Algunas cuestiones sobre las ideas dominantes y las clases sociales

Diego Farpón. LQS. Mayo 2020

Engels respondió en una misiva a Karl Kautsky qué pensaban los obreros ingleses sobre la política colonial, y fue más allá para señalar qué pensaban sobre la política en general. Cuando Kautsky planteó su pregunta a Engels el socialismo científico ya tenía, desde hacía muchos años, una teoría sobre la ideología, y Engels la resumió perfectamente: “(…) me pregunta usted qué piensan los obreros ingleses de la política colonial. Pues lo mismo que de la política en general; lo mismo que piensan los burgueses {…}” (1).

¿Por qué los obreros ingleses piensan de la política en general lo mismo que piensan los burgueses? ¿De dónde surgen las ideas? ¿Y hoy, siguen pensando lo mismo los obreros que la burguesía? ¿La afirmación de Engels sigue siendo válida más de un siglo después? ¿Por qué pensamos lo que pensamos? ¿Cómo es posible que Engels afirme que dos clases antagónicas, cuyos intereses materiales son inconciliables, piensen lo mismo sobre la política colonial y sobre la política en general? ¿No deberían tener los obreros y la burguesía pensamientos enfrentados como enfrentados son sus intereses objetivos?

Si a principios del siglo XX quienes se reivindicaban del socialismo científico tenían preguntas que pueden considerarse elementales lo cierto es que en esta segunda década del siglo XXI la pregunta de Kautsky parece plenamente vigente: la incomprensión de los acontecimientos sociales y políticos desarrollados a raíz de la crisis orgánica del capitalismo, que estalló y se hizo visible en 2007 (2), muestra la incapacidad del movimiento comunista para comprender la realidad y, por lo tanto –y esto es lo importante-, la incapacidad para incidir en la lucha de clases y pugnar por intentar transformar la sociedad.

Por un lado, el análisis económico de la misma crisis del modo de producción capitalista, el cimiento sobre el cual se asienta la sociedad burguesa, dejó entrever la situación actual del socialismo científico y la decadencia intelectual y la pobreza ideológica de la mayoría de las organizaciones que se reclaman de la izquierda e incluso del marxismo. Desorientados los intelectuales colectivos, que habían abandonado la teoría marxista del capital y de sus crisis tras años de bonanza capitalista, pese a las crisis que recurrentemente y de forma periódica tenían lugar, sólo un puñado de marxistas a título individual fue capaz de caracterizar la crisis del capital desde las posiciones del socialismo científico. La importancia de situar el momento histórico era trágica: nos encontrábamos ante el momento más importante de la historia de la lucha de clases en el Estado español desde la transición.

Por otro lado, si en el terreno económico las respuestas al discurso de la burguesía sobre la crisis iban a ser escasas aún más minoritarias fueron en el terreno ideológico. La realidad arrolló a todas las organizaciones de la clase trabajadora, se revistiesen de partido político o lo hiciesen como organización sindical. La incomprensión de que la forma en que la sociedad decide reproducirse –y esto es tanto como decir la forma en que la sociedad decide existir- estaba en crisis, y que por lo tanto la ideología dominante tenía que entrar en un periodo en el cual se erosionase su hegemonía –pues la realidad material sobre la cual descansaba ya había perecido: era, por la fuerza de los hechos, una hegemonía de otro tiempo histórico-, evitaron que el proletariado tuviese una dirección política que le ayudase a constituirse en un sujeto político que pudiese enfrentar al régimen de 1978, y así a su discurso, sus partidos y las cúpulas sindicales mayoritarias.

Ante la ausencia del proletariado como sujeto político y ante las trabas para su constitución como clase para sí, la ofensiva estuvo desde el estallido de la crisis en manos de la clase media –principalmente el funcionariado-, cuyo objetivo fundamental era volver a la situación de prosperidad económica anterior al estallido de la crisis. Como si se pudiese retroceder en la Historia. Era la representación –todavía-, de la vieja hegemonía que se negaba a morir.

