tortura-chicanismo-latinoamericanismo1Francisco Cabanillas*. LQSomos. Marzo 2015

Es una democracia de tarjeta de crédito…
El neoliberalismo ha destruido efectivamente la solidaridad
y la empatía, ayudado por la nueva tecnología.
Es una cultura del narcisismo.
Tariq Ali

Tortura. Cuando me dijeron que fuera a la charla de la escritora, historiadora y activista gringa Rebecca Solnit -la que escribió una historia del caminar, Wanderlust: A History of Walking (2001)-, no contesté. Inmediatamente, marqué el calendario de la puerta -23 de enero- con un dardo sarduyano, comprado en la tienda de antigüedades “Granma’s Attic,” que hay en una novela puertorriqueña, Simone (2011); y me prometí que por nada en el mundo me la perdería.

Mientras tanto, me acerqué a una sinopsis de Wanderlust que empezaba con esta pregunta: “¿Qué significa estar allá fuera caminando en el mundo, ya sea en un paisaje o en una metrópolis, en un peregrinaje o en una protesta en marzo?”

Por contigüidad, pensé en la aventura en bicicleta de la canadiense Anika See, en A Taste for Adventure (2001), a través de la Patagonia argentina y chilena: una experiencia del espacio que ella plantea como magicorrealista. Pensé en la rara bicicleta, Transfixiones (1991), que pinta un preso político boricua como Elizam Escobar (míralo, mirando para atrás con la soga al cuello); en la canción de Juan Luis Guerra, “El Niágara en bicicleta” (1999); en la novela de Mempo Giardinelli, La revolución en bicicleta (1980) y en el ensayo de Gabriel Zaid, Para leer en bicicleta (1975). El título de una obra de teatro de Yván Silén, El velocípedo de Jesús (2010), se imponía desde la imagen bíblica: Jesús montado en un borrico el Domingo de Ramos.

Sin embargo, como plantea Solnit, la experiencia de caminar, moviéndose a tres millas (4.8 kilómetros) por hora, que es también la velocidad del pensamiento, es diferente a la del pedaleo.

La propuesta parece caleidoscópica: “En Wanderlust: una historia del caminar, Rebecca Solnit reúne muchas historias -de evolución anatómica y diseño urbano, de caminadoras y laberintos, de grupos de caminantes y mores sexuales- para crear un retrato de la gama de posibilidades que cubren este más que básico acto.” A partir de su argumento, “que el caminar como historia significa caminar por placer y por razones políticas, estéticas y sociales,” Solnit “se acerca a los caminantes cuyos actos diarios y extremos han marcado nuestra cultura, desde los filósofos peripatéticos de la antigua Grecia a los poetas de la Época Romántica, desde las caminatas de los surrealistas a la ascensión de los montañeros.”

Hito: esta “primera historia general del caminar” plantea “una profunda relación entre caminar y pensar, caminar y cultura, y argumenta la necesidad de preservar el tiempo y el espacio para caminar en un mundo cada vez más dependiente en el automóvil y más acelerado…”tortura-chicanismo-latinoamericanismo2

Norte de Ohio. En los afiches que promocionaban su visita, Solnit (1961), autora de más de quince libros, parecía una amazona. ¿Doña Bárbara? ¿María Félix? Cuando finalmente la vi en persona, tenía un aire de post-hippie que se viste decentemente de negro, sin sombrero. Tras un taller sobre arte y activismo, en su charla, que incluía una lectura de sus libros formativos, definió su escritura como una enlazada al periodismo, la literatura y la biografía, en favor de los derechos humanos, el medio ambiente, el feminismo y la paz (nunca la guerra).

Por eso, Solnit no perdió la oportunidad de desmentir la ideología que, sobre todo a partir del 11 de septiembre de 2001, ha puesto en jaque a la clase media usamericana desde esta coyuntura insostenible: la guerra total, múltiple, sin fin, que define la defensa nacional como la necesidad de matar al enemigo musulmán, ubicuo, inapelable, camaleónico, cuyo odio al “excepcionalismo americano” no es sino la verdadera cara del mal, de la barbarie y de la violencia extrema.

