Una ruta recorre los lugares históricos relacionados con la época en que Valencia fue capital de la Segunda República

La cooperativa cultural valenciana CaminArt pondrá en marcha esta semana una nueva ruta turística para dar a conocer aquellos hechos históricos y puntos más relevantes de Valencia en el contexto de la Segunda República Española. Entre noviembre de 1936 y octubre de 1937, Valencia fue sede del Gobierno central y capital del Estado, que se había trasladado desde Madrid forzada por las circunstancias de la guerra civil. Sin duda, fue el episodio más decisivo de la historia reciente de la ciudad, pero, a pesar de ello, aquel intenso periodo de 12 meses de capitalidad provisional republicana es muy poco conocido por la ciudadanía.

El traslado del Gobierno y todo el aparato estatal situó pronto a Valencia en el centro de la atención nacional e internacional; la ciudad vivió desde esta posición una etapa de profundos cambios sociales, económicos, políticos, urbanísticos y culturales. La llegada de intelectuales, artistas, políticos, refugiados de guerra, periodistasy diplomáticos transformó Valencia de la noche a la mañana en una urbe cosmopolita, en constante actividad, pero también en una ciudad asediada por las bombas, por lo que las autoridades tuvieron que trabajar en la construcción de refugios antiaéreos.

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Pueblos de la Puna: los colores de la soledad

Un viaje por la bella desolación de la Puna, esa vasta región casi deshabitada del Noroeste argentino donde la vida late con especial intensidad. De pueblo en pueblo, un recorrido por Salta y Jujuy visitando Iruya, Susques, San Antonio de los Cobres, Tolar Grande, Casabindo y La Quiaca.

La Puna es un paisaje de extremos. En un mismo día de verano puede haber 34 grados a las tres de la tarde y -10 grados a esa misma hora de la madrugada. Su densidad de población es de 0,3 habitantes por kilómetro cuadrado, una de las más bajas del mundo. Porque las condiciones de vida son duras: casi no hay agua, sombra ni árboles frutales (ni de ningún tipo). Hay poco oxígeno pero abunda el viento. Y como en todo desierto que se precie, el polvo vuela a diestra y siniestra la mayor parte del día. Es muy difícil estar limpio en la Puna, al menos bajo el parámetro urbano de que llevar polvo de la tierra en el cuerpo y en la ropa es estar sucio.

La luz eléctrica también es un bien escaso, según el lugar. La modernidad del siglo XXI en general llega a cuentagotas –aunque nadie se hace mucho problema por eso– y la religiosidad popular andina perdura bajo la forma de un sincretismo en el que se superponen los ritos en honor de la Pachamama y las fiestas católicas. La vida del puneño parece transcurrir, sin embargo, con bastante alegría y tranquilidad. Como en el chiste muy oído en la zona sobre ese pastor que cuidaba sus ovejas junto a la ruta y se puso a charlar con un viajero de la gran ciudad: “¿Y por qué no pide un préstamo para comprar cinco nuevas ovejas?”, le preguntó el viajero. “¿Y pa’ qué?”, dijo el puneño. “Para que produzca más lana y con ese dinero comprar más ovejas y producir más lana”, respondió el forastero. “¿Y pa’ qué?” “Para que de esa manera pueda ahorrar y tener un terreno propio donde pastorear.” “¿Y pa’ qué?” “Para que al aumentar las ganancias pueda un día irse de viaje y pasarse dos semanas recostado a la sombra de un árbol, sin ninguna preocupación.” Y con esa calma de la Puna, el pastor contestó: “¿Y… qué estoy haciendo ahora?”.

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El mal de (viajar a) África

En África existe una enfermedad que no es la malaria ni el sida. Tampoco la tuberculosis, ni la fiebre amarilla o el ébola que recientemente es noticia por su aparición en Guinea. Esta enfermedad es conocida como ‘el mal de África’, suele afectar a los viajeros que visitan el continente y los síntomas son la necesidad de volver, la añoranza por lo que se ha vivido en él.

