79 aniversario: Miguel Hernández, elegía y recuerdo

Redacción. LQS. Marzo 2021

Setenta y nueve aniversario de triste suceso, setenta y nueve años y los que vendrán para recordar siempre al gran poeta.

Miguel Hernández Gilabert (Orihuela, 30 de octubre de 1910-Alicante, 28 de marzo de 1942) poeta y dramaturgo de especial relevancia en la literatura del siglo veinte, y por encima de todo persona comprometida con su tiempo, con su pueblo. Defensor de la libertad y de la causa republicana de principio a fin. Aunque tradicionalmente se le ha encuadrado en la generación del 36, Miguel Hernández mantuvo una mayor proximidad con la generación anterior hasta el punto de ser considerado por Dámaso Alonso como «genial epígono» de la generación del 27.

Falleció en la enfermería de la prisión alicantina, tras pasar casi tres años en las cárceles franquistas, a las 5:32 de la mañana del 28 de marzo de 1942, con tan sólo treinta y un años de edad. Se cuenta que no pudieron cerrarle los ojos, hecho sobre el que su amigo Vicente Aleixandre compuso esta elegía*:

Elegía en la muerte de Miguel Hernández
I
No lo sé. Fue sin música.
Tus grandes ojos azules
abiertos se quedaron bajo el vacío ignorante,
cielo de losa oscura,
masa total que lenta desciende y te aboveda,
cuerpo tú solo, inmenso,
único hoy en la Tierra,
que contigo apretado por los soles escapa.
Tumba estelar que los espacios ruedas
con sólo él, con su cuerpo acabado.
Tierra caliente que con sus solos huesos
vuelas así, desdeñando a los hombres.
¡Huye! ¡Escapa! No hay nadie;
sólo hoy su inmensa pesantez de sentido,
Tierra, a tu giro por los astros amantes.
Solo esa Luna que en la noche aún insiste
contemplará la montaña de vida.
Loca, amorosa, en tu seno le llevas,
Tierra, oh Piedad, que sin mantos le ofreces.
Oh soledad de los cielos. Las luces
sólo su cuerpo funeral hoy alumbran.

II
No, ni una sola mirada de un hombre
ponga su vidrio sobre el mármol celeste.
No le toquéis. No podríais. Él supo,
sólo él supo. Hombre tú, solo tú, padre todo
de dolor. Carne sólo para amor. Vida solo
por amor. Sí. Que los ríos
apresuren su curso: que el agua
se haga sangre: que la orilla
su verdor acumule: que el empuje
hacia el mar sea hacia ti, cuerpo augusto,
cuerpo noble de luz que te diste crujiendo
con amor, como tierra, como roca, cual grito
de fusión, como rayo repentino que a un pecho
total único del vivir acertase.
Nadie, nadie. Ni un hombre. Esas manos
apretaron día a día su garganta estelar. Sofocaron
ese caño de luz que a los hombres bañaba.
Esa gloria rompiente, generosa que un día
revelara a los hombres su destino; que habló
como flor, como mar, como pluma, cual astro.
Sí, esconded, esconded la cabeza. Ahora hundidla
entre tierra, una tumba para el negro pensamiento
cavaos,
y morded entre tierra las manos, las uñas, los dedos
con que todos ahogasteis su fragante vivir.

III
Nadie gemirá nunca bastante.
Tu hermoso corazón nacido para amar
murió, fue muerto, muerto, acabado, cruelmente acuchillado de odio..
¡Ah! ¿Quién dijo que el hombre ama?
¿Quién hizo esperar un día amor sobre la tierra?
¿Quién dijo que las almas esperan el amor y a su sombra florecen?
¿ Que su melodioso canto existe para los oídos de los hombres?
Tierra ligera, ¡vuela!
Vuela tú sola y huye.
Huye así de los hombres, despeñados, perdidos,
ciegos restos del odio, catarata de cuerpos
crueles que tú, bello, desdeñando hoy arrojas.
Huye. hermosa, lograda,
por el celeste espacio con tu tesoro a solas.
Su pesantez, al seno de tu vivir sidéreo
da sentido, y sus bellos miembros lúcidos para siempre
inmortales sostienes para la luz sin hombres.
Vicente Aleixandre

Josefina Manresa, compañera y esposa de Miguel Hernández, nos dejo un poema que ella misma escribió, en le que narra cómo fue el día en el que se enteró de la muerte de su esposo y compañero…

“Las cuatro de la madrugada
víspera de una agonía,
y yo en mi jergón de borra
sabiendo que se moría.
Las cinco de la madrugada,
se aproxima una agonía,
y en mi cama ladrillosa
bien que lo presentía.

A las diez de la mañana,
temblorosa y encogida,
al llevarle el alimento
la noticia me darían;
y no quiero recibirla,
yo, ese valor no tenía.

