Amarcord (Me acuerdo)

He vuelto a ver Amarcord (por 5ª vez) y sería mezquino por mi parte si, después de ver de nuevo esa prodigiosa cinta, no invitase aquí a los lectores a que la vean de nuevo y a aquellos que aún no la vieron: por favor, vuelen al videoclub y, como si fuese la primera película que van a ver en su vida, acérquense a ese fabuloso mundo felliniano que tan gratos momentos nos dio a partir de I vitelloni, por ejemplo.

A mí, que soy un amante del cine desde aquellos lejanos años cuarenta en que mi padre me llevaba a las salas de barrio del Madrid de mi infancia, a pesar de la distancia de nuestros pueblos (España-Italia), no pueden por menos que conmoverme las tiernas imágenes que desfilan ante nuestros ojos a lo largo de las cuatro estaciones en las que se desarrolla el film, envueltos entre la niebla de los recuerdos del pasado (algunos lectores, me refiero a los del fondo a la izquierda, recordarán lo que pasó entre esos años (1973-Chile, Viet-Nam, el 20-N), que se estrenó la película, hasta el año 1986 (pérdida del Referéndum de la OTAN).

Tengo una gran deuda con mi padre que, desgraciadamente, jamás podré saldar. Y no es solo porque haya fallecido, ni porque defendiera esa amada bandera tricolor, que hoy nos siguen negando, en el Ebro y en otros frentes desde 1936 al 39, ni por su capacidad de entrega y su magnífica resistencia a lo largo de los años de la derrota, si no por que me descubrió todo ese maravilloso mundo de celuloide poblado de imágenes que nos recuerdan quienes fuimos y lo chicos y lo grandes que podemos llegar a ser.

Como es inevitable la nostalgia, mientras escribo, esta mesa sobre la que ordeno mis recuerdos se va poblando de personajes y de paisajes, de vastas praderas en las que se pierden valerosos vaqueros a lomos de poderosos caballos, de gente maravillosa defendiendo valores que hoy casi se han olvidado, de huelgas heroicas de la clase obrera, de niños jugando a las guerras con espadas de madera en paisajes ya desaparecidos, de fieros tuaregs asediando fuertes defendidos por valeroso legionarios…

Si esta carta llegase a algún exhibidor de películas, le sugeriría que le pusiera a cada butaca de su sala un nombre: el de todos aquellos que en el pasado contribuyeron a hacernos un poco menos dura la derrota, los que nos ayudaron a sobrellevar el peso del luto por los que murieron en las trincheras y los que padecían tortura y prisión, los que nos hacían olvidar por unas horas el hambre, la represión y el frío de las casas a cambio de unas perras. También, por los que apostaron por las causas populares y por los perdedores, a pesar de las tiranías de los McCarthy y los dictadores.

Pasados los años pudimos recuperar también nuestra propia memoria, a pesar de la interesada desmemoria de nuestros dirigentes y de los rojos lápices de los censores, gracias a los libros y gracias también al cine.

Larga vida pues para el cine y gratitud eterna a J. Tatí, I. Bergman, J. Ford, O. Welles, P. Almodóvar, P. Guzmán, L. Visconti, V. de Sica, J. Renoir, R. Rosellini, D. Trumbo, Ch. Chaplin, J.A.Bardén, C. Saura, F. Capra, Max Aub-A. Malraux, F. León de Aranoa, A. Kurosawa, J. Huston, F. Rey, Ozu, S. Eisenstein, K. Loach, C. Gavras, W. Wenders, L. Elmi, S. Kubrick, S. Imamura, L. Buñuel, G. Pontecorvo, A. Fons, M. Ophuls, B. M. Patiño, N. Ray, M. Ferreri, B. Wilder, L. G. Berlanga, E. Mizoguchi, Th. Angelopoulos, A. Tañer, F. Lang, C. T. Dreyer, R. Satyajit, A. Penn, A. Aristarain, R. Altman, S. Fuller, S. Pollack, R. M. Fasbinder, Bresón, I. Uribe, Murnau, B. Bertolucci, M. Armendáriz, E. Kusturica, B. Tavernier, I. Bollaín, E. Lubitch, V. Erice…

Más artículos del autor 

Deja un comentario