Amparo Soler Leal: “Aurora de sangre”

Algunos medios la recuerdan como la musa del cine de Berlanga, y es fácil reconocerla como “la tuerta” de “La Escopeta Nacional” o “la madame” de “La Vaquilla”, pero a mí me gusta más hacerlo en la piel de Aurora Rodríguez en “Mi hija Hildegart”, o en la de “La Varona” del “Crimen de Cuenca”

Nacida día 23 del tórrido mes de agosto de 1933, en un Madrid republicano que mantiene su hegemonía de izquierdas, y que perderán tres meses más tarde unas elecciones donde por primera vez vota la mujer en España.

Siendo hija de los actores Salvador Soler y Milagros Leal, apadrinados en su boda por el dramaturgo D. Jacinto Benavente, no era difícil predecir cuál sería su futuro, al igual que pasaba con los retoños de otras tantas sagas de cómicos españoles.

La guerra civil desencadenada tres años después de su nacimiento la cogerá en gira con la compañía de sus padres por el norte de España, que optan por disolverla y marchar a Valencia (de donde eran originarios), por parecerles lugar más seguro que la capital, y donde su padre asume la dirección del Teatro Municipal de Valencia durante el periodo bélico.

Al concluir la contienda la familia regresa a Madrid, y con poco más de seis años empieza sus estudios en “Las Esclavas”, y después en el colegio Sagrado Corazón de la calle Caballero de Gracia, donde la “madre” directora le recomienda por ser hija de “cómicos”, cambiar de colegio por la “falta de costumbre” del centro en estos menesteres.

Este menosprecio hace que vaya a parar al de San Luis de los Franceses, prestigioso colegio donde pudo aprender este idioma, y que dejó en quinto curso de bachiller con catorce años recién cumplidos, para dedicarse al teatro.

Sus padres, ante la insistencia de la joven deciden probar con pequeños papelitos que definitivamente la atrapan, y a pesar de que por su condición de hija de actores está exenta, un mes después hará el meritoriaje en la compañía del Teatro Nacional María Guerrero bajo la dirección de Luis Escobar, teniendo como compañera a otra jovencita de nombre Berta Riaza, que acabará siendo uno de los referentes de la escena española.

Al amparo de su padre, que junto a Luis Prendes encabezaba el elenco de la compañía, acomete cada vez papeles mas complejos, consiguiendo un reconocimiento importante en la “Historia de una casa” de Joaquín Calvo Sotelo, donde recrea a la pequeña tuberculosa.

A los 17 años fue primera actriz de la compañía de Ernesto Vilches, y antes de los 20 se la reconocía como la primera actriz más joven de España tras triunfar en el Teatro de Cámara con la obra de Schnitler, “Cena de despedida”.

En 1959 recibe el Premio Nacional de Interpretación por “Ondina” de Girardoux, y en 1967 la Medalla de Oro de la Fundación María Rolland por “¡Ay, infeliz de la que nace hermosa!” de Alonso Millán. Fructífera década de los sesenta que le permitirá formar compañía propia.

En televisión debutó en 1961 en el espacio “El personaje y su mundo”, después, entre algún “Primera Fila”, alguna “Novela” y algún “Estudio 1”, grandes lagunas televisivas hasta aparecer a finales de los noventa como la “Tía Rita” en la serie de “Tele 5”, y “Querido maestro” de Eduardo Ladrón de Guevara, que le dará desde entonces una continuidad con apariciones episódicas en series como: “7 vidas”, “Paco y Veva” o “Un paso adelante”.

También pasó fugazmente por el mundo de la canción grabando en microsurco las canciones que cantara en la obra de teatro de Jaime Salom “El baúl de los disfraces”, que estrenara en Barcelona en la primavera del 62.

A los dieciocho años se casó con Adolfo Marsillach y posteriormente lo hizo con Alfredo Matas, apasionado trompetista de jazz creador en los cincuenta de la empresa  “Jet Films”, que con frecuencia produjo películas en las que ella participaba. Cosa absolutamente lógica que no desmerece en absoluto su calidad interpretativa.

