Nació en Madrid el 2 de marzo de 1934, en una España tan convulsa que tan solo unos días después Alejandro Lerroux restablece la pena de muerte.

Niño de posguerra que llegó a estudiar Derecho y abandonó la carrera para hacer Dirección Cinematográfica en la Escuela Oficial de Cinematografía de los Altos del Hipódromo, de donde lo expulsaron por motivos políticos.

Se inicia en la interpretación por la escasez de actores que había en la escuela, prestándose a hacerlo para sus amigos realizadores en los cortometrajes de obligado cumplimiento para la titulación, especialmente para su compañero José Luis García Sánchez, que no pudo graduarse al ser expulsado de la Escuela junto a otro montón de alumnos. Con él trabajaría en el mundo del corto para la productora In-Scran cuando ya llevaba diez años como actor profesional. Con éste y con Jesús Fernández Santos funda el grupo “Goliardos”, por el que tantos actores y actrices han pasado. Como aclaración decir que el denominativo “Goliardos” es un homenaje a los representantes de cierto tipo de poesía que nace en la Edad Media (siglos XII y XIII) a la vez que nace la Universidad, institución de carácter secular contrapuesta a los intereses de la Iglesia en el monopolio de los conocimientos, y de cuyo inevitable enfrentamiento en el concilio de Sens en 1140, Abelardo es calificado por San Bernardo como “Goliat”, una especie de personificación del demonio. Como ilustración creo que ya vale. En 1969 se inicia en el cine con “La verdadera vida de Blancanieves” de Bernardo Fernández, que es inmediatamente secuestrada por el gobierno. Cosa que no extraña ya que él mismo la califica como absolutamente subversiva a “El diario vasco”. Aunque antes ya había trabajado en este medio como ayudante de dirección con José Manuel Gutiérrez Sánchez (seudónimo tras el que se esconde Manuel Gutiérrez Aragón) en 1965 con “Clara”.

Casi a la vez que en el cine debuta en televisión, en el año 1971 en la serie “Plinio”, detective rural al que daba vida Antonio Casal, dándosela Alfonso del Real a su ayudante D. Lotario, mientras él representaba al Cabo Maleza. Durante la década, aunque no se prodigó mucho por estar inmerso en importantes proyectos cinematográficos, se le pudo ver de vez en cuando, como en el episodio “El demonio”. En el de “El quinto jinete”, en el de “Aquí durmió Carlos III” de la serie “Curro Jiménez”, o en algunas sobremesas del año 78 apareciendo en las “Novelas”. Entrando con fuerza en la siguiente década para hacer dramáticos y series que conllevaban papeles de “padres”. Como el padre de Lola en “Cosa de dos”, dando de perlas para los papeles de intriga, misterio e investigación: “Página de sucesos”, “La huella del crimen” o “Tercera planta, inspección fiscal”, porque “Los ladrones van a la oficina”, donde hacía el papel de Ramírez, no se podría clasificar en este apartado. Tras pasar por “Médico de familia” como Vicente, y por “La banda de Pérez” como Eulogio, cerró su capítulo televisivo por ahora (2004), haciendo lo que anteriormente había hecho en cine: el abuelo Nicolás de “Manolito Gafotas”, y aunque su hija “Cata” seguía siendo Adriana Ozores, su nieto “Manolito” era un chavalín llamado Christopher Torres.

Tiene películas de todos los tamaños y colores, pero siempre será el “Troski” de aquel potaje de emociones e ilusiones que se llamaba “Asignatura pendiente”, de Garci, donde de alguna manera muchos nos sentíamos reconocidos. Sobre todo en las renuncias y en las carencias, que aún hace nudo en recuerdo de la “Luna de miel” de Gloria Lasso con los rostros de nuestras “asignaturas pendientes” aplazadas para luchar por la libertad.

