Brevemente: de la poesía a la pintura (y de ésta al ensayo)

José-Martí-lqsJosé Martí es inevitable.
Yván Silén

Como el que abre una antología vieja de literatura hispanoamericana y se encuentra con unos versos que nunca había leído así, como los lee ahora, el reencuentro con estos de José Martí, en “Dos patrias” (1933), resultó epifánico:
Está vacío
mi pecho, destrozado está y vacío
en donde estaba el corazón.
Por primera vez, la lectura de esos versos que he leído tantas veces, me apartó de la temática cubana decimonónica que poetiza Martí: “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche. / ¿O son una las dos?”. En vez de remitirme a la imagen del “clavel sangriento” que le tiembla en la mano a Cuba (la ausencia de libertad política que para Martí hacía de Cuba una isla viuda, casada con la muerte oscura del esposo ausente), el hueco del corazón vacío me catapultó hacia México, un país trabado con Cuba desde la conquista (Cortés) y la Revolución Cubana (Fidel y el Granma).
El corazón vacío del que habla Martí en “Dos patrias,” me pareció una descripción literal de otro hueco: el que le pintó José Clemente Orozco a Hernán Cortés, en uno de los murales del Hospicio Cabañas. Un Cortés robotizado, hecho para matar, con un espadón galáctico, cuya punta termina entre las piernas de un indio caído, al que todavía el conquistador no ha cortado en dos. Un Cortés con el corazón vacío, socavado por el conquistador que mata como un robot: máquina de inmolar que tiene el pecho roto y la mirada oscura, como la noche.
A su vez, el mural de Orozco me remite a los versos de Martí; ahora Cortés es el viudo de la noche sin libertad (por eso Quetzalcóatl, con el pelo rubio de Cortés, mira al conquistador sin alma, pero con arma, de abajo para arriba: al revés). Vuelvo al poema de Martí: “Ya es hora / de empezar a morir. La noche es buena  / para decir adiós”. Me doy cuenta entonces de lo que dice Silén en uno de sus ensayos, “Manifiesto para la historia o…”: “José Martí es inevitable” [y cita estos versos de Martí de Versos libres, 1913]:
La Muerte está sentada
a mis umbrales… quien va a morir, va muerto.
Desde la guerra declarada por Dios, según empieza el manifiesto de Silén, “Maldigo el lenguaje de los trasnochados y de los nostálgicos de una soberanía pospuesta.¡La demokracia [sic] ha fracasado!”, vuelvo al mural de Orozco, y veo al viudo de la noche sin libertad de Martí (Cortés). Lo que subraya Silén de la poesía martiana, “quien va a morir, va muerto”, eflorece: Cortés, quien va a matar, va muerto.

Deja un comentario