Chillida, escultor del vacío del tiempo

Carlos Olalla*. LQS. Abril 2019

En el proceso de mi trabajo, se da siempre un diálogo entre los dos, entre lo lleno y lo vacío… el hombre es materia y espíritu, las dos cosas están estrechamente unidas. Cuando un artista se acerca a la materia ya le está infundiendo su espíritu. No hay nada más espiritual que la materia artística… El arte está ligado a lo que no está hecho, a lo que todavía no se crea

Creador del vacío que habita, de la oscuridad que ilumina, sempiterno buscador de lo desconocido y enamorado sin remedio de la belleza, Eduardo Chillida fue una de las personas más singulares que dio nuestro siglo XX. Su profunda espiritualidad y su inquebrantable espíritu inquieto le llevaron a explorar siempre los límites de lo desconocido y a adentrarse en el insondable misterio de la creación.

Iba para futbolista, fue portero de la Real Sociedad hasta que una lesión le apartó para siempre del que creía que iba a ser su futuro. La arquitectura le llamó con fuerza hasta que, movido por su insaciable sed de aprender, descubrió que no le interesaba nada que pudiera enseñarse y abandonó la carrera. Su facilidad para el dibujo le llevó a estudiar Bellas Artes pero, al comprobar que para él dibujar era lo más sencillo del mundo y que incluso dibujando con la mano izquierda no hallaba motivación alguna para seguir la llamada que intuía en su interior, también lo abandonó para ir a vivir con Pili, la que fue el amor y motor de su vida, a París donde descubrió el universo de la escultura al que ya dedicaría toda su vida. “Yo me coloco en un territorio donde todo es desconocido, cosas de los hombres que no entendemos y que yo trato de entender. Luego lo que uno aprende con el arte no se puede enseñar. Lo que se puede enseñar no vale gran cosa, lo que vale es lo que tú tienes que aprender. Si uno no tiene preguntas, mal asunto”.

“Me crié dando balonazos en la Concha y contemplando las olas. A fuerza de mirarlo el mar se ha convertido en mi maestro… El mar y Bach son mis maestros, de ellos aprendí el concepto del tiempo. Cuando escuché por primera vez su Suite nº 4 para violoncello comprendí que la música es como una escultura etérea y perfecta… Juan Sebastián Bach es muy parecido al mar, él es el mejor arquitecto de la humanidad, solo que ha construido en el tiempo. Es mejor arquitecto que Fidias. La música es una construcción en el tiempo y en el espacio, a Bach como arquitecto no ha habido nadie que se le arrime… Mi padre era un hombre muy serio y uno de los días que comimos en casa me invitó a dar un paseo y me habló de la conveniencia de ganarme la vida. Yo, que en aquella época trabajaba como un burro, le contesté: “yo me gano la vida, lo que sucede es que no me lo pagan”. He sido siempre un suicida, no he movido un dedo para vender. Si había encargos o venía alguien a comprar, bien. Si no, también… De mi padre aprendí algo que nunca olvidé: que el hombre tiene que tener el nivel de la dignidad siempre por encima del miedo”.

Contemplar una obra de Chillida, dejarse habitar por ella, es participar del encuentro del ser humano con la naturaleza, de materia y espíritu, de espacio y tiempo. Chillida esculpe sueños y anhelos, en sus esculturas el vacío cobra sentido y nos recuerda que somos más, mucho más que simple materia. Su profunda espiritualidad le llevó a encontrar la belleza creando un mundo de formas y materiales capaces de reflejar la poesía que vive en la naturaleza, los versos que susurran las olas, la voz del viento, esa voz suave a veces que nos habla de amores o tremendamente fuerte cuando es la galerna de la pasión la que toma la no palabra con la que nos dice tantas cosas. “En el proceso de mi trabajo, se da siempre un diálogo entre los dos, entre lo lleno y lo vacío… el hombre es materia y espíritu, las dos cosas están estrechamente unidas. Cuando un artista se acerca a la materia ya le está infundiendo su espíritu. No hay nada más espiritual que la materia artística… El arte está ligado a lo que no está hecho, a lo que todavía no se crea. Es algo que está fuera de ti, que está más adelante y tienes que buscarlo. Soy un hombre que trata de hacer lo que no sabe hacer”.

Siempre tuvo la necesidad de compartir su obra, de darla a los demás para poder comunicarse con ellos a través de la emoción y la intuición. Como sabio que era, hizo que su vida girase en torno a las preguntas, nunca a las respuestas: “La idea es lo primero. Pero no sé si llamarlo idea… es algo que percibes, y que yo llamo el aroma, pre intuición. Pero para desarrollarla necesito materia. Sin ella, el arte no existe. El arte es un diálogo con la materia y el espacio, que en realidad, es otra materia, mucho más rápida y escurridiza… La historia de la humanidad está vertebrada en torno a preguntas. A veces las preguntas se repiten, pero en cada época se responden de manera distinta. Yo veo el arte como un tremendo bloque con muchas variantes en vez de contemplarlo como un desarrollo científico o tecnológico. Velázquez no demuestra que Leonardo estuviera equivocado, como tampoco Picasso nos puede decir que Goya viviera en el error. Cada artista es un universo cerrado, pero se comunica con los otros en la búsqueda de unas mismas respuestas”.