Pero Troski cambió el discurso de los rojos de los 70 por el lenguaje de carabanchelero de los 90, y los wiskis de garrafón por el tinto de verano, y se hizo abuelo incondicional de “Manolito” y “El imbécil”, porque “Manolito gafotas” merecía un superabuelo como Gamero.

En este infernal verano de 2010 que tiene a España pendiente de la información meteorológica, hoy día 27 de julio nos dice el periódico que murió ayer por la tarde en Madrid. También, además de su filmografía y algún dato biográfico, ofrece algunos rasgos complementarios de su personalidad.

Parece que se hizo ateo cuando con catorce años era estudiante marista y sintió la necesidad de compartir su negación mística con el cura que “interrogaba” en el confesionario. El que con su particular interpretación cristiana lo mandó a tomar el fresco y quizá con eso se puso en la senda del Partido Comunista. Donde clandestinamente se le conocía como “Alejandro” de la célula “Sector mixto”.

Dos años de cárcel le costó el asunto y los tímpanos perforados por las palizas recibidas que le obligaron durante toda la vida a combatir la sordera con un audífono.

Tipo de ideas irrevocables y de postulados perpetuos, es normal que ordenara a sus amigos que no dijeran ni cuándo ni dónde iba a ser incinerado.

Lástima que no quede una lápida en algún sitio donde se pueda inscribir como epitafio una de sus frases predilectas: “COMO FUERA DE CASA, EN NINGÚN SITIO”.

Para poder recordarlo con nitidez, ahí van unos pocos de los trabajos que realizó y los papeles que le tocaron en suerte.

En “Furtivos” (José Luis Borau 1975) es el guarda forestal que abre la casa al Gobernador Civil Borau cuando va de caza junto a los jerarcas del régimen, y tras su traje de “mosqueperro” y su emblemático bigotón, les sirve “Cinzano” de una prehistórica botella que reposa en una estantería.

En “Colorín colorado” (José Luis García Sánchez 1976) es Antonio Rebolledo, marido de la emocionalmente maltrecha Maria Jesús (Fiorella Faltoyano), con la que vive en semicomuna en compañía de los concubinos Fernando (Juan Diego) y Manoli (Teresa Rabal). Rojo de salón que cambia de tercio cuando aconsejan las circunstancias, que con cuatro “muletillas” y el uniforme de “progre” justifican su vida y su historia.

En “El puente” (Juan Antonio Bardem 1976) es el comisario de policía que interroga a Juan (Alfredo Landa), al que ha detenido entre la compañía de teatro ambulante que ha ayudado a reparar la camioneta en la que se desplazaban y devolviéndole el carné y obligándolo a abandonar el pueblo tras ponerlo en libertad.

Dicha compañía es nada menos que el legendario T.E.I (Teatro Experimental Independiente). El grupo de teatro independiente nacido en 1968 de la escisión del T.E.M (Teatro Estudio de Madrid), que tuvo la osadía en aquellos años de clamor por la libertad de poner en escena obras que molestaban al “régimen”, que además de prohibirlas inmediatamente, daban un espectáculo gratuito con la presencia de los “grises”. La primera aún mora en la memoria de los que en aquellos tiempos éramos progres de pantalón de pana y bota “chiruca”: “Terror y Miseria en el Tercer Reich” de Bertold Brecht.

En “El perro” (Antonio Isasi 1976) es uno de los cuatreros que en medio de la selva escucha el serial radiofónico en un transistor, mientras sus compinches cambian el “hierro” a las vacas que van a llevarse. Momento en que aparece Arístides Hungría (Jason Miller) que se ha fugado del penal de Santa Justa y ha matado al guardia que le perseguía (Francisco Casares), por lo que a cambio del fusil que le ha quitado, consienten en liberarlo de las esposas y darle de comer. Pero en plena faena aparece un helicóptero que busca al fugitivo y los hace esconderse en la maleza, desde donde darán muerte a los militares y quemarán el “pájaro” para que parezca un accidente.

