Patxi Ibarrondo*. LQS. Abril 2018

Enterrar el odio se hace necesario dice la propaganda. Pero, en definitiva, todo apunta a la simbología del chivo expiatorio tan enraizada en el acervo cainita del estado autoritario; el que tiene la fe del carbonero en el empleo del máximo castigo, en el uso desmesurado de la fuerza bruta

Cada día que pasa, me convenzo más de que en este país no se busca la concordia ni la reconciliación. Caín triunfa y corta orejas en el ruedo ibérico, en la España de la presunta democracia de valores humanistas. En ese redondel de los espantos no se busca la Justicia sino refocilarse en la inquina.

En estos días se están juzgando a los jóvenes intervinientes en una agresión de bar a miembros de la Guardia Civil. Llevan más de 500 días de presión preventiva. Los datos que llegan del “caso Alsasua” son inquietantes. Aplicar, como se pretende, a los acusados la legislación antiterrorista es una exageración que ignora la imprescindible proporcionalidad condenatoria. En efecto, la propia justicia dictamina que una “condena no puede causar más daño que el que se haya producido por el delito”.

La paliza a los agentes de paisano no debió producirse, incluso si su presencia en aquel bar se interpretara como una provocación; en un contexto de resquemor inevitable, tras muchos años de muerte, destrucción, atentados y torturas.

Pedir más de 50 años de cárcel, por parte de la fiscalía y la acusación particular, huele a otra cosa. Huele a rencor y a venganza. En la agresión del bar Koxka no ha hubo ninguna muerte ni premeditación alevosa. Las lesiones a los guardias civiles no fueron letales. Afortunadamente. No se emplearon armas. Sin embargo, el sistema esta interpretando deliberadamente el asunto como un atentado a las Fuerzas de Seguridad del Estado en acto de servicio.

Enterrar el odio se hace necesario dice la propaganda. Pero, en definitiva, todo apunta a la simbología del chivo expiatorio tan enraizada en el acervo cainita del estado autoritario; el que tiene la fe del carbonero en el empleo del máximo castigo, en el uso desmesurado de la fuerza bruta. En este caso, dar un convenido escarmiento post ETA a la población posiblemente herética hacia la nueva situación constitucional del orden, con la consabida rúbrica democrática que habitamos.

Medidas preventivas, pues. Por si hubiera alguna duda acerca de quién manda y el respeto obligado a la simbología con posos autoritarios de viejo régimen. Para que quede claro quién venció en la guerra nacionalista española contra la lucha armada vasca. Según esta doctrina, las heridas deben permanecer abiertas y en pie de alerta, siempre, la desconfianza mutua.

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