La sensibilidad y la curiosidad eran los pilares sobre los que consideraba que podía edificarse toda creación artística: “la capacidad de percepción superior a la media es la única diferencia que tiene un artista con los demás y después tener ganas de trabajar o de entender lo que no se entiende. Conocer lo que no se conoce” La luz fue la que le hizo darse cuenta de que su tierra era la vasca y la que le llevó a elegir los materiales con los que trabajaría como escultor: “La luz del Atlántico es una luz que es mía, es una luz oscura. Yo empecé enamorándome de la luz blanca de Grecia y por allí empezó mi obra, pero me di cuenta que no era lo mío y entonces di un giro en el año 50, y en el 51 ya hice mis obras en hierro…Yo en el País Vasco me siento en mi sitio, como un árbol que está adecuado a su territorio, pero con los brazos abiertos al mundo. Estoy tratando de hacer la obra de un hombre que es la mía, y como soy de aquí, esa obra tendrá unos tintes particulares, una luz negra que es la nuestra… Todos queremos mucho a nuestra tierra, pero esto no puede impedir que te sientas parte del universo, comparable a cualquier otro pueblo o raza”.

Esa necesidad de compartir, de darse a los demás, le llevó a soñar con un espacio en el que se pudiera pasear libremente entre sus esculturas y la naturaleza, dialogar con ellas. Ese sueño es Chillida Leku, el espacio Chillida que creó con su mujer en el año 2000, poco antes de morir y que, tras permanecer cerrado desde 2011, acaba de abrir de nuevo sus puertas. Juntos habían comprado el caserío de Zabalaga cuando estaba en ruinas. Chillida dialogó con aquellas ruinas para preguntarles qué querían ser: “a ver, ¿tú qué quieres, tener tres pisos como antes? ¿que te entre la luz por arriba? La casa iba respondiendo…” Así es como fueron reconstruyendo aquel espacio que albergaría sus obras para que podamos hoy pasear entre ellas dejando que nos hagan todas las preguntas que le hicieron a él: “Un día soñé una utopía: encontrar un espacio donde pudieran descansar mis esculturas y la gente caminara entre ellas como por un bosque… yo sólo quiero hacer algo para los hombres, un gran espacio donde nos sintamos más pequeños de lo que nos creemos y más iguales los unos a los otros, un lugar de tolerancia, maravilloso”.

Puede que haya quien piense que el hecho de haber empezado de portero de fútbol y haber acabado siendo uno de los escultores más reconocidos mundialmente sea una contradicción o una falta de coherencia, pero nada en Chillida es incoherente. En una entrevista con una periodista mejicana expresó perfectamente la relación aparentemente inconexa que existe entre ser portero de fútbol y ser escultor: “El campo de fútbol es una superficie bidimensional donde ocurren fenómenos a través de un balón que se mueve y que tiene que entrar en una portería y en la otra. Pero da la casualidad que la portería, entre el marco y el área, es un espacio tridimensional, es un diedro, y ahí es donde está el portero y donde ocurren todos los fenómenos verdaderamente activos del fútbol. Por tanto, el portero tiene que desarrollar una serie de condiciones muy especiales de intuiciones espacio temporales muy rápidas y muy inmediatas relacionadas con estos dos misterios, el espacio y el tiempo, que me hacen pensar que las condiciones que hacen falta para ser un buen portero y un buen escultor son prácticamente las mismas”.

Consciente de que espacio y tiempo son la esencia trágica del ser humano, dedicó su vida a indagar por caminos nunca explorados hasta entonces, a huir de todo cuanto le apartara de la creación, a hacerse todas esas preguntas que fueron una constante en él y que marcaron su destino, el destino de un hombre humilde para el que el amor y la amistad fueron el faro que iluminó sus noches de insomnio en las que creó gran parte de sus obras, y sus días de profundo trabajo convirtiendo en materia lo que solo habitaba en su alma. Octavio Paz, gran admirador suyo, dijo de él: “Cada escultura de Chillida dice una cosa distinta: el hierro dice viento, la madera dice canto, el alabastro luz. Pero todas giran incansablemente en la casa del espacio.”

Contemplando su obra y la que podría haber llegado a crear se tiene la sensación de que Chillida fue un hombre libre que se adelantó a su tiempo

En su obra siempre buscó el encuentro de la naturaleza con la poesía a través del diálogo entre la materia y el vacío. Uno de los versos de su gran amigo el poeta vallisoletano Jorge Guillén marcarían para siempre su concepción de la escultura: “Lo profundo es el aire”. Fruto de esa idea dedicó parte de su vida a buscar una montaña en la que horadar un enorme cubo vacío concebido como un gran monumento a la tolerancia. En 1996 halló, por fin, la montaña con la que siempre había soñado: Tindaya, en Fuerteventura, un cerro de 400 metros de altura en cuya cima se conservan relieves podomorfos de los habitantes prehispánicos de la isla. Desde el primer momento su proyecto se vio envuelto de una gran polémica entre quienes lo apoyaban y quienes defendían, y defienden, que Tindaya no debe tocarse porque ya es de por sí una obra de arte que se vería amenazada por las obras de vaciado del interior de la montaña y el impacto turístico que acarrearía. El monumento nunca llegó a realizarse y, treinta años después, sigue inmerso en las disputas entre quienes quieren llegar a crearlo y quienes se niegan a que se cree. Ese no fue el único sueño irrealizado de Chillida. Profundo admirador de la pintura de Hokusai, que cien años antes de Kandinsky ya había intuido que la pintura no debe limitarse a reflejar la realidad de los objetos que vemos, diseñó un conjunto escultural de enormes proporciones compuesto de piedra y acero que ubicó en un punto exacto frente al monