Aquel 11 de Marzo

En estas horas tan duras, tanto para el pueblo de Madrid como para los hombres y mujeres que componemos la población mundial, cualquiera que sea su lugar de nacimiento, su raza o el color de su bandera, no podemos nadie, esto es, nadie, permanecer en silencio cómplice, sin emitir un juicio o al menos una palabra de condena contra tan brutal atentado como el ocurrido el pasado jueves 11 de marzo en esa ciudad donde nací un lejano día, cuando Madrid se ganaba a pulso el título de Capital de la Gloria y del Dolor en la voz de sus poetas, mientras los bombardeos fascistas trataban de reducirla, no solo como Capital de la República, sino como el faro antifascista que iluminaba a la Europa democrática en peligro, cuando el fanatismo y la barbarie nazi se cernían ya sobre el planeta.

Debo ser, porqué no decirlo, una de las pocas personas de esta ciudad que no se ha sumado a la manifestación del día siguiente, convocada desde TVE y el Gobierno del Sr. Aznar. Y no lo he hecho por indiferencia, no, porque ninguna muerte,  máxime si es violenta, me es indiferente, y aunque el sentimiento de pérdida no será ni se aproximará jamás al de los padres, hijos, esposos y allegados de los fallecidos y de las víctimas, en general, de este brutal atentado, en mi interior detecto, no solo la rabia y la repulsa por la sangre derramada, sino el vacío producido por tan abultada pérdida de todas y cada una de  las vidas llenas de proyectos  que se albergaban  en esos cientos de cuerpos segados, que un fanatismo feroz nos ha arrebatado. Hay también dentro de mí un sentimiento de estupor al comprobar hoy, con la madurez que me han dado los años, que la crueldad humana no tiene límites. La falta de escrúpulos está alcanzando unas cotas que no podíamos ni imaginar cuando, en los libros escolares de nuestra  infancia, contemplábamos a Caín alejarse hosco y con una quijada de bestia en la mano, dejando a su hermano Abel muerto en el suelo.

No, no es la indiferencia lo que me ha impedido salir a la calle  con mis vecinos, mis paisanos, y todo ese colectivo humano de nobles sentimientos que ayer tomaron las calles de nuestras ciudades con el dolor a la espalda por la sinrazón y la sangre de los hermanos vertida. Porque a ese dolor, el de todos, sumo el mío, con su contradicciones y sus dudas, y le pongo encima estas sencillas palabras de solidaridad, sin banderas ni horario, sin fecha de caducidad.

Después de mucho pensarlo, no he acudido a esa manifestación porque, desde hace años, me he prometido a mí mismo no coincidir con el Partido Popular en ninguna manifestación, y quién esto lea o escuche y me conozca, sabrá que he estado en la calle en cada una de las ocasiones que mi condición de trabajador y de hombre comprometido con el Progreso y con las ideas de izquierdas lo han requerido, pero me produciría cierto rubor, cierto sentimiento de vergüenza, coincidir en una concentración con aquellos que no solo hoy aún no condenan el levantamiento militar fascista que acabó con el régimen de la República Española y que cubrió de dolor nuestras tierras desde los límites con Francia hasta estas alejadas islas del sur, desde la raya de Portugal hasta los campos donde florecen los almendros sobre la tumba del poeta Miguel Hernández. Porque por encima de los sentimientos que nos producen la pérdida de tantas vidas humanas, prevalece saber que,  muchos de estos señores que ayer encabezaban las manifestaciones y que nos invitaban a secundarlas desde los medios públicos y tratar de unirnos como una piña en torno a un proyecto y a una política que no comparto, esos señores  contribuyen diariamente con su alineación del lado del Imperio americano y sus proyectos, no solo bélicos sino también económicos, a que cada vez este planeta sea más la consecuencia de un plan que nos divide entre vencedores y vencidos, entre depredadores y despojados, entre triunfadores y desheredados.

