Nònimo Lustre. LQSomos. Marzo 2017

Por gracia de un oficio administrativo del Estado Vaticano, Caravaca de la Cruz (Murcia) es una de las siete ciudades sagradas del catolicismo -como Qom para los chiítas o la City para los idólatras del oro. En su calidad de urbe sacra, goza del privilegio de organizar Jubileos así que, por ventura o desventura, en este año de 2017 se apresta a relanzar su afamada Cruz en el convencimiento de que llegarán “millones” de peregrinos a postrarse ante la reliquia de la vera pizca de la cruz de Cristo que dos ángeles llevaron a la Caravaca musulmana en el siglo XIII.

Esta bendita astilla modelo Patriarcal, es bastante más pequeña que la santiguada en Santo Toribio de Liébana (Cantabria) y, además, tiene que competir con otros innumerables lignum crucis -tantos hay que, si se juntaran, podría construirse un portaaviones- pero, al menos, es más física, material y tangible que otras reliquias cristianas de desbocado espiritualismo como podrían ser el Soplo de Jesús que se conserva en Wittenberg o el Estornudo del Espíritu Santo que se guarda en una botella en la iglesia de San Frontino. Es más, me atrevería a decir que el añico de Caravaca es menos problemático para la Ciencia que casquerías humanoides y hasta avícolas tan dudosas como los siete Prepucios de Cristo, los sesenta Dedos de San Juan Bautista, los dos Penes de San Bartolomé, los 500 Dientes de Santa Apolonia o las Plumas del Arcángel San Miguel que un espabilao vendió en 1784 -qué casualidad, dos años después de que los Montgolfier hubieran inventado el globo aerostático y un año después de que lo hubieran presentado ante el rey de Francia.

En todo caso, con la única intención de añadir algunas notas históricas al mentado Jubileo 2017 que, a no dudar, realzarán la magna ocasión, quiero mencionar unos variopintos hechos que tuvieron como escenario esta ilustrísima ciudad murciana. Sé que ninguno de ellos conseguirá que apreciemos el grado de libertad municipal que Caravaca gozó cuando ‘sólo’ era un reino de taifa y, menos aún, que nos desmayemos ante la gloria bélica de los ángeles que, enarbolando la Cruz, acabaron con aquella autonomía pero sí estoy seguro de que su variedad enriquecerá el turismo religioso que se avecina. Comencemos a principios del siglo XX.

En el año 1911, Caravaca recibió a un viajero ilustre, Mark Sykes, precisamente el grandísimo hideputa que, junto con el francés Picot, pergeñó pocos años después de su visita a Murcia el Tratado secreto Sykes-Picot, piedra angular del actual desastre del Oriente Próximo. Sykes dejó escrito que Caravaca tenía entonces “alrededor de 80.000 habitantes” (¡) quienes, “nunca habían visto a un inglés” (¿). Anota Sykes que subió al “castillo moro” dentro del cual le esperaban un cura, unos policías y una horda de niños perfectamente alineados en la puerta de una imponente capilla de mármol rojo que destacaba en medio de las ruinas del castillo.

Y continúa en el tono mordaz propio de los hijos de la Pérfida Albión: “Me llevaron hasta las escaleras del altar, el anciano cura se arrodilló, el monaguillo tocó la campanilla, el cura abrió el sagrario (Tabernacle), el monago volvió a campanillear, el cura levantó un trapo púrpura y se arrodilló, el niño volvió a redoblar. Entonces, el sacerdote me enseñó una cosa que refulgía con diamantes, rubíes, zafiros y ópalos: una cruz about six inches long. “Hoc est Lignum Crucis”, said the priest, y me la dió a besar, y después la besaron los niños y la besaron los policías. Es una reliquia muy famosa y es llamada la Cross of Caravaca. No pude dormir en toda la noche por culpa de las campanillas” (véanse pp. 132-133 en Mark Sykes. His Life and Letters; Shane Leslie, editor; prólogo del Right Hon. Winston Churchill. Londres, 1923)

