Breve antología poética de Silvia Delgado

relato179Silvia Delgado*. LQSomos. Marzo 2015

 

No está prohibido llorar con los supervivientes

Desde hace siglos la situación geográfica y las riquezas de su subsuelo han convertido a Afganistán en una tierra codiciada por muchos.

Afganistán es uno de los principales productores de opio del mundo. Posee carbón e inmensas reservas aún no explotadas de gas natural. Es, además, la tierra de paso para el transporte de petróleo extraído del Golfo Pérsico.

A pesar de esto hoy Afganistán es uno de los países más pobres del planeta. La esperanza de vida no alcanza los 45 años y su nivel de analfabetismo supera el 70%.

Nadie canta baladas en tierra seca.
La muerte acerca su campana
y los que están en casa
escuchan sin deleite
nombre, lugar y fecha.
Nadie canta baladas en tierra seca
porque la muerte pasea su desgracia impenitente
y no hay tiempo de niñez
ni de adolescencias.
Se nace siendo viejo.
La muerte tiene allí su púlpito celeste
y en su homilía triste
dicta epitafios,
ordena cavar fosas,
señala a todos los presentes
y se cree profeta
porque sabe que van a morir…
…de pobreza.
La muerte hace bien su oficio
en tierras demasiado secas
y toca el hombro antes
de que brote el pelo cano
y es feliz con su túnica,
con su sexo candado,
con sus dientes largos.
Es feliz, maldita sea,
jugando a los dados
con niños, mujeres y hombres.
No existen en tierra seca los ancianos.

Una mujer moldava conocida por las iniciales S.C. fue introducida mediante trata de blancas en Montenegro y obligada a trabajar como prostituta entre 1999 y noviembre 2002. Esta mujer, de 28 años y madre de dos hijos padeció espantosos abusos físicos y sexuales durante más de tres años. La mujer afirma que jueces, políticos, policías y funcionarios de Montenegro las violaron y torturaron a ella y a otras mujeres de Europa del Este que como ella habían sido retenidas como esclavas sexuales.

Mujeres de adobe,
cuencas vacías, manos sin huellas,
voz que no cuenta, geografías en venta.
Mujeres de petrificada memoria
que perdieron el cielo, las raíces,
las miradas, las protestas.
Mujeres en alcobas con cadenas,
mujeres tendidas, con las piernas abiertas,
el amor es ciénaga sólo de poetas,
el amor es invento de soldados y de doncellas.
Estas mujeres que se esparcen
en colchones apátridas,
que se hacinan en cuartos
donde llueven carencias,
que aguardan bofetadas y se alimentan
de mucha agua, poca sal y menos harina,
estas mujeres víctimas
de la maldad y de la pobreza,
soportan, desde que se despiertan,
la invasión implacable del cuerpo
y tratan de reunir hebras de esperanza
con las que defender su vida
a pesar de las afrentas.
Estas mujeres,
convertidas en carne de oferta
se maquillan sin espejo,
creen en dios a pies juntillas,
mientras las embisten,
se aferran a la cruz
y piensan que para ellas
la vigilia es su peor pesadilla.

Canción inútil para Palestina
1
Traigo una patria entre mis brazos,
una patria sucia de pólvora y ceniza,
una patria llena de fantasmas.

Traigo una patria entre mis brazos,
no lavéis su sangre con azufre,
si vais a esconder el crimen
dejadme llorar junto a las larvas,
dejadme llorar con ella y sin sus pájaros.
Con ella,
sí.
Con ella hasta la muerte.

Traigo una patria entre mis brazos,
traigo toda su hambre y sus puñales,
su llanto de estepa,
sus cadáveres tatuados.
Traigo a un dios ahorcado
entre los senos de esta tierra desahuciada,
antes de arrebatarme los cadáveres
dejadme llorar.
Dejadme.

2
Mi casa ya no es mi casa.
Sabedlo.

Sabed que la tierra está sembrada de cráneos,
que arrancaron de cuajo las colinas,
que sepultaron el paisaje.

Sabed que mi casa fue humillada,
saqueada,
que mis hijos llenaron de odio sus bolsillos,
que el hambre baila por todas las esquinas.

