Arturo del Villar*. LQSomos. Diciembre 2017

Qué bueno es el papa Paco: ha autorizado la celebración de un año jubilar con motivo del sexto centenario de la muerte de Vicente Ferrer, un criminal genocida predecesor de Hitler, canonizado en 1455. Los años jubilares permiten a los pecadores obtener una indulgencia plenaria, que les absuelve de todos los pecados cometidos, con solo visitar una basílica predeterminada, rezar por las intenciones del Papa, y entregar un óbolo a la Iglesia… qué menos se puede pedir a cambio de alcanzar el perdón de las culpas.

El minicardenal arzobispo de Valencia y los obispos de Orihuela, Alicante, Segorbe, Castellón y Tortosa constituyeron el pasado 26 de diciembre una comisión interdiocesana organizadora de los festejos. Su intención es promocionar al santo criminal, para que nos sirva de ejemplo. De mal ejemplo, se entiende. Por haber nacido en Valencia, Ferrer es el patrono de la ciudad, que lo celebra a lo grande cada año, montando unos altares callejeros en los que se representan los “miracles de sant Vicent”. Se van a poner los solideos con el jubileo.

A Vicente Ferrer se le achacan millones de milagros. En el proceso de canonización se relacionan 872. Se decía que su poder taumatúrgico era tan grande que sólo con levantar el dedo índice de su mano derecha se realizaba lo que él quería. Con un solo dedo. ¿Qué hubiera sucedido de habérsele ocurrido levantar el puño? Así se le representa en pinturas y esculturas, como en el cuadro de Juan de Juanes aquí reproducido. La leyenda latina significa en castellano “Temed a Dios y dadle gloria porque ha llegado la hora del juicio final.”

Un error de fechas

Era una de sus obsesiones, anunciar la inminente proximidad del juicio final. Durante un sermón en Toledo en el año 1411 aseguró que el Anticristo ya había nacido, y que el fin del mundo y juicio final tendría lugar en 1436. Pese a estar comprobado que se equivocó en la fecha, fue canonizado en 1455, sólo 36 años después de su muerte, porque su fama de santidad le acompañó en vida. Uno de los milagros que le achacaban era que predicaba en su lengua, el lemosín, antiguo dialecto hablado en Valencia, pero todos los oyentes le entendían en su propio idioma.

Predicaba fuera de los templos, porque las multitudes los abarrotaban. Sus sermones eran larguísimos, de hasta seis horas de duración, pero no se cansaba y al parecer tampoco su auditorio, aunque carecía de micrófonos y altavoces: el milagro era doble, por lograr escuchar la prédica y por entenderla. Según sus hagiógrafos le seguían una multitud de discípulos, que llegó a ser hasta de diez mil personas, dicen. Parecerían una plaga. No cuentan cómo se alimentaban, quizá milagrosamente. Le rodeaba una guardia pretoriana que le protegía entre tablas, con objeto de impedir que los forofos le arrancasen trozos del hábito para guardarlos como reliquias, y si se descuidaba un brazo o una oreja.

Como falleció en Vannes, en la Bretaña francesa, y está enterrado en su catedral, se libró de que los fanáticos despedazasen su cadáver, como era lo habitual en España. Así todo, en Valencia se veneran tres reliquias suyas: un trozo de una costilla, una canilla de una pierna, y un trozo de su mortaja.

Predicador incansable

Predicó en España, Francia, Bélgica, los Países Bajos, Alemania e Italia, lo que se ex-plica debido a esa milagrosa cualidad de ser entendido en cualquier idioma. Cuentan sus hagiógrafos que viajó siempre a pie, por lo que debiera figurar en el Libro Guinness de los records, hasta que ya viejo (murió a los 69 años) y enfermo de una pierna se trasladaba sobre un asno. Su único equipaje era la Biblia Vulgata, que los mismos hagiógrafos aseguran que se la sabía entera de memoria. Vivía de limosnas, nunca comió carne, dormía en el suelo, y vestía un raído hábito de la Orden que alguna vez fue blanco.

Esta bestia nazi antes de que se definiera el nazismo ingresó en la Orden de Predicadores fundada por otro asesino, Domingo de Guzmán, también santo. Es la orden encargada del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, el organismo que más muertes de víctimas inocentes ha perpetrado en la historia de la humanidad. El valenciano se dedicó a predicar por las calles, obedeciendo una orden que dijo haber recibido del mismísimo Jesucristo. Ocurrió el 3 de octubre de 1398 en Aviñón, cuando se hallaba gravemente enfermo, hasta el punto de esperarse su muerte inminente.

Pero contaba que se le apareció Jesucristo, no aclaró si en carne mortal o en espíritu, acompañado por Domingo de Guzmán y Francisco de Asís, le puso la mano derecha sobre una mejilla y al momento quedó curado, y desde entonces se le notaban las huellas de los divinos dedos cada vez que se acaloraba en una predicación. Le ordenó entonces que se dedicase a la predicación para convertir a los infieles. Por ello Vicente se proclamó legado a latere Christi, título reconocido por el discutido papa o antipapa Luna, alias Benedicto XIII, amigo y protector suyo.