Hoy, lluvioso viernes veinticinco de octubre de 2013, los periódicos digitales anticipándose a los de papel, dan la noticia de su muerte esta mañana en Barcelona.

No le pilló de sorpresa. Quizá por eso a modo de despedida pidió que se le diera el último adiós en su casa, con champán, música de Serrat y rodeada de amigos. No debía querer que a su costa se montara el circo lacrimógeno y se lo agradecemos. Mejor recordarla viendo cualquiera de sus películas, que soportar esa repetitiva cascada de condolencias a la que “los medios” nos tienen acostumbrados. Con esa copa en alto de cava catalán, ¡salud! allí donde te encuentres  

En “Así es Madrid” (Luis Marquina 1953) adaptación de “La hora mala” de Carlos Arniches, hace un minúsculo papel junto a su madre, el de Paquita, modistilla y novia del policía municipal Urbano (de nombre), que cose en casa de “La Regina” (Mercedes Leal, su madre) en la especie de taller de costura que tiene montado en la corrala madrileña donde vive también Eulalia (Susana Canales), su íntima amiga, a la que pide cautela con su novio Antonio (José Suárez), de cuyas actividades delictivas están enterados todos los vecinos menos ella. 

En “Usted puede ser un asesino” (José María Forqué 1961) es la despistada y dislocada Margarita, que aparentemente en colaboración con su amiga Brigitti (Julia Gutiérrez Caba), tratan de envenenar a sus maridos (Alberto Closas y José Luis López Vázquez) para cobrar el seguro. Detenida por la gendarmería, ya que la historia se desarrolla en París, es tal su caudal oratorio y tan amplía su imaginación, que el comisario la tiene que echar del interrogatorio a que la somete para no volverse loco.

En “Plácido” (Luis García-Berlanga 1961) es Marilú, la amante de Jacinto (Antonio Ferrandis), que enternecida con la “pobre” que le ha tocado para la cena de Nochebuena (Julia  Caba Alba) en el “sorteo de pobres”, le regala algo parecido a un sujetador de fantasía a aquella especie de “Doña Rogelia”, por no saber cómo agasajarla.

En “La becerrada” (José María Forqué 1962) es Sor María, la ocurrente monja del asilo “El Hogar del Vencido”, que ante la escasez de medios para sacar adelante la labor de la Orden y la negativa del obispado a socorrerlas, propone en una lluvia de ideas que hagan una corrida benéfica. Por lo que la Madre Superiora (Ana María Noé) le encomienda junto a Sor Leocadia (Nuria Torray) y Sor Matilde (María José Alfonso), marchar a Málaga con “billetes de caridad” a encontrar tres toreros que gratuitamente quieran torear la becerrada, y que milagrosamente encuentran en las personas de “Mondeño”, Antonio Bienvenida y Antonio Ordóñez.

En “Vuelve San Valentín” (Fernando Palacios 1962) es Mercedes, la mujer de José Luis López Vázquez, atareada decoradora que recupera la tranquilidad y el marido cuando San Valentín les ayuda a perder las agendas, y bloquea la cerradura del piso cuando ambos están dentro, por lo que no les queda más remedio que darse a la vida loca. O eso suponemos, ya que se pasan la tarde saliendo de la habitación canturreando y fumando cigarritos en bata de fantasía. 

En “La gran familia” (Fernando Palacios 1962) da vida a Merche, y a dieciséis criaturas más contando con la que viene de camino.

Entusiasta madre de familia supernumerosa y enamorada esposa del aparejador Juan Alonso (Alberto Closas), que disputa con los tenderos del mercado cada mañana y hace milagros económicos con los precarios y múltiples sueldos de su marido, y que dice a la criada que en su casa no puede haber fantasmas porque no caben.

En la siguiente entrega, “La familia y… uno más” en 1965, se niega a trabajar por no parecerle oportuno hacer un papel de “abuela” con poco más de 30 años, por lo que se toma la decisión de hacer enviudar al aparejador cuando su mujer va a alumbrar a ese décimo séptimo hijo que venía en camino.