“Me gustaría transmitir lo que fue África. Nunca experimenté nada así. África tiene su propia personalidad. A veces es una personalidad triste, a veces impenetrable, pero siempre irrepetible. África era dinámica, era agresiva, estaba al acecho”, decía RyszardKapuscinski. África, la cuna de la humanidad, un continente que aún presenta todos los procesos y los tiempos de la Historia del ser humano, desde el neolítico a la actualidad, tiene algo que engancha. “Hasta que llegué a África había viajado por toda Sudamérica, gran parte de Europa, la mitad de Asia y toda Oceanía (menos islas) y puedo asegurar que nada me atrapó tanto como mi viaje por África. La intensidad de lo vivido y sus gentes atrapan a cualquiera con la fuerza de cien gigantes. Pienso volver”, explica David Escribano, editor de 'Viajablog', quien ha viajado por Sudáfrica, parte de Malawi y casi todo Mozambique y además porta el virus del viajero innato. “Por supuesto que existe ‘el mal de África’. No es que lo crea, es que lo aseguro”, confiesa.

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La capital de Atenea

“Bienvenido a casa.” La frase abre la web oficial de turismo griego, como una síntesis de la primera impresión al desembarcar en el aeropuerto Venizelos de Atenas. Incluso quien nunca antes puso un pie en Grecia suele sentir cierta sensación de retorno: tal vez porque, como invitan los afiches en la manga al bajar del avión, uno está yendo a ver “las fotos de sus libros de historia”.

La Grecia de los libros y de los catálogos de los museos se hace realidad, pero también la Grecia de la crisis y de las manifestaciones contra las imposiciones europeas, que están a la orden del día. La ciudad tiene una larga, larga historia desde aquellos tiempos dorados del Siglo de Pericles, y las huellas de ese paso son visibles en sus ruinas, en sus calles, en sus barrios y en su gente. Sin duda, es posible que Atenas resulte algo caótica a los viajeros que llegan desde algunas latitudes, anglosajonas o nórdicas… pero ¿qué podría sorprender a un porteño en una gran ciudad mediterránea? Más que sorpresa, aquí lo que nace es cierta complicidad y a veces hasta una sensación de familiaridad, de déjàvu, que se produce ante alguna fachada, alguna vereda, alguna esquina que podría mudarse de Atenas mágicamente hacia algún barrio de Buenos Aires. Claro que el primer vistazo a un cartel callejero, a la vidriera de un negocio o a cualquier diario trae rápidamente a la realidad: hasta el alfabeto (una de las incontables palabras de origen griego que cada día usamos sin pensarlo) es diferente, y Acrópolis como la de Atenas hay una sola en este mundo.

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Orgòsolo

Nos acercamos a este bello pueblo de Cerdeña de la mano de un vídeo de la serie "Lugares que bien merecen una escapada" de La Guerrilla Comunicacional, en el que nos presentan el pueblo de Orgòsolo. Pueblo que destaca los murales reivindicativos por sus calles.

Orgòsolo es un topónimo, esto es nombre de lugar, de origen antiquísimo.

Los murales de Orgòsolo nacen y se desarrollan en un ambiente socio-político que involucra activamente a sus habitantes, primero con los chavales de las escuelas y luego con la participación crítica de la colectividad de los mensajes ahí contenidos.

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Las casas de Pablo Neruda

La Chascona, la Casa Museo, y La Sebastiana, conforman el triángulo que más de cien mil turistas recorren cada año. Santiago de Chile, Isla Negra y Valparaíso. Cada una de ellas se conoce gracias a los anfitriones, guías que enseñan cada rincón, y a quienes el visitante puede preguntar acerca de lo que se descubre ante sus ojos.

La última vez que visité “Cantalao”, hace cinco años, sólo se hallaba entre la maleza seca, el cimiento o “radier” de la que fue esa casa imaginaria de Neruda. Es un espacio semiolvidado, tal como el proyecto que dio origen a este lugar, quizás soportando su segundo olvido.

Durante 1925, el poeta Rubén Azócar, invitó a Neruda para que se pasase una temporada en Ancud, la capital de la isla de Chiloé. En ese lugar mágico por sus leyendas y mitos, por los brujos y brujas que atraviesan las noches de tormenta esparciendo sus males y conjuros, Neruda escribió su única novela que intituló “El habitante y su esperanza”. La obra comienza de esta manera: “Ahora bien, mi casa es la última de Cantalao, y está frente a1 mar estrepitoso, encajonada contra los cerros.”

La editó en 1926 la Editorial Nascimento, después “Cantalao” cayó en su primer olvido.

En 1968, Neruda compró 4,3 hectáreas al Seminario Pontificio, en el Loteo Punta de Tralca. El terreno limita al sur con el océano Pacífico y con la Cueva de Querol (más conocida como la Cueva del Pirata), por el poniente con “otros terrenos”, al norte con “otros vecinos” y al oriente “con la calle del Trueno”.

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