Otras reliquias históricas

Pese a la incongruencia de haber recibido con honores a semejante espía hereje, Caravaca fue cuna de algunos paisanos de mucho mérito, hoy perfectamente olvidados. Sólo dos ejemplos:

Alfonso Martínez Rizo. Este ingeniero militar, anarquista naturista por más señas y precursor de la moderna ciencia-ficción en castellano, nació en Caravaca en 1877 -aunque otras fuentes optan por nacerle en Cartagena o en Valencia- y murió en 1951. A sus 28 años, cuando ya era capitán, fue expulsado del Ejército por “profesar ideas libres y hacer propaganda en favor del proletariado”. En mayo de 1931, fue uno de los fundadores de una Agrupació Espanyola d’Amics de Catalunya que preconizaba una Catalunya federada con los demás Estados Ibéricos. Durante la Revolución Española, combatió en las columnas anarquistas. Tras la victoria del Santo Lucifer, desapareció, se exilió en México o quizá murió en Barcelona.
Fueren como fueren sus últimos años, lo cierto es que dejó escrito un legado multidisciplinar que abarca desde estudios técnicos sobre Melilla hasta tratados de resistencia de materiales pasando por la filosofía política y la historia de su tiempo. Hoy, sus obras menos desconocidas son El amor dentro de 200 años y La urbanística del porvenir (ambas de 1932) Además de su obra utopista -hoy entendida como ‘ciencia-ficción’-, Martínez Rizo está clasificado como un urbanista organicista que aborrecía de los edificios de pisos, que demostraba la ineficiencia de las ciudades mayores de 100.000 habitantes y que, resumiendo, defendía la ciudad-campo. [Ver Martín Rodríguez, Mariano (2011): “La ciudad libertaria del futuro en la distopía El amor dentro de 200 años (1932), de Alfonso Martínez Rizo”. En: Ángulo Recto. Revista de estudios sobre la ciudad como espacio plural, vol. 3, núm. 2, pp. 151-169. En: http://www.ucm.es/info/angulo/volumen/Volumen03-2/varia03.htm . ISSN: 1989-4015]

Aún menos conocido pero igualmente válido y valeroso fue Antonio Navarro Velázquez (1920-1999), también nacido en Caravaca. Con 17 años, se alistó voluntario en el Ejército Popular de la II República y, tras la Naqba española, se unió en Francia a la Resistencia contra la ocupación nazi. En 1948, volvió clandestinamente a España con la mala fortuna de que fue detenido y encarcelado durante 12 años. Una vez en seudo-libertad, se mantuvo recalcitrantemente anarquista; en el tardofranquismo, se especializó en pasar a Francia a los perseguidos por la policía franquista. En 1978, instaurada la magnífica democracia transicional, fue acusado sin pruebas de ser el cerebro de un grupo de la FAI y del ametrallamiento del cuartel de la Policía Armada en Cornellà de Llobregat.

No me cabe duda de que recordar a Martínez Rizo enriquecería los fastos jubilares aunque no estoy seguro de que tuvieran éxito sus hipotéticas propuestas -que, probablemente hubieran girado alrededor de ágapes veganos, romerías nudistas, eliminación de bloques urbanos, introducción del huerto en la ciudad, etc. Asimismo, la figura cosmopolita de Navarro Velázquez contribuiría a mejorar la publicidad internacional del Jubileo además de atraer a las masas catalanas y, por descontado, a la gente gabacha.