En “Asignatura pendiente” (José Luis García 1977) es “Trosky”, amigo y colaborador de José (Pepe Sacristán) en el despacho laboralista que lleva las causas de los sindicalistas de Comisiones Obreras.

Borracho sentimental que necesita del alcohol para confesarle a su camarada que se ha enamora de Pili (Maria Casanova), su compañera laboral con la que se va a casar por la iglesia.

En “Un hombre llamado Flor de otoño” (Pedro Olea 1977) es el Sr. Pajares, el policía con poco tacto que quiere “enchiquerar” a todos los “maricones” de la sala “Bataclán” del Paralelo barcelonés, cuando creyéndose Sherlock Holmes los interroga sobre la muerte de “La coquinera” (Antonio Corencia), otra “maricona” del mismo antro que han degollado la noche anterior.

Uno de ellos pintado de negro se queja del poco interés que pone el policía en la investigación porque no es más que el asesinato de una “maricona”. Un actor poco conocido cuya filmografía la componían dos apariciones en “Vente a ligar al oeste” (Pedro Lazaga 1972) y “El ataque de los muertos sin ojos” (Amando Ossorio 1973), este genérico no era otro que Pedro Almodóvar. ¿Quién le iba a decir que 30 años después dos películas suyas ganarían el “Oscar”?.

En “El sacerdote” (Eloy de la Iglesia 1977) es el padrino de boda y padre de la novia, evidentemente embaraza, que intenta casar el Padre Miguel (Simón Andreu) en su parroquia. Obsesivo cura con los asuntos del sexo que ante la prominente barriga imagina a los novios desnudos haciendo el amor, por lo que le da un “jamacuco” que le hace huir dejando la boda a medias. Cosa que no está dispuesto a tolerar el padre y padrino que busca otro cura que remate la faena ante la delicada situación de su hija.

En “El camino” (Josefina Molina 1977), irreconocible sin bigote, es D. José, el cura del pueblo sometido a la voluntad inquisidora de Lola “La Guindilla” (Amparo Baró), que pone a prueba sus conocimientos teológicos y su paciencia cristiana cuestionando las historias que se cuentan en el Antiguo Testamento. Menos mal que hay otras tareas más gratificantes, como llamar “pecadores” a los feligreses que los domingos se reúnen en el templo, y que apuestan entre ellos a “pares y nones”, cuantas veces repetirá la palabrita.

La película ofrece una de las pocas oportunidades para ver a Yvonne Sentís en el papel de “La Mica”, la nieta de la tía Micaela que se fue a México buscando fortuna, y ahora vuelve para deslumbrar al pueblo con su belleza, su elegancia y un cochazo “Mercedes” parado en la puerta de su casa indiana. Tan guapa es, que dice el “Mochuelo” (Francisco Aguilera) que tiene cutis en vez de “pellejo”.

En “La insólita y gloriosa hazaña del cipote de Archidona” (Ramón Fernández 1978) es Pepe González, gerente del Teatro Principal de Archidona y propietario de un “dos caballos” en el que pasea y se tira a su novia Isabel (Isabel Luque), que para eso toma anticonceptivos. La que lo deja seco como una pasa cuando se entera que junto a sus amigotes piensa marchar a Torremolinos a tirarse a las vedettes de la compañía de Emilio “El moro” que actúan en el pueblo. Un polvo entre los matorrales y otro mientras cuenta el dinero la dará un color cetrino que desaconseja la insistencia.

En “El poderoso influjo de la luna” (Antonio del Real 1980) es Jacinto, antiguo guardia civil un poco sordo, que le han dado dos pensiones y una portería por los servicios prestados, donde soporte los desvaríos de sus vecinos que según el psiquiatra (Adolfo Marsillach) del 5º piso, se debe al influjo de la luna en días de plenilunio.

