¿A quién perdí?

Fabiola Calvo. LQSomos. Septiembre 2020

En una sesión de psicoanálisis me estaría preguntando ¿a quién perdí? Sé que fue un remezón que me llevó a un repaso de mi vida, a muchas reflexiones, a sentir que se fue una parte de mí, de mi historia

La vida cumplió el ciclo de un hombre que vivió cerca de un siglo, el gran narrador de historias y anécdotas, el hombre que aportó en la educación de cuatro hijos, tres hijas y que no compartió que dos de sus descendientes varones y una mujer tomaran el camino de la revolución.

Héctor Calvo Trejos, mi padre, amó Medellín y los tangos de Gardel. En su juventud fue un líder del gremio de “frasqueros” en Bogotá, Medellín, Manizales, Cali y Pereira, en los tiempos que se vendían “envases” (como técnicamente lo llamaban) a los grandes laboratorios. Él recorrió el país comprando 20.000 o 30.000 frascos de onza, entre otras muchas clasificaciones.

Salió muy joven del pueblo minero de Marmato (Caldas) pensó que Colombia se incendiaría con el Bogotazo, le vio el rostro a La Violencia de los años 50, sintió el dolor de una negociación violada entre 1985 y 1987, y de cuanto acontecimiento sucedió en este país, hasta que su vida se apagó el 11 de septiembre en Cartago (Valle del Cauca), a plena luz del día y rodeado de quienes le queríamos.

Cuando Héctor, mi padre, llegaba desde Pereira a las diferentes ciudades se reunía con sus amigos entre semana para hablar de trabajo y hacer negocios, y el fin de semana leían los libros que él llevaba. Otro día era de cine, de corrida de caballos, de fútbol o de toros, que por fortuna a ninguno de sus hijos o hijas les gustó.

Por él conocí la llamada “Gruta Simbólica”, una tertulia abierta en 1900, plena Guerra de los Mil Días, en la que se reunían poetas y literatos liberales, pero que también aceptaron opositores, siempre en medio de la bohemia, con recorridos por la zona centro de Bogotá, componiendo versos y prosa. Gruta revolucionó las letras y el arte.

La vida cumplió el ciclo de un hombre que vivió cerca de un siglo, el gran narrador de historias y anécdotas, el hombre que aportó en la educación de cuatro hijos, tres hijas y que no compartió que dos de sus descendientes varones y una mujer tomaran el camino de la revolución, de búsqueda de un cambio de estructuras de la desigual Colombia. No lo entendió desde su visión y militancia conservadora y androcéntrica.

Durante la adolescencia de sus hijos, los domingos fueron de lectura del Magazín de El Espectador en voz alta, campeonatos de ajedrez u oratoria. Después del asesinato de sus hijos Oscar William y Jairo, mi padre no volvió a pronunciar sus nombres, y cuando alguna vez le pregunté por qué, me respondió: “¿para qué recordar tanto dolor?”. Las tres muertes siguen en la impunidad.

El aporte de Oscar William y Jairo Calvo para la nueva Constitución Política de Colombia y apertura democrática sigue siendo una deuda histórica con ellos. Al igual que el Estado reconozca y pida perdón por los hechos. Por ser su hermano, Héctor hijo fue asesinado y yo me marché con mi familia 20 años al exilio.

Papá fue un ardiente enamorado de la literatura, el saber y la buena vida; excelente anfitrión y enemigo de la tacañería; claro en los negocios y un ciudadano honrado que no sucumbió a las propuestas para ser un hombre rico de la nada.

Pasada la adolescencia y los años de radicalidad, nos respetamos nuestras apuestas políticas y sin debates, nos escuchamos en las reuniones alrededor de la mesa del comedor de su enorme casa en Cartago o en medio de aguardientes en la sala. Él entendió nuestro compromiso cuando leyó el libro “Hablarán de mí” y fue la única vez que asistió a una actividad de alguna de las tres ovejas, para él, descarriadas.

Hasta sus 95 años, fue un hombre disciplinado con sus dos horas diarias de ejercicio físico, lectura, noticias y la caminata por el pueblo. Dejó de trabajar en su depósito a los 86 años. En este mismo lugar, en 1975, le di la noticia de que Jairo, después de que se lo llevara la IV Brigada, apareció y sería juzgado en un Consejo Verbal de Guerra. Papá siguió los acontecimientos y me miró sin decir nada cuando le entregué el documento con la defensa política de su hijo en la que, después de ser acusado, acusó al Estado por la miseria, la violencia y la injusticia. Esa defensa pasó de mano en mano en las universidades y sindicatos y papá me dijo: “Algo bueno está haciendo ese muchacho”.

Celebramos sus 90 años en una finca, a las dos de la madrugada despidió al último familiar del pueblo y en la mañana atendió a quienes habían llegado de varios lugares de Colombia. Fue entonces cuando le pregunté “Papá, ¿y ahora qué sigue?”. Y respondió: “¡Ah! pues será llegar a los 100”. Y por poco lo logra con su bien conocida terquedad.

En una sesión de psicoanálisis me estaría preguntando ¿a quién perdí? Sé que fue un remezón que me llevó a un repaso de mi vida, a muchas reflexiones, a sentir que se fue una parte de mí, de mi historia.

Era mi conexión viva con mis ancestros y él, mi propio ancestro, me trajo las ausencias y el precio que hemos pagado como familia por buscar una Colombia sin desigualdades. Los sueños se cobran en este país y cuestan hasta la vida misma.

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@fabicalvoocampo

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