De esto no hay ni siquiera reliquias

Como colofón local en el que no faltan los curas necesarios en todo Jubileo, finalicemos con unas referencias perfecta pero incómodamente actuales: Hasta casi el final de la Guerra, esta ciudad murciana estuvo en manos leales a la República. En ese último destello de aquella libertad que in illo tempore conocieron durante el reino de taifa, ¿cuántos presos políticos fueron albergados por los republicanos en la cárcel de Caravaca? Según el estudioso Peñalver Guirao citado abajo, “El máximo de reclusos de esta categoría, pudiéndose incluir a otros presos comunes, en la prisión de Caravaca, alcanzó la cifra de 159 presos en agosto de 1938”. La República no ejecutó a ninguno de los presos de esta cárcel. Pero, ¿qué ocurrió cuando los franquistas conquistaron esta ciudad? Pues que los beatíficos golpistas, amén de recluir a miles y miles de paisanos, fusilaron a más de cuarenta republicanos -sin contar a los que asesinaron por otros medios menos directos. Por supuesto, los vencedores no se limitaron a procesar -rara formalidad- y ejecutar con algún viso de ritualidad sino que asesinaron con ensañamiento, alevosía, tortura, desprecio, groseras burlas, etc. De todo ello, la Historia Oral ha recogido testimonios espeluznantes. Por ejemplo:

“Sería media noche cuando se presentó en la cárcel un grupo de tres o cuatro frailes capitaneados por el Arcipreste [T.H.] ‘Les decía aún estáis a tiempo de salvar vuestras almas, todavía podéis salvaros’. Uno de los frailes se le acercó y le dijo ‘Mire usted, Don [T.H.], que aquí hay muchos inocentes’, y le contestó el monstruo ‘Cristo perdonó a sus enemigos, pero yo no los perdono, aunque fueran inocentes’. Al día siguiente, fueron atando a los presos de los brazos uno con otro y en grupos de tres. Los subieron a los camiones que esperaban en la puerta de la cárcel y al poco rato oímos como arrancaban. Los fusilaron, pero aún nos enteramos de dos muestras más de cobardía de los fascistas, y es que después de los fusilados, se ensañaron con los cadáveres. A Ramón Jiménez le rompieron sus mismas muletas en la cabeza. Pero aún quedaba algo más, todavía no era bastante. Al volver al pueblo, entrando por el Templete y con una borrachera monumental, [J.C.] y [V.H.], iban cantando “La hija de Juan Simón”, aludiendo a los fusilamientos habidos aquella mañana.” (p. 142 en las memorias inéditas de Juan José Guirao Martínez, Al resplandor de la aurora; cit. en Peñaver Guirao, ver abajo).

Un ejemplo entre muchos: según relata la nieta de Francisco de la Rosa Ruiz, “Estando mi abuelo en el Castillo de Caravaca sufrió una paliza de muerte. Le pegaron sin compasión y se ensañaron con sus partes nobles, recibiendo tal patada en los testículos que lo dejaron al borde de la muerte. Después lo pusieron con las piernas abiertas encima de un pozo, un pie a cada lado, y lo tuvieron así horas y horas. Suerte que tenía de compañero al farmacéutico Juan Pérez Ruiz con él que le echó Zotal, un desinfectante de bichos, en los testículos para curarle tal atrocidad. Era notorio entre los carceleros el mal estado de salud de mi abuelo y lo llevaron al hospital y ahí le cortaron los testículos, dejándole sólo el pene para sus necesidades.” Años después fue destinado al Destacamento Penal del Cenajo a cumplir trabajos forzados en la construcción del embalse del mismo nombre, el mismo lugar donde se suicidó en 1948.

En cuanto a la mitad del Cielo o, mejor dicho, desde 1939 la mitad del Infierno, “Casi todas las mujeres condenadas lo fueron a causa del activismo político del marido… No obstante, una minoría sí que participó en la vida pública republicana, como la concejala del PCE de Caravaca, Nieves Calvo Villa, siendo condenada a muerte y fusilada.”

[Estos últimos párrafos están extraídos de: Peñalver Guirao, Víctor. “Violencia en los espacios punitivos de la dictadura franquista: La Prisión de Caravaca de la Cruz y el centro de detención de “La Encomienda” de Calasparra. En Revista de Historia de las Prisiones nº3, año 2016, pp. 162-178]

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