Pese a todo, el proletariado dio un paso al frente en la escena política. La realidad material transformó la subjetividad y pesó más que la objetividad y las dificultades heredadas del pasado –en lo fundamental, la falta de una organización con un mínimo de infraestructura estatal-. El proletariado, con sus contradicciones agudizadas ante la ausencia de un partido propio que representase sus intereses de clase, decidió irrumpir en la Historia. Sin embargo, las debilidades fueron insalvables a la hora de construir un marco propio de lucha de clases –un marco mediante el cual intentar hegemonizar el movimiento popular, o al menos que le librase de la completa subordinación a la clase media y le permitiese una cierta autonomía para influir como sujeto independiente en el proceso histórico- y cuando la clase media decidió abandonar las calles y volcarse en el electoralismo el proletariado, insuficientemente constituido, fue incapaz de dar la batalla ante el nuevo escenario que movió la política de las calles a las instituciones.

Pero lo que hemos vivido hasta el día de hoy no es más que el prolegómeno de la gran crisis que tendrá lugar. La crisis del capital no ha sido resuelta y aunque en el terreno ideológico parezca todo en calma, las experiencias que el pueblo ha obtenido durante el periodo histórico reciente aflorarán, si somos capaces de convertirlas colectivamente en enseñanzas, cuando nuevamente la burguesía sea incapaz de reproducir su dominación ideológica. De lo contrario, y como clase social subordinada, el proletariado acabará perdiendo la memoria de sus luchas, o las mitificará o despreciará. Es una tarea del socialismo científico intentar aclarar el proceso histórico y extraer enseñanzas del mismo, tanto para las masas como para el proletariado consciente. Si la economía política es el cimiento sobre el cual se construye la sociedad, la ideología es el suelo empantanado que pisa el proletariado en el día a día: en los actos de masas, en los debates, en la construcción de la organización política, en el movimiento obrero, en el terreno sindical, en los movimientos sociales. Parece necesario, pues, volver a hacer la pregunta que hizo Kautsky y, nuevamente, alumbrar las respuestas que nos permitan, cuando los cimientos de la sociedad burguesa se resquebrajen, tirar abajo el suelo bajo el cual se asienta.

I. Las ideas de la clase dominante y sus intereses materiales

Para el socialismo científico “las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época {…}” (3). Sin embargo, la clase dominante no es monolítica, sino que está compuesta por distintas fracciones. Corresponde, entonces, que nos preguntemos: ¿Todas las fracciones, en la medida en que son parte de la clase dominante, comparten las mismas ideas? ¿O pueden existir y existen matices ideológicos entre las distintas fracciones del bloque dominante? ¿Puede que haya incluso ideas contradictorias en el seno de la clase dominante? Recordemos que la clase dominante, en la medida en que compite entre sí para sobrevivir como clase tiene intereses materiales enfrentados en su seno, si bien es una única clase, la clase del capital, frente al proletariado.

En cualquier caso, “(…) no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”. De esta forma, “la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante”.

La clase dominante, aquella que ejerce el poder material, esto es, aquella que posee los medios de producción y, por lo tanto tiene la capacidad para generar la ideología dominante, ¿crea la ideología como clase pero la crea –en lo cotidiano-, de manera individual, en competición frente a sus compañeras/os de clase con las/os que compite? ¿O la ideología se convierte filtrada por la clase dominante en un todo, fruto de las condiciones materiales y superando las voluntades individuales de los miembros de la clase del capital? Sea como sea, ¿no hay fallas en la construcción de las ideas dominantes? No parece que la ideología se pueda crear como una abstracción, sino que resulta del proceso de dominación, y por lo tanto sólo puede ser una suma histórica y dialéctica; entonces, ¿hay una hegemonía –una dominación dentro de la dominación- de una fracción sobre el resto de la clase dominante o una conciliación de intereses entre las distintas fracciones?

