A trozos

Por Manuel Blanco Chivite. LQSomos.

Introito

Hace ya bastantes años que conocí a María Luisa, nacida en la provincia de Salamanca y residente en Madrid desde casi su niñez. No sé qué habrá sido de ella, pero por entonces, sería el 2005 o el 2006, vivía en la calle Doctor Esquerdo, a un paso de la plaza de Manuel Becerra. Me la presentó un viejo y buen amigo, Luis Garrido, escritor y librero en la misma calle, como una de sus más antiguas clientas, aunque ya, desde hacía algún tiempo y debido a su estado de salud, no aparecía por la librería.

“Pasó la guerra en su pueblo, – me informó someramente Luis- y seguro que podría contarte muchas cosas” y unos días después tuve oportunidad de conocerla; hablé con ella, tomé mis notas, recogí sus palabras puntualmente y las llegué a publicar en alguno de esos libros que he ido dejando por el camino. Quizás, todavía hoy, sean de interés.

María Luisa

A sus setenta y siete años, María Luisa se mueve son lentitud y pesadez. Las piernas son su calvario. Con los primeros calores de mayo, se le hinchan dolorosamente y la dejan postrada.

Hasta hace un par de años era clienta habitual de la librería que Luis tiene en Marqués de Zafra, perpendicular a Doctor Esquerdo. Ahora, María Luisa sale poco de casa. La mayor parte del día permanece sentada frente al televisor, con los pies sobre una escabel de madera que le ha construido su nieto Carlos, un chico de dieciocho años, habilidoso y atento siempre con ella y que gusta escuchar, de vez en cuando, las historias de su abuela y saber así de su familia y del pueblo salmantino donde, como él mismo dice, “empezó todo”.

Carlos ha conseguido esta mañana que María Luisa salga de casa y nos acompañe hasta un bar próximo, apenas cincuenta pasos desde su portal. Nos hemos instalado en una mesa y ahora, frente a mí, la anciana maneja un pequeño tenedor y un cuchillo para trocear un cruasán a la plancha que el camarero acaba de servirle junto con el descafeinado con leche.

Carlos la mira en silencio, yo con curiosidad. Me fijo en cada uno de sus movimientos, que dan sensación de precariedad, de ir a quebrarse y dejar los miembros paralizados para siempre.

No obstante, hay algo ágil, brillante, profundo y vivo en María Luisa: sus ojos. Son de un gris disuelto en tinta azul, como pequeñas gemas. Parecen mirar a todas partes a la vez, aunque permanezcan quietos, y parecen estar siempre interrogándote no sin cierta ironía, como si dijesen, sí, claro, todo eso esta muy bien, pero tú, tú qué tienes por dentro, qué piensas realmente, caso de que pienses claro está…Quizás sea mi imaginación, me refiero a la impresión que su mirada me causa, desde luego. No usa gafas y conserva la vista como si la acabase de estrenar. Cuando habla, y he tenido varias oportunidades de escucharla, parece pronunciar cada palabra no sólo con los labios, sino también con los ojos, fijos siempre en quienes la escuchan, saltando de un rostro a otro, acentuando cada palabra con un sesgo de su mirada. Hasta cuando hace una pausa o la memoria queda suspendida y ella espera unos instantes su regreso, sus ojos siguen hablando, siguen contando. No es, pues, raro, que me haya hecho la idea, respecto a ella, que la memoria esta en los ojos; incluso la memoria de las palabras…

Memoria

No éramos pobres. Mis padres tenían tierras, hacíamos la matanza, no pasábamos necesidad. Mi padre era republicano, trataba bien a la gente, no le gustaba que explotasen a los trabajadores. Llegó a ser alcalde del pueblo,… un pueblo pequeño de la provincia de Salamanca. Cuando el 18 de julio del 36, siguió su vida normal, la gente le aprecia, nadie le quería mal. Pero el 15 de agosto, vino una cuadrilla de falangistas y lo asesinaron. Le fueron a buscar a sus tierras, sabían que estaba allí, trabajando. Estaba con varios mozos que le ayudaban. Los cogieron a todos. Los subieron a un camión… Hay quien andaba por allí que lo vio todo: los ataron y los arrastraron por el monte. Luego, les dispararon, los mataron y los llevaron a una fosa común, en Martinamor. En la zona, el centro de operaciones de estas cuadrillas que asolaban los pueblos era Béjar. Salían y se llevaban a la gente en carros, los mataban en Martinamor o por los caminos… En el pueblo había algunos caciques, mala gente, Paco, Ezequiel,… Iban a caballo a buscar a los señalados, junto con los de Béjar. También eran de Falange.

Doña Julia era una vecina. Le mataron varios hijos. Uno de ellos, cuando le llevaban en un carro se escapó. Se arrojó del carro y salió corriendo. Ezequiel y otro, los dos a caballo, le persiguieron. Lo cogieron y lo despiezaron. Lo cortaron en cuatro trozos y llevaron cada trozo a un pueblo, para que sirviera de escarmiento. A mi pueblo llevaron un trozo y lo colocaron junto a la caseta del carabinero.

A mi madre, tras el asesinato de mi padre, le cortaron el pelo, le pusieron un lazo rojo y la pasearon en un carro por el pueblo.

A mi hermano mayor lo ataron a una encina y le dieron una paliza de muerte. Tardó tres meses en poder caminar, tuvo que aprender a andar de nuevo. Luego, lo reclutaron a la fuerza en el ejército de Franco y lo destinaron a Jaca, donde pasó la guerra, en el frente de Aragón…

Silencio

María Luisa calla, en la mesa se hace el silencio. Después, se lleva la taza a los labios y aprovecho para preguntarle.

– ¿Quiere que ponga el nombre de su pueblo?
– No, no, todavía tengo familia allí y podrían hacerles algo.
– No creo que ahora…
– Te digo que no…

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