Santiago Vega Sombría*. LQSomos. Enero 2017

Una humilde familia dio vida a Agapito Marazuela en la localidad segoviana de Valverde del Majano. En compañía de su padre arriero recorrió con un carro los pueblos de Castilla percibiendo su pobreza generalizada a comienzos del siglo XX. A los ocho años, los efectos de una meningitis mal tratada le dejaron como secuela la pérdida de su ojo derecho y la disminución de visión del ojo izquierdo. Esta dificultad física tan temprana no le encogió el ánimo y volcó todo su empeño en el talento natural y la sensibilidad musical que afloraron desde la infancia. Es todavía un niño cuando se traslada a Valladolid para aprender a tocar la dulzaina castellana con el maestro Ángel Velasco (padre de la dulzaina cromática moderna). A los catorce años ya se ganaba un pequeño sueldo acompañando procesiones y todo tipo de fiestas populares. Paralelamente, se inicia en los estudios de solfeo con don Joaquín, un profesor de la Academia de Artillería de Segovia, del que guardó un gran recuerdo y agradecimiento, no así de su primer profesor de guitarra, quien recelaba de las cualidades de su alumno. En su primer y único contacto con el flamenco, acompaña en Madrid a la Niña de los Peines. Causa tan buena impresión en la cantaora que le propone convertirse en su acompañante, pero el padre no quiere separarse de él para dejarlo en ese ambiente artístico. Paga sus clases de guitarra con las ganancias que obtiene con la dulzaina en sus actuaciones por los pueblos.

En mayo de 1923 se instala definitivamente en Madrid, donde perfecciona sus estudios de guitarra con Santos Hernando. Sus cualidades musicales le permiten dar conciertos en Segovia y otras ciudades como Valladolid, Burgos o Bilbao. Su humildad y escasos recursos llaman la atención de José Rodao, que comprueba cómo la guitarra del artista era poco más que una caja de madera mal compuesta, así que escribió una crónica en El Adelantado de Segovia. Sensibilizada, la Diputación Provincial concede una subvención de 600 pesetas que se añadieron a otras aportaciones personales encabezadas por el pintor Ignacio Zuloaga, con las que se regaló un nuevo instrumento de dos mil pesetas. Aquella guitarra fue la que le acompañó hasta su muerte sesenta años después. Su carrera despega destacando los conciertos celebrados en el Círculo de Bellas Artes y Ateneo de Madrid, y la sala Pleyel de París. En ABC se recoge el empeño del ya reconocido dulzainero Marazuela por ser concertista de guitarra: «Su primer paso ante el público en el Ateneo ha sido un éxito grande, alentador de sus entusiasmos […] los aplausos más sinceros y las felicitaciones efusivas fueron recompensa merecida al novel concertista que no por adquirir este título abdicará, seguramente del muy honroso de dulzainero mayor de la ancha Castilla» (1).

Los escenarios de música clásica no le hacen olvidar su interés por los cantares de un pueblo que acompaña cada actividad de la vida con una «toná» específica. Decía el maestro Agapito: «El castellano no es un ser frío e insensible. Lo que sucede es que nuestros campesinos son retraídos, modestos con exceso, creen que lo suyo vale menos que lo del resto de España. Eso de no dar importancia a lo que se hace, a lo que se tiene, he podido observarlo especialmente en esta provincia [Segovia] y en las tierras cercanas. ¡Y aquellos cantos de oficio! Era emocionante ir por un camino y escuchar un canto de arada, y a doscientos metros, cuando se perdía aquél, oír otro que venía, y al poco tiempo, otro más; pasaban de término en término y saltaban por las lindes de las provincias. Ya sabe usted que las provincias son cosa administrativa de mil ochocientos treinta y tres»

El interés por recopilar los cantares populares le apremia porque se da cuenta que se pueden perder con la llegada de la música «moderna», así lo cuenta Marazuela: «a principios de siglo, cuando vino la música mecánica, los gramófonos, lo tradicional se fue dejando de cantar. Las chicas que se iban a servir a Madrid, cuando venían a las fiestas, no querían cantar las cosas de la tierra, las consideraban de mal gusto». Por eso, para recoger los cantos debía buscar entre las personas adultas, en algunos casos, ancianos, «tuve suerte, ya que me consideraban como uno igual que ellos» (3).

