Recordando a Lezama Lima y Julio Cortázar

Mis dos hermanos que nunca conocí…

La única forma de conocer la forma exacta de nuestra alma es caminar por las calles de nuestra ciudad sin rumbo fijo, cruzando nuestras miradas con los miedos, sueños, incertidumbres y zozobras ajenas.

Desde muy joven hay varios escritores que envuelven mi quehacer y mi devenir. Dos de ellos son Lezama Lima y Julio Cortázar, cuyas ficciones son tan reales y tangibles que no hay nadie que pueda ser capaz de reunir sus sueños interminables…

Las obras de esos dos grandes hacedores, forman parte de mi ser y me ayudan a vivir con la debida dignidad, con la debida humildad, a pesar de las tonterías que nos acosan a diario. Los Paradisos y las Rayuelas son vestidos que me ayudan a afrontar los escasos fríos y los cien calores de mi ciudad natal, un espacio tan caótico y arbitrario como es hoy la propia La Habana o fue antaño el recoleto apartamento del erudito Julio en París.

Las ciudades deben ser cuerpos deseados y palpitantes, que propicien el encuentro, donde se pueda y se deban olvidar todo aquello que no es urgente.

Una ciudad debe ser concebida y vivida como un espacio para la sorpresa, donde la magia y lo inesperado nos sorprenda y nos abrace con furiosa ternura.

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Las publicaciones científicas y CEDRO hacen a Botín un socialista

(El título del texto es un evidente homenaje de DGA, miembro de Comunes, a George Mombiot y su Academic publishers make Murdoch look like a socialist).

El origen de este artículo es parte del debate que se dio en la interesantísima Redada 9. A pesar de querer centrar el debate en el impulso de una entidad de gestión/sindicato para la cultura libre, éste derivó a otros temas, como el expolio que se hace desde la propiedad intelectual del conocimiento científico, además de los derechos de autor de los autores que publican en revistas académicas y/o científicas.

Hablamos de que determinadas publicaciones y entidades de gestión hacen parecer a Emilio Botín un socialista porque éste paga a sus empleados (mal o bien, pero los paga), y les da de alta en la seguridad social. En las publicaciones científicas las cosas son bien distintas.

Empecemos por el principio:

Cómo es la publicación de trabajos en ciencia y la revisión de esos trabajos: en Wikipedia se explica muy bien

"En los medios académicos, la revisión por pares (peer review en inglés) o arbitraje es un método usado para validar trabajos escritos y solicitudes de financiación con el fin de medir su calidad, factibilidad, rigor científico, etc. Este método deja abierto el trabajo al escrutinio, y frecuentemente a la anotación o edición, por un número de autores iguales en rango al autor. Normalmente sólo se considera válida una publicación científica cuando ha pasado por un proceso de revisión por pares como el de admisión para publicación en una revista arbitrada".

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La RAE nos obliga a retirar servicios del portal

Cuando vi aquel mensaje amenazante en mi correo electrónico, pensé que el remitente sería de esas personas que emplean su tiempo en enviar mensajes-basura, un cracker o depredador, de los que se enorgullecen de sus acciones vandálicas en la red. Esta conjetura se vio fortalecida por el hecho de que el IP de donde provenía el mensaje está señalado en Wikipedia como origen de actos de vandalismo en la red: http://es.wikipedia.org/ wiki/ Usuario_ discusi%C3% B3n: 213.192.254.2.

En el mensaje se me advertía, en nombre del Grupo Planeta y de la Real Academia Española, que debería retirar los avances de la vigésima tercera edición del diccionario académico, pues estaría violando, aquí en Montevideo, no sé qué leyes civiles y penales del Reino de España. No podía concebir (ahora puedo) que la Real Academia y un grupo empresarial de la envergadura de Planeta pudieran zanjar sus conflictos sobre uso de contenidos mediante mensajes anónimos en la internet. Ni que creyeran que yo podría «competir» con ellos.

Después de intercambiar varios mensajes y llamar por teléfono a la sede del Grupo Planeta en Barcelona, pude comprobar que mi conjetura era errónea: mi interlocutor acabó identificándose como Álex Calvo, del Departamento Jurídico de dicho grupo, quien dijo actuar en «en nombre de la Real Academia Española, en adelante RAE», todo ello con «un profundo respeto hacia nuestros usuarios» y con el objeto de «procurar la continuidad de su buen nombre en el sector», según reza el mensaje inicial sin firma enviado desde la dirección electrónica acalvog@planeta.es.