En “Las que tienen que servir” (José María Forqué 1967) es Francisca Pizarro, la chacha extremeña de la familia Stevenson, norteamericanos afincados en España que tienen una cocina futurista que ella maneja por medio de pantallas de televisión, recorrida por una cinta transportadora donde si te descuidas termina en la trituradora cualquier cosa que apoyes; por ejemplo los huevos y la gallina que le trae el pollero Lorenzo (Manolo Gómez Bur) para requebrarla.

Pero lo que parece un romance inminente con el pollero se queda en agua de borrajas cuando aparecen dos fornidos americanos, y Spencer (Álvaro de Luna), le pone ojitos, y de paso le da su merecido a “los indígenas”, que es como Francisca y su amiga Juana (Concha Velasco) llaman a sus pretendientes.

Aunque como son unas estrechas a pesar de sus apariencias minifalderas, se negaran a que los “yankis” les metan mano y volverán con los nativos para pasear su castidad en motocarro hasta que mil años después puedan echar un polvo miserable bendecido por la iglesia. Tiempos de castidad y mentiras, pero sobre todo de represión.

Dice Alfredo Landa en su libro “Alfredo el Grande” con muy mala baba, que el pollero Gómez Bur era un “robaplanos” de mucho cuidado, y para ilustrarlo cuenta que en la gira que se hizo con la obra de teatro, cada vez que alguien tenía una frase de carcajada, él pinchaba con un alfiler a la gallina que llevaba bajo el brazo, y con tal revuelo no se escuchaba la gracia. Destapándose el asunto cuando se dieron cuenta que había que reponer la gallina todos los días.    

En “El bosque del lobo” (Pedro Olea 1971) es Doña Pacucha, la sobrina del Abad de Vilouzas que vive en confortable mansión, a la espera de las cartas de amor secretas que le trae el buhonero Benito (José Luis López Vázquez) de su amante de Astorga (Alfredo Mayo).

Por ellas recibirá las reprimendas de su tío que le recuerda que en lugar alguno estará mejor que con él, y que en su ausencia pide al buhonero la guíe hasta Astorga por los caminos del bosque para conocer advertir al furtivo.

No podrá concluir su viaje. El “alobado” buhonero lo matará como a todos los que acompaña.

En “Tamaño natural” (Luis García-Berlanga 1973) es la dueña de la boutique parisina donde Michel (Michel Piccoli) compra los trajes para su muñeca. Lesbiana vestida de transparencias que no logra contener su mano lasciva que termina bajo las bragas del maniquí y sobre sus pechos de goma.  

En “Los nuevos españoles” (Roberto Bodegas 1974) es Sagrario, mitad criada mitad amante de Luis (Antonio Ferrandis), al que sirve interna desde la muerte de su mujer. Resignada a su doble condición civil, la absorción de la compañía de seguros donde el hombre trabaja de ejecutivo, por la multinacional Bruster & Bruster que apuesta por el matrimonio de sus empleados, aconseja y permite la boda entre ambos.

En “Retrato de familia” (Antonio Giménez-Rico 1976) es Adela, cristiana y atemorizada madre de familia que vive relegada y menospreciada por su suegra, su marido y su hijo, juramenta en el parto de Ceci (Miguel Bosé) que no volverá a tener más hijos.

En “La escopeta nacional” (Luis García-Berlanga 1977) hace de mujer tuerta cual “Princesa de Éboli”, del Marqués de Leguineche hijo (José Luis López Vázquez).

Polifemo que descansa su ojo tras unas gafas con cristal ahumado como las que llevaban los niños faltos de vitaminas, que en un ataque de ira arrasa la colección de “pelos de coño” del Marqués de Legineche padre (Luis Escobar).

En “Mi hija Hildegart” (Fernando Fernán-Gómez 1977) es Aurora Rodríguez Carballeira, personaje central de esta película basada en hechos reales, y en el libro “Aurora de Sangre” de Eduardo Guzmán, cuya creación musical corre a cargo de Luis Eduardo Aute.

Cuenta la historia que los primeros días de mayo de 1934, periodo republicano de marcadas posiciones políticas, comparece ante los tribunales la mencionada Aurora Rodríguez acusada del asesinato de su hija.

