Achicharrado

sab209Ángel Hernández Pardo. LQSomos. Julio 2015

Achicharrado, así estoy. Achicharrado, tumbado en el sofá, después de varias duchas. Sobrellevando este calor insoportable. El verano no es una estación que yo reivindicaría. Me trae, además, muy malos recuerdos. Un verano en la prisión de Jaén. Cortándote el agua al mediodía, y sin ella hasta la mañana siguiente. El patio infectado de ratas. Las chinches alimentándose de los antifranquistas. Con unos dolores de estómago que me doblaba.

¡Menuda me lió la Helicobacter pylori! La muy puñetera me jugó una mala pasada en esta prisión. Se manifestó con tal virulencia que no tuve más remedio que solicitar ayuda. ¿Quién iba a saber entonces que las molestias estomacales las producía esa bacteria? Lo achacábamos a los nervios, a las comidas picantes, bebidas o tabaco. El caso es que tuve necesidad de recurrir al médico de la prisión para que me recetara algo para los dolores que padecía en esos momentos. Un joven médico atento y agradable me atendió de la mejor manera posible. Cómo se lo agradecí al ver la atención que me dispensaba. Consideró que me venía bien hacer un régimen de comidas especial para paliar mi dolencia. Se molestó en pedir a la persona que se encargaba de los pedidos en la calle un filete de carne para el día siguiente, aconsejándome que lo sazonara mínimamente. Contento, pero pasé la noche en un ¡ay!. No todos los funcionarios franquistas me demostraban, con ese detalle, que fueran unos represores. Al día siguiente, el mandadero me entregó la carne muy bien envuelta, con suma delicadeza. El médico había cumplido con su palabra. Fui a la cocina a prepararla como me lo había indicado el doctor. Al abrir el envoltorio me fijé que no era un filete, que eran dos. ¡Joder, qué detalle! Pero amigos míos, cuando separo uno del otro me encuentro que en el centro del bocadillo, formado por los bistec, vivían un enjambre de gusanos de enorme tamaño. En un primer momento no di crédito a lo que veía, porque me era imposible entender cómo la maldad podía llegar a cotas tan altas. Incrédulo de que este hombre tan refinado y atento hubiera participado en tal crueldad se lo llevé para que lo viera. Su respuesta fue una gran carcajada. ¿Dónde se encontrará en estos momentos aquél aprendiz de Josef Mengele?…

Yo si sé donde estoy en estos momentos, jodido por este verano infernal. Y en estado febril, que lo único que me viene a la cabeza son cosas como la que he contado. No puedo ni leer la prensa. Sólo soy capaz de retener el título y poco más. No sé qué de que unos yihadistas que han demolido un monumento histórico porque quieren implantar su represión como modelo de convivencia. Me recuerda a lo que hicieron en España durante cuarenta años sus iguales hispanos. Como no termino de leer el artículo dudo si son estos mismos yihadistas los que demolieron la cárcel de Carabanchel. Ese monumento a la ignominia, y eso también era historia.

Allí me metieron por no soportar al régimen fascista de Franco. Y por negarme a que se llevaran de nuevo a dos compañeros, que se encontraban encarcelados como yo, posiblemente a la DGS, conocí las celdas de castigo.

Qué puedo contar sobre aquello en el estado en que me encuentro, y con el síndrome Rashômon, pues lo que recuerde, que no es poco. Con las imágenes que todavía permanecen en mi memoria:
La jaula con barrotes antecede a una puerta de hierro. Un simulacro de luz. Mis ojos adaptándose. Sentado, después de tantas vueltas. En el suelo. Anulado. De eso se trata. Se oyen pasos. Se oyen pasos. El ojo de la puerta me observa. Silencio.

Unos tres metros de largo por metro y medio de ancho. ¿De altura?… quizás dos y medio. Empiezo a sentir angustia. ¡Vamos!, anímate. ¿Y cómo? Me cago en mi mala suerte. Tengo que volver a andar. ¡Venga!, no lo pienses más. Bueno, estas vueltas son bastante aburridas, pero me calman. Cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco, cuarenta y seis. Mejor voy marcándolas en la pared. Cien, una raya. ¿Qué pone aquí? En este lugar estuve en… En la cárcel se tiene que entrar o muy joven o muy mayor.

Sigue andando, no te pares. ¡Me sienta de maravilla! Parece mentira. ¿Cuántos años tendría cuando entró en la cárcel? Si murió aquí, una vida sin sentido; si salió anciano, una vida desperdiciada. Joven soy y no me consuela.

Vuelven a molestarme los cerrojos que me cuidan. Tienes tiempo a recomponer tu obediencia antes de que el tercer cerrojo te machaque el cerebro.

Frente a mí, el carcelero y un preso servidor. En penumbra recojo un cubo de cinc con agua, un plato abollado de aluminio, una cuchara, un vaso y una barra de pan. El servidor, deposita dos cazos de una masa informe en el plato, desconocida para mí en ese momento. Acto seguido, coloca encima de lo que ha depositado en el plato algo parecido a un huevo frito…

Los cerrojos suenan con volumen inverso. ¡Qué silencio!

