Antonio Manilla en la ribera del tiempo

Arturo del Villar*. LQS. Junio 2019

El recuerdo en una mente garantiza la persistencia de una vida no derrochada en vano. En el planteamiento propuesto por el poeta para enfrentarse al paso del tiempo la obra tiene valor de protagonista

El paso del tiempo preocupa tanto a Antonio Manilla que lo ha hecho protagonista de su último poemario, Suavemente ribera, con el que obtuvo el premio Generación del 27, y acaba de ser publicado en Madrid por Visor Libros en su colección de poesía, para la que ya resulta escaso el calificativo de prestigiosa. El título es un verso del poema “Preces”, en el que pide al río que le permita ser “suavemente ribera / mientras el tiempo pasa” (página 13). Ahí está sintetizado el afán del poeta, que en versos preferentemente heptasílabos narra la aventura cotidiana del vivir “en el río del tiempo” (20), surcando nuestro destino personal entre olas de esperanza.

Es un lugar común decir que todos recorremos el camino de la vida, haciendo pausas en nuestros trabajos. Lo recuerda el poeta: “Sin prisas ni demoras, / vivir es ir hacia la muerte andando” (63). Andando y escribiendo en el caso del poeta. El tiempo nos empuja, y nos incita a pasarlo de la mejor manera posible en su cortedad. El carpe diem recomendado por Horacio está asumido por Manilla, que desea aprovechar la fugacidad del vivir en el momento, según se dice a sí mismo: “Lo que pretendas ser, procura serlo pronto”, y de forma paralela “Lo que tengas que hacer, procura hacerlo ya” (59), un ideario plasmado en una antología con un pasado esplendoroso en la poesía renacentista sobre todo, inspirador de excelentes poemas centrados en el disfrute del instante porque es lo único cierto.
Si se deja pasar el momento sin apurarlo al máximo, bien puede afirmarse que se ha perdido el tiempo inútilmente. El pasado es irrecuperable y el futuro un enigma, de modo que vivir al día es el precepto: “Ama, combate, bebe o triunfa ahora” (59), insiste el poeta, porque el mañana es una trampa tendida por el tiempo para tentarnos con la posibilidad de no hacer nada, pasar sin dejar ninguna huella perdurable en medio del camino.

Poesía contra la muerte

La imagen de la muerte como final cierto de la existencia azuza a Manilla para pretender recrearse en el momento presente. Es la única verdad que le inspira, gozar de ese instante antes de que desaparezca para siempre, ya que es irrepetible, su esencia consiste en pasar para convertirse en recuerdo, algo que el poeta quisiera perpetuar a su manera:

No hay posesión que valga
lo que vale un instante
de una vida vivida en plenitud (66).

Pero vivir en plenitud requiere precisamente acaparar todas las posibilidades de cada momento, el único tesoro que de verdad nos importa, puesto que somos viajeros en el tiempo. Eso es lo que induce a Manilla a considerar que mientras existimos somos “refugiados políticos del tiempo” (44), una declaración digna de Quevedo, el gran explorador del tiempo en el suyo, al que tan magníficamente asedió en sus sonetos.
Como él, salvadas todas las distancias temporales precisamente, Manilla quiere superar la monotonía del vivir mediante la escritura. Todos los días nos parecen iguales, ya que hacemos los mismos esfuerzos para continuarnos. Lo resume perfectamente un verso de este libro: “no existe novedad; la vida se repite” (31), como se repiten las estaciones en la naturaleza, porque así lo marca desde siempre el tiempo, y esta convicción es tan vieja como la humanidad, puesto que la señaló el autor del Eclesiastés muchos siglos atrás: “No se hace nada nuevo bajo el Sol” (1:9).
La poesía también repite conceptos antiguos con las palabras usuales en una comunidad. Es necesario afianzar la confianza en que este pasar por el tiempo de nuestra corta, porque siempre nos va a parecer corta, vida es nuestra biografía: “Este pasar y estar al mismo tiempo” (33) nos convence sobre la necesidad de fijar el paso de alguna manera que imponga una motivación para estar. Vivir exige un quehacer para que resulte soportable. No podemos dilapidar esos momentos que nos corresponden, es preciso apurar el carpe diem mientras se pueda.

Motivación de la escritura

En el caso del poeta se realiza mediante la escritura. Por eso resultaba inevitable que Manilla se plantease la razón de su trabajo lírico, el porqué ocupa ese tiempo tan rápido en su pasar escribiendo versos, en lugar de hacer otra cosa que pudiera parecer más útil, dialogando consigo mismo:

No sabrías decir
más allá de unos tópicos:
el tiempo y la memoria,
la muerte vagabunda,
los disfraces del mundo…

Ignoras la razón de tu quehacer
pero no tienes duda
sobre qué sea cuanto escribes
–más allá del valor–
y en lo que te convierte (76).

Apunta cuáles son los tópicos de su poética, “el tiempo y la memoria, / la muerte vagabunda”, como ya lo había advertido el lector de su poemario. Son los tópicos porque le inquietan y la escritura vuelve sobre ellos reiteradamente de manera forzosa. Escribe sobre lo que le preocupa para analizarlo y procurar encauzarlo como objeto de su vivir. La obsesión del tiempo atenaza los restantes pensamientos, es su manera de estar en el mundo.
Por qué actúa así la parece un misterio, confiesa ignorar la motivación de su acto repetitivo, aunque no le importa, porque el resultado de su trabajo es un poema, y eso lo justifica, le convierte en poeta. Otros dirán cuál es el valor de su escritura, asunto que no le parece oportuno abordar él, pero acertar a unir unos tópicos vulgares y repetidos de manera que resulten un poema original es suficiente motivación de su tarea.

Vivir en el recuerdo

Sabe que si consigue realizar una obra digna del recuerdo permanecerá en la memoria de sus lectores. También lo anunció Horacio al afirmar que con sus odas exegi monumentum aere perennius, porque han superado el desgaste de los siglos mejor que muchos bronces fundidos, y continuamos leyéndolas todavía con emoción. Lo que escribe Manilla está lanzado contra el tiempo destructor, y tal vez se convierta en un monumento memorable. Por de pronto su escritura consigue la complicidad de los lectores, como lo demuestra que el jurado la premiara en un concurso entre otras varias. Es la máxima eternización a la que pueda aspirar un ser humano:

[…] que nadie muere nunca
mientras alguien le guarda
un asiento en su mesa,
un lugar en su casa,
un latido en su cuerpo (55).

El latido propulsado por la lectura de un poema, por ejemplo. Tampoco esta idea es original de Manilla, sino que cuenta con un pasado muy ilustre, porque el tema que le inquieta es quizá el más recurrido por los poetas que consideran el oficio de escribir una manera de superar los olvidos del tiempo. El recuerdo en una mente garantiza la persistencia de una vida no derrochada en vano. En el planteamiento propuesto por el poeta para enfrentarse al paso del tiempo la obra tiene valor de protagonista. Sabe en qué lo convierte, si alcanza el valor requerido. Todo se halla perfectamente estructurado en esta poética bien dirigida.
Construir un monumento para perpetuar el recuerdo de una vida es una aspiración factible. Puede ser una pirámide como las ordenadas levantar por los faraones, o un poema que se transmite de generación en generación. Esa continuidad sobre el tiempo solamente es posible con algo original y grandioso por sus características novedosas. Es el monumento del recuerdo. Seguirá manteniéndolo porque la historia no se para por la muerte de una persona, por muy importante que haya resultado su vida para su época. Vendrán otras épocas con otras gentes. La obra humana bien realizada supera al autor, y se identifica con las cosas.

La historia no se para

En las reflexiones temporales de Manilla se encuentra la convicción de que a su muerte la historia seguirá su desarrollo. El mundo evoluciona sin constatar la renovación de sus habitantes. Así ha sucedido siempre, y el poeta medita sobre la distinta realidad de las cosas y las vidas:

Un día ese frutal,
cuando no estés ya tú, continuará
aligerando con su aroma el mundo,
enfrentando a la grave noche el leve
imperio de hermosura
de cuanto existe opuesto contra el tiempo (46).

La naturaleza se renueva, mientras el cuerpo humano se agota y se transforma en polvo. En este aspecto una cosa es más firme que un ser humano. Por ello hay que disfrutar el momento, y a la vez procurar que alcance unos caracteres que lo fijen “contra el tiempo”. Merece la pena, en consecuencia, esforzarse en edificar ese monumento aere perennius que eternizará la memoria del autor. Porque lo único cierto es que el mundo está bien sostenido y no se detiene en su viaje espacial. Únicamente la vida humana es caduca. El frutal observado continuará renovándose cuando el observador sea un recuerdo en alguna memoria amiga. Al planeta no le afecta que las generaciones humanas se sucedan, porque su papel consiste en seguir incluso si la vida desaparece, hasta su propio fin:

Al margen del amor y de los sueños,
se recompone el orbe cada noche:
recupera su forma cuanto fue uno
hasta el día anterior
y alborotó en fragmentos el crepúsculo
–su alta hilatura de vencejos
lanzados al albur como unos dados (86).

Hemos llegado hasta aquí precisamente gracias a la evolución, a esa predisposición a renovarse de todo el orbe con todo su contenido. El día sigue a la noche incesantemente, y la naturaleza efectúa sus funciones al margen de las actividades humanas. Como lo expuso Lavoisier, todo se transforma en la naturaleza, pero la transformación humana es definitiva, no se renueva (aunque algunas creencias admiten la reencarnación, pero es otra cosa).

La verdadera patria común

Con Suavemente ribera ha llevado a cabo Antonio Manilla una meditación muy honda y muy lírica sobre un tema esencial para los seres humanos: comprobar cómo nos afecta el paso del tiempo. El poemario sostiene una gran unidad temática, resumida en el tiempo, dentro de la variedad de presentaciones complementarias para componer el gran tema. Está anunciado en los dos primeros versos que el lector encuentra al abrir el volumen: “El motivo inmutable / es la muerte” (9), y por ello es el motivo de la creación poética. Así se mantiene hasta los dos últimos versos, resumen exacto de cuanto hemos ido leyendo: “Voy a un país sin límites: / la patria sin fronteras de la muerte” (95). Un libro, pues, que podríamos calificar de redondo, porque empieza como termina, con la imagen de la muerte en inspiración continuada. Sí, todos tenemos una patria común que nos iguala: somos ciudadanos de la muerte, con el mismo cargo biológico.
Es un libro, por todo lo comprobado, en la tradición filosófica de la mejor poesía castellana, una sucesión que puede seguirse desde Jorge Manrique a Antonio Machado, pasando muy profundamente por el gran Francisco de Quevedo. En esa línea maestra se halla Antonio Manilla, que ha logrado una obra sobre el tiempo que va a superar el suyo. Ha abordado el tema esencial sin cansancio, con matices renovados por él a partir de esos ilustres predecesores, inquietos al observar los estragos causados por el paso del tiempo, para contarlo cada uno a su manera.
No hace falta explicar que Manilla utiliza sagazmente un lenguaje propio, como era obligado para componer un libro original, a su peculiar manera, sin que se aprecie ninguna influencia estilística en su verso. En la línea dibujada, con los muchos líricos insertados en ella que no hace falta recordar, el asunto medular se desarrolla apropiadamente en cada caso conforme a la presión con que lo analiza cada escritor. El tiempo afianzará el valor comunicativo de Suavemente ribera, que por derecho propio forma parte de esa meditación tradicional castellana sobre la muerte, y nos anima a recrear el carpe diem clásico mientras sea posible. Y una buena manera la proporciona la lectura de este poemario.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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