Sabed que la barbarie robó nuestros olivos,
que los invasores tienen nombre y apellidos,
sabed que pusieron precio a las ruinas
y que las cadenas no molestan con su ruido.

Sabed esto, debéis conocerlo.

Convirtieron las rosas en cerrados puños,
acallaron las plegarias,
nos pasaron a cuchillo.

Debéis saberlo,
vinieron a mi casa,
dejando solo sangre en los caminos.

Las cuarenta chimeneas del infierno

María Expósito nunca fue propietaria de cucharas repletas,
fue dueña de todos los horrores con los que la pobreza obsequia,
fue madre pero madre harapienta.

Condenada a vivir sin armisticios
no miró dormir a sus hijos
y se alejó goteando su jornal y su decencia.

Deshilachadas alpargatas arrastran tristezas,
sucio el delantal de impotencia
y el llanto azul de los niños
que la persiguen presagiando soledades y miseria.

María Expósito aprendió a hacer con su dolor remiendos,
aprendió a no dormir por temor a los deseos
aprendió a sollozar en secreto
aprendió que si el amor puede arrancarse de cuajo
también el recuerdo
y experta en ausencias
ofreció sus senos espléndidos
a quien quisiera dar, a cambio de leche,
un jergón, una hogaza de pan seco
y silencio.

María Expósito amamantó a niños risueños.
Quiso quererlos
pero le lastimaba el territorio que pertenecía a otros dueños.
Mientras alimentaba hijos ajenos
ella viajaba lejos,
allá donde otros niños apuestan por su regreso.
Después, con el bebé satisfecho,
guardaba los pechos,
las canciones,
los sueños.

María expósito murió una tarde de invierno.
Murió con los pechos resecos,
con su dolor completo.
Murió sin decir nada,
ni un solo niño rico agradeció el alimento a esta mujer callada,
ni un solo niño rico la reconoció mendigando, anciana.

María expósito murió aquella tarde helada,
vestida sin pulcritud,
con su muerte solitaria.
María expósito, una mujer entre tantas.

Emilio Ramos, herrero sin remedio,
feo entre los feos,
ilustre cojo de ambos lados
en su ardiente reino
canta el yunque y el martillo
baladas de prisionero.

Emilio Ramos fragua llaves o cadenas
y no escucha
y jamás se mira en el espejo.
Emilio Ramos fue una vez niño
y lo golpearon.
Recibió maltrato en todos sus costados.
Emilio ramos no olvida que su padre fue su látigo
que su padre le partió las piernas
que su padre lo condenó a las tinieblas.

Emilio Ramos nunca deja apagar el fuego,
le da miedo el frío,
por eso tiene este oficio,
porque fue una tarde de invierno
cuando dejó de correr como corren los niños.

Fue una tarde más de alcohol, de llantos,
de rencor, de gritos.
Emilio ramos
herrero o alquimista
tullido dios de andar por casa
renquea el castigo de su desobediencia.
Le quema el dolor de caminar con daño
le quema el horror de haber sido hijo de sangre violenta
le quema saber que así no lo querrá nadie.

A Emilio Ramos,
después de tantos años
aún le asusta el recuerdo
de los golpes dados sobre los huesos,
como si fueran de hierro,
como si fueran sus piernas de hierro,
como si fueran de hierro los golpes,
como si fueran de hierro los sentimientos
como si fuera de hierro su padre,
como si fuera de hierro dios,
ese dios que nunca le hizo caso.

