Restaurante Puerto Rico La Gran Vía, Madrid

Si jodes con mi sopa: tu mai es la gorda.
Calle 13

Y desnudos al anochecer nos encontró la luna.
Joaquín Sabina

De paseo por la Gran Vía, al momento en que, alrededor del mediodía, ataca un hambre condicionada por el metabolismo usamericanizado, la propuesta se torna clara y simple para el turista, un latino de los Estados Unidos que, con una de muchas universidades estatales, visita España con los programas de Estudios en el Extranjero: se trata de encontrar inmediatamente, en de la zona de La Casa del Libro, un restaurante que, con menos de 10 euros, provea un almuerzo decente para una tripa clase media, acostumbrada a almorzar en Ohio (sopa, ensalada, plato caliente y frutas) por menos de 8 dólares al día. Una barriga por otra parte encabronada con la industria de la comida rápida, hipercomercializada de la América corporativa —criminales con corbata, sin duda alguna— pero cuidadosa a la hora de pagar por la comida que no sea tóxica, según el acondicionamiento capitalista que asume la comida como si se tratara de cualquier otro producto que ofrece el mercado. ¡Mierda! ¿No había leído recientemente en algún bolsillo del ciberespacio un artículo que, precisamente, fustigaba la unidimensionalidad neoliberal de asumir la comida como si se tratara de otro producto más, por el cual el consumidor —¿un sujeto apaciguado, cercenado del ciudadano?— es textualizado a desembolsar lo menos posible? Mientras menos pague la clase media globalizada por la comida procesada, ¿mejor? ¿Para quién? Claro, al final, como siempre pasa, que pague el pobre: sí, proclama el neoliberalismo desde el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, México y Canadá, que paguen los mexicanos que menos pueden por el reciente alza en el precio del maíz, enardecido por el furor del etanol en Estados Unidos.

Una barriga contenta —la del turista latinousamericano, claro está— con la capacidad de informarse acerca de la toxicidad de la comida hipercomercializada. La misma barriga que, ante la lectura de The Botany of Desire / La botánica del deseo (1999), del Michael Pollan, tocó de alegría el cielo con las manos. Una botánica del deseo que, como debe ser, sopesa lo que el mercado le pide que se coma; una botánica con los ojos abiertos y las manos listas, haciendo experimentos aquí y allá, pendiente siempre a la coevolución entre el hombre y las plantas, y por eso mismo determinada, en medio del neomedievalismo estadounidense, a reivindicar el consumo de la marihuana, en vez de entregarse, como la mayoría, a la prédica del beneficio incondicional del mercado, como todos esos neomedievales que han militarizado el mundo en la primera década del nuevo milenio. Una barriga así, crítica y sin embargo inevitablemente llena del jarabe de fructuosa que nos envenena a todos, día a día, anda suelta por las calles de Madrid, hoy, una tarde a principios de enero, año nuevo de 2007, disfrutando de un invierno peligrosamente cálido, en busca de algo de comer que no le cueste un ojo de la cara. ¡El horror! ¡Que Ortega y Gasset nos coja confesados, dirían los hispanófilos de la primera parte del siglo XX caribeño: que Fray Bartolomé de las Casas nos perdone, asegurarían sus predecesores! La última vergüenza del dólar: un gringo —¿de segunda?— que, desde el nuevo milenio, se caga frente a la fuerza del euro, justo cuando Estados Unidos empieza a trastabillar, ¿de una manera nunca antes vista? Dónde se ha equivocado Dios, se preguntan todos los protestantes que, en el siglo XVI, celebraron la modernidad cristiana desde la osadía luterana. Pero ¿no ganó Estados Unidos la Guerra Fría?, alardeaban los seguidores de William Buckley Jr. ¿No fue Ronald Reagan un promotor de la visión económica de Milton Friedman, teólogo del neoliberalismo que Bush ha empujado hasta el neomedievalismo corporativo?

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La nueva España

Si aterrizar en Ámsterdam, una ciudad a la que me unía muy poco —quizás sólo el poema de Pedro Pietri, en Puerto Rican Obituary (1973), que empieza con la dirección “1422 Ámsterdam Avenue,” o el libro de Enrique Giordano, El mapa de Ámsterdam (1985)—, no me resultó, por la afinidad agrícola con Toledo, Ohio, donde aterrizo con frecuencia, del todo extraño, la llegada a Madrid, en el verano de 2002, estuvo marcada por un sentido de extrañamiento: la desolación árida y roja que apareció por la ventanilla del avión algunos minutos antes de llegar a la ciudad de Felipe II, quizás lo más próximo que he estado a la ferocidad de un desierto, me sobrecogió por su agresividad inesperada. Por otro lado, la impresión de sentirse descolocado, a punto de aterrizar en un lugar extrañamente inesperado, tenía una dimensión familiar para mí; esa misma sensación de confusión geográfica, provocada por la ignorancia, me llevó de golpe al último año de los setenta (1979), cuando, con diecinueve años, como tantos puertorriqueños, me fui de Puerto Rico, en mi caso, el mismo día que más de quinientos años antes Cristóbal Colón había hallado tierra en el Caribe: un 3 de agosto.