No puedo comerme nada más que el pan. ¡Delicioso! La comida al agujero, con un poco de agua del cubo. Vamos a ver, una vez limpio el plato y la cuchara me queda la cantidad de unos tres cuartos de agua en el recipiente. Tengo que beber, lavarme mañana a primera hora y cagar en ese agujero que hay en el suelo. Por cierto, hoy no lo he hecho. Son los nervios de la novedad…

Es preciosa la imagen de la pared creada con ese color… ¿azul?… puede, pero desgastado… tiene veladuras… esos chorretones de humedad decolorando esa zona… la mancha amarilla montada por la roja. ¡Joder, es sangre! Pone algo en ella… Este es… mi… sa… sacri… sacrilegio… No, no, dice sacrificio. Eso es: Este es mi sacrificio… Voy a andar para ejercitar las piernas. Diez… Me gusta ese rayado que atraviesa parte del cuadro, está hecho con la cuchara, seguro… Doce… Nombres, fechas y huellas. Huellas de todo tipo… Catorce… Una magnífica pintura, en constante evolución, llena de experiencia y fatalidad. Recogiendo el baile de las manos. El fluido de los cuerpos organiza el movimiento. Te atrapa y te deja, con sus infinitos ojos. Nunca tendrá ocasión de mostrarse. Desconocida, permite a unos pocos privilegiados que la fecunden, y en esa interacción va creando sus formas, ofreciendo incestuosamente su belleza a sus creadores. ¿Será verdad que lo sublime pocas veces se conoce?… ¿Cuántas vueltas llevo?

Cerrojos, cerrojos…

Me entregan una colchoneta y una manta. ¿Qué hora será? Les encanta que pierdas la noción del tiempo. Es muy importante que no sepas si es de día o de noche. Si desconoces el día de la semana, o los días que llevas encerrado, se aplica correctamente la tortura. Deciden ellos. Nada de herramientas con las que puedas dañarte. Te cuidan: Fuera correa, cordones, gafas… Deciden tu vida y tu muerte.

Llegó la hora de que me pasen a la celda la apestosa colchoneta para dormir. ¡Joder, lo que pesa esta colchoneta! No quiero tumbarme todavía. El descanso me hace pensar de todo. Los mejores momentos de mi vida, he de reconocer, fueron después de un largo tiempo de reposo y tranquilidad. ¿Ahora estoy tranquilo? ¿Podría crear algo que mereciera la pena en estos momentos?…

La cabeza la colocaré en ese lugar. No es mi lado de dormir pero me alejo del agujero… Noventa y ocho… noventa y nueve… y cien. Otra raya. Van diez. Mil veces por tres son tres mil metros. Cansado estoy pero no me siento. Hoy quiero caer completamente rendido. ¡Destrozado! Sin pensamiento. Como un animal primario. ¿Me acostumbraré?… No puedo más, me canso y me tumbo. Se acabó.

—Miguel, al salir del colegio voy a ir al río a bañarme, ¿vienes?
—A bañarnos con lo fría que está el agua, no fastidies.
—Venga, y de paso cruzamos la presa y conseguimos unas manzanas.
—Claro, claro, manzanas que están más verdes que el traje del padre de Elías. Vaya diarrea que te dio la última vez. Y la ocurrencia de limpiarte el culo con una hoja de higuera. Todo el camino rasca que te rasca. Peladito lo dejó, peladiiiiito looo dejó.
—Vete a la mierda. Vamos a cruzar la presa, ¿vale?
—Viene con bastante agua, nos va a llevar la corriente.
—No seas cagón, y déjate la camiseta puesta por si resbalas… Bueno, venga no lo pienses más que las manzanitas nos esperaaan…
—Veo un perro.
—¿Dónde?
—Es aquella, al lado de una que parece la cara de Don Tomás.
—Sí, sí, es verdad, pero va tan deprisa que le están desapareciendo las patas delanteras. Se está transformando en un elefante, ¿no te parece?
–Elefante… rinoceronte… se acabó. Aquella nube que no tiene forma aún, a ver si acertamos en que se convierte.
—Es un submarino.
—Ahora es un zepelín.
—¿Qué es un zepelín?
—Es el nabo de un caballo percherón volando.
—Vete a la mierda.
—Se ha convertido en unos cuernos.
—Deben ser los de tu padre por lo grandes que son.
—Vale, vale, se acabó el juego. La camiseta ya está casi seca y me duele la espalda de estar tumbado, vamos a levantarnos y nos vamos a casa…
—Hoy has estado en el río, bañándote. No digas que no porque traes la camiseta puesta del revés, y aún está húmeda.
—Que no, mamá. Me la he quitado para jugar, y luego me la he puesto así… Está sudada, ¿es que no lo ves?
—Sudada, sudada, ¿crees que soy tonta? Anda y lávate que vamos a comer… Joder, a mi madre no se le pasa una…

