Bullying a domicilio

Bullying a domicilio

Minerva se detiene, asienta las bolsas del mercado en el suelo y mira los tramos de escalera que le faltan para llegar al tercer piso en donde se encuentra su departamento. No es amplio, pero sí muy sólido. La alegra vivir allí y reconoce que hay otros motivos para sentirse privilegiada: ama a Rolando, tiene un hijo al que adora y una madre a la que por cariño llama Nina. Hoy, como todos los sábados, vendrá a visitarla.

Pensarlo duplica su fatiga. Minerva rechaza la sensación y mejor piensa en los buenos momentos que la esperan, cuando ella y su madre cocinen y conversen mientras Rolando y Kevin regresan del gimnasio gratuito. Retoma las bolsas y escucha desde lo alto la voz de Nina:

–Mamá: ¿cómo entraste?

–Gracias a que tu vecina del cuatro me abrió, porque si no hubiera tenido que esperarte en la calle bajo el rayo del sol.

–No pensé que vendrías tan temprano.

–Yo llegué como siempre, a las 12; fue a ti a quien se le hizo tarde –recalca Nina.

–Porque me encontré a Paty, la esposa del doctor, y me quedé un momentito con ella –Minerva hace alto en el último escalón y ve a su madre como si contemplara un altar–; discúlpame, no me di cuenta.

–No te preocupes. Comprendo que hayas querido platicar con una señora de tu edad. A ver, pásame una bolsa.

–No, está muy pesada –Minerva besa a Nina y empieza a buscar las llaves en su bolsa–: híjole, no las encuentro.

–Te he dicho mil veces que te las cuelgues en vez de meterlas en la bolsa, porque si te las roban, ¿cómo entras en tu casa?

–Pues llamo al cerrajero. Está a dos cuadras.

–¿Y qué necesidad tienes de gastar en eso? Ya sé que no sería mucho, porque cada llave sale en 10 pesos. Cuando uno los tiene no son nada, pero cuando no, parecen una fortuna. O será que yo he tenido que aprender a cuidar cada centavito de mi pensión. Deberías hacer lo mismo con el dinero que te da tu marido y con lo poco que ganas trabajando en el salón de Licha.

–Me paga mal, pero me deja faltar los sábados –el tema ha sido motivo de anteriores discusiones y Minerva prefiere desviar la conversación–: ¿Cuánto tiempo llevabas esperándome?

–Como media hora o puede que un poco más. Hasta se me acalambraron las piernas por estar tanto tiempo sentada en el piso frío. A ver si no me enfermo.

–Te voy a dar un juego de llaves para que ya nunca tengas necesidad de esperarme.

–Mejor no. Si hay algo que me repatea es que tú o Rolando vayan a creer que quiero adueñarme de su casa –Nina se asoma a las bolsas de comida–: ¡Qué bueno que trajiste pescado! ¿Viste que tuviera los ojos brillantes? Si no, intoxicación segura.

–Nacho me juró que estaba muy fresco.

–¿Y crees que te iba a decir otra cosa? Al hombre lo que le interesa es vender –Nina saca el envoltorio con los filetes de dorado y se lo lleva a la nariz–: Huele muy fuerte. Espero que no esté descompuesto.

–Si quieres lo devuelvo y cocinamos otra cosa.

–Son 12 y media. De aquí a que vas al mercado y vuelves pasará una hora. Cocinaremos tarde y tú sabes muy bien que comer a deshoras me hace daño por la úlcera.

–Por ahí tengo el nombre de una nueva medicina que es muy buena para curarla.

–¿Te lo dio un médico? Si no, puede salirnos peor el remedio que la enfermedad. Ya tengo suficiente con las que padezco y no quiero echarme otra encima.

–Aparte de la úlcera, ¿qué tienes?

–Un montón de achaques. No quiero decírtelo para no cargarte con más problemas –Nina observa a su hija y luego sigue analizando el contenido de las bolsas–: Tú eres quien debería cuidarse. Piensa en Kevin. Si algo llegara a pasarte, ¿te imaginas qué será de ese pobre muchacho?

–¿Me ves muy mal o qué?

–No, pero flaca, y tú siempre has sido más bien llenita.

–Hace ocho días que estoy a dieta. Ya bajé un kilo. Rolando está encantado.

–Por darle gusto a ese hombre eres capaz de poner en peligro tu salud. Es un tesoro. Cuando uno está joven no lo piensa, pero luego, según van llegando los años, ya es otra cosa. ¿Trajiste los chiles güeros?

–No encontré en ninguna parte, pero compré jalapeños.

–Uh, pues entonces el pescado no va a salirnos sabroso.

–Ay Nina, no exageres. Los jalapeños son muy ricos.

–Pues sí, pero el sabor no es igual que el de los güeros. Esos son lo mejor para guisar un buen pescado. Pero ya ni modo, tendremos que cocinar con lo que hay –Nina se lava las manos en el fregadero–: Tengo muchas ganas de ver a Kevin. En el poquito rato que pude dormir anoche, lo soñé.

–Él también estaba muy ilusionado de verte, pero su amigo Rey lo invitó a comer porque es su cumpleaños –Minerva esquiva la mirada–: Ya sabes cómo son los muchachos.

–Tendré que esperar dos semanas para ver a mi único nieto, si es que Dios me presta vida hasta entonces.

–Mamita: ¿por qué dices esas cosas tan feas?

–Soy realista y a mi edad… En fin, lo único que le pido a Nuestro Señor es que no vaya a morirme y a quedarme solita en mi cuarto hasta que, por el olor, alguien se dé cuenta de mi fallecimiento –palpa los jitomates–: vivir sola tiene muchas ventajas, pero también sus riesgos.

–Estás así porque quieres. Rolando y yo te hemos dicho mil veces que te vengas a vivir con nosotros.

–A menos que pensaran meterme en el clóset, no sé dónde me pondrían –Nina mira a su alrededor–: este departamento es un dedal y para colmo carísimo.

–Para nosotros tres está perfecto.

–¿Viste? Tú misma me das la razón para que no acepte vivir con ustedes. Déjenme sola en mi cuartito, nada más llámenme por teléfono. No les pido más.

–Nina, siempre lo hago. Te fallé el lunes porque fui a ver lo de un trabajo.

–Y eso es mucho más importante que saber si tu madre sigue viva o está muerta, ¡claro!

–Ay mamá, ¿qué te pasa? Hoy estás insoportable –Minerva se cubre la cara y empieza a llorar en el momento en que se abre la puerta y aparece Rolando.

–Buenas tardes, Nina. Oiga, ¿qué le pasa a mi mujer?

–No sé, estábamos platicando muy a gusto y de pronto se le salieron las lágrimas. Lo bueno es que yo estaba aquí para consolarla.

–Amor, Minerva: deberías sentirte feliz de que tu madre viva y no como la mía, que hace años se me adelantó en el camino. Y eso sí, para que veas, es como para ponerse a llorar.

 * Publicado en “Mar de historias” del diario La Jornada.

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