Capitalismo de suma cero: la nueva frontera

“La propia dominación occidental no es sino una nueva expresión del reino de la cantidad” Rene Guénon

Ni desarrollo sostenible, ni economía social. El capitalismo neoliberal ha topado con sus propios límites a la hora de la expansión global. La ralentización de la tasa de acumulación está haciendo que transite hacia un sistema productivo-consumista de suma cero. Lo que significa que el beneficio debe proceder tanto de la rentabilidad del excedente como del ordeño de los activos del factor trabajo.

Si la letra de la Internacional exhortaba a un nuevo y más equitativo contrato social en el que no hubiera deberes sin derechos ni derechos sin deberes, siglo y medio después deberíamos concluir que el balance es una sociedad con continuos recortes de derechos y una ilógica ampliación de deberes. Lo que dibuja el status de la desigualdad como la verdadera constitución del capitalismo en el siglo XXI. Seguramente porque, negando los estatutos de la Primera Internacional (AIT) de 1871, hemos desfallecido la representación delegativa, en vez de perseverar en que la emancipación de los trabajadores sea obra de los trabajadores mismos. O incluso porque en una marco de sociedad de clases no existe real lucha de clases entre los de abajo y los de arriba, y a la mejor también porque el fetichismo del mercado ha desdibujado los términos “trabajadores” y “los de arriba” hasta desactivarlos. Pero haberlos haylos.

Basta con echar un vistazo alrededor y comprobar en las cifras y las estadísticas oficiales, que aisladas no dicen gran cosa, la realidad de una desigualdad galopante, donde los más, “que son los abajo”, producen su propia infelicidad para que los menos, “que son los de arriba”, puedan seguir apaciblemente con el uso, disfrute, acumulación y dilapidación de los recursos comunes escasos. Con la embestida de la crisis financiera, ejecutada con magistral indecencia por todo el arco ideológico de los gobiernos del sistema neoliberal, hemos asistido a una sociedad de suma cero, integrada por una política de suma cero y una economía de suma cero, que como probaron en 1944 John von Neumann y Oskar Morgenstern es el modelo de negocio donde el ganador se lo lleva todo y al perdedor le sucede lo mismo pero al revés. Es decir, un sistema en el que la riqueza de uno es fruto de la miseria del otro, la dependencia caníbal llevada al extremo de norma. Aquello tan vulgar por otro lado de “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”.

Esto supone una novedad en la historia del capitalismo, que hasta ahora esgrimía como divisa ser un formato de suma no nula. Es decir, en el proceso de explotación, aunque sometido a las leyes de la dominación y el lucro, se creaba un beneficio o excedente que, no obstante ser distribuido inequitativamente, daba como resultado agregado una ganancia neta para todos los agentes implicados, tanto en cantidad como en calidad, innovación o creación de valor. Pero eso parece ya cosa del pasado, de cuando sobraban migajas para el llamado Estado de Bienestar. Porque ahora, crisis mediante, estamos alumbrado un capitalismo depredador y casi necrófago que vive a costa de sus víctimas-zánganos, parasitariamente, como el cangrejo ermitaño que se aloja en las conchas de los moluscos. Por eso, la ofensiva lleva la marca bifronte de la clase económica, los tradicionales poderes fácticos, y de las castas políticas, sin distinción de colores en lo sustancial. Ha pasado el tiempo en que los partidos y los sindicatos institucionales podían promocionar su representación político-social-laboral gestionando las propinas del sistema. Ahora se les exige total obediencia debida.

Los de arriba a costa de los de abajo podría ser una frase panfletaria, pero los hechos dejan pocas dudas del oprobio. Cuando una economía como la española no crece, está sumida en la recesión y no genera riqueza sino minusvalías, y el reparto social, tanto en deberes como en derechos, es diametralmente opuesto a las necesidades reales de los principales contingentes que la integran, nos encontramos ante un régimen de suma cero. O sea, ante un sistema en el que sus respectivos gobiernos regulan y desregulan (legislan haciendo y deshaciendo; reforman y contrarreforman), en favor de la minoría de arriba y en contra de la mayoría de abajo, sus teóricos representados. Ahí van algunos ejemplos de esa “revolución de los ricos” en la gestión de los recursos.

Paradójicamente España es uno de los países de Europa:

-Donde existe más economía sumergida y sin embargo se legisla para que las empresas que emplean estudiantes en prácticas no coticen por ellos a la seguridad social.

-Con mayor tasa de paro y más número de multimillonarios recientes.

– Como mayor número de kilómetros de trenes de alta velocidad AVE.

-Con mayor número de autopistas y autovías.

-Con mayor número de aeropuertos.

-Con mayor número de viviendas vacías y al mismo tiempo con más personas sin casa.

-Con más políticos por habitante.

-Donde más ha crecido la percepción de corrupción.

-Con mayor número de móviles por habitante.

-Con mayor número de emigrantes nacionales.

-Con mayor número de especies amenazadas.

-Con más tasa de obesidad por habitante.

-Con mayor números de hectáreas de transgénicos cultivadas.

-Con más presos, más policías y menos delitos por habitante mientras tiene las normas penales más severas.

-Donde una caída sostenida de la demanda de energía eléctrica provoca un aumento de los precios.

-Donde se proponen leyes sobre el aborto más regresivas registrándose un descenso anual en el número de interrupciones del embarazo.

En honor a la verdad, en todo esto la Marca España no es una excepción. La producción mundial de alimentos y la capacidad de su industria daría para alimentar a dos planetas, pero 800 millones de personas pasan necesidades y al día mueren 30.000 niños de hambre. Por no hablar de esa otra flagrante contradicción que enlaza el descenso vertiginoso del mercado de “trabajo”, principal fuente de renta personal, mientras se favorece su concentración entre quienes lo poseen en vez de repartirlo disminuyendo la jornada laboral. Hay, por tanto, una lógica en su locura.

Eso sí, nuestro país en un adelantado en metabolizar la irracionalidad del sistema como statu quo. Tenemos un capitalismo de rancio abolengo allí donde sus gentes se declaran las más anticapitalistas del continente (el 74% de los ciudadanos, según la encuesta Values and Wordlviews de la Fundación BBVA). Y aún hay bien intencionados que nos llaman utópicos a los que denunciamos el sistema y nos invitan al realismo de concurrir a las elecciones para formar parte de semejante maremágnum. Como ese Rey nunca elegido en una monarquía sin monárquicos (el discurso del monarca de esta Navidad ha sido el menos seguido de la historia) que calificó de “quimera” el ejercicio del derecho a decidir fuera del orden establecido. Una democracia sin demócratas.

* Publicado en Rojo y Negro

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