Eduardo Guzmán (nombre del autor del libro y del personaje representado por Manuel Galiana), periodista del diario “La tierra” que acodado en la barra de un club de alterne con sus gafas de gruesos cristales, percibe el nítido sonido de dos disparos que lo transportan al de los cuatro que acabaron con la vida de Hildegart (Carmen Roldán). Historia que le cuenta entre miradas ausentes a la chica del mostrador (Helena Fernán-Gómez).

Aurora, díscola socialista, revolucionaria extrema y defensora a ultranza de los derechos de las mujeres, decide engendrar una hija para consagrarla a la liberación de la mujer, utilizando para ello a un sacerdote de la marina (Ricardo Tundidor) ante la escasez de posibilidades eugenésicas.

Hildegart que crece en el ambiente revolucionario puro creado para ella por su madre, es de una brillantez política extraordinaria y de una precocidad única. Su madre conserva cada minuto de su existencia ordenado en libros de artículos y acontecimientos y dirige su vida al milímetro.

Obsesionada cada vez más con la idea de la traición de su hija hacia ella y a sus principios, termina empleando la más tiránica represión hasta el punto de aterrorizarla, llevándola su delirio sin extremos a asesinarla de cuatro disparos mientras duerme.

La película está llena de durísimos guiños contra el “feminismo”, solamente atenuados por la fama de misógino del autor del libro: Eduardo Guzmán, y lo poca idoneidad para tratar el tema, según algunos, de Rafael Azcona y Fernando Fernán-Gómez (guionistas). Ahí van algunos: La elección para la práctica eugenésica del sacerdote, pederasta que termina violando a su sobrina (menor de edad) y perseguido por su hermano para matarlo, da una idea de los criterios contradictorios cuando trata de alcanzar la perfección genética para su hija. 

El intento de Aurora de fornicar totalmente vestida y con los zapatos puestos con gestos de repugnancia que denota el asco y odio que siente hacia todo varón.

La contundente respuesta de las presas “putas” llamándole repetidamente “zorra” cuando les habla de prohibir la prostitución.

La respuesta del hombre que tira bolas en la barraca de feria para tumbar la cama donde yace la mujer semidesnuda, diciéndole cuando lo increpa: “Lo que está pidiendo es estar ahí dentro”.

El pintar con el lápiz de ojos su nombre: AURORA por todo el cuerpo de su hija, que certifique que no ha sido borrado por hombre alguno con sus caricias.

Condenada a 28 años y 6 meses de prisión por el asesinato cometido, tres años después los milicianos abrieron las cárceles y la soltaron junto al resto de presos, disolviéndose entre la marea de ciudadanos que intentaban escapar de una ciudad en guerra. 

En “El crimen de Cuenca” (Pilar Miró 1979) es Dolores “La Varona”, madre de cinco hijos y mujer de Gregorio Valero (Daniel Dicenta), acusado del asesinato de “El Cepa” (Guillermo Montesinos), del que poco a poco empieza a desconfiar ante la presión despiadada del Juez Isasa (Héctor Alterio) y el diputado de derechas Martínez Contreras (Fernando Rey) de imputarla en el asesinato.

En una escena durísima durante la visita a su marido encarcelado, Gregorio trata de saciar su sed abalanzándose violentamente sobre ella para succionar sus pechos

En “Los fieles sirvientes” (Fransec Betriú 1980) es la Srta. Fernanda, la gobernanta de la señorial mansión que en la ausencia de los señores controla su funcionamiento y el cuidado de la servidumbre.

Irascible mujer de pésimo vocabulario que vacía las botellas del mejor champán de las bodegas en compañía del chofer (Francisco Algora) en las largas noches de soledad.

En “Gary Cooper que estás en los cielos” (Pilar Miró 1980) es Carmen, la actriz un poquito insoportable que ensaya en los estudios de Televisión Española a las órdenes de Andrea Soriano (Mercedes Sampietro), dando la réplica a María (Alicia Hermida) y a Álvaro (Agustín González), mientras se queja de todo lo que la contraría.

En “Patrimonio Nacional” (Luis garcía-Berlanga 1981) es Chus, la esposa tuerta y repudiada de Luis José (José Luis López Vázquez), con el que vuelve a Madrid a instalarse en el Palacio de Linares junto al resto de la familia, buscando las alianzas de su suegra (Mary Santpere), y las de un  detector de metales para encontrar las joyas escondidas por sus antecesores para que no se las robaran los rojos.

