A mí la legión

Jesús Gómez Gutiérrez*. LQS. Marzo 2020

Madrid, ciudad cerrada (II)

Dice el chino del estanco que los ciudadanos de los antiguos países comunistas tienen más carácter. Sospecho que no lo dice por amor al socialismo, sino por nacionalismo a secas; pero tiene razón a su modo, como demuestran las burguesísimas caras de sus dos clientes. Si no fuera por la ropa, la ricachona y el clasemediero parecerían iguales; parecerían, digo, porque el segundo no tiene ni el filo ni la astucia de la primera, fiel representante de su clase. ¿Cómo podían saber los ilustrados que sus buenas intenciones no acabarían con la incultura, sino en la creación de un ejército de consumidores con título que caerían en todas las trampas de sus depredadores? Evidentemente, no lo podían saber, aunque eso le habría importado poco al ideólogo del discurso mediático que lo hace posible, Joseph Goebbels, quien estaría encantado con las aglomeraciones que los medios españoles han exagerado o se han sacado de la manga para provocar el mayor ataque contra el bienestar social desde 1936.

En cualquier caso, hace una noche preciosa, así que pido lo que quiero y me voy, aprovechando que el señor presidente no ha dicho aún su a mí la legión de «disciplina» y más «disciplina», término al que ha cogido gusto. Como anoche, hay montones de sin techo que vagan de un lado para otro. También estarán más tarde, mezclados con los que cometen el pecado de ir de casa al trabajo o del trabajo a casa, con la policía vigilando; a fin de cuentas, les han dado permiso para aplicar «la ley mordaza y el Código Penal a quien se salte la restricción de movimiento», según anuncia uno de los periódicos del nuevo progresismo. Pero, de momento, se puede fingir que hay algo parecido a libertad. Ni siquiera se ha puesto al Ejército en alerta. Hasta se podría pensar que las cosas no son como son por la ignorancia y el fanatismo de los bienpensantes, que el poder alimenta, potencia y manipula a su antojo, sino por unos cuantos malos que hacen maldades en pasillos ocultos, lejos de las portadas de los periódicos y los programas de televisión.

Por desgracia, a la realidad no le gustan las tonterías. Éste es un mundo donde países como Corea del Sur ganan la batalla a un virus sin cerrar ciudades y ningún periodista pregunta al señor presidente por qué ha elegido la vía italiana, de resultado infausto. Y si ayer había tensión y miedo, hoy hay pánico y desconfianza, como se ve en los que se apresuran a esconderse cuando oyen un coche —nadie quiere sentir la sensibilidad policial— y en el desolado Metro de las doce y media, que me resulta particularmente doloroso. Mirar a uno como si hubiera cometido un crimen, mirar a otro como si lo creyeran secreta, mirar al suelo para fingir que no se está mirando; hacer como que no se está y, cuando por fin llega el tren, repetir lo mismo con el puñado de atrevidos u obligados por las circunstancias que viajan en su interior. Supongo que eso también le habría gustado a Goebbels.

Madrid, ciudad cerrada.

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