Daniel de Cullá. LQS. Marzo 2018

Hoy me voy afijar con mi lira buena o mala, preciosa, que, por gracia innata y autodidacta alumbra mi entendimiento, en escritores y poetas con vitola y sin vitola, que se presentan en alternancia de generaciones, y no dicen nada, ya que la gran mayoría de ellos son triponides y mierdusos, pues su lengua no produce milagro alguno y su huerto productivo no está más que en las aguas profundas o en cloacas.

El manubrio o la torrija brillan por su ausencia, mientras, en cambio, en los oradores políticos, estos se presentan como órganos visuales sobre todo si son caritativos y perseguidores de todo enemigo con mucho rigor.

Hay escritores y poetas solitarios y coloniales. Y los hay de agua dulce sacro facha en estado mierdusoide. Unos se colorean de verde; otros de hidra parda: cristianos, honrados y prudentes que mantienen su casa con el sudor de su frente; o eso cantan y dicen ellos.

La generación mierdusoide de hoy, de perradios y labios alargados, se presenta con órganos estáticos e institucionales provistos de un macizo exosqueleto calizo. Son autores modernos atacados generalmente por un orden establecido. Son los tranquilinos que se sitúan al borde de un paraguas.

Otros, más comunes en nuestras cuadras y corrales, son producto de una actínula de musa tranquilina sexualmente madura, más dura, que tiene un huerto donde allí coge cosecha del fruto que el tiempo tranquilino trae, particularmente intenso, y que beneficia a individuos soplapoides y mierdusoides.

En Méjico, por seguir un ejemplo, por la mañana, en domingo, como siempre acostumbran, se presentan como narcomierdosos provistos a menudo de un largo filamento aprehensor, a veces muy criminal y venenoso; y son ramplones del Verbo y la Palabra en su abertura oral reducida.

Los escritores y poetas mierdusoides están diferenciados en campanas natatorias que suenan porque tienen que dar un recado, y sirven para la flotación del verso o el renglón, mirando de lejos los gorriones que todo lo echan perder, dejando el cerebro a pájaros.

Están, también, los escritores y poetas calcóforos, ermitaños del Verso, plagiadores más o menos solitarios, y cornúpetas, que alcanzan la madurez tirándose a la Eudoxia de turno; su Musa intercalada en los radios de tercer orden de su inspiración que entra en huerto ajeno y pica su sembrado.

Y, luego, los sexóforos, que forman un grupo más vasto, que cuidan y echan alpiste a su pájaro de amor dispuesto a lo largo de un estolón filiforme, y tienen un cerebro discoidal atabacado, apareciendo sus rostros en la cara inferior del disco que han grabado o van a grabar.

Se les ve, también, en las aguas litorales y clitorales, o extendidos sobre las playas después de las marejadas, del Cantábrico al Mediterráneo, enseñando su preponderante miembro en estado transitorio de desarrollo y erección.

En todos ellos, la métrica o el verso libre, o la longitudinal escritura son constantes. En sus bolsas gástricas sucumbe la Musa que se inserta en ellos a través de un embudo en forma de cáliz con un corto pedúnculo.

No nos olvidemos que están los esquizóos, encerrados dentro de una habitación, que se presentan sin ausencia de celo, su cabello abundante de caspa, pudiendo asumir los caracteres de un verdadero escritor o poeta, presentado sus escritos una consistencia cartilaginosa. Y una métrica característica, con sus órganos sensoriales al margen.

Los labios orales y del manubrio en poetas y poetisas, escritoras y escritores se presentan notablemente desarrollados. A veces, se pueden comunicar entre sí, formando un seno marginal que comunica con el exterior por medio de páginas excretoras o clavas sensitivas que se presentan en forma de maza o clava.

Las mofetas olfativas y los mierdusos que compran sus libros y no les leen, y aunque les lean, presentan incluso celos visuales por ellos.

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