A ti, que te han asesinado esta mañana

Carlos Olalla*. LQS. Noviembre 2019

Te escribo esta carta para pedirte que me perdones, que me perdones por haber reído sus gracias, por haber fingido no escucharlas, por no haber sabido ver lo que te pasaba, por no haberle hecho ver a él lo equivocado que estaba…

Quizá al principio ni siquiera te diste cuenta. Lo tenemos tan inoculado que, a veces, ni lo vemos. Pensamos que es lo normal, que no hay mala intención en lo que ha dicho, o que no ha querido decir eso. Seguro que pensaste que eran figuraciones tuyas. Él no podía hacerte eso, él no era uno de ellos. A aquello le siguió una broma de mal gusto sobre ti delante de sus amigos, y a aquella broma que fue coreada por la mayoría, le siguieron otras. Nadie alzó su mano para impedir que aquello continuara. Solo uno o dos evitaron reír las gracias, pero no dijeron nada o pretendieron no haberse dado cuenta. Luego, ya a solas en casa, poco o nada le importó que tú estuvieras cansada o que simplemente no tuvieras ganas, él las tenía y con eso era suficiente. Tampoco le importó hacerlo a su manera, esa que a ti tan poco te gusta y que, a veces, hasta te duele. Tampoco se preocupó por lo que pasara contigo. En cuanto consiguió lo que quería se dio la vuelta y se puso a dormir. Ni siquiera se dio cuenta de que tú no pudiste dormir en toda la noche.

Te negabas a admitir la realidad, inconscientemente querías darle otra oportunidad porque aquello no podía estar pasándote a ti. Al no me gusta que lleves ese vestido, pronto le siguió controlar tu móvil. Cada vez te fuiste alejando más de tus verdaderas amigas porque a él no le gustaban, siempre les encontraba algo malo y acababais saliendo con los amigos de él. Estabas con gente, pero cada vez estabas más sola. De vez en cuando se te escapaba una lágrima, pero siempre llegabas a tiempo de encerrarte en el baño para que nadie te viera llorar. Estabas cada día más triste y apagada, pero seguías mostrando tu sonrisa cuando estaban los niños delante. Ellos no tenían la culpa de nada y no era justo que supieran que te sentías tan desgraciada. A la primera bofetada le siguió otra, y otra más. Las gafas de sol se convirtieron en complemento permanente de tu imagen. Llegó un día en que ya no te las quitaste nunca. Habías dejado tu trabajo hacía tiempo porque alguien tenía que ocuparse de los niños y él no podía. A ti te pareció lo normal, muchas otras lo hacían, incluso tu madre y tu suegra te pidieron que lo hicieras, como ellas lo habían hecho a tu edad.

Los niños habían crecido y tú querías volver a trabajar, querías sentir que podías hacerlo, que eras capaz de trabajar y ser económicamente independiente, o por lo menos que podías “ayudar” a sacar adelante a la familia. Pero eso a él no le gustó. “¿Es que acaso te falta algo?” “¿No tienes suficiente con lo que yo gano?” fue lo único que te dijo. Nada, absolutamente nada sobre por qué querías hacerlo, qué te gustaría hacer o, por supuesto, en qué podía ayudarte. Cada vez te sentías más aislada e inútil. Tu vida se limitaba a limpiar la casa, lavarle la ropa y prepararle la comida. En la tele oías, de cuando en cuando, que había mujeres que exigían la corresponsabilidad en las tareas del hogar y tú no les hacías caso porque eran unas feministas muy radicales. También oías que se denunciaba el maltrato contra la mujer y que existía un teléfono, el 016, al que llamaban para pedir consejo o auxilio. Pero tú te resististe a hacerlo porque solo te pegaba de vez en cuando y siempre era por algo que tú habías hecho mal. Ir a la compra acabó por convertirse en tu único contacto con el mundo exterior. Tus amigas se fueron quedando cada vez más lejos. Nunca les dijiste nada. ¡Qué iban a entender ellas! Una noche, ni siquiera recuerdas por qué, te pegó más de lo normal. No estaba borracho, ni siquiera había bebido aquel día, pero te tiró al suelo con mucha fuerza y te diste un golpe terrible. Estando allí, tirada en el suelo, te tapaste la cara como pudiste porque él siguió dándote patadas. Los niños se despertaron y te levantaste corriendo para decirles que no pasaba nada, que te habías caído, que volvieran a dormir, que tú estabas bien… A la mañana siguiente fuiste al hospital porque el brazo te dolía mucho y no podías moverlo. La radiografía no dejó lugar a dudas: lo tenías roto. Te lo escayolaron y repetiste a los médicos lo mismo que les habías dicho a tus hijos. Aunque insistieron, te mantuviste firme en tu mentira. Tenías miedo, terror, a lo que podría hacerte si aquello trascendía.