Entre las preguntas que contestó Solnit, una sobre todo resultó iluminadora: ¿qué opina Ud. de la legalización de la tortura en Estados Unidos? La tortura no es legal, subrayó, ni en Estados Unidos ni en las Naciones Unidas. La ilegalidad de los que torturan, como Bush y Cheney, está empezando a tener consecuencias internacionales, pues ambos, como “criminales de guerra,” no pueden en estos días viajar despreocupadamente al extranjero, sin arriesgarse a ser detenidos en algún aeropuerto del mundo.

La respuesta de Solnit me sacudió, pues pensaba que Bush había legalizado la tortura en Estados Unidos; y me recordó el susto que se pegó recientemente Henry Kissinger, el 29 de enero de 2015, cuando gente del grupo antiguerra CODEPINK llevó a cabo un arresto ciudadano en el Senado usamericano, al que acudía Kissinger para testificar ante la Comisión de Servicios Armados, liderada por John McCain, sobre el liderato de Estados Unidos en el mundo libre.

En la página web del periodista anti-medios corporativos Tom Engeldhardt, donde también publica Solnit, el artículo de Alfred McCoy, “El verdadero excepcionalismo americano: tortura, asesinatos mediante drones” (2015), establecía un dato importante: a la misma vez que, después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos protagoniza la creación de una “comunidad internacional,” como la de las Naciones Unidas, que lucha por la adopción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y ratifica la Convención de Ginebra para el trato humanitario en la guerra; a la misma vez, sigue McCoy, Estados Unidos empieza a violar esas mismas leyes que promueve desde el foro internacional.

Chicanismo. Cuando el chilango-chicanizado Guillermo Gómez Peña, autor del performance interactivo, también llamado arte de la frontera USA/México, “El Mexterminator” (1998), estuvo en el norte de Ohio a fines de 1990, recuerdo que en su charla magistral le echó un poco de fango a la tradición setentera chicana del muralismo y los lowriders. El arte mexicoamericano es mucho más que esas prácticas estereotipadas, dijo más o menos Gómez Peña, cuyo performance en “formato antropológico,” “Templo de las confesiones,” invitaba a los tortura-chicanismo-latinoamericanismo3gringos a ventilar anónimamente por escrito todo lo que quisieran sobre mexicanos y/o latinos.

Desde ese recuerdo viejo, el título de esta charla reciente -26 de febrero- rechinó: “Ranflas y Baikas: lowriding como parte del relato de la migración indígena.” En el universo chicano, ranflas son los famosos lowriders: automóviles, preferiblemente Chevys viejos, re-trabajados artística y tecnológicamente desde el imaginario chicano de la época épica de los 70. Las baikas son las bicicletas, también chicanizadas.

Dos alteraciones dramatizan la realidad de los lowriders. Primero, que son carros cuyo centro de gravedad es bajado significativamente, de modo que la identidad del lowrider en la calle es la de un auto que viaja bajito, pegado a la vía; segundo, como consecuencia de la anterior, está su correspondiente lentitud, la cual el artista transfronterizo, activista y profesor Dylan Miner, conecta con la historia ancestral de Aztlán.

Otra vez la lentitud: el paso moroso de los lowriders incide en las caminatas de Solnit. Las charlas se cruzan. En ambas, la crítica a la tortura-chicanismo-latinoamericanismo4velocidad de la modernidad-postmodernidad hegemónica desacelera la rapidez como una recuperación del espacio perdido.

Entre las preguntas que le hicieron a Dylan Miner, subrayo esta: ¿es posible extender la crítica a la velocidad que establecen los lowriders a una crítica a la funcionalidad emblemática de los automóviles? ¿De la modernidad gringa? Es decir, ¿no se convierten los lowriders en juguetes políticos de los subordinados, sobre todo cuando, mediante dispositivos hidráulicos, el chicanismo hace que los carros salten y se deformen en un show de máquinas?