Con qué gracia contaba mi madre algunas anécdotas. Recuerdo una que estaba relacionada conmigo. La contaba así:

Vivía en la esquina de nuestra calle, en la mismísima Puerta del Vado, una señora pudiente que se dedicaba a alquiler habitaciones a los inmigrantes que venían de las zonas más deprimidas de España. Lo que fueron una vez cuadra de ganado las adaptó como cuadra de humanos. Era una mujer de dinero y con ideas muy antiguas, sobreeetodojajaja muy beata, tremendamente beaaaajajaja. Como tenías unos días y entonces no existía eso de dejar a los niños en un sitio para que te los cuidaran, yo, te llevaba siempre conmigo. Un día fuimos a la tienda de comestibles que estaba al lado de donde tenía esta señora su posada, y por esas casualidades me la encontré allí.
—¿Cómo le va señora Juana con el nuevo retoño?
—Bien, aunque es bastante llorón.
Al oír llorón, noté que la beata ponía en funcionamiento los gestos de su cara, antes más quietos que los de un cadáver. Se acercó sigilosamente, como patinando, al mismo tiempo que alargaba su brazo amojamado, cuya extremidad era lo más parecido a unas tenazas, y abriendo la toquilla con avidez dejó al descubierto tu cabecita.
¡Aaah, el Niño Jesús!, gritó la espátula al ver tu rostro nacarado y tu pelo de oro. ¡Qué susto me pegó la condenada! ¡Qué susto nos pegó a todos los que estábamos en esos momentos en la tienda! Fuiste una aparición para ella. Tus lloros, dijo, eran una revelación, un mensaje que nos enviaban desde el cielo. Que se lo preguntaran a tu padre que tenía que levantarse todos los días a las cinco de la mañana para ir a trabajar. Tengo que reconocer que era lógico que te confundiera con ese personaje mitológico, dado que, en esos momentos, existía una gran producción de muñecos del niño Jesús parecidos a ti. Vamos, eras el modelo.
¿Qué tendremos los seres humanos en el cerebro para llegar a eso?

—¿Aún no le han bautizado?, preguntó.

Ante mi negativa, la vi echar la cabeza hacia atrás, como si la tuviera unida al tronco con unas bisagras. Y mirando al techo de la tienda hizo un movimiento con la mano derecha, y por este orden se tocó la frente, barbilla, hombro izquierdo, hombro derecho…, murmurando algo incongruente. Yo, en ese momento, me encontraba observando unas sardinas arenques. El tendero se las despachaba a la señora Paca. A tu padre le gustan mucho para merendar y estaba pensando comprar un par de ellas.

La beata, empezó a dar vueltas y vueltas alrededor de mí mascullando no sé qué. Sólo la entendía: ¡al limbo, al limbo! No pude más, de verdad, me estaba poniendo de los nervios. La paré sujetándola del brazo, y dirigiéndome al tendero le dije: espero que no estén tan secos como el brazo de esta señora. ¿Crees que se inmutó? Se encontraba en otro mundo en ese momento. Pasados unos segundos, me mira fijamente, con ojos de loca, y me dice: Tenemos que bautizar a este niño como Dios manda, los gastos corren de mi cuenta. Le hacéis el mejor bautizo que exista, el mejor cuando le llevéis a la iglesia, yo hablaré con el cura. Con estas palabras y como si alguien la poseyera salió sin más de la tienda. Sin comprar nada, y eso es lo curioso.
A los pocos días te tuvimos que llevar a bautizar, no sin el disgusto de tu padre, al que le parecía ese acto la iniciación hacia la estupidez. No había más remedio porque, tal como estaban las cosas, podías tener problemas cuando fueras adulto; bueno, ya me entiendes. Te llevaron tus padrinos, con una caterva de niños detrás. Nada más entrar en la iglesia se acerca el sacristán a los padrinos y les pregunta si el bautizo es gratis o de pago. De pago, de pago naturalmente, contestan los padrinos. Pues hagan el favor de tomar asiento en aquel lugar, el padre ya está preparado. Los bancos de la iglesia estaban engalanados con telas blancas con puntilla, y claveles naturales con el color de la pureza. En esto, sale el cura con una Casulla blanco y oro que apabulla, llevando debajo el Alba hasta los pies, ¡con unos encajes! La música celestial que le acompañaba en su paseíllo la tenía tan incorporada que parecía que le salía del mismo cuerpo, todo era uno. ¡Un gran actor!…

Fuiste tratado como un príncipe. Un príncipe, hijo. ¡Qué derroche! Creo que hasta el agua bendita te la echaron templada. ¡Vaya suerte la tuya! Una vez acabada la ceremonia, más larga de lo normal, llaman a los padrinos a la sacristía para informarles de lo que tienen que pagar por la ceremonia. ¿Cómo?, pregunta extrañado el padrino. Este bautizo lo ha pagado doña tal, responde la madrina. Y una higa, replica el cura, acompañado con un manotazo en la mesa. ¿Cómo se llama el niño?… Lo que suponía, el bautizo que se le ha dado a este niño pertenecía a otro de la familia tal. La familia tal, te lo puedes imaginar cómo eran, unos pobrecitos. Endemoniado de cólera el cura, al darse cuenta de que no iba a recibir dinero alguno por aquella representación que había ofrecido minutos antes, no dudó en terminar tajantemente con todo aquello: váyanse, váyanse, y que Dios les perdone.

