Arvo Pärt, músico del silencio

Carlos Olalla*. LQS. Marzo 2019

La música de Pärt nos invita a acompañarle en un fascinante viaje al origen de las armonías perdidas, al canto gregoriano, a las raíces de la música occidental, a las polifonías renacentistas

Quizá no seamos más que el leve sonido que existe entre dos silencios, que nuestra vida no sea más que lo que habita entre dos nadas, un instante de luz entre dos oscuridades. La música de Arvo Pärt se adentra en ese universo sonoro del silencio en el que vivimos o morimos. Sus constantes campanas no suenan a muerte, sino a vida, a esa intensa y fugaz vida que se nos escapa de las manos con la fulgurante velocidad del relámpago que ilumina la noche. No somos más que ese inesperado y fugaz relámpago que convierte la noche en día durante unos segundos antes de que nos alcance la voz del trueno. Somos campana, campana y silencio en la noche de esta humanidad que vaga perdida en medio de un universo que no entiende y se empecina en dominar. Nuestra ignorancia y androcentrismo nos llevan a vernos como el zenit de todas las cosas cuando, quizá, no somos más que el nadir de la realidad. De eso habla la música de Pärt, su profundo silencio trasciende a la palabra y da sentido a lo que significa ser un ser humano. Su música es música para ser escuchada con los ojos cerrados y con el alma abierta. Lentamente, como la prístina gota de un manantial, va entrando en nosotros, en lo más hondo, para llevarnos a ese no lugar en el que somos capaces de sentir la belleza que habita en todos y cada uno de nosotros, nuestro espíritu. Su música detiene el tiempo para hablarle no a esa voz que escuchamos en nuestro interior, sino a la que observa a esa voz, a ese otro yo que nos habita y que, quizá en realidad, es quien somos.

La música de Pärt nos invita a acompañarle en un fascinante viaje al origen de las armonías perdidas, al canto gregoriano, a las raíces de la música occidental, a las polifonías renacentistas. Un viaje a nuestro origen, a nuestras propias raíces, a aquello de lo que venimos y perdimos. Él mismo se halló perdido en una época de su vida marcada por el neoclasicismo hasta que, rompiendo con todo y con todos, apartándose de modas y tendencias, decidió regresar al origen primigenio de nuestra música. Su viaje no solo fue un viaje musical, sino también espiritual, un viaje que le transformaría a él y a su música para siempre, un viaje que le llevó a exiliarse de su Estonia natal y a un profundo exilio interior donde halló todo lo que siempre había buscado.

Su música es evocación, evocación de los paraísos soñados, de los mundos que perdimos, de lo que fuimos antes de nacer o de lo que quizá seremos cuando hayamos muerto. Por eso hay tanto silencio en sus composiciones, un silencio que habla el lenguaje que hay más allá de la vida. Su música es una música que está más allá de espacio o tiempo, que está en ese aquí y ahora que podemos intuir cuando escuchamos lo que late en nuestro interior, lo que nos da la vida.

Tarkovski del cine o Kandinski de la música, Pärt se aparta de los caminos recorridos por otros para seguir el que le guía hacia esos imaginados claustros desiertos donde, poco antes de que caiga la nieve o despunte el alba, habla el silencio. Todo está allí, en las ruinas de ese claustro románico de un monasterio abandonado desde hace siglos donde viven los recuerdos de lo que nunca fue, visitado hoy solo por la indomable imaginación de nuestro espíritu. Allí, cerrados los ojos, podemos escuchar las voces del silencio, el eterno fluir del agua sobre las piedras, el pausado caminar de los pasos no dados. Allí, donde la vida recupera su vacío existencial, podemos intuir que no somos más que la tenue luz de esa pequeña candela que ilumina nuestro aquí y nuestro ahora, un aquí y un ahora preñados de eternidad.

Cuando la nada nace a la vida, cuando muere la muerte, podemos llegar a intuir lo que somos, un leve latido de la eternidad sin tiempo de la que venimos. Átomos errantes sin rumbo ni destino que vagamos cabizbajos en el insondable vacío del cosmos, en esa inmensa nada que nos amamanta y cuestiona. Somos plancton y galaxia, palabra y silencio, gota que nacida en la montaña es consciente de que su único destino es el mar. Nuestra vida es viaje, un apasionante viaje entre dos nadas donde aprendemos, o quizá una triste nada entre dos todos donde solo olvidamos. Puede que nuestra vida no sea más que memoria del olvido, un acorde perdido en el tiempo que inútilmente busca a otros para componer la sinfonía del silencio. Dios es silencio. Nosotros somos silencio. Y nuestra ignorancia nos hace creernos dioses. Los cuerpos de los que nos antecedieron duermen bajo tierra, son agua, tronco, hoja o raíz. ¿Qué queda de sus sueños? ¿Qué, de todo aquello que tanto anhelaron?, ¿Dónde va el amor de los muertos? Vivimos desolados por creer que esa diminuta gota que somos desaparecerá cuando, al acabar su viaje, llegue al mar. Escuchar la música de Pärt desde lo más hondo nos invita a abrir esa puerta que nos separa de la nada y que nos recuerda que el mar es agua, es lluvia, y, sobre todo, es vida.

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