Inevitablemente, los lowriders, embellecidos y juguetones, remiten a un puertorriqueño relacionado con la literatura de Edgardo Rodríguez Juliá, a uno de sus libros de crónicas, El cruce de la bahía de Guánica (1989), en el cual Roberto, artista callejero, improvisador, de la playa de Isla Verde, había transformado su Volkswagen escarabajo en el espacio interior de una casa:

tortura-chicanismo-latinoamericanismo5El Volky de Roberto podría ser la pesadilla barroca de ese infierno repleto de silencios y quietudes que habita el alma de Adolfo Hitler, o quizás sea el purgatorio del Dr. Porsche, sí, porque el purgatorio también podría mortificarnos con la visión-versión más degenerada de nuestra obra más querida… Es que el Volkswagen, o carro del pueblo, ha cobrado forma de burlón delirio en las manos de este beach bum puertorriqueño de veinticinco años. La funcionalidad del bug, emblemática del Nacional Socialismo y su fiebre de movilización -recordemos la ubicuidad de los autobahn en la Alemania Nazi-, se ha transformado en decoración ociosa…

Latinoamericanismo. Norte de Ohio, Case Western University; Cleveland, sede de la XIV Ohio Latinamericanist Conference, cuyo tema se le monta encima al microcuento más famoso de Augusto Monterroso: “Y cuando despertó, el neoliberalismo todavía seguía allí.” Dos últimos días de febrero. Entre el frío, la nieve y el viento; cerca, demasiado cerca del Lago Erie. Como orador principal, la ponencia de Idelber Avelar colma con creces la temática de la conferencia: “Las protestas en Brasil y la recolonización del Amazonas.”

Propuesta crítica de la dupla presidencial brasileña: Lula-Dilma. Por un lado, el logro de llevar a la clase media a decenas de millones de pobres, requiere esclarecer la definición brasileña de “clase media.” Por otro lado, una vez instalados en la clase media, los ex pobres, ahora vistos como consumidores, descubren que tienen que pagar por lo que antes no pagaban. Las protestas en Brasil se explican. La entrada a la clase media es mejor que quedarse en la pobreza, pero se trata de una clase media a pelo, es decir, en el límite con la pobreza; por eso, cuando el sistema los asume como consumidores, los quiebra: nueva clase media que no gana para pagar tanto… ¡A la calle!

La recolonización del Amazonas, un trámite entre corporatócratas y el gobierno, se juega en estos momentos su más grande ficha: la represa de Belo Monte, en el estado nórdico de Pará, tercera en el mundo, segunda más grande en Brasil, inscrita, por supuesto, en zona verde e indígena. Canje; la megaconstrucción es parte de la ecuación política entre el gobierno y el capital nacional. Única finalidad de la presa: el trueque político-económico. Dimensión ostensiblemente viciosa: gasto no sólo innecesario, sino sobre todo tóxico. De Lula a Dilma, el neoliberalismo todavía sigue ahí.

La crítica de Idelber Avelar ilumina problemas de la izquierda latinoamericana; por otro lado, oír su charla supuso un descubrimiento inesperado: escuchar a alguien que parece que habla como escribe.

Entre dos de los cuatro libros presentados en la conferencia, se produce una imantación interesante. ¡Chisporroteo! Por un lado, Eva Perón. Cuerpo, género, nación (2013), de Valeria Grinberg Pla, plantea un movimiento crítico de arriba hacia abajo; por el otro, ¡Oye loca! From the Mariel Boatlift to Gay Cuban in Miami (2013), de Susana Peña, plantea un movimiento crítico de abajo hacia arriba. Descenso; Eva Perón domestica la monumentalidad del saber sobre Evita a cuatro retóricas. Ascenso; ¡Oye loca! eleva la cultura de los más excluidos -los marielitos transexuales- al espacio de la biblioteca. La enormidad del sentido de Evita queda demarcada; la historia de los travestis marielitos se hace libro. ¡Imantación complementaria!

Como construcción retórica, la enormidad de Evita se asume desde lo religioso, lo secular, lo revolucionario y lo fantástico; como excluidos, la marginalidad de los “marielitos maricones” habita el espacio de la biblioteca. Ingreso este que me hace pensar en la ética que José Martí asumió del cristianismo: ¡los últimos serán los primeros! (¡Marielitos, maricones y martianos!).