En “El caso Almería” (Pedro Costa Musté 1983) es el inocente “picoleto” que con su acostumbrado mostacho monta guardia en la puerta del cuartel donde se acerca Juan Luque (Raúl Fraire) a preguntar por su hijo, al que su bondad habitual que contrasta con la criminal actitud de sus compañeros, dice sentir no poder ayudar.

En “Truhanes” (Miguel Hermoso 1983) es el fulano que duerme en una hamaca a la entrada del chalet que pretende alquilar Gonzalo Millares (Arturo Fernández).

Amante del cine porno que aduce alquilarlo por pasar la vida dentro de las salas donde ve las películas docenas de veces, y aunque le da pena porque en él nació y su madre vivió toda la vida, se lo deja en 80.000 pesetas al mes, recibiendo la inmediata contraoferta de 30.000 que le hace cerrar el trato con un apretón de manos. Increíble que en el año 83 se pudiera alquilar en Madrid un chalet de esas características por los que ahora serían 180 euros.

En “La Vaquilla” (Luis García-Berlanga 1985) es Agapito, el sargento del bando nacional encargado del “intercambio” de tabaco por papel de fumar con el brigada republicano Castro (Alfredo Landa), que le “calza una hostia” al soldado que le acompaña, porque quiere permutar de bando con uno de los republicanos, ya que a los dos les pillaría más cerca su casa.

En “Luces de bohemia” (Miguel Ángel Díez 1985) es D. Filiberto, ayudante de redacción del diario “Popular”, que no se atreve a publicar el manifiesto de los “modernistas” ante la detención del poeta Max Estrella (Paco Rabal), por no encontrarse presente el director del periódico. Haciendo por devoción al escritor una llamada a la Secretaría de Gobernación para interesarse por él, pero ante las continuas irreverencias de D. Dorio (Ángel de Andrés López) y sus “satélites”, terminará discutiendo con ellos por la arrogancia y la falta de educación que demuestran.

En “La corte del Faraón” (José Luis García Sánchez 1985), basada en la opereta de homónima de Guillermo Perrín y Antonio Palacios, es Ramírez, el ayudante del comisario Vicente (José Luis López Vázquez), encargado como censor civil para presenciar y disfrutar la obra, hasta que llega la autoridad religiosa (Agustín González) y lo jode todo haciendo que detengan a toda la compañía. Siendo él mismo el encargado de redactar a máquina el informe sobre el confuso acontecimiento.

Profundizando en el hecho del flechazo recibido en los “güevos” por Putifar (Josema Yuste), es posible que se pudieran aclarar los motivos para censurarla en los primeros años de la posguerra, que según delata Bernardo Sánchez en la “Antología Crítica del Cine Español”, pudo levantar las suspicacias censoras por el paralelismo entre la herida del egipcio en la campaña de Siria y la del “Generalísimo” durante la guerra.

En “El viaje a ninguna parte” (Fernando Fernán-Gómez 1986) es Miguel Ruiz, primer actor de la compañía Calleja y Ruiz, empresa rival y casi compañera de la Iniesta-Galván (Fernando Fernán-Gómez), ya que juntos recorren los caminos y se disputan los mismos espacios castellanos. Por eso se tienen que jugar al tute la taquilla de la representación en Medineja cuando ambas coinciden en el mismo pueblo y cuya recaudación va a parar integra al “cepillo” de la iglesia por imperativo religioso. No pasará mucho tiempo hasta que ambas compañías sean una sola cuando el hambre cause unos poquitos estragos más en sus filas.

En “El bosque animado” (José Luis Cuerda 1987) es el cabo de la Guardia Civil que controla a distancia al bandido Fendetestas (Alfredo Landa), cortando su suministro de tabaco mientras juega la partida en el bar, y advirtiéndole con la mano desde el cortejo fúnebre de Pilara (Laura Cisneros), cuando lo ve contemplándolo desde un árbol.

