Albert Camus y España (en France)

Por Arturo del Villar. LQSomos.

El Centre Toulousein de Documentation sur l’Exil Espagnol (CTDEE) organizó una conferencia-debate sobre el tema “Albert Camus et l’Espagne”, para conmemorar el aniversario de la proclamación de la II República Española. En el programa anunciador se insertaba una frase del escritor, que resume su compromiso con la República Española y su rechazo de la dictadura fascista, y dice así traducida: “¿Quién se atreverá a decirme que soy libre, cuando mis amigos más íntimos están todavía en las prisiones de España?”

En correspondencia con este acto vamos a recordar solamente una de las numerosas y destacadas manifestaciones sobre la situación española, que hizo en sus libros, en sus artículos periodísticos y en sus intervenciones públicas. La iniciamos con el estreno de su obra dramática titulada en castellano El estado de sitio, en clara alusión a la triste realidad de los españoles que sobrevivíamos en la inmensa cárcel en donde nos mantenía presos el dictadorísimo todopoderoso, continuó con una polémica muy bien llevada con su colega en literatura, no en ideas, Gabriel Marcel, feroz ultracatólico defensor de la dictadura, y podemos cerrarla con la condecoración que le impuso el presidente de la República Española en el exilio. Reseñar todas las ocasiones en las que salió en defensa de la República Española no es posible en un simple artículo periodístico

La España en estado de sitio

El 11 de julio de 1948 Camus intervino en un mitin en la Mutualité de París, para reclamar la liberación de España con el final de la dictadura fascista, una herida sangrante intolerable para los europeos demócratas después de la derrota de la Alemania nazi y la Italia fascista. Y el 27 de octubre siguiente se estrenó en el Théâtre Marigny de París el que calificó de “espectáculo en tres partes” titulado L’État de siège, con su compañera María Casares, hija del exjefe del Gobierno republicano Santiago Casares Quiroga, entre los actores, y Juan Negrín, también exjefe del Gobierno republicano, entre los espectadores.

La acción transcurre en Cádiz, asolada por La Peste, auxiliada por La Secretaria, que es la muerte. La Peste presenta una figura de hombre, quien reclama al gobernador le transmita el poder sobre la provincia. Se siente obligado a acceder después de comprobar que La Secretaria puede exterminar a cualquiera, solamente con tachar su nombre en una libreta. Al finalizar la primera parte se dirige La Peste a los que ya son sus vasallos, para explicarles en qué consisten sus poderes absolutos:

Reino, esto es un hecho; por lo tanto, es un derecho. Pero es un derecho que no se discute, al que debéis adaptaros. […] Queda proclamado el estado de sitio. Por esta razón, fijaos en ello, conmigo desaparece el patetismo. […] Esto os molestará un poco al principio, pero acabaréis por comprender que una buena organización vale más que un patetismo. […] Desde hoy vais a aprender a morir con orden.

Parece una parodia de los argumentos exhibidos por el dictadorísimo genocida que reinaba en España de hecho, conforme a su entendimiento del derecho. Decía asegurar el orden público, mediante la imposición de penas de muerte a los detractores, que es una fórmula segura para que los muertos no protesten y los todavía vivos se asusten y obedezcan. Detentó el poder absoluto durante más de 36 años, con la aprobación de las naciones consideradas democráticas, y las bendiciones de la Iglesia catolicorromana, sin que sus víctimas pudiéramos decir nada, vigilados por la criminal Brigada Político Social.

Respuesta a Gabriel Marcel

Este drama de Camus disgustó a Gabriel Marcel, dramaturgo y ensayista, de familia judía, educado en el estricto protestantismo, y convertido al catolicismo romano, una extraña mezcla religiosa que dio como resultado un fundamentalismo con características fascistas, motivo suficiente para que fuese muy traducido, editado y alabado en la España dictatorial.

Publicó un artículo crítico en Les Nouvelles Littéraires, preguntando por qué la acción escénica estaba situada en España, y no en un país socialista, en donde opinaba él que se practicaba un totalitarismo tiránico, mientras la España dictatorial constituía, en su criterio, un modelo de democracia. Es verdad que el dictadorísimo denominaba democracia orgánica a su régimen tiránico.

Le respondió Camus en Combat, y recogió su artículo en Actuelles. Écrits politiques. Chroniques 1944-1948. Hay que leerlo completo, porque no le sobra ni una palabra siquiera, pero aquí y ahora bastará con resumirlo. Anunció que no se molestaría nunca en replicar a una crítica a sus escritos, si no fuera porque en ese caso se tocaba el tema de España. Su intención al escribir la obra dramática tuvo como finalidad el denunciar un tipo de sociedad política organizada sobre el modelo totalitario, tomando el partido del individuo. A la pregunta de Marcel “¿Por qué España?”, respondió con otra pregunta del mismo signo: “¿Por qué Gernika, en donde por primera vez se demostró al mundo la técnica totalitaria de destrucción de los individuos?” Los defensores de la dictadura española solamente comentaban algunos hechos relacionados con su enfrentamiento al comunismo, en paralelo con la doctrina política del supuesto Estado Vaticano, también totalitario dominado por un dictador absoluto.