De la referencia al microrrelato de Augusto Monterroso, “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí” (1959) / “Y cuando despertó, el neoliberalismo todavía seguía allí,” la conferencia cierra con poesía: ¿principio de todo lo que “serestá” (Yván Silén)? “Zona de carga y descarga” entre poetas de tres geografías: Costa Rica, Chile y Perú.tortura-chicanismo-latinoamericanismo6

La propuesta del poeta costarricense, Diego Mora, deslumbra, sobre todo cuando la voz poética se transformaba en una subjetividad automovilística: ¿a quién no le gustaría oír lo que sienten y piensan los carros? Interferencia; por momentos, siempre fugaces, la imagen de los lowriders chicanos incidía en los poemas de Mora. El eco de Roland Barthes, articulando automóviles y catedrales medievales, se estrellaba contra el cuento de Julio Cortázar, “La autopista del sur” (1966), el cual, con el mismo título, Rafael Trelles pinta en 2011 desde una camisa voladora. El ruido del Ferrari de la novela de Luis Rafael Sánchez, La guaracha del Macho Camacho (1967), llena la sala de humo. La gente escupe tinta. Tose.

Dimensión culinaria; la propuesta chilena de Cristián Gómez-Olivares, en un poema que trabaja una experiencia personal frente a un corte de cerdo, “Mariposa,” me transporta a Argentina, donde descubro el bife de chorizo, corte mariposa, en una carnicería (años 90). Cuando el poeta se pregunta por qué le dicen “mariposa” al pedazo de carne que se quiere comer, veo el cochinillo clavado a una vara en la pintura de Francisco Oller, El velorio (1893). La carnalidad a quemarropa en la fotografía de Andrés Serrano me sacude del poema, que para nada se mete en lo escatológico. El poema termina como Dios manda: ¡atracón!

Con la propuesta peruana de Roger Santiváñez, siento que regreso al siglo XVI, sobre todo cuando emula las églogas de Garcilaso de la Vega. El peso de la tradición literaria peruana se nota en las palabras del poeta, quien se parece a la Lima colonial. Poesía limpia, de la mejor prosapia hispánica, todo lo contrario a la trayectoria literaria de Santiváñez, uno de los fundadores del grupo poético de los años 80, KLOACA. Lectura pausada, sin prisa, que el poeta lleva a cabo desde un libro recién publicado en España, acompañado de imágenes pictóricas hechas por una artista argentina. ¡Tradición!

sortilegio suave sonoro sentido
bajo el sueño sonreído de tu fresca boca
es siempre el río cooper que me baña
con dorada lluvia cual perfecta Dánae

Golpe de suerte. Durante la conferencia, la comida peruana se hizo cargo de las mesas. El ceviche no faltó. En verdad, se lució. Ceviche de pargo, el huachinango mexicano, en vez de tilapia. ¡Mejor textura! Descubrimiento feliz: finalmente pruebo el emblemático ají de gallina, plato de la mejor peruanidad amarilla, como la de las papas a la huancaína. ¿Se olvidaron de los anticuchos? ¡Quinoa!

Más artículos del autor

* Francisco Cabanillas (1959, Puerto Rico) enseña lengua española, cultura y literatura hispanoamericana en Bowling Green State University, Ohio. Ha publicado cuatro libros de ensayo: Escrito sobre Severo (1995), Pedreira nunca hizo esto (2007), K-lores del trópico: ensayos transboricuas (2012) y Ensayos silenistas (2014).

http://www.loquesomos.org/wp-content/uploads/2015/03/tortura-chicanismo-latinoamericanismo1.pnghttp://www.loquesomos.org/wp-content/uploads/2015/03/tortura-chicanismo-latinoamericanismo1-225x300.pngLQSomosAmérica LatinaDemocraciaFrancisco Cabanillasboricua,chicanismo,latinoamericanismo,Ohio,TorturaFrancisco Cabanillas*. LQSomos. Marzo 2015 Es una democracia de tarjeta de crédito... El neoliberalismo ha destruido efectivamente la solidaridad y la empatía, ayudado por la nueva tecnología. Es una cultura del narcisismo. Tariq Ali Tortura. Cuando me dijeron que fuera a la charla de la escritora, historiadora y activista gringa Rebecca...Cultura Libre, Comunicación Libre