“Por ejemplo, en una época y en un país en que se disputan el poder la corona, la aristocracia y la burguesía, en que, por tanto, se halla dividida la dominación, se impone como idea dominante la doctrina de la división de poderes, proclamada ahora como «ley eterna»”. Siendo la clase dominante una clase que en su seno tiene intereses contrapuestos: ¿es siempre posible la conciliación de los intereses de clase de las distintas fracciones de la clase dominante? ¿Qué efectos tiene para el ejercicio de la dominación que esta se encuentre dividida, y qué hace que, de hecho, esté dividida?

II. Las crisis del modo de producción capitalista y la ideología de la clase dominante

Si “el factor que en última instancia determina la historia es la producción y la reproducción de la vida real”, y como ya hemos visto es del control de ese factor, el económico, del que surge la dominación ideológica, ¿cuando estalla la crisis capitalista se quiebra el ejercicio del poder material dominante? ¿Es posible entonces el enfrentamiento –más o menos encubierto- entre las distintas fracciones de la clase dominante por intentar mantener su posición con respecto al resto de la clase dominante? ¿O puede que incluso se dé un enfrentamiento abierto, por la dirección del bloque hegemónico, encabezado por las fracciones subordinadas ante una situación difícil para las fracciones históricamente dominantes –y por ello dirigentes- del proceso de acumulación capitalista y, así, del proceso de dominación ideológica? En otras palabras: ¿una crisis capitalista puede modificar la fracción hegemónica del bloque dominante?

O por el contrario, si “la clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual (…)”, ¿no es posible una pugna interclasista en el seno de la clase dominante mientras no cambie la hegemonía en el ámbito de la producción material?

Sin embargo, no lo olvidemos, no se trata solamente de la producción y la reproducción de la vida real, pues “si alguien lo tergiversa diciendo que el factor económico es el único determinante, convertirá aquella tesis en una frase vacua, abstracta, absurda {…}” (4). Si es sólo el factor que en última instancia determina la historia: ¿es posible una pugna en el terreno ideológico que permita una reorganización de la producción material? ¿Ha tenido lugar? ¿Cuál ha sido el resultado? Se dibuja la construcción de la hegemonía como una constante dialéctica –como constante es la transformación del capital- y, al tiempo, esa misma hegemonía refuerza la posición del modo de producción capitalista, en lo fundamental –y ante la falta de alternativa real-, para que no sea cuestionado.

III. El estado-nación como herramienta de dominación y su quiebra ante la crisis del capital

Los acontecimientos que han tenido lugar en Catalunya durante los últimos tiempos –desde que estallara la crisis del capitalismo y el proletariado no consiguiese una salida favorable a sus intereses de clase-, ¿pueden explicarse sin el estallido de la crisis orgánica del capitalismo? ¿Es posible una disputa ideológica –por la cuestión nacional- cuando el modo de producción capitalista funciona a pleno rendimiento?

¿Pueden los acontecimientos políticos y sociales de Catalunya explicarse sin la capitulación de la lucha de las clases dominadas, que durante años fueron conscientes de que la clase política no les representaba?

“La existencia de ideas revolucionarias en una determinada época presupone ya la existencia de una clase revolucionaria”. Si la consigna popular, “no nos representan”, se ahogó a nivel estatal, ¿es el auge de la contradicción del estado-nación español la crisis de una clase revolucionaria que no alcanzó la organización necesaria para enfrentar a la clase dominante?

¿Por qué el movimiento popular tuvo un ciclo de auge para caer después? ¿Qué elementos propiciaron el auge, y cuáles la caída? Frente a la institucionalidad de la clase dominante, señalar que no nos representan, ¿qué repercusiones tiene? ¿Qué posibilidades abre? ¿Abre alguna posibilidad revolucionaria? ¿Las organizaciones que se reclaman de la clase trabajadora supieron canalizar las ansias de esa clase? Si “la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos”, ¿cuál es la organización que necesitan para emanciparse? ¿Que no les represente la clase política, posibilitaba –o posibilita- la creación de una organización que no represente, sino que sea del proletariado? Si es así, ¿por qué no ha surgido –o no se ha desarrollado-?