—Levántate de una puta vez. Levántate gandul, crees que estás en un hotel. Arriba. Y tú, saca la colchoneta y la manta.

Me duele la cabeza. Creo que he soñado. Es obediente el servidor, vaya porrazo que me ha dado el muy cabrón. Me ha volcado en el suelo. Qué frío tengo. ¡Será posible, vacía el cubo!

—No, no, no hagas eso. Quiero lavarme un poco, por favor.
—Lavarte, holgazán. ¿No has tenido tiempo para hacerlo?… Tienes que ser disciplinado. Ya aprenderás, vago de mierda… ¿A qué esperas para vaciar el cubo? Venga, que es para hoy.

En un hotel, el muy cabrón. Me ha dejado sin agua y me estoy cagando, esa es la realidad. Pasemos a otra dimensión, sin deprimirnos. Todos, toda nuestra especie, un día desaparecerá definitivamente sin que nadie reivindique su pasado. Nuestro Dios Sol se vestirá con el ropaje del glotón, apoderándose de nuestra efímera existencia. Seremos tratados con la misma consideración que los reptiles y ratas. Ni mitras empuñando antorchas de fuego. Ni simios feroces en su bacanal de sangre. Ni aquellos que los siglos legalizaron su latrocinio con sus propias leyes. Ni coronas provenientes del botín, tendrán ningún privilegio a la hora de ser engullidos. Dios, invento de los hombres, se consumirá de la misma manera, y el universo ofrecerá otras posibilidades de existencia.

Un retortijón. Cago y siento un gran placer. El mismo que si lo hiciera desde un trono. Vacío. Mi cerebro se relaja. ¿Qué segrega el cerebro cuando se caga? ¿Qué droga me hace estar en la gloria en un acto tan repugnante? ¿Los asesinos pueden sentir lo mismo?… ¿Los dictadores?… ¿Los ladrones?… ¿Los mentirosos?… ¿Y otras especies?
Rajjjpuun. Rajjjjpuuun. Rajjjjjjpuuuun.

Cuanto más roñosos los cerrojos más efectivos.

—Aquí huele que apesta, eres un cerdo. Arroja el agua al retrete.
—No, no, deje que me lave primero, por favor.

—Serás guarro. Aléjate de ahí. Al rincón, al rincón. Te tienes que organizar: agua, lavarse, cagar, tirar de la cadena. ¿Te enteras? Siempre por este orden. Disciplina, esos es lo que necesitáis, mucha disciplina.

“Y tu puta madre, gilipollas”.

Rajjjjjpuuuun. Deprisa, deprisa. Termino. Rajjjjpuuun. Me tapo los oídos con miga ensalivada. Mi cerebro deja de estar en guardia. Relajo. Fin.

Estos dos palos negros deben ser salchichas. ¡Puf! De toda la comida me como estas dos patatitas, y la corteza. La miga la necesito, hoy tendré que utilizar parte de ella para limpiar el plato. Hoy no muevo el culo. Quiero hacer la digestión, tranquilamente. Me siento y a joderse.

—Eh, tú… Sí, tú.
—¿Quién me llama?
—¿Por qué tiene que ser alguien? Puede ser la pared. Puede ser el más allá. Puede ser el más acá.
—Vale, te sigo el juego. ¿Qué me llama?
—¿Por qué tiene que ser algo? Puedo ser yo. Puede ser él. Puedes ser tu mismo.

—Tiene narices el asunto. Lo que sea, si tiene algo interesante que decirme adelante. Silencio el estúpido, el predicador, los consejos del ignorante, el que escucha ruido en vez de música…

—Interesante, interesante, muy interesante para el estómago. ¿Tienes una paellera?… En aceite de oliva caliente doras troceados un par de bogavantes, no muy grandes, y los retiras después; a continuación sofríes un poco de cebolla, picada previamente, con unos ajos recortados en rebanadas. Procura tener preparado lo siguiente: unas ñoras, tomate triturado, azafrán, perejil, caldo de pescado, le vamos a echar también unos langostinos rayados, y, por supuesto, arroz. Vas a cocinar un arroz con bogavante. Una comida para cuatro personas. ¿A quién vas a invitar?