A partir de ahí se inicia un recorrido por tierras de Castilla: Ávila, Valladolid, Burgos, Segovia y Soria. Las dificultades con la vista y la falta de medios de grabación las subsana con su estupenda memoria: «Hasta que estuve en condiciones de llevar todo al pentagrama, mi archivo fue la memoria». Por Segovia para las notaciones le acompañaba un músico de la Academia de Artillería, y por Ávila un primo que sabía algo de música. El maestro les dictaba, después de averiguar el tono y, «donde había medida, cuál era ésta».
Buscaba entre los campesinos acomodados que cultivaban sus tierras, porque los que cantaban eran en general «gente feliz. Los desgraciados, los que pasan hambre, no tienen humor para cantar». Algunas canciones eran rebeldes, como el de las escardadoras que trabajaban de sol a sol y, como el trabajo era muy duro, cantaban:

El sol se está poniendo
el sol se pone
el cornudo del amo
qué cara pone.

En sus recorridos por los pueblos y sus contactos con los campesinos va surgiendo su concienciación política: «me dolía mucho ver que un criado entraba a los dieciséis años a servir y a los cincuenta lo echaban a la calle y, no le quedaba más que una garrota para pedir limosna. Me dolía también cuando llegaba la época de las rentas, y, los que pasaban todo el invierno jugando en el casino iban y cobraban las rentas aunque hubiese habido granizo o mala cosecha. Yo ante aquello entraba en rebeldía. Tampoco me cabía en la cabeza que un rey tuviese que ser rey porque lo fuese su padre». A medida que avanzaba el siglo y los movimientos sociales se hacían más multitudinarios y combativos contra la monarquía sustentada en la oligarquía caciquil, su ideología política y social fue evolucionando. Inicialmente simpatizó con los republicanos, después con los socialistas. Cuando se creó el Partido Comunista, «muchas de las cosas que decía ya las pensaba yo».

Como otros muchos intelectuales, durante la República vivió sus mejores años artísticos, en las dos facetas musicales que cultivaba, dio sus conciertos más importantes y recibió el más importante galardón, el Premio Nacional de Folklore (1932) por su cancionero de Castilla elaborado tras años de investigación etnomusicológica. Aparecía en la prensa en un extraordinario reportaje titulado «Canciones populares de Castilla» en la revista gráfica y literaria Estampa. En la misma medida se implicó políticamente, fue socio fundador de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética junto a cientos de intelectuales de amplio espectro ideológico como Pío Baroja, Manuel Machado, Jacinto Benavente o Concha Espina. También participó en la Liga Nacional Laica junto al doctor Gregorio Marañón y otros tantos personajes.

Fiel a su compromiso con el pueblo, colaboró con las Misiones Pedagógicas. Martínez Torner, creador y director del Coro de las Misiones Pedagógicas refirió una de ellas «luego hacemos funcionar la gramola.

La música clásica no les dice nada, pero está ahí, con nosotros, un gran músico que les explica cada uno de los momentos musicales, les da el lenguaje de la música y ya no les deja tan indiferentes Beethoven. Además de músico es un estupendo folklorista, ha recogido todo lo popular de Segovia y ahora les muestra todas esas canciones que ellos han ido adulterando y olvidando de la música popular» (4). El maestro y también misionero Pablo de Andrés Cobos escribió que Agapito Marazuela, «uno de los mejores guitarristas y un dulzainero de condiciones extraordinarias, estuvo con nosotros tres noches en diciembre de 1932 en La Cuesta [Segovia]. Les llevó canciones y tonadillas que solo los viejos recordaban y fueron las noches de más desbordante alegría. Después de la sesión, hombres y mujeres de sesenta años estuvieron cantando todo lo que recordaban de sus años de juventud. Viejecillos hubo a os que no se oyó nunca cantar y cantaron estas noches» (5).

En 1932, culminó su compromiso político cuando se afilió al Partido Comunista de España, que no abandonaría hasta su muerte. Compaginaba sus actividades musicales con las sociales y políticas a las que aportaba sus dotes artísticas. Tras la represión de la huelga general revolucionaria de 1934, participó en numerosos actos de apoyo a los presos, como el realizado en abril de 1935 en el Teatro Juan Bravo a beneficio de las familias de los presos políticos de Segovia. Recaudaron 900 pesetas, «después de descontados los gastos» como recogía la prensa local. Aportaron donativos, entre otros personajes, el alcalde conservador Pascual Guajardo y el presidente de Izquierda Republicana, José Carrasco. Proyectaron una película de «contenido social», que «gustó mucho» El camino de la vida. También actuó Agapito Marazuela con su guitarra, interpretando «piezas clásicas y folclore de la tierra» (6).