Sin embargo, Vicente no fue fiel a esa amistad. El papado sufrió un cisma en 1378, con dos sedes pontificias, una en Roma y otra en Aviñón. En un principio Vicente Ferrer se unió a los papistas de Aviñón, con Clemente VII y el aragonés tozudo apodado Benedicto XIII. Por algún motivo no aclarado, cambió de bando y se pasó al romano, que fue el vencedor, quizá debido a un chivatazo divino.

Contra los judíos

Con todo, el aspecto más sobresaliente en la biografía de Vicente Ferrer es su obsesión por convertir a los judíos al cristianismo. Le dominaba el fanatismo más exacerbado. Creía que los judíos tenían rabo, como los animales. Sus hagiógrafos intentan justificar su actuación protonazi explicando que no predicaba el asesinato de los judíos, sino su conversión. Lo malo era que los judíos no querían apostatar de su fe, tan lícita como la del dominico por lo menos, con la diferencia de que los judíos no intentaban convertir a los cristianos a sus creencias. Sus sermones incendiarios inflamaban a los oyentes, que llenos de santa ira atacaban a los judíos, sobre todo a los ricos, habida cuenta de que se permitía apoderarse de los bienes muebles e inmuebles de los muertos.

Tremendo fue el pogromo organizado en Valencia en 1391 a consecuencia de su prédica. Al haberse comportado los valencianos como nazis seis siglos antes de que apareciese Hitler en el mundo, prefieren no darse por enterados de lo sucedido. Otra hazaña la perpetró el santo en Toledo, en un lugar llamado desde entonces el Degolladero: los judíos ricos, sus mujeres y sus hijos fuero decapitados. La sinagoga mayor de la ciudad fue reconvertida en iglesia cristiana de Santa María la Blanca. También resultó especialmente atroz la matanza de judíos ricos en Daroca.

Es sospechoso que los pogromos se dirigieran especialmente contra los judíos ricos. Tal vez el celo de los cristianos no estaba motivado sólo por el afán de convertir a los judíos, a los que no se les daba ocasión de cambiar la fe. Quizá los cristianos no eran tan fanáticos como suponemos, sino unos ladrones y asesinos deseosos de apropiarse de los bienes ajenos, cuando pertenecían a la llamada raza deicida, y los sermones de Vicente Ferrer les servían de disculpa para perpetrar sus crímenes. Y el santo en la higuera.

¿Esto puede ser santo?

Impulsó la conocida como disputa de Tortosa en 1413, cuando se enfrentaron dialécticamente teólogos cristianos y judíos para discutir qué religión era la verdadera, y que resultó un fracaso, como es lógico. No obstante, sirvió para que los cristianos ordenasen a los judíos que les entregaran todos los ejemplares que tuviesen del Talmud para quemarlos. Idea de Vicente Ferrer fue reducir a los judíos a residir en un gueto alejado de los barrios cristianos, y a llevar “una señal bermeja” en sus ropas, ideas aprovechadas siglos después por Hitler, aunque él les impuso una estrella de color amarillo. Con estas ideas, aseguran los hagiógrafos que convirtió al cristianismo a más de 25.000 judíos. No es mucho, si se tiene en cuenta a que quienes se negaban a recibir el bautismo se los decapitaba tranquilamente, y eso no era un asesinato, sino una defensa de la verdadera fe, en opinión de aquellos salvajes fanáticos.

Hay que citar asimismo un precedente de Mein Kampf, titulado Tratado contra los judíos, escrito por el protonazi santo, del que existe una edición asequible en el volumen Obras y escritos de San Vicente Ferrer, edición de Adolfo Robles, de la misma Orden de Predicadores, editado por el Ayuntamiento de Valladolid en 1996. Al escribir esto no significa que recomiende su lectura, porque es tan nauseabunda como la del libro hitleriano; es una simple información bibliográfica, por si alguien tiene ganas de preguntarse qué méritos cristianos posee esta alimaña carnicera para ser considerada modelo de santidad.

Este criminal canonizado por la secta catolicorromana tiene concedido un año jubilar en 2019, con lo que se pretende ponerlo como modelo a la sociedad. Muy propio del clan catolicorromano, perpetuamente aliado con los poderosos, defensor de la unidad entre el altar y el trono, que metía en los templos al dictadorísimo español bajo palio, que daba la comunión al tirano Pinochet, que ha sido y sigue siendo, en resumen, el mayor enemigo del pueblo. Y el supercanalla Paco sigue concediendo indulgencias, ahora a quienes sigan las ideas criminales del asesino protonazi Vicente Ferrer. Será digno de ver el comportamiento del rey y del Gobierno de España.

Llibertat presos polítics!

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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– Imagen de cabecera: San Vicente Ferrer, pintura de Juan de Juanes. En la filactelia se puede leer: Temed a Dios y dadle Gloria, porque ha llegado la hora del juicio final

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