—A tu puta madre. No oigo más, la, la, la. Parapapá, parapapá, Parapa…
—Eres un majadero.
—¡Olvídame!

Me duele el estómago. Encerrado, y al mismo tiempo tengo que oír sandeces. ¿Cómo harán todos los que pasan hambre para no sentirla? ¿Creerán que a todos los seres humanos les pasa lo mismo? Imposible. Ahora la información llega a todos los sitios. Sin fronteras. Pueden ver cómo comen otros, y en abundancia. Ellos no, otros sí, ellos no, otros sí, ellos no, otros sí… a la mierda, me da mismo si no estoy invitado, me siento a la mesa y a comer… Se me pasa el dolor.

Cien… Cien… Cien… Cien… Cien… Cien… Cien… Cien… Cien… Cien. Van mil. Raya encima… Cien… Cien…

—¡Basta ya!, me estás mareando.sab218
—¡Eh! ¡Eh! ¿Pero qué coño quieres de mí?
—¿Sigues con la paellera en el fuego?… Una vez dorada la cebolla y el ajo, atacamos con la pulpa de las ñoras y el tomate. ¿Has tenido las ñoras previamente cortadas y en remojo?
—¡Cállate de una puta vez! Me tienes harto con tu arroz con bogavante.
—Y tú a mí, con tus paseos absurdos de Penélope. Trato de echarte una mano en la cocina para que comas mejor. Yo, como todos los días la comida que quiero, a mi gusto. Te quedarás en los huesos, y lo que es peor, sin fuerzas para nada. No te gusta la comida que te dan, y rechazas mi receta para hoy. ¿Es que no te gusta el arroz con bogavante?… Te puedo sugerir un arroz a banda, ¡delicioso! Haces un caldo con morralla… ¿Nada de arroz? Veamos, un potaje: garbanzos, bacalao y espinacas… Quizás desees solomillo al roquefort. ¡Madre mía! Los postres: mus de chocolate; crema de requesón…
—No puedo más, de verdad. Si esta va a ser mi tortura, desconecto. Acaso, por casualidad, me has tomado por un cretino.
—No te enfades, hombre. Estoy tratando de ayudarte. Fe, es lo que te falta. Si creyeras un poco más en lo que te digo, con un poco de esfuerzo lo conseguirías. Cuando quieras seguimos con la paella, antes de que se te queme el tomate.
—Dale que dale. Impasible el invisible, y con una voluntad inconmensurable, trata de convertir al no creyente a su religión. Aprovechándose de mi debilidad y necesidad por comer, me ofrece manjares. Pero para llegar a ellos tengo que iniciarme en sus ritos (hoy arroz con bogavante) y tener Fe. Humo, humo. Ni eso.
— Para narrar tus vivencias intenta caminar por mundos ficticios. La imaginación puede salvarte.
—¿Salvarme? ¿Quieres que me salve? Ayúdame a salir de este puñetero lugar y me habrás salvado.
—¡Ah, es eso! Y por qué no lo dijiste antes. Entiendo que quieras salir… Salir, ¿adónde? ¿Quieres ir al cine? ¿Al teatro? El restaurante está descartado, no te apetece comer bien.
—Para, para, me cago en Dios y en la puta madre que te parió. ¡Joder, vaya experiencia!
—No se te ocurra ponerte en la primera fila, se te caerán encima los personajes.
—No hablo más contigo, se acabó.
—Ni yo contigo, las pelis me gustan verlas en silencio… No, no creo que te apetezca salir en estos momentos, está lloviendo.
—No puedo más, me rindo.
—Como el viaje que nos espera nos puede llevar mucho tiempo iremos al cine otro día, cuando no llueva. Mientras tanto te contaré una anécdota de mi vida:

Era una tarde de primavera, tenía nueve años. Con ocho años había conseguido explorar una parte de mi pueblo, sin miedo a perderme. Con nueve años decidí seguir explorando. Con más recorrido y conocimientos más amplios pude llegar, en mi desplazamiento, a un lugar misterioso y raro. Era una casa con un gran salón, en cuya pared vivían, viajaban, amaban y morían. Me senté, a oscuras y en silencio, aún lo recuerdo. En blanco y negro un reo colgado, aún lo recuerdo. Le descuelgan unos ladrones y se lo venden a un médico para que experimente con él. El médico se propone dar vida al ajusticiado. Para ello le tienen que trasplantar el cerebro de otra persona. Cose por aquí, cose por allá, con una buena dosis de electricidad. ¡Increíble! Resucita, y anda; muy mal, es verdad, pero anda. Se independiza del médico y trata de buscar un lugar tranquilo para vivir el resto de su vida. El médico, que ha creado esa criatura, descubre que el cerebro que le ha colocado pertenece a un asesino. Se lo comunica a la policía para que le busquen y le vuelvan a llevar al laboratorio para cambiarle de nuevo el cerebro por otro mejor, como el de todo el mundo. Él trata de escapar de aquel pueblo que le persigue. Ha tomado la decisión de ir por un camino que le resulta familiar, al cerebro. Empieza a recordar. Tiene la certeza de que en la casa que hay al otro lado del puente se encuentra su pasado. Allí, se dirige torpemente. A pesar de las dificultades que tiene para andar, consigue llegar a la casa.