Sin refugio ni consuelo
supe de aquella agonía,
agonía de su vida,
agonía mía”.
Josefina Manresa


* En: «Nacimiento último» 1953. Recogido en «Vicente Aleixandre. Poesías completas». Visor Libros 2010. ISBN: 978-84-75229-57-7
Imagen de cabecera: Josefina Manresa y Miguel Hernández, en Jaén, abril de 1937.
Imagen final: Miguel Hernández y Josefina Manresa frente a una chumbera, en 1936.

Las abarcas desiertas
La Escuela de Vallecas, paseo de libertades
Un poema inédito de Miguel Hernández
Cancionero de Miguel Hernández
La voz de la herida
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Un comentario en “79 aniversario: Miguel Hernández, elegía y recuerdo

  • el 27 marzo, 2021 a las 12:01
    Permalink

    Los españoles de mi generación eran más fraternales, más solidarios y más alegres que mis
    compañeros de América Latina. Comprobé al mismo tiempo que nosotros éramos más universales, más
    metidos en otros lenguajes y otras culturas. Eran muy pocos entre ellos los que hablaban otro idioma fuera del castellano. Cuando vinieron Desnos y Crevel a Madrid, tuve yo que servirles de intérprete para que se entendieran con los escritores españoles.
    Uno de los amigos de Federico y Rafael era el joven poeta Miguel Hernández. Yo lo conocí cuando
    llegaba de alpargatas y pantalón campesino de pana desde sus tierras de Orihuela, en donde había sido
    pastor de cabras. Yo publiqué sus versos en mi revista Caballo Verde y me entusiasmaba el destello y el
    brío de su abundante poesía.
    Miguel era tan campesino que llevaba un aura de tierra en torno a él. Tenía una cara de terrón o de
    papa que se saca de entre las raíces y que conserva frescura subterránea. Vivía y escribía en mi casa. Mi
    poesía americana, con otros horizontes y llanuras, lo impresionó y lo fue cambiando.
    Me contaba cuentos terrestres de animales y pájaros. Era ese escritor salido de la naturaleza como
    una piedra intacta, con virginidad selvática y arrolladora fuerza vital. Me narraba cuan impresionante era
    poner los oídos sobre el vientre de las cabras dormidas. Así se escuchaba el ruido de la leche que llegaba a las ubres, el rumor secreto que nadie ha podido escuchar sino aquel poeta de cabras.
    Otras veces me hablaba del canto de los ruiseñores. El Levante español, de donde provenía, estaba
    cargado de naranjos en flor y de ruiseñores. Como en mi país no existe ese pájaro, ese sublime cantor, el
    loco de Miguel quería darme la más viva expresión plástica de su poderío. Se encaramaba a un árbol de la calle y, desde las más altas ramas, silbaba o trinaba como sus amados pájaros natales.
    Como no tenía de qué vivir le busqué un trabajo. Era duro encontrar trabajo para un poeta en España.
    Por fin un vizconde, alto funcionario del Ministerio de Relaciones, se interesó por el caso y me respondió
    que sí, que estaba de acuerdo, que había leído los versos de Miguel, que lo admiraba, y que éste indicara
    qué puesto deseaba para extenderle el nombramiento. Alborozado dije al poeta:
    —Miguel Hernández, al fin tienes un destino. El vizconde te coloca. Serás un alto empleado. Dime
    qué trabajo deseas ejecutar para que decreten tu nombramiento.
    Miguel se quedó pensativo. Su cara de grandes arrugas prematuras se cubrió con un velo de
    cavilaciones. Pasaron las horas y sólo por la tarde me contestó. Con ojos brillantes del que ha encontrado la solución de su vida, me dijo:
    —¿No podría el vizconde encomendarme un rebaño de cabras por aquí cerca de Madrid?
    El recuerdo de Miguel Hernández no puede escapárseme de las raíces del corazón. El canto de los
    ruiseñores levantinos, sus torres de sonido erigidas entre las oscuridad y los azahares, eran para él
    presencia obsesiva, y eran parte del material de su sangre, de su poesía terrenal y silvestre en la que se
    juntaban todos los excesos del color, del perfume y de la voz del Levante español, con la abundancia y la
    fragancia de una poderosa y masculina juventud.
    Su rostro era el rostro de España. Cortado por la luz, arrugado como una sementera, con algo
    rotundo de pan y de tierra. Sus ojos quemantes, ardiendo dentro de esa superficie quemada y endurecida al viento, eran dos rayos de fuerza y de ternura.
    Los elementos mismos de la poesía los vi salir de sus palabras, pero alterados ahora por una nueva
    magnitud, por un resplandor salvaje, por el milagro de la sangre vieja transformada en un hijo. En mis años de poeta, y de poeta errante, puedo afirmar que la vida no me ha dado contemplar un fenómeno igual de vocación y de eléctrica sabiduría verbal
    Confieso que he vivido. Memorias Pablo Neruda

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