La docta casa me advirtió asimismo a través de este insólito apoderado, que «queda prohibida la introducción de enlaces que faciliten el acceso directo a cualquiera de los contenidos de los sitios web de la RAE, salvo en el caso de que se utilicen los procedimientos que la entidad implemente para ello, bien sea por medio de botones integrables en el navegador o de otro tipo de recursos de software».

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RAE, Sociedad Limitada

Hace años que estoy suscrito al servicio “La palabra del día” proporcionado por http://www.elcastellano.org/, recibiendo en mi correo electrónico una reseña etimológica siempre curiosa, a la que vienen añadiéndose secciones como la traducción de un latinajo, alguna propina gramatical, etc. Con periodicidad casi diaria, Ricardo Soca remite desde su vivienda en Montevideo, Uruguay, esta postal del lenguaje a más de 200.000 direcciones, un servicio completamente gratuito para el suscriptor.

A más de ello, la página de Soca incluye muchas otras secciones, como un docto consultorio gramatical y una exhaustiva colección de referencias a noticias relacionadas con el mundo lingüístico en los países de habla hispana. Revelaré que, en más de una ocasión, han sido menciones halladas en la web del uruguayo las que me han puesto en la pista de alguna curiosidad del idioma que me permita justificar el folio largo que se vierte mensualmente en esta humilde columna que están ahora leyendo.

Ricardo Soca, periodista, es el propietario, artífice y colaborador único de esa página que lleva la friolera de 15 años (recuerde: usábamos módem a 19Kbps) difundiendo las glorias y sombras de su lengua nativa, en la que esto escribo, movido –hasta donde yo sé- únicamente por el amor a la misma, pues dudo de que la publicidad que aloja dé para mucho más que el coste de servidores y servicios.

Pero eso me da igual: si Soca se está enriqueciendo con la afluencia de visitantes a “La página del idioma español” y las ventas de sus libros y cursos que en ella publicita, mejor para él. Yo, y el común de los internautas, obtenemos de él un servicio y una fuente de información gratuita y fidedigna (que no es poco, y menos esto último). Sépase, en fin, que sus contenidos están considerados entre los más interesantes en este mundillo de quijotescos defensores virtuales del idioma y su labor mencionada, entre otros, por el Instituto Cervantes o la Fundeu.

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Turismo literario: tributo al viajero inmóvil

Se cuenta que en el primer y único viaje que Lezama realizó a México, en 1949, alguien, al constatar el embeleso del poeta cubano ante el altar mayor de la catedral de Puebla, joya del barroco hispanoamericano, le preguntó “Y, ¿qué le parece, Maestro?”, a lo que el bardo insular respondió: “¡Un ángel más!”.

Gustavo Emilio Rosales    

Volver al pasado no es retroceder

Macaco

Desde una lectura torpe de Paradiso (1966), la más atípica de las novelas del boom latinoamericano —una propuesta órfica y homosexual—, el lector tardío que leía el texto de José Lezama Lima en el Starbucks de Guaynabo, Puerto Rico; burgués, demasiado burguesito; fue catapultado desde la novela a un viaje breve. Una fuga próxima en el tiempo y en el espacio. En vez de llegar de un tirón lezamiano —¡el Maestro!— a la antigüedad china o egipcia, la mala lectura de la novela lo lanzó al Caribe del siglo XIX, un espacio que Lezama, el “viajero inmóvil,” transitó con rapidez literaria, sobre todo en el caso de su lectura de la obra de José Martí: “Martí retoma todas las tradiciones cubanas y las lleva a su plenitud”.

Desubicado en el lapachero decimonónico del Caribe hispano, “piedra rodando sobre sí misma,” el lector del coffee shop,para no hundirse en su propio vértigo (qué dice Lezama), se agarró de un manotazo del concepto dominicano de la España Boba. Una joya lingüística. Una referencia al control nominal que España retomó de la isla, de 1809 a 1821; un regreso al poder colonial español (después del haitiano) marcado por la apatía metropolitana.

A la Españaboba no le interesaba ejercer el poder. Una casi indiferencia del poder colonial. Nada de lo que pasara en el lado oriental de la isla (la parte dominicana) provocaba la atención española, atrapada como estaba la metrópoli en el torbellino que se empezaba a desatar en Suramérica y en tantas otras colonias (Puerto Rico era base firme del colonialismo; Cuba empezaba a llenarse de azúcar y de sacarócratas). Entonces, en pleno desplazamiento de una isla a otra, aconteció en La Española decimonónica lo impensable: la independencia efímera de 1821, un suceso que no se dio ni en La Habana ni en San Juan. Brevedad de una libertad dominicana que, en el caso de Puerto Rico, no pasó de la Carta Autonómica de 1897 (igualmente fugaz, liquidada en la guerra de 1898).