Dentro: Una niña de quince años, y su padre el delator. La niña grita, se asusta. El padre coge un arma, inútil. El monstruo con su fortaleza —por las corrientes eléctricas— consigue desarmarle, dejándole inconsciente. Se lleva a la niña a un lugar que recuerda; la niña también. Él, cubre todo su cuerpo, excepto los ojos, con pieles de conejo para tapar su fealdad. Pasan los días, y poco a poco la niña va reconociendo en los ojos del monstruo a un joven que ella amó y deseó con todas sus fuerzas. Un joven que, según le dijo su padre, había cometido un asesinato y por eso había tenido que huir. Por supuesto ella no le creyó. Los ojos del joven los tenía aquel monstruo. Ella le miraba y el monstruo se dejaba mirar, sólo eso. Él esperaba que ella hablara, y ella no se atrevía a hacerlo. En esto, comenzó la primavera en aquel lugar, y la vida empezó a surgir por todos los lados. Sonreían los pájaros y los insectos ayudaban a las flores en sus amoríos. El agua, desnuda, yacía con cualquier desconocido en su caminar constante. Todo estaba preparado. Ellos también. Se reconocieron y se amaron… ¿Qué te parece el cuento?

—Me gusta la historia que me has contado. Al menos, reconozco en ti cierta sensibilidad. No eres el pelmazo que creía… Si te soy sincero no entiendo por qué me encuentro en una celda de castigo.
—Toma, ni yo. Pero estamos en España y en la cárcel de Carabanchel. Nuestra rebelión para que no se llevaran a dos compañeros a la DGS la resuelven con este tipo de tortura.
—Por eso digo que no lo entiendo. Deberíamos ser premiados por estar en contra de la tortura, y no todo lo contrario, ¿no te parece?
—La impunidad conseguida con las armas tiene eso.
—De eso puedo dar fe. ¿A qué te dedicabas cuando estabas fuera?
—Era cocinero.
—Ahora comprendo tu afán por cocinar.
—Me vas a perdonar que te haya dado la barrila, pero tenía que hacerte reaccionar, pensé que te podías hundir por la situación. Y se me ocurrió intentar que pensaras en una comida decente en vez de esta mierda que nos dan.
—Te doy las gracias por el intento, pero es imposible que en estas condiciones pudiera ser capaz de conseguir lo que pretendías.
—Al menos lo intenté.
—Eso no lo dudo. Ahora que te voy conociendo un poco quiero contarte —y así nos olvidamos durante ese tiempo de nuestro penar— algo que oí hace tiempo. Pero lo voy a hacer novelado, en sentido metafórico, para que adivines dónde pudo darse ese acontecimiento.
—Estupendo, me encanta jugar a las adivinanzas.
—Pues ahí va:

Hace mucho tiempo en un país se extendió una epidemia que acabó con familias enteras. La enfermedad se manifestaba en cada uno de los habitantes de forma diferente. A los más contagiados los mataba; a los supervivientes los aislaba años y años impidiéndoles andar, ver, oír y hablar con libertad. Para huir de la epidemia muchos se exiliaron. Parece ser que atacaba a todos aquellos que tenían inclinación a pensar en tres colores, y por supuesto a defenderlos. Vulgarmente lo llamaban síndrome del pensamiento. El caso es que no les pasaba lo mismo a todos los que vivían allí. Los que no conseguían ver nada más que dos colores se salvaban. Cuentan que al ser estos últimos los que albergaban la cepa de ese mal la enfermedad los protegía.

En ese pueblo vivía una familia muy conocida. Se componía de un matrimonio y tres hijos. Los domingos, tenían por costumbre, en vez de ir a misa, asistir, con otros del pueblo, a reuniones donde se hablaba y se discutía sobre la verdadera creación del universo. El padre, maestro de escuela, y los dos hijos mayores —con veinte y dieciocho años respectivamente— fallecieron brutalmente. La enfermedad les llegó tan rápido que apenas tuvieron tiempo de despedirse de nadie. La madre y el niño más pequeño que habían conseguido burlar a la muerte, acosados por la enfermedad, se refugiaron en el sótano de una casa deshabitada. El maestro conociendo el proceder de la enfermedad, y antes de que le llegara la muerte atacado por este mal, había encomendado a su mujer que guardara un escrito con su correspondiente mapa del pueblo, que hablaba de este hecho luctuoso.

—Cuando sea posible, el que sobreviva a esta peste humana, vendrá al pueblo a recoger este gran tesoro, recitaba al mismo tiempo que garabateaba en el papel. No lo pierdas, no lo pierdas, repetía una y otra vez a su mujer, utilizando la pedagogía que había aplicado en la escuela, para que se le quedara grabado a ella en el cerebro.