A diferencia de lo que había sido la migración emblemática de los cuarenta y cincuenta, yo no terminé cuando me fui de Puerto Rico en Nueva York, sino, por cuestiones logísticas, en Cincinnati , Ohio, espacio de los rojos. El detalle es éste: en aquel aterrizaje de 1979, al término de la escala entre Miami y Cincinnati , provocó una impresión de descolocamiento geográfico parecida, aunque en el fondo sea simétricamente contraria, a la desolación de tierra roja y seca aledaña a Madrid. Y ello porque, en Cincinnati , el aeropuerto está localizado en una zona rural de Kentucky, que a mí me pareció, desde el avión, una jungla en la que seguro vivía Tarzán. De este modo, al aterrizar en lo que yo creía que era Cincinnati , y al ver la selva en la que, supuestamente, ésta estaba inscrita (¡la ignorancia es atrevida!), me preguntaba delirantemente qué diablos iba a hacer yo en aquella jungla del demonio. Yo, que venía de San Juan, de repente parecía que, como si fuera una parodia histórica de poca monta, invirtiera el viaje mítico del emigrante puertorriqueño, pues yo viajaba de la ciudad, San Juan, a lo que parecía el campo en los Estados Unidos, el aeropuerto de Kentucky que yo creía que era Cincinnati ; en vez de ir, como el grueso de los nuyorican, del campo en Puerto Rico, que Hernández Cruz rememora en Red Beans (1991), a la ciudad en Nueva York.

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De Salamanca a Santa Bárbara, California, gracias a un destello mexicano

… el protagonismo de la cultura en la acción social ha sido el resquicio que hemos encontrado o conformado [los puertorriqueños] para el ejercicio de la libertad.

Ángel Quintero Rivera

De Europa a América

De paso por Salamanca, a donde llegué después de haber recorrido rápidamente Portugal —desde Elvas, en la frontera con Badajoz, hasta Coimbra, parando en Lisboa, Estoril y Figueira da Foz—, me tropecé en El País con un ensayo de Carlos Fuentes, uno de los pocos mexicanos nacidos en Panamá. El “izquierdista independiente,” como se ha autoproclamado en ocasiones el autor de “Chac Mool” (1954), ese cuento fabuloso en el que el tiempo y el espacio se cruzaban políticamente, abordaba en el artículo periodístico la antigua ciudad de Unamuno —filósofo terrero, de pocos colores y de una sola nota— desde el cruce entre estas cuatro metáforas: la piedra, el oro, la luz y la letra. El ensayo de Fuentes, quien en este mismo año, 2002, elogiara, en la introducción a Gustavo Cisneros: un empresario global (2002), los logros del magnate venezolano —a lo Murdoch, ¡qué horror!—, me hizo pensar en otro entrejuego de similar alternancia, donde el centro y la periferia se cruzaban, esta vez, en una reciprocidad un tanto cómica. Por la manera en que hilvanaba la premodernidad y la modernidad, el ensayo de Fuentes me hizo pensar en mi viaje a Santa Bárbara, California, durante la primera mitad de 1990, cuando se venía encima la unipolaridad neoliberal, a poco de que Panamá, en 1989, tuviera que pagar las consecuencias de la unidimensionalidad producidas tras el colapso del muro de Berlín. En aquel viaje californiano, manejé de San Diego a Tijuana, y después, subí hasta Los Ángeles —donde para esa misma época moría Charles Bukowski (1920-94)— hasta llegar a San Francisco.

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En ruta hacia Madrid

Y, ante el texto de la cultura como mapa, el crítico cultural como viajero.
María Elena Rodríguez Castro

Al amanecer de Dios

Ya que, por cuestiones de (in)seguridad, el vuelo original fue cancelado, en vez de, como se suponía, vía Detroit-Nueva York-Madrid, llegué a España de esta otra manera: Detroit-Ámsterdam-Madrid. Desde esa sorpresa, el azar me hacía este planteamiento: que entrara a Europa por una de las grandes puertas de la modernidad. En vez de Madrid, Holanda, subtexto histórico de Nueva York y, además, antiguo toreador del Caribe. Desde el corto pero dramático despunte del tercer milenio, esta entrada por la modernidad europea me la propiciaba el fundamentalismo musulmán que, desde septiembre de 2001, Osama Bin Laden emblematizaba según la oficialidad neoliberal —y a su vez, cristianamente fundamentalista— del país de Noam Chomsky, Howard Zinn y George Lakeoff, donde vivo, como puertorriqueño de la segunda diáspora, desde 1979.

De madrugada, al aterrizar en el aeropuerto de Ámsterdam, el panorama que vislumbré por la ventanilla del avión me pareció superficialmente familiar; el mismo paisaje-planicie lo había visto muchas veces desde el avión, en los llanos de Toledo, Ohio, donde suelo aterrizar con frecuencia. Un Toledo que, por supuesto, en nada se parece al original, pues en el de Ohio, el mío, no reina la piedra como en el de España, donde manda la roca medieval. A esta planicie inesperada de Ámsterdam, se le sumó una afinidad extrañamente agrícola. También aquí, me dio la impresión, se sembraba en cuadrados pequeños e impecablemente simétricos, tan chatos y monotemáticos como los de Ohio. De ahí, como confusión pasajera, el falso sentido de inmensidad con que me impactó el horizonte holandés, que alcancé a ver, de refilón, según aterrizábamos, al amanecer de Dios, una madrugada en el verano del año 2002.

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