Y le recordó que en España acababan de ser condenados a muerte cinco opositores políticos. Ese dato ratificaba la continuidad de la guerra totalitaria iniciada en España por un general rebelde que, en nombre de Cristo, reunió a un ejército de moros para lanzarlo contra el Gobierno legítimo de la República, provocó imperdonables matanzas, y como resultado de la causa injusta victoriosa inició una atroz represión que duraba ya diez años entonces, y prometía continuar [como así sucedió efectivamente].

Responsabilidad de Francia

Confesaba no sentirse orgulloso de su país, que en virtud de la cláusula más deshonrosa del armisticio firmado con la Alemania nazi entregó a España a los republicanos refugiados, entre ellos a Lluís Companys, para que fuesen fusilados. Entonces nadie alzó su voz en la República Francesa, para protestar porque sirviera de reclutadora de los verdugos totalitarios españoles. Los asesinos de Companys no estaban en un país socialista, sino en Francia, responsable del fusilamiento llevado a cabo en España. Era verdad que las naciones consideradas democráticas traicionaron igualmente a la República Española, pero eso no servía como excusa, y el pueblo español seguía exigiendo una reparación: es lo que había intentado hacer él con sus medios, con su pluma y su palabra.

También lamentaba el filósofo catolicorromano el papel adjudicado a la Iglesia vaticanista en la obra, calificado de odioso por él, ya que no podía coincidir con su ideología ultramontana. Replicó Camus que si lo hizo así fue porque ante el mundo el papel de la Iglesia romana en España resulta odioso. Para consuelo del destinatario, le explicaba que la escena motivo de su lamentación dura solamente un minuto, mientras la que ofendía a la conciencia europea duraba ya diez años [y sigue todavía, con las santificaciones de los llamados “mártires de la cruzada”].

Evocó el nombre del escritor derechista catolicorromano Georges Bernanos, que horrorizado por lo que presenció en Mallorca durante los primeros días de la sublevación militar, lo denunció en su libro Les Grands cimetières sous la Lune, editado en París en 1938, precisamente para contrarrestar la propaganda continuada de las publicaciones romanistas, y el del escritor español de la misma confesión religiosa José Bergamín, exiliado para no convertirse en cómplice de los criminales vencedores de la guerra.

Concluyó Camus aclarando que la sociedad política de su tiempo le producía náuseas, por lo que había que repudiarla en su totalidad, para buscar el camino de la revolución. El mundo en que vivía le repugnaba, pero se sentía solidario con los seres humanos que sufrían en él. Debiera ser ambición de todos los escritores testimoniar y clamar a favor de los sojuzgados. Y le negaría a Marcel el derecho a hacerlo, mientras solamente se indignase ante el asesinato de una persona que compartiera sus retrógradas ideas.

Un perro obispo

Esta polémica dejó aniquilado al filósofo catolicorromano, y fue muy difundida en los círculos republicanos de Latinoamérica, además de obtener repercusión en Francia por parte de los intelectuales de izquierdas. Unas ideas semejantes le inspiraron a Camus una conferencia dictada ese mismo año de 1948 en un convento de dominicos, los frailes que manejaron el sanguinario tribunal del llamado Santo Oficio de la Inquisición.

Les aseguró que cuando un obispo español, por lo tanto catolicorromano, pues era la única confesión religiosa admitida por la dictadura, bendecía las ejecuciones políticas, no podía ser considerado un obispo, ni un cristiano, ni siquiera un hombre, sino un perro, lo mismo que quien las ordenaba desde su alto cargo.

Se lee en el “Cahier V” de los Carnets II, escrito entre 1945 y 1948, que deseó traducir las meditaciones del profesor Juan de Mairena creado por Antonio Machado, de quien copió unos versos. Lamentablemente, no debió de ser más que un propósito, como el de traducir a Zorrilla que también mostró. De Machado, muerto en el exilio francés, se acordó otras veces, y denunció a la República Francesa por no haberle prestado ninguna ayuda en sus últimos días, cuando se hallaba enfermo y pobre, angustiado por la situación de su patria vencida y vendida.

Hasta entonces Camus había mantenido buenas relaciones con anarquistas franceses y españoles exiliados, pero a partir de 1948 se declaró él mismo anarquista, colaboró en sus publicaciones y defendió sus teorías politicosociales, de manera que profundizó en su crítica al comunismo ya manifestada siempre que tenía ocasión.

La actitud de permanente denuncia de la dictadura española bien demostrada, fue uno de los motivos que animaron al Gobierno de la República Española en exilio, radicado en París, a concederle la encomienda de la Orden de la Liberación de España, que le impuso el presidente Diego Martínez Barrio el 31 de enero de 1949, en la sede del Gobierno legítimo. En su discurso de agradecimiento resaltó Camus su compromiso con la República y su empeño en apoyar los ideales que representaba, con el fin de conseguir la libertad para los españoles.

Unos días después, el 9 de febrero, presentó en la representación de la dictadura española en París un escrito en solicitud de la liberación de los anarquistas condenados a muerte. El 20 de agosto se constituyó una asociación de apoyo a los republicanos refugiados en Francia, en la que se inscribieron intelectuales franceses de izquierdas muy destacados, y entre ellos figuraba, como era lógico, Albert Camus. Y continuó su permanente defensa de los ideales democráticos sustentados por la Republica Española, compartidos por él y por todas las personas de buena voluntad, aunque no lo demostrasen con tanta pasión como la que él puso siempre. Por eso es muy oportuna la conferencia-debate organizada por el Centre Toulousein de Documentation sur l’Exil Espagnol.

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