En el mismo pueblo vivía otra familia inmunizada a la enfermedad. El patriarca era un conocido contrabandista. No sé de qué manera le llegó a sus oídos la noticia de que el maestro del pueblo había confeccionado un plano donde indicaba el lugar donde se encontraba enterrado un tesoro. Se cuenta que, el maestro antes de morir, en sus delirios, por culpa de la tortura que le produjo la enfermedad, pudo hablar de ello. Al contrabandista le obsesionaba la idea de conseguir ese tesoro a costa de cualquier precio. Los únicos que podían disponer de esa información eran la familia que quedaba del maestro. Su empeño por descubrir dónde se escondían dio por fin sus frutos, y allí se dirigió con sus guardias. Ella al darse cuenta de que los habían descubierto, se puso de escudo para que el hijo pudiera escapar, con el legado del maestro oculto en el forro del pantalón.

Pasaron los años y al contrabandista nunca se olvidó del tesoro. Tanto es así que, había conseguido descubrir en sus pesquisas el lugar donde se encontraba aquel niño que pudo huir con la información que la madre le había cosido en sus pantalones. El contrabandista se hizo anciano, encontrándose en el final de su vida. Al darse cuenta de lo irreversible de su situación, mandó llamar a su hijo para que se encargara de conseguir por cualquier medio el mapa del tesoro que tanto le había obsesionado a lo largo de su vida. Y le dijo:

—Hijo, por fin he conseguido todo aquello que deseé, gracias a Dios. No obstante, existe algo que nos pertenece, como nos pertenece todo el pueblo, pero que es imposible localizarlo por no saber el lugar exacto donde se encuentra. Esta va a ser tu misión: En el sobre que está encima de la mesa encontrarás con todo detalle la información suficiente para localizar a la persona que posee lo que tanto añoro. No quiero que vuelvas sin el mapa. No escatimes nada y sé implacable contra todo lo que se interponga en tu camino. ¿Me lo prometes?

—Te lo prometo, respondió el hijo.

El hijo, en vez de seguir de inmediato los consejos del padre, se dedicó a regularizar el botín que había conseguido su progenitor. No podía en esos momentos dedicarse a otra cosa que no fuera a legalizar todo lo que habían atesorado de forma irregular. Conseguir el plano del tesoro vendría después.

Los años pasaban y pasaban dedicando todo su esfuerzo a esa tarea: Abrieron oficinas bancarias. Compraron obras de arte. Entraron en los consejos de administración de editoriales y periódicos…

El Contrabandista padre, antes de su fallecimiento, había mandado grabar en todos los platos de la casa el siguiente texto: «No descansaré hasta que consiga el tesoro». Por lo tanto, nadie de aquella casa podía olvidar el asunto.

Pero llegó el día en que toda aquella familia podía lanzar a los cuatro vientos que todo lo que poseían había sido conseguido de forma legal, con el esfuerzo de su trabajo. Así que, ahora podían dirigir su esfuerzo hacia la otra empresa que tenían pendiente.

El hijo del contrabandista como era ya un anciano mandó llamar a su hijo, nieto del contrabandista. Y le dijo:

–Hijo, por fin he conseguido todo aquello que deseé, gracias a Dios. No obstante, existe algo que nos pertenece, como nos pertenece todo el pueblo, pero que es imposible localizarlo por no saber el lugar exacto donde se encuentra. Esta va a ser tu misión: En el sobre que está encima de la mesa encontrarás con todo detalle la información suficiente para localizar a la persona que posee lo que tanto añoro. No quiero que vuelvas sin el mapa. No escatimes nada y sé implacable contra todo lo que se interponga en tu camino. ¿Me lo prometes?

–Te lo prometo, respondió el hijo y nieto de contrabandistas.

El hijo del maestro, ya anciano, se encontraba viviendo en una casita alquilada de un pueblo que le había acogido en su huida. Como estaba cerca el final de su ciclo de vida y no había podido llevar personalmente a cabo el deseo de su padre, esperaba pacientemente a la persona que tarde o temprano aparecería para hacerlo.

Cuando llegó el nieto del contrabandista a la casa del hijo del maestro, éste se encontraba postrado en la cama, esperándole. Y le habló de esta manera:

–Sé quién eres, y tú sabes bien quién soy yo, por lo tanto, sobran las presentaciones. Quieres algo que yo poseo y a mí no me importa cedértelo. En estos momentos que la naturaleza me indica que he llegado a la meta, te pido una sola cosa: abre el segundo cajón de la cómoda que hay allí enfrente. En él encontrarás una tela de seda doblada. Extiéndela encima de la cama donde yo me encuentro. Es una tela tricolor confeccionada por mi madre. Mis padres y mis hermanos la defendieron con su vida. Quiero que seas tú el que la coloques en el sitio donde debía haber estado siempre. Eso es todo. Ahora coge el sobre que está encima del mueble que hay a la salida. Siempre te estuvo esperando.