Unos días antes había actuado ante los presos en la Prisión Provincial. No sospechaba entonces que cuatro años después él mismo sufriría cárcel en Madrid. Volvió a colaborar con el profesor Torner en un cursillo sobre música popular española organizado en Madrid por el Centro de Estudios Históricos. En la conferencia referida al folklore castellano participó Agapito Marazuela acompañado de los instrumentos típicos: dulzaina, zambomba, tejoletes y almirez, «cantó de manera insuperable con la desnudez primitiva con que suenan en las eras y las plazas castellanas». La crónica de prensa finaliza: «conferenciante y cantante fueron muy aplaudidos» (7).

Entre los variados actos culturales previstos para 1936 y truncados por la sublevación militar que desencadenó la guerra civil, destacaba la Olimpiada Popular que se iba a celebrar a finales de julio en Barcelona como rechazo a la Olimpiada «oficial» organizada por la Alemania nazi. Allí tenían previsto acudir representando a Segovia Agapito Marazuela y un grupo de «danzantes» de Abades. Sería al año siguiente en París donde mostrarían la música y danzas de Castilla abortadas en 1936. La Exposición Internacional donde se vio por primera vez al Guernica de Picasso acogía un pabellón de la República con Agapito Marazuela como director de las actuaciones folklóricas, a la sombra del mayor protagonismo de Julio González, Joan Miró, Josep Renau o Luis Buñuel.

Como otros muchos paisanos en Madrid, era socio del Centro Segoviano, situado en el número 1 de la Calle Mayor, al lado de la Puerta del Sol. Allí, todavía a comienzos de agosto de 1936 se jugaba a las cartas, ajenos a la situación bélica desatada el 17 de julio. Más concienciados de la situación, unos cuantos destacados socios junto con algunos evadidos de la provincia como Agapito Marazuela, el escultor Emiliano Barral y el presidente de Izquierda Republicana de Segovia José Carrasco, se presentaron el 15 de agosto e incautaron el edificio. El nuevo comité directivo del Centro Segoviano representaba la pluralidad de las fuerzas del Frente Popular: presidente Emiliano Barral, socialista; vicepresidente Valentín Contreras, de Izquierda Republicana; tesorero Martín de Antonio, de Unión Republicana; vocales: Agapito Marazuela y Eugenio Gómez, del Partido Comunista; José Carrasco y Eduardo Tuya, de Izquierda Republicana. Inmediatamente se organizaron las Milicias Segovianas Antifascistas, a través de un comité de milicias que reclutó voluntarios de la provincia, la mayoría residentes en Madrid y otros cuantos evadidos de Segovia para huir de la represión franquista y defender la República (8).

Nuestro protagonista colaboró en tareas burocráticas, mientras que Emiliano Barral fue su comisario político hasta que murió en el frente de Usera alcanzado por un obús. Finalizada la guerra, el maestro Agapito fue uno más de los cientos de miles de presos republicanos encarcelados por Franco. Fue condenado a 12 años por la creación de las Milicias Segovianas Antifascistas. Tuvo la fortuna que le permitieron mantener la guitarra durante el cautiverio. En la prisión habilitada de San Antón junto a otros presos intelectuales formaron el «Ateneo». Cuenta Marazuela que allí «se leyó mucha historia de Grecia, de Roma y de las Civilizaciones. Cada uno daba conferencias de lo que sabía». De allí pasó a otra habilitada, Santa Rita, donde ofrecía conciertos a los condenados a muerte. A continuación fue trasladado a Vitoria, donde le llegó la libertad el 22 de julio de 1941, pero como había organizado una rondalla con otros compañeros presos para actuar el 25, día de Santiago, solicitó quedarse unos días más. Reconocía allí un gran ambiente musical creado por los presos vascos y «sus cantos religiosos». El director, como era de esperar, no le permitió quedarse «ni un día más».

Vivió cinco años de libertad «vigilada» acogido en casa de discípulos, ganándose la vida con clases particulares de guitarra y/o dulzaina, siempre dispuesto a enseñar lo que le demandaban. En 1946 es detenido en Ávila en una redada contra una de las muchas reorganizaciones del PCE durante el franquismo. Sin asomo de resentimiento explicaba su nuevo encarcelamiento: «Yo no podía decir cosas que no eran ciertas, considero que siempre hay que estar de cara a la verdad. Así fui a dar con los huesos otra vez a un penal. No culpe usted a nadie, es el clima que queda detrás de las guerras. También pidieron unos hombres mi cabeza. ¡Tonterías, se resucitan rencores de mocedad!» Aunque la condena no es mayor, ahora su estancia en prisión sí es superior, alcanza los cuatro años. Primero en Ávila donde los conciertos eran más «legales», con asistencia incluso del maestro de capilla de la catedral. Después a la «Universidad» de Burgos, para terminar en Ocaña, «lo peor de todo» (9)