Una incipiente cirugía estética tan desarrollada en estos tiempos, logra eliminar el parche del ojo para devolverle su lozanía característica.     

En “Bearm, o la sala de muñecas” (Jaime Chávarri 1982), adaptación de la novela de Llorenc Villalonga que recrea la historia de Mallorca a mediados del siglo XIX, es Doña María Antonia, destinada desde niña al matrimonio con su primo “Tonet” (Fernando Rey) bajo el lema familiar “Antes morir que mezclar la sangre”.

Al que a pesar de querer sin condiciones, abandona durante quince años cuando se fuga con su sobrina Xima (Ángela Molina) al estreno de “Fausto” a la Ópera de París. Regresando a su lado solo cuando hace correr la voz de que está enfermo como reclamo. Como si el tiempo no se hubiera interrumpido vuelve a la mansión de los Bearm con  la sonrisa en los labios y el mismo ánimo manipulador de siempre, y siguiendo las indicaciones del vicario D. Andrés (Alfredo Mayo), quema todos los libros de Voltaire  y Rousseau que su marido atesora en su biblioteca.

Por error o por decisión propia se envenenará con una de las pastillas verdes que Xima guarda en una cajita para una solución de emergencia, tomando su marido las dos que quedan en la caja cuando la encuentra agonizante.

En “Las bicicletas son para el verano” (Jaime Chávarri 1983) es Doña Dolores, la madre que acumula el sufrimiento de su familia hambrienta, como lo hacen todas las madres del mundo durante las guerras.

Esposa feliz que a comienzos del verano del año 36 ve con preocupación como inevitablemente se acerca la guerra a pesar del optimismo de su marido (Agustín González), de los delirios de su hija Manolita (Victoria Abril) que quiere ser artista, y de la inconsciencia de Luisito (Gabino Diego), que a pesar de haber suspendido dos asignaturas necesita una bicicleta para ir a la Casa de Campo con una chica a la que escribe versos.   

En “¿Qué he hecho yo para merecer esto?” (Pedro Almodóvar 1984) es la cleptómana Patricia. Escritora de profesión al igual que Lucas (Gonzalo Suárez), su marido, que quiere gastarse su dinero ahorrado para una operación de estética. Ante el consejo de Lucas de que se maquille, responde derrochando sensibilidad: “Maquíllate tú la polla”.

En “La Vaquilla” (Luis García-Berlanga 1985) es la dueña del lupanar portátil que viene de Zaragoza cobrando a un durito (nacional) el “polvo”. Itinerante burdel que aprovechando la tregua guerrera de las fiestas de la Virgen de agosto se instala en Sos del Rey Católico con el consentimiento de los Jefes castrenses y la persecución de los curas del mismo ramo.

En “Todos a la cárcel” (Luis García-Berlanga 1993) es la mujer de Artemio (Saza), al que deja en la cárcel gestionando sus cuentas con la administración socialista y se marcha a la playa con su hermano Antonio Resines, un “niño” bosnio (Luis Ciges), y una niña que se queja de que el bosnio lascivo la toca.

En “París Tombuctú” (Luis García-Berlanga 1999) es Encarna, la monja exclaustrada e inhabilitada por cargarse catorce pacientes de un hospital, por ignorancia.

Orgullosa hija del enano Ramonet, que no era aquel charlatán que vendía mantas por los pueblos sino el artista de circo que trabajó con el gran Eduardini, vive en Calabuch compartiendo la herencia con su hermana Trini (Concha Velasco) y su hermano Gaby (Javier Gurruchaga), que según dice son fruto de un apaño de su madre con “Manolete”, a la que se parecen en lo promiscuo de sus aficiones, ya que ”Dios mediante”, se cepillaba al mancebo de la botica en las fiestas de guardar e incluso en días laborables. No es de extrañar que el negro escapara en bicicleta buscando Tombuctú.

* Autor de “El cine español: algo más que secundarios (Más allá de la ficción) 

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