicar su ideología en el mismo libro, en la página 114:

¿Por qué somos nosotros federales? Porque entendemos que autónomas las provincias y unidas por los vínculos de la federación, podrán atender más holgadamente a sus intereses sin menoscabar los de la República, tendrán una vida más activa, desarrollarán mejor los gérmenes de su riqueza, resolverán con más acierto las cuestiones que no representen a toda España la misma faz ni el mismo carácter, crecerán por la emulación y el ejemplo, verán más asegurada su libertad, darán, por fin, más ancho y firme asiento a la unidad nacional, la paz y el orden.

El pacto federativo entre los varios estados españoles se culminaría con la adhesión de la República Portuguesa, para formar la República Federal Ibérica, mediante un pacto que garantizase su autonomía y vinculaciones recíprocas. En su ensayo Las nacionalidades (1877) explicitó en 450 páginas todos los datos históricos que avalan su pensamiento político. Es su obra doctrinal más elaborada, y por eso continúa reeditándose, al conservar plena actualidad todo lo expuesto en ella. Lamentablemente, se la considera una obra teórica carente de aplicación práctica, sin tener en cuenta que se apoya en la misma historia de España. Cuando en 1879 defendió ante el Tribunal de Imprenta al periódico federalista La Unión, acusado de promover ideas separatistas, trazó Pi una excelente definición del pacto como base del federalismo integrador de los pueblos, una perfecta síntesis de su teoría. Conocemos sus argumentos porque los publicó en 1880 en una obra fundamental, con el título de La Federación, impresa en Madrid en los talles de Enrique Vicente. Se lee en sus páginas 163 y siguiente:

El principio federativo está en España conforme con la tradición y la historia. Nuestros municipios, un día casi naciones, se regían por fueros que eran códigos, no sólo políticos y administrativos, sino también civiles y penales. Tenían algunos hasta el derecho de acuñar moneda y de hacer la guerra, siempre que no fuese contra su patria ni sus reyes.

Fácilmente deshizo Pi las acusaciones del fiscal, con argumentos históricos y políticos que prueban el arraigo del principio federativo en los individuos y los pueblos de España.

El sentimiento federal

Una exposición más literaria de su teoría la dio a conocer en 1884 en su libro Las luchas de nuestros días, escrito como un diálogo a semejanza de los modelos ejemplares de Platón. El personaje Leoncio se encarga de formular las ideas de Pi, y de argumentarlas con precisiones históricas. Importa su examen sobre la República de 1873, citado según la tercera edición, impresa en Madrid en 1890 en El Progreso Tipográfico, en las páginas 258 y siguiente:

Vino aquella república en las postrimerías de la revolución de septiembre, cuando, ya fatigada la nación, temía el ensayo de un nuevo sistema político y quería que se le consolidase, a la vez que las reformas, la paz y el orden. De los que la decretaron lo hicieron muchos sin convicción, y otros con ánimo de hacerla imposible y acelerar el regreso de los Borbones; […] Para colmo de mal la comprometieron y ataron con sus impaciencias y pasiones los mismos republicanos, en quienes la federación era todavía, más que una idea, un vago sentimiento.

Lo peor de todo es que la federación siguió siendo “un vago sentimiento” mucho después del fracaso republicano, sin que la experiencia sirviese para hacer razonar a quienes decían patrocinar ese sistema político con apasionamiento. Y peor todavía es que continúa sin ponerse en práctica, a pesar de las dificultades de convivencia entre los que serían estados en la República Federal Ibérica.
Justamente diez años después del experimento republicano fallido, editó Domingo Sánchez Yago un libro de título significativo: El señor Pi y Margall ante el Partido Republicano Federal de España, impreso en Madrid en el Establecimiento Tipográfico a cargo de E. Viota. En él se relata cómo a la muerte de Figueras (11 de noviembre de 1882) algunos de sus partidarios quisieron unir las cuatro fracciones del partido, y se dirigieron a Pi, proponiéndole que renunciase a la doctrina del pacto, ya que los demás grupos suponían que atentaba contra la unidad de la patria, considerado por ellos un principio indiscutible.
Como era de esperar, Pi se negó a considerar que haya algo indiscutible, y mantuvo la esencialidad del pacto como principio federativo. Para algunos republicanos, la forma del Estado no podía alterarse, sin importar cuál fuera su régimen. Uno de ellos, Castelar, lo confirmó así en el Congreso el 30 de julio de 1873, al manifestarse sólo español, antes que republicano, y asegurar que se oponía a la más pequeña desmembración del suelo patrio. No entendían que el federalismo no desintegra nada, sino todo lo contrario, es integrador mediante el pacto político. Y siguen sin entenderlo.

¡Viva la República Federal Ibérica!

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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