Pasaron los meses, pasaron los años y pasó tu vida. Los niños ya no eran niños, se habían hecho mayores y cada día estaban menos en casa. A él también le veías cada día menos. Cada vez eran más las noches que tenía que quedarse a trabajar y no venía a dormir. Hasta tú te diste cuenta de que la cosa no iba de trabajo sino de amantes, pero a ti eso ya ni te importaba. El amor hacía mucho que había sido sustituido por el miedo. “Pues mira, si lo aguanta otra menos me tocará a mí” pensabas. Que los cincuenta hubieran quedado ya atrás no te preocupaba demasiado, lo que no te gustaba era pensar que se habían ido sin haber tenido la más mínima oportunidad de hacer lo que verdaderamente te gustaba: pintura, cerámica, baile… Eran tantas las cosas que habías dejado de hacer… Que se riera de ti cuando le comentaste que te gustaría hacer algún taller te dolió, pero no más que todos los innumerables desprecios que te había hecho en tus casi treinta años de matrimonio.

Los niños habían dejado de ser niños para todos menos para ti y ya habían alzado el vuelo cuando, por fin, un día tomaste la gran decisión: apuntarte a un taller de pintura en el centro cultural del barrio. Ibas dos mañanas a la semana. No era mucho, pero aquellas dos mañanas te daban la vida. Además tenías cierta facilidad para el dibujo y lo cierto es que no se te daba nada mal. Nunca supiste cómo llegó a enterarse. Tú no se lo habías dicho a nadie y las horas a las que ibas eran horas en las que él nunca estaba en casa. Pero de alguna forma se enteró y te dio la paliza más grande de tu vida. A los niños tuviste que decirles que te habías caído por las escaleras. Los médicos, porque no te quedó otra que ir al hospital, esta vez ya no te creyeron y pusieron en marcha el protocolo de maltrato. Por primera vez tenías la oportunidad de denunciarle y acabar de una vez con todo aquello. Estuviste a punto, pero al final decidiste no hacerlo. Lo ibas a arreglar a tu manera, pidiéndole el divorcio y haciéndolo de mutuo acuerdo. Quisiste creer que podrías convencerle y que, al final lo entendería. Te armaste de valor y se lo dijiste ayer noche, aprovechando que los niños no dormían en casa. Intentaste explicarle que creías que era lo mejor para todos. Pero él no quiso entenderlo. Para tu sorpresa no dijo nada, se calló y se ha pasado toda la noche sentado en el sillón del salón. Esta mañana, cuando te has levantado, él seguía allí. Has visto algo extraño en la forma en que te miraba, pero has preferido evitarlo y te has puesto a preparar el desayuno para los dos. Ni siquiera te ha dado tiempo a darte la vuelta cuando has notado sus manos apretándote el cuello. Esperabas cualquier cosa menos eso. A ti no te podía pasar. Nunca quisiste admitir que compartías tu vida con un asesino. De nada ya te sirve saber que su cobardía le ha empujado por la ventana poco después. Tu último pensamiento fue para tus hijos, lo único bueno que te pasó en la vida…

Te escribo esta carta para pedirte que me perdones, que me perdones por haber reído sus gracias, por haber fingido no escucharlas, por no haber sabido ver lo que te pasaba, por no haberle hecho ver a él lo equivocado que estaba y lo injusto que era, por no haberle parado los pies, por no haber comprendido el sufrimiento que había tras tu silencio, por haber callado, por haber sido un cobarde, por no haberle dicho a la cara que era un machista, por no haberme atrevido a ayudarte… Que no te conozca personalmente no es excusa. Son muchas, demasiadas, las mujeres que hay a mi alrededor que están pasando por lo que tú has pasado y es mucho, demasiado, el silencio cómplice que he guardado. Gracias, de corazón, por haberme abierto los ojos y haberme enseñado lo peligroso que es el silencio.

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