Casablanca o la memoria contra el fascismo

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez. LQSomos.

El filme se rodó casi en un ambiente de improvisación en Marruecos, el resultado final puede considerarse un milagro del cielo si se tiene en cuenta lo accidentado de su producción

Entre los veteranos que quedaron de “cuando la República”, los había que “eran de cine” y contaban historias sobre el compromiso de personalidades como Albert Einstein pero sobre todo de artistas como Charlot o como Humphrey Bogart (Nueva York, 1899 – Hollywood, 1957), que durante décadas fue seguramente el actor más emblemático de la izquierda cuyo imaginario fue forjado por la resistencia antifascista que tuvo en la izquierda de la llamada capital del cine en general y en el “cine negro” en particular, una de sus expresiones más populares, quizás la que más.

Después de una larga trayectoria como secundario de valor, su primera gran oportunidad llega con una metáfora sobre las miserias del capitalismo: El halcón maltés (1941), que fue la tercera versión de la obra de Dashiell Hammett, película de culto, un juego que de hecho comienza cuando acaba. La dureza y el cinismo de Sam Spade se percibe en otras obras mayores comenzando por Casablanca (Michael Curtiz, USA, 1942), mítica donde las allá, la citada como la que más le gustó por representantes de varias generaciones de izquierdistas -si nos atenemos, por ejemplo, a las respuestas dadas por buena parte de los invitados de “La Tuerka”, sobre todo por los varones canosos-. Su imagen fue la del último romántico, un tipo que se dice de nacionalidad beoda pero que guarda un secreto: se la jugó facilitando armas a la República española.

El filme se rodó casi en un ambiente de improvisación en Marruecos, el resultado final puede considerarse un milagro del cielo si se tiene en cuenta lo accidentado de su producción.

Poco antes, la Warner descubrió que contaba con un magnífico plantel de artistas, pero le faltaba una historia. El rodaje se inició sin haber acabado el guión; a los actores se les entregaba cada día el diálogo escrito la noche anterior que era retocado sobre la marcha, una improvisación que le confirió un verismo singular. La trama es conocida, se la recuerda en las discusiones, se citan sus frases, hay hasta quien sabe tatarear la canción de la pareja con Sam al piano interpretando la famosa (Mientras el tiempo pasa). Todo esto resulta todavía más insólito cuando la película fue un encargo, proyectado antes de Pearl Harbour, dándose la coincidencia que su estreno coincidió con la conferencia que Churchill y Roosevelt mantuvieron en… Casablanca.
Según todos los estudios fue un proyecto que iba a interpretar el repugnante Ronald Reagan, y cuyo argumento fue improvisado día a día por los guionistas.

La mítica funciona hasta el extremo de que el menos recordado es Paul Henreid cuando su personaje, el de un antifascista que se la juega, es el más admirable cívicamente hablando. Los de mi edad la vimos de reestreno y sin cortes. Escuchar a “Ricky” confesar que había ayudado a llevar armas al pueblo en España, era la confirmación de que en aquellos tiempos casi todo Hollywood estuvo contra los militares fascistas españoles.

La “ficha”

Casablanca. Año: 1942. Duración: 102 min. País: Estados Unidos
Reparto: Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Paul Henreid, Claude Rains, Conrad Veidt, Sydney Greenstreet, Peter Lorre, S.Z. Sakall, Madeleine LeBeau, Dooley Wilson, Joy Page, John Qualen, Leonid Kinskey, Curt Bois, Ed Agresti, Marcel Dalio, Enrique Acosta, Louis V. Arco, Frank Arnold, Leon Belasco, Oliver Blake.
Dirección: Michael Curtiz. Guion: Julius J. Epstein, Philip G. Epstein, Howard Koch. Obra: Murray Burnett, Joan Alison. Música: Max Steiner. Fotografía: Arthur Edeson.

Años 40. A consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, Casablanca era una ciudad a la que llegaban huyendo del nazismo gentes de todas partes: llegar era fácil, pero salir era casi imposible, especialmente si el nombre del fugitivo figuraba en las listas de la Gestapo, que presionaba a la autoridades francesas al mando del corrupto inspector Renault. En este caso, el objetivo de la policía secreta alemana es el líder checo y héroe de la resistencia Victor Laszlo, cuya única esperanza es Rick Blaine, propietario del ‘Rick’s Café’ y antiguo amante de su mujer, Ilsa Lund. Rick e Ilsa se habían conocido en París, pero la entrada de las tropas alemanas en la capital francesa les separó.

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