En “Jarrapellejos” (Antonio Giménez Rico 1987) es el “Director General” de no se sabe muy bien qué, que aparece en la finca del cacique Pedro Luis Jarrapellejos (Antonio Ferrandis) vestido de frac y con un dorado “Langosto” traído de algún lugar inconcreto para combatir la plaga de langosta que asolaba Extremadura en 1912. Práctica que lo deja mareado y vomitando, no se sabe muy bien si por las emanaciones de lo que aquello expele, o por la cantidad de alcohol ingerido en el ágape, ya que como todo el mundo sabe los “barrigas agradecidas” designados a dedo, son insaciables.

En “Amanece que no es poco” (José Luis Cuerda 1988) es el dueño de la caseta de tiro en la feria, que vestido de marinero cuenta a todo el que lo quiere escuchar, que si no es por el “negocio” él hubiera sido un hombre de acción. En “El aire de un crimen” (Antonio Isasi-Isamendi 1988) es el vecino de Bocentellas que ilumina con un foco el cadáver del desconocido que ha aparecido asesinado bajo la fuente, y que tratan de meter dentro de una tinaja de orujo de las Bodegas Carrión para evitar su descomposición ante la tardanza del juez de Macerta (Agustín González).

En “Soldadito español” (Antonio Giménez Rico 1988) es el Sr. Calleja, músico de saxofón que cada domingo toca en la banda militar junto a su Paco (Juan Luis Galiardo) en el templete del Parque del Retiro, donde tiene admiradores que lo invitan a “cubatas” que servicialmente le lleva uno de los camareros del quiosco. Además de en desfiles y otros eventos militares, también hace los coros en fiestas sociales donde su hijo canta “Volare”.

Contrapunto de tolerancia con las actitudes del sargento “chusquero”, que cuando su nieto Luis Calleja (Francisco Bas) va a solicitarle un permiso para ver a su mujer tras tres meses de separación, le contesta con patriótica frase: “¿Tú sabes cuánto tiempo hace que no me veo yo los cojones? Pues 19 años y no me quejo”

Este “chusquero” al que nos referimos es “Tito” García (Pablo García González), el salmantino nacido el 17 de agosto de 1931 que fue torero con alternativa y todo en sus años mozos, y que llegó al cine por casualidad para interpretar un centenar de películas (casi todas del “spaguetti”) antes de fallecer en Madrid en la primavera de 2003.

En “El río que nos lleva” (Antonio del Real 1989), basada en la obra homónima de José Luis Sanpedro, de la que ya Berlanga hizo una intentona abortada por la censura, es “Cacholo”, el más ilustrado de la partida de gancheros de “El americano” (Alfredo Landa), que sirve de cicerone por la serranía de Cuenca al “Irlandés” (Tony Peck) contándole la historia del “Moro Montesinos” que se convierte al cristianismo cuando una pastorcita le muestra a la virgen. Aprovecho la ocasión para resaltar la figura de José Luis Sampedro, escritor sensible y veterano valiente que ha llenado mi vida de páginas emocionantes con sus escritos y con sus palabras, que siempre que pude me alargué a escuchar ese caudal de optimismo y de dignidad. Del que me he sentido orgulloso cuando ha manifestado su postura sin ambigüedad contra la invasión de Irak por los norteamericanos y presuntuosos aliados, aunque el marco no fuera conveniente. ¡Tú sí que eres un maestro de sonrisa Etrusca!

En “Todos a la cárcel” (Luis García-Berlanga 1993) es el Sr. Cerrillo, abogado de “El viudo negro” al que van a entrevistar en la cárcel. Aprovechando la oportunidad para repartir su tarjeta entre los altos cargos de “la cultura del pelotazo” por si necesitan de sus servicios.

En “Madregilda” (Francisco Regueiro 1993) es “Huevines”, el cura putero que al anochecer con su capa de vampiro sale a comprar al “cagarrutero” tabaco de colillas y condones lavados, que al vendérselos pinchados ha logrado hacer a su sobrina doce hijos y lo que viene en camino.

