Carlos Olalla*. LQS. Septiembre 2018

“Yo no sé de pájaros, no conozco la historia del fuego. Pero creo que mi soledad debería tener alas”

Quizá la muerte se enamoró de ella cuando nació. Su vida fue una constante búsqueda de la identidad perdida, del amor que tiene color de olvido o del silencio que da significado a la palabra. Marcada desde niña por la melancolía y el exilio, sabedora de que quienes quedaron atrás fueron asesinados por la barbarie, pronto halló refugio en la literatura, esa literatura que acunó sus sueños. Los poetas malditos fueron los fieles compañeros de sus soledades. Ella, que se sentía jaula y se sabía pájaro, habitó en la poesía. Los versos la liberaron del sufrimiento de las vidas no vividas, de los abrazos no dados. Buscó palabras en el mar del silencio, perlas en el océano sin rostro de la vida. Se llamaba Alejandra, Alejandra Pizarnik. Murió con treinta y seis años. No quiso vivir más. Era demasiado bella para vivir en un mundo como este.

Sus versos, preñados de amor, de muerte y de vida, la han convertido, como a sus adorados Baudelaire, Rimbaud o Rilke, en una poeta maldita, una poeta que sabía que venimos a jugar la partida de la vida con las cartas marcadas: “Aunque ser mujer no me impide escribir, creo que vale la pena partir de una lucidez exasperada. De este modo, afirmo que haber nacido mujer es una desgracia, como lo es ser judío, ser pobre, ser negro, ser homosexual, ser poeta, ser argentino, etc. Claro es que lo importante es aquello que hacemos con nuestras desgracias” Ella supo jugar sus cartas, sus desgracias, y encontró la belleza en la oscuridad del mundo, ese mundo en el que “hace tanta soledad que las palabras se suicidan”

Hijas del viento

“Han venido.
Invaden la sangre.
Huelen a plumas,
a carencia,
a llanto.
Pero tú alimentas al miedo
y a la soledad
como a dos animales pequeños
perdidos en el desierto.
Han venido
a incendiar la edad del sueño.
Un adiós es tu vida.
Pero tú te abrazas
como la serpiente loca de movimiento
que sólo se halla a sí misma
porque no hay nadie.
Tú lloras debajo de tu llanto,
tú abres el cofre de tus deseos
y eres más rica que la noche.
Pero hace tanta soledad
que las palabras se suicidan”

La danza inmóvil

Mensajeros en la noche anunciaron lo que no oímos.
Se buscó debajo del aullido de la luz.
Se quiso detener el avance de las manos enguantadas
que estrangulaban a la inocencia.
Y si se escondieron en la casa de mi sangre,
¿cómo no me arrastro hasta el amado
que muere detrás de mi ternura?
¿Por qué no huyo
y me persigo con cuchillos
y me deliro?
De muerte se ha tejido cada instante.
Yo devoro la furia como un ángel idiota
invadido de malezas
que le impiden recordar el color del cielo.
Pero ellos y yo sabemos
que el cielo tiene el color de la infancia muerta.

“Yo no sé de pájaros, no conozco la historia del fuego. Pero creo que mi soledad debería tener alas” Y las tuvo. Consciente de que la vida dura la eternidad y un día, antes de cumplir los veinticinco abandonó su Buenos Aires natal para ir a soñar a París. Allí Octavio Paz, Rosa Chacel y, sobre todo, Julio Cortázar, fueron sus compañeros de viaje. Fueron cuatro años que la convirtieron en poeta sin remedio. Preñada de versos y quimeras regresó a Buenos Aires buscando, quizá, las raíces tempranamente perdidas por la repentina muerte de su padre. Inmersa en un mundo que no comprendía, su castigada personalidad buscó refugio en el universo de la pintura y la poesía. Incapaz de hallar sosiego en este mundo que agoniza al socavar la belleza, inició su huida a través de somníferos y anfetaminas que acabaron por llevarla donde las jaulas se vuelven pájaros y no queda otra cosa que lo que somos: recuerdo y silencio.

Poema para el padre

Y fue entonces
que con la lengua muerta y fría en la boca
cantó la canción que le dejaron cantar
en este mundo de jardines obscenos y de sombras
que venían a deshora a recordarle
cantos de su tiempo de muchacho
en el que no podía cantar la canción que quería cantar
la canción que le dejaron cantar
sino a través de sus ojos azules ausentes
de su boca ausente
de su voz ausente.
Entonces, desde la torre más alta de la ausencia
su canto resonó en la opacidad de lo ocultado
en la extensión silenciosa
llena de oquedades movedizas como las palabras que escribo.

El despertar

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios

Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo

Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos

Señor
El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
que beben de mi sangre

Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada.

Señor
Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada

Señor
He consumado mi vida en un instante
La última inocencia estalló
Ahora es nunca o jamás
o simplemente fue

¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?

¿Cómo no me extraigo las venas
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche?

El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual
Las sonrisas gastadas
El interés interesado
Las preguntas de piedra en piedra
Las gesticulaciones que remedan amor
Todo continuará igual

Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde

Señor
Arroja los féretros de mi sangre

Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón

Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo

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