Así pues, a ustedes, señores del Gobierno, les digo, que no me esperen en sus manifestaciones orquestadas contra el terrorismo, convocadas entre anuncios de multinacionales que explotan y excluyen a amplísimos sectores de la población mundial, que contribuyen a desestabilizar,  bloquear y derrocar gobiernos populares en países de América y de Africa, y que practican un terrorismo no solo económico. A ustedes, que apoyan moral y militarmente la política de los EE.UU., los que administran una política de palo y zanahoria; por mucho que nos bombardeen ustedes con imágenes de Torres Gemelas incendiadas, por mucho que demonicen ustedes a la izquierda que combatió la dictadura en la que ustedes se nutrieron. Porque no es menos pueblo ese que no aprueba y condena su complicidad en la guerra de Irak junto a su amigo americano, sino esa nueva cruzada mundial encabezada por G. Bush y secundada por sus satélites, entre ellos ustedes, señores del P.P., inspirada en las leyes del pensamiento único y la globalización.

Y después de todo lo dicho, reafirmo mi apoyo y solidaridad con las víctimas del terrorismo: trabajadores, estudiantes, madres de familia, niños…y todo ese largo etcétera de heridos,  huérfanos, viudos y viudas, que su política de apoyo al imperialismo americano ha ocasionado. No lo olvidaremos jamás, como no olvidamos los cientos de miles de niños que mueren al año de hambre, en tanto ustedes participan en reuniones del consejo de administración de las empresas que deciden sobre la vida de millones de personas, en este país o en el de más allá, o mientras sudan sus prendas deportivas de marca en canchas de tenis, en tanto niños en edad escolar buscan su sustento diariamente en los inmensos basurales del mundo, mientras las jóvenes tailandesas acuden  en manadas a Bangkok para vender sus cuerpos por unos dólares con los que poder mantener a sus familias en las miserables aldeas.

Por último, dejar aquí muy clarito, que no se han ido Uds., sino que les hemos echado. Uds. no han dimitido, ha sido la gente que no se traga todas sus mentiras vertidas por TV la que les ha expulsado del gobierno de la Nación. Ha sido la gente con sentimientos quien les ha expulsado del Poder. Ha  sido esa gente humilde que,  aún somnolienta, a diario se apiña en los transportes colectivos camino de su trabajo, en esas  grandes y poderosas empresas, que a buen seguro les estarán esperando a Uds. con los brazos abiertos para que les administren sus inversiones, cuando abandonen los ministerios y los azules y confortables asientos del Congreso.

Que la maldición de los 11.000.000 de personas que nos echamos a la calle contra las guerras, les acompañen eternamente. Que las imágenes de los cuerpos mutilados por este atroz atentado y por las guerras que el imperialismo  está ocasionando, sea la pesadilla que les mantenga en vigilia eterna a Uds. y a todos aquellos que se hacen cómplices de esta y similares situaciones, incluyendo aquí al Monarca que no abrió la boca sino para bostezar y decir amén . Y no sigan Uds. diciendo que se marchan con las manos limpias, porque eso no es sino otra asquerosa mentira más de las muchas a que nos tienen acostumbrados: UDS. SE MARCHAN CON LAS MANOS MANCHADAS CON LA SANGRE INOCENTE DE LOS CENTENARES DE VÍCTIMAS QUE SU COMPLICIDAD HA OCASIONADO A LO LARGO DE ESTOS AÑOS DE COLABORACIONISMO CON SUS  AMOS, LOS TIRANOS DE WALL STREET Y WASHINGTON.

Nosotros, las gentes de paz, los que acompañamos en angustiosa espera con el pueblo saharaui a que ese voraz depredador que es el imperialismo les devuelva sus tierras, ahora ocupadas por el déspota rey de Marruecos, los que a diario sufrimos el dolor por cada vida sacrificada por una Palestina libre, los que mudamos de color por cada pérdida de vida humana que produce la palabra PATRIA…Nosotros, hombres y mujeres  que creemos en las palabras PAZ, PROGRESO, LIBERTAD y FRATERNIDAD ENTRE TODOS LOS PUEBLOS, hace muchos años que hemos creado un sólido frente para reducirles a Uds., y no descansaremos hasta conseguirlo.

 ¡¡Viva la República!!

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