Es el cuarto de los jugadores de mus de la partida formada por Franco, llamado “El niño” (Juan Echanove), Miguelito (Juan Luis Galiardo), un general tuerto que emula a Millán Astray y se queja de haber perdido las últimas 90 partidas por orden de “Su Excelencia”, y el Coronel Longinos (José Sacristán), un meapilas que habla con su esposa, violada y muerta, que tiene en un altar disfrazada de Virgen María.

En “Pídele cuentas al Rey”, primer largometraje de Juan Antonio Quirós en 1999, es el alcalde del pueblo asturiano de la cuenca minera del “Caudal”, que vive su ocaso por el cierre de los pozos mineros que siembran la miseria y dejan a los hombres sin trabajo y sin esperanzas.

En “Manolito gafotas” (Miguel Albadalejo 1999) es Nicolás, el permisivo abuelo que en un piso de Carabanchel ayuda a su hija Cata (Adriana Ozores) en el cuidado de “Manolito Gafotas” (David Sánchez Rey) y “El imbécil” (David Martínez), mientras que su yerno (Roberto Álvarez), anda haciendo kilómetros con el camión para pagar las letras mensuales. Un abuelo intemporal y comprensivo donde los nietos encuentran refugio.

En “El florido pensil” (Juan José Porto 2002), sin figurar en los créditos sepa Dios por qué motivo, da vida al conductor del cascajo de autocar que lleva a los niños de la “O.J.E.” al “Valle de los caídos”. Tomando pronto partido por el otro colegio invitado que canta “Para ser conductor de primera” en vez del “Isabel y Fernando” distintivo de los “fachas”. De los que él abomina como el “rojo” que se aprecia bajo el autocar averiado a corta distancia del destino, desde donde gruñe contra las explicaciones del mando falangista (Fernando Guillén Cuervo), diciéndole a los niños que la “Cruz” que ven a lo lejos es obra de la “Nueva España”, a sabiendas de los presos republicanos que dejaron su vida en esas galerías.

En su último trabajo por el momento: “Trileros” (Antonio del Real 2004) es Melquíades, el suegro “sonáo” de Augusto (Juan Echanove), que su mujer le dejó en herencia cuando se fugó con un uruguayo y la pasta de los ahorros. Abuelo que cortés y educadamente mantiene largas conversaciones con todo lo que encuentra al paso, de ahí la recomendación de su yerno: “Ande, váyase para el hotel y no se pare a hablar con nada”.

En “La hija del capitán” (José Luis García Sánchez 2008) es “El Quítolis”, uno de los que juega la partida con el “General” (Juan Luis Galiardo) en casa del Capitán Chuletas (Juan Diego). Enterándose en los billares del Círculo de Bellas Artes que a la salida de la misma se han cargado al “Pollo de Cartagena” (Antonio Morón) que jugaba con ellos, y en las ventanillas del Círculo han tratado de cobrar la ficha del casino de 5.000 pesetas que llevaba encima.

En “Nacidas para sufrir” (Miguel Albadalejo 2010) es D. Dimas, el cura paralítico que traen desde Zaragoza para que haga entrar en razón a Flora (Petra Martínez) y no se case con su criada Purita (Adriana Ozores). Enfadándose muchísimo porque no solo lo echa de su casa sino que además le discute lo que es o no es pecado.

Hoy viernes de carnaval de gélidas temperaturas la estrenan los cines de toda España, llevándome la sorpresa de ver a un Antonio Gamero muy deteriorado, y posiblemente su papel en silla de ruedas se deba más a una realidad que a una interpretación. También me llena de sorpresa la magnífica actuación de Petra Martínez haciendo el papel principal, cuando cada tarde desde el folletín de los “amores en tiempos revueltos” da tan poca credibilidad haciendo el de Doña Adela.

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