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Los ojos del día inspiran las leyendas de la noche [1]

“La poesía y narrativa saharaui se transmiten de manera oral, de modo que, al repetirse, desarrollan la capacidad nemónica de personas que aprenden las suras del Corán, las rutas de las estrellas, los usos medicinales de las plantas, los nombres de por lo menos siete ascendentes masculinos de su familia para establecer los lazos de parentesco, y todas las obligaciones que éstos conllevan, con las demás personas”[2].

La saharaui es una sociedad beduina enraizada por siglos en una vida nómada en busca de la nube que traiga pastos y bienestar para la comunidad, en la que el poeta es el máximo exponente de la tradición oral. El carácter eminentemente nómada de la sociedad saharaui, estudiado por el antropólogo Julio Caro Baroja en su tratado “Estudios saharianos”, determinó que la tradición cultural saharaui fuera casi en su totalidad oral, al no ser una sociedad sedentaria y no conocer apenas núcleos urbanos. “(…) los representantes más caracterizados de este ciclo son los nómadas del desierto, que en algunos escritos franceses son denominados les grands nomades, para distinguirlos de los petits nomades, de los semi nomades montagnards y de los sedentaires que nuestros vecinos, [en referencia a Francia], hallan a su lado en Marruecos y otras partes a donde les han llevado sus empresas coloniales africanas. En líneas generales esta división es también para establecer diferencias de tipo económico-cultural entre los pueblos comprendidos en la franja que va desde el territorio de Ifni hasta el extremo sur de la colonia de Río de Oro”[3].

La cultura saharaui sienta sus bases en la memoria de sus habitantes más que en obras escritas, aunque algunos sabios dejaron para la Historia del Sahara varios libros fundamentales, tal es el caso de eruditos como Chej Mohamed El Mami y su obra Qitab Albadia (El libro de la badia, un tratado sociológico de la sociedad sahariana en la primera mitad del siglo XIX) o Chej Ma Elainin, autor de más de trescientas obras e impulsor de la biblioteca de la ciudad santa saharaui de Smara. La mencionada biblioteca, que contenía más de 5.000 volúmenes, fue vilmente saqueada y quemada por el coronel francés Mouret en 1913.

Es la poesía la verdadera base de la oralidad saharaui. “Si de repente se le preguntase a un saharaui de poesía lo más seguro es que a su mente no acudirá ni el título de un libro de versos ni el título de un poema. Sin embargo es muy probable que pueda citar los nombres de los poetas más conocidos e incluso podría recitar varios versos de memoria. Y es que la poesía tradicional saharaui en hasania, lengua de los saharauis, sigue siendo oral, a pesar que en los últimos años se haya intentado escribir y archivar y así evitar que algún día desaparezca con sus propios autores. La poesía, ajena a cualquier influencia externa, continuó su viaje en su tradicional vehículo, es decir, de boca en boca y anidando en la prodigiosa memoria de vates, cantores y de los amantes de la poesía”[4].

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Memorias de la melancolía

Si hay libros que todavía conservan íntegra la capacidad de emocionar y de alimentar nuestra memoria, de evocar los días del fuego, de la pasión revolucionaria y el viejo color de los días del pasado, Memorias de la melancolía, de Mª Teresa León (1903-1988) (Edit. Castalia), es uno de ellos.

Como su mismo título indica, se trata de las memorias de aquella bella mujer, esposa de R. Alberti, que, autora de diversos libros, acompañó al poeta en un largo trecho de su vida. Aquella generación que hizo posible la República.

Vivió, desde la militancia más apasionada, las jornadas de Jaca, con la proclamación de la República aquel 12 de diciembre de 1930, la posterior ejecución de Fermín Galán y Ángel García Hernández, la militancia en el Partido Comunista de España, la guerra, Neruda y su Caballo verde para la poesía, la revista El mono azul, el vano intento de retener a las tropas en del frente de Extremadura, el Teatro de Guerrillas, las horas del palacio de la calle del Marqués del Duero, en Madrid, donde se velaron los restos mortales de Gerda Taro, aquella apasionada fotógrafa que vino a España y acompañó a R. Capa por campos y ciudades, por frentes de guerra, por humildísimos barrios obreros destrozados por las “pavas” de la aviación fascista, que fotografió a dolientes madres y esposas postradas de rodillas ante los restos del niño o del compañero muerto por la metralla, a sencillos campesinos saludando con el puño en alto y una sonrisa iluminando un rostro erosionado por el sol; hasta que murió arrollada por un tanque en el frente de Brunete.

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