Los partos de la bestia

Yo antes no era así, vivía feliz mirando tele, trabajando en precario, leyendo poco.
Bebía cervezas, masticaba chicle, iba de compras, saludaba al jefe… Todo iba bien. Pagaba mis deudas , soñaba con que me tocara la lotería, con ir de vacaciones, con estar un día completo en la cama, en fin, cosas sencillas, compraba el periódico los domingos, saludaba de lejos a las vecinas, felicitaba las navidades a mi familia, todo bien , todo correcto.
Pero últimamente no sé qué me pasa, no sé cuándo empezó todo, no sé, ciertamente, si el inicio estuvo en la ley de partidos, o fue antes, no sé si se agravó mi crisis con las detenciones, no sé verdaderamente si tuvo la culpa Bush o Aznar o Garzón o Marlaska, no sé si es por la censura, por la tortura o por la manipulación. No sé si tiene algo de responsabilidad en mi situación, Palestina o Irak o Guantánamo o Soto del Real, no sé si es porque llevan esposados a los jóvenes, a los emigrantes, a los disidentes, no sé si es por las huelgas de hambre, por los muertos de hambre, por los muertos de pena.
No sé si es por tanta mentira, por tanto descuartizador, por tanto mercader, por tanta impunidad, por tanta mordaza a sueldo.
Sospecho que soy terrorista. He empezado a respirar sin pedir permiso, a pensar sin pedir permiso, a hablar sin pedir permiso y esto dicen, es el peor de los síntomas en una sociedad aterrorizada como la nuestra donde la palabra es la peor de las amenazas.

Muertos. Uno tras otro aparecen muertos. Muertos oscuros sobre arena, muertos anónimos en morgues extranjeras. Muertos en celdas. Muertos en fosas comunes. Muertos.
Millones de muertos.
Muertos de hambre, muertos de cadenas.
Muertos de guerras sucias, de invisibles trincheras.
Muertos sentados,
muertos esperando.
Muertos pagando deudas.
Muertos que no pesan.
Muertos insepultos.
Muertos a golpes.
Muertos de yugo, muertos sembrando la tierra.

Siglos de muertos.

Vivos acariciando los nombres de los muertos,
vivos recordando la memoria de los muertos,
vivos limpiando la sangre, los cuerpos de los muertos.
Vivos resistiendo armados con coraje.
Vivos negándose a callar.
Insistentemente vivos para cantar,
Insistentemente vivos para soñar.

Vivos,
insistentemente vivos en todas las esquinas, en todos los barrios, en todas las familias.
Bandadas de vivos,
puñados de vivos,
manadas de vivos.
Millones de vivos cruzando juntos la noche eterna del crimen
y la injusticia.

Blog Si vis pacem

Aquí me tenéis
con este poema pobre,
con esta ira cabalgando a lomos de vuestra barbarie.
Aquí estoy,
esperando la patada que venga a desahuciarme,
esperando que vengáis a por mí por ser negra o puta o por quejarme.
Yo ya puse en claro mis cuentas,
ya dije quiénes son los culpables,
ya escribí mil poemas
para señalar que el presente se llena de cuerpos
viejos y tiernos que viven a la intemperie.
Aquí estoy,
venid a buscarme,
arrancadme la lengua pa que mi voz calle y calle.
Llevadnos a todos presos,
puerta a puerta,
grito a grito,
hambre a hambre.
Todo un pueblo entre rejas
y fuera sólo cobardes.

Cuando muere un poeta no pasa nada, apenas ni nos damos cuenta,
ni la lluvia queda quieta,
ni las estrellas se descuelgan,
ni los niños dejan de jugar a la rayuela.
Nada. No pasa nada.
Todos los días nos morimos.
Limosneros de pan y de ternura,
dejamos la vida como si tal cosa.
Como dejamos los poemas sobre mesas,
o en paredes o en plazas donde se amontonan
las huellas de los besos y de las quejas.
No pasa nada cuando nos morimos,
porque somos muchos muriéndonos clandestinos,
en lugares sombríos de humanidad,
porque somos tantos,
tantos los poetas que vamos muriéndonos
huérfanos, errantes, solitarios.
Amados desde distancias remotas,
odiados por tener voz y estrofas,
aislados en un mundo hostil que
nos lleva de cabeza.
Nada pasa, nada.
O sí pasa.
Ocurre que si muere un poeta
cerca del fuego y de las lágrimas,
cerca de la sequía y de las guerras,
cerca de la memoria y de las picanas,
la muerte secuestra una garganta insomne.
Cundo muere un poeta y muere gritando a la barbarie
calla la voz vigilante de quien quiso vivir
en pie,
en paz,
eternamente.

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