De nuevo en la calle el maestro, sin abrigar el más mínimo rencor, hubo de malvivir pobremente dando algunas clases. Vuelve a Segovia donde sufre en silencio la marginación que padecen los vencidos, pocos son los que le ayudan. En 1958 un grupo de artistas e intelectuales jóvenes lo reivindican y llevan a participar en un festival del XII Curso de Verano para Extranjeros. El éxito rotundo hace que repita al año siguiente y en 1960 recibe un primer sentido homenaje promovido por esos jóvenes. Por fin, en 1964, alguna mano amiga consigue que la Delegación Provincial del Movimiento publique su Cancionero premiado en 1932. Muy al final de su vida, entre la Diputación Provincial y la Caja de Ahorros de Segovia habilitan un humilde y apartado local como flamante «Cátedra de folklore» donde impartiría -con una mísera subvención económica- su magisterio hasta que fallece en 1983.

Explicaba el ABC en 1975 con malévola condescendencia que Agapito Marazuela había estado «discretamente olvidado» durante muchos años». Con la democracia llegó el reconocimiento más extenso, aparecía en distintos medios de comunicación, incluso en televisión en el programa Siete Días (1980). Cuando le preguntaron por la diferencia entre la música de los años setenta y la tradicional, respondió que ambas son expresión popular, un sentimiento del pueblo, «lo que pasa es que ahora está comercializada. En mis tiempos creo que eran más puras las raíces […] se tocaba más por sentimiento, por dolor, por gozo, que por llenar el bolsillo de algunos. Hoy, por supuesto, no se haría música para un canto de boda o una canción de siega. Ni se ronda a las novias ni se las enrama. Iba todo enlazado. Son otros tiempos».

Su sentida militancia hasta el final se aprecia cuando agradece como «una de las mayores emociones de su vida» la entrega personal del carnet nº 747 del PCE, en un acto público celebrado en Segovia «lo que yo desearía es que la labor que emprendió el Partido hace muchos años se vea consumada por completo y nada me alegraría más que poderlo ver». En su entierro, Simón Sánchez Montero le definió como «un artista del pueblo y dado al pueblo profundamente. Un hombre que tenía plena conciencia de que la canción, la música, la danza y el romance son el sedimento que va quedando del alma popular. Esperemos que el pueblo de Segovia, el pueblo de Castilla y las autoridades que representan a ese pueblo sepan destacar la obra de Marazuela» (10).

La propuesta de monumento en su honor por parte del concejal del PCE Luis Peñalosa, ya se aprobó en 1983 en el Ayuntamiento de Segovia, pero la escultura prevista no se realizó hasta 2002. Llama la atención que otro segoviano ilustre como el mesonero Cándido, tuvo su merecido monumento pocos meses después de fallecido. El reconocimiento al músico como recuperador del folklore es unánime, pero su perseverante militancia comunista, aún hoy limita sus honores: apenas un colegio público, el de Enseñanza Primaria de la localidad de La Granja lleva su nombre. En la capital, el monumento y la calle a él dedicadas están muy alejados de los lugares más concurridos de la ciudad. El Conservatorio Profesional de Música de Segovia, de momento es anónimo. ¿Será descabellada la idea de que el padre del folklore castellano y mejor concertista de guitarra clásica pueda darle nombre?

Notas:
1.– ABC, 15 de diciembre de 1931.
2.– Pedro Fernández Cocero, Agapito Marazuela el último juglar castellano, Santander, Bedia, 1976. Se trata de un artículo publicado en la revista Triunfo, el 26 de abril de 1976. El número fue retirado de la circulación y provocó la suspensión temporal del semanario.
3.– Ibid.
4.– Las Misiones Pedagógicas en España 1931-1936, exposición en Murcia, 2015, tríptico.
5.– Pablo de Andrés Cobos, El maestro, la escuela y la aldea y otros escritos pedagógicos, Segovia, Ayuntamiento de Segovia, 2017, p.255.
6.– Heraldo Segoviano, 14 de abril de 1935.
7.– ABC, 24 de febrero de 1936.
8.– Unos 500 milicianos participan en la defensa de Madrid en la Columna Mena, después pasarán a la 42 Brigada Mixta. Santiago Vega Sombría, Segovianos al servicio de la República, Foro por la Memoria de Segovia, 2011, p. 146.
9.– P. Fernández Cocero, Agapito Marazuela el último juglar castellano, Santander, Bedia, 1976.
10.– El Adelantado de Segovia, 25 de febrero de 1983.

* Universidad Complutense de Madrid. Artículo publicado en la revista Revista Nuestra Historia, Nº4

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