Extrañado, pero al mismo tiempo contento, al resultarle tan fácil conseguir el mapa del tesoro, el nieto del contrabandista volvió a su pueblo. A su llegada le comunicaron que su padre había fallecido. Las últimas palabras habían sido para él. Y así se lo comunicaron exactamente: hijo, no descanses hasta que consigas el tesoro.

En el sobre que le había dado aquel niño anciano venían, además del plano, unos comentarios que a él le parecieron criptográficos:

«Quebrantan mis huesos, y no camino. Ciegan mis ojos, y no te veo. Agujerean mi cráneo, y no pienso. Ocultan mi cuerpo, y no existo. Entierran mi tesoro, matándolo. ¿Cuántos? ¿Cuántos? ¿Cuántos? Muchos son los tesoros perdidos por esta enfermedad terrible que nos devora. Acaban con el día oscureciendo la esperanza. Nos pasean. Paseados a la fuerza, sin movernos.

Tesoros desperdigados por todo el pueblo, sepultados.

¡Buscarlos! Allí están esperando. Ellos hablarán por sí solo.

¿Dónde están?

Allí, allí, allí también. Acabad con la oscuridad que les protege. No podemos esperar más, estamos en los huesos. Esperan, esperan, esperamos. ¡Tesoros, tesoros, tesoros! Tendrás que derribar castillos, palacios, iglesias…, para encontrarnos. Tú sabrás por dónde empiezas».

Al nieto del contrabandista le resultaba bastante indescifrable lo que había leído. No entendía cómo el maestro había podido escribir todo aquello tan difícil de entender. Lo más seguro es que lo hiciera para que nadie pudiera dar con las joyas fácilmente. Pero a él, que era hijo y nieto de contrabandistas, no se le iba a resistir, por muy difícil que así fuera.

Analizaba cada párrafo de aquel galimatías —así lo llamaba él—, y nada. Y vuelta a empezar. Pero nada de nada. Aburrido lo dejó abandonado debajo de una caja de bombones, en uno de esos accesos de glotonería que padecía desde niño.

Pasaron los días, y el nieto en constante preocupación por tener cubierto todos los placeres que le ofrecía su posición, había olvidado por completo aquel mapa con su correspondiente tesoro. Pero hete aquí que, sin comerlo ni beberlo, o por puro azar, va a conseguir descifrar el dichoso mapa.

ago114El hijo de una de las asistentas de la mansión de los contrabandistas, que tenía ocho años, había acompañado ese día a su madre al trabajo. Al niño, no le disgustaba tener que esperar las horas que su madre empleaba en aquella casa. Siempre esperaba que apareciera el señor de los regalos, gran amante de los niños, para que le ofreciera algo a cambio de alguna carantoña. Ese día, le ofreció que cogiera un bombón. Y así lo hizo. El niño tenía entre sus manos la caja de bombones tratando de encontrar, entre todos los colores que envolvían los chocolates, el mejor de todos. Miraba el azul y le gustaba el verde. No, prefiero el rojo al verde. Pero el amarillo tiene más chocolate que el rojo. Una y otra vez, el niño, reflexionaba ante la gran responsabilidad que tenía por delante, sin decidirse. En un acto de gran estrategia, el niño, optó por sacarlos de la caja y ponerlos encima de aquel papel, que no era otro que el mapa del tesoro, para tener otra perspectiva del asunto. Movía los bombones en el papel como si estuviera jugando una partida a las damas cuando las palabras: ¡Tesoros, tesoros, tesoros! leídas en aquel tablero de papel le llevaron a un estado, calificado por el nieto del contrabandista, de auténtica madurez. Leía y se acercaba a la ventana orientada al Este a mirar. Volvía a leer y corría a la ventana orientada al Oeste. Recorridos los cuatro puntos cardinales, el niño, con un gesto firme retiró el mapa de donde estaba, cayendo todos los bombones al suelo. Sin mirar si los pisaba o no empezó a girar sobre sí mismo con los brazos en cruz y, como si de una veleta se tratara, comenzó a dar órdenes: ¡Cavar debajo de la iglesia! ¡Cavar debajo del cuartel! ¡Cavar de bajo de la cárcel! ¡Cavar debajo de la comisaría! ¡Cavar debajo de esta casa! ¡Tesoros, tesoros, tesoros!

El nieto del contrabandista que esperaba beneficiarse del niño después de que él eligiera el bombón, estaba alelado por aquel repentino descubrimiento que el muchachito le había proporcionado. Sólo quedaba que el querubín le dijera por dónde tenía que empezar… Me vas a perdonar pero oigo que viene el carcelero y tengo que parar, luego seguiré contándotelo.

—No pares, ahora no.

Claro que paro, y me voy a dar otra ducha, a ver si consigo vencer a este día.

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