Mientras este borrador veía la luz, y desde la sentencia del Tribunal Supremo, nuevas movilizaciones de masas ocurrían en Catalunya. Es, probablemente, más interesante mantener el escrito y las cuestiones anteriores al nuevo estallido social sin hacer modificaciones y observar si nos sirve para interpretar lo que está teniendo lugar ahora, antes que sacar, de forma precipitada, conclusiones e intentar ir más allá del movimiento real.

IV. La clase subordinada y sus ideas: ¿es posible una nueva hegemonía?

Frente a la clase dominante, la clase dominada, ¿por quién está compuesta? ¿Es una sola clase o, como la clase dominante, está compuesta por distintas fracciones? Si no es una sola, ¿qué fracciones componen la clase subordinada? ¿Tienen intereses contrapuestos esas fracciones?

El estallido de la crisis puso de manifiesto algo negado desde el marxismo estalinista y simplificador, desde la ideología hegemónica –todavía hoy- en el movimiento comunista desde hace casi un siglo: la clase media no sólo existe, sino que está constituida como sujeto político y hace política de clase. Si la clase media es clase trabajadora lo cierto es, también, que tiene una posición privilegiada frente al proletariado y está en mejores condiciones objetivas para hacer política. Tiene, no lo olvidemos, dos organizaciones en las que es hegemónica –Izquierda Unida y Podemos-.

Si bien el conjunto de la clase trabajadora es asalariado, las reivindicaciones inmediatas de la clase media y del proletariado no son las mismas: mientras la clase media alberga esperanzas en un modo de producción que le permite vivir con una cierta comodidad, siendo embrujada por los sueños y las falsas ilusiones del capital, las posibilidades de absolver al proletariado están más limitadas en la medida en que sufre diariamente la explotación de forma más cruda y sus reivindicaciones entran en conflicto directo con la tasa de acumulación del capital.

Pese a todo, las ideas revolucionarias surgen. Pero las ideas que surgen en la sociedad burguesa –pese a la hegemonía de las ideas de la clase dominante- y que representan los intereses objetivos del proletariado, ¿pueden ponerse de moda? ¿Pueden las ideas del decrecimiento, del feminismo, ser modas y representar los intereses de la clase dominada cuando las ideas de una época son las ideas de la clase dominante? ¿Por qué ciertas ideas –¿o ideologías?- son debatidas fervientemente en los medios de comunicación de masas mientras otras ideas –fin del trabajo asalariado, abolición del estado, destrucción de las clases sociales- parecen no estar nunca de moda?

“Pan, trabajo y techo”, una consigna de las masas, ¿era una consigna revolucionaria? Y si era una consigna revolucionaria, ¿por qué fue posible en un tiempo determinado, durante la crisis del capital? ¿Fue la irrupción de la crisis del capital la que provocó la pugna en el seno del bloque dominante y permitió así el desarrollo de las ideas revolucionarias a amplias capas de la población? ¿Hubo –y hay- pugna en el bloque dominante por lograr la hegemonía del mismo? ¿Hay relación entre esa pugna y el surgimiento de un pensamiento que cuestionaba el orden establecido? ¿Y Catalunya, qué significado tiene? ¿Es posible el desarrollo de una ideología revolucionaria, propia de la clase dominada, bajo el orden en calma de la clase dominante?

V. A modo de conclusión

Frente a un problema social no hay una única respuesta válida. No hay un único camino hacia la revolución social y la emancipación del proletariado. Sin embargo, esto no implica que sea válida cualquier respuesta ni que se pueda optar por elegir cualquier camino. El conocimiento y el desarrollo del socialismo científico nos permiten acotar las respuestas ante la compleja realidad social y, aunque no hay atajos en la lucha por el socialismo, intentar escoger el camino que menos dificultades presente para llevar a cabo la toma del poder por parte del proletariado.

Con el estallido de la crisis capitalista parecía que el viejo mundo podía perecer y, al fin, un mundo nuevo surgir. No lo olvidemos: el miedo iba a cambiar de bando. Era la aspiración de cientos de activistas, transformados por la fuerza de la realidad en miles, cuyo canto de cisne tuvo lugar en Madrid en la tremenda demostración de fuerza en marzo de 2014. Para entonces se habían puesto de moda algunos revolucionarios y, especialmente, Gramsci. Todo el postmodernismo recitaba esta o aquella frase del comunista italiano. Sin embargo, y pese a la apariencia, nunca citaron a Gramsci, sino sólo algunas frases suyas. El pensamiento de Gramsci es el pensamiento de la construcción de la organización del proletariado y el pensamiento de cómo tomar el poder y llevar a cabo la revolución social.

En esa misma línea, nadie se atrevió a decir que para comprender el pensamiento del camarada Gramsci hay que partir del pensamiento de Friedrich Engels y de Karl Marx. Gramsci se hizo pasar como una realidad abstracta surgida de la nada. Además, era difícil que las masas leyesen a Gramsci. Era y es un buen personaje para ser edulcorado por la contrarrevolución –por la intelectualidad y las viejas organizaciones teóricamente de izquierdas que tienen pavor a un desarrollo autónomo de las masas que les mande al basurero de la Historia conjuntamente con el régimen del que forman parte-, para erigirlo a un movimiento que necesitaba referentes. No es fácil encontrar sus Cuadernos de la cárcel, ni había constituida una organización gramsciana que pudiese denunciar la manipulación contrarrevolucionaria que el reformismo hizo del italiano. Sin embargo, poner el foco de atención en Friedrich Engels y en Karl Marx movía el eje hacia la literatura del socialismo científico –del cual, a pesar de todo, hay un puñado de obras de fácil acceso- y hacia las organizaciones que se reivindican del marxismo, así como a los cuadros políticos que llevan años intentando recuperar la idea central del socialismo científico: la abolición del trabajo asalariado y el fin de las clases sociales. Era, necesario, encontrar una figura comprometida históricamente a la que manipular. Fue lo más cercano que se atisbó del conflicto ideológico.

La realidad, siempre en constante movimiento, camina ya hacia nuevos escenarios en los que el proletariado tendrá que comprender los fenómenos económicos, ideológicos, políticos, sociales… para poder transformar la realidad: ¿será el proletariado capaz de romper con la ideología dominante? ¿Dejará el proletariado de pensar sobre la política en general de igual manera que la burguesía?

Notas:
1.- Engels, Carta a Kautsky, 12 de septiembre de 1882.
2.- “Los años de 1843 a 1845 fueron años de prosperidad industrial y comercial, consecuencias necesarias de la depresión casi ininterrumpida de la industria durante el período de 1837 a 1842. Como ocurre siempre, la prosperidad fomentó muy rápidamente la especulación. La especulación aparece, por lo regular, en los períodos en que ha alcanzado ya su plenitud la superproducción. Suministra a ésta sus canales momentáneos de desagüe, acelerando precisamente con ello la irrupción de la crisis y aumentando su pujanza. La crisis estalla primeramente en el campo de la especulación y sólo más tarde se extiende a la producción. En una mirada superficial parece, pues, como si la causa de la crisis fuera, no la superproducción, sino la superespeculación, que, a su vez, no es más que un síntoma de aquella. Más tarde, al desajustarse la producción, parece como si este desajuste, que es un resultado necesario de la anterior exuberancia de la producción, fuese simplemente una consecuencia de la bancarrota de la especulación (…)”. Marx, Karl, p. 336.
3.- Todas las citas, si no se señala lo contrario, son de la ideología alemana.
4.- Carta de Engels a Bloch.

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