Birlibirloque aristocrático

Aunque pueda parecer cínica, esquizofrénica, insensible, cacofónica o surrealista, la infanta Cristina no es nada de eso. Simplemente está educada para ser así. Los que son como ella, están en las nubes cargadas de rosa y planean sobre la realidad como espíritus puros de sangre azul.

Su única obligación es perpetuarse. Los millones de euros que caen del cielo y las prebendas son algo natural a su condición decigarras del papel couché en ¡Hola! Se lo merecen todo por el simple hecho de existir. Alimentan la fantasía de los sencillos plebeyos simples, que habitan un mundo de vulgaridad. Saben qué vestido ponerse para cada ocasión, porque es un arte que dominan a la perfección, para impresionar a las masas. Es su arte. Son casi perfectos, si no fuera porque tienen que ir al retrete y limpiarse el trasero cada día, como cada quisqui. Inconvenientes de la zoología.

“Intentamos llevar una vida normal, pero ustedes no nos dejan”, se queja amargamente la infanta con soberbia de fondo a una reportera. “Sólo quiero vivir tranquila”. Tranquila, feliz y comiendo perdices en su cuento de hadas que les financiamos a escote. Que les aborden y que les critiquen es algo inaudito. No entra en su mollera. Ellos tienen que ser inaccesibles, distantes, porque esa es su condición de aristócratas. Y hacer una fortuna amasando millones fraudulentos, mediante el Instituto Nòos y su consorte el duque Urdangarín. Sin embargo, el dinero nunca sale de la nada. Siempre es a costa de los demás y de los impuestos, como lo eran los tributos en la era medieval. Viven chupando sangre como cualquier parásito.

No necesitan saber nada, ni trabajar. Las cosas les vienen dadas como por arte de birlibirloque. Un empleo de lujo en la Caixa, un palacio, unos dineros…eso es lo normal. Pero lo malo es que el mundo está lleno de desagradecidos.

Cristina quiere llevar una vida normal, pero seguramente no tiene que pagar hipotecas ni intereses a los bancos, que son como una marabunta de termitas asaltando las ganas de vivir de cualquier parroquiano; ni tampoco tiene que usar las salas de espera de la medicina pública, ni acudir a la llamada intempestiva del Inem, para estar obligada a decir amén a un trabajo de mierda, donde un jefe salido la examina con requiebros o le lanza directamente y a cada momento babosas prospecciones de sexo condicional…

La normalidad de la infanta busca es perversamente infantil. Su idea de la “tranquilidad” tampoco coincide con la de la plebe. A Maria Antonieta la guillotinaron por mucho menos. Ironizando sobre la necesidad de pan por parte del pueblo de loa “sans coulottes”, ordenó a sus criados que les ofrecieran galletas. Y eso que no había tejido una tupida red para arramplar la morterada y dejar la caja vacía, justo cuando más aprieta la necesidad por la crisis.

Pero la infanta está en su papel, somos los demás los que renunciamos a interpretar el nuestro. Sin duda, tenemos lo que nos merecemos.

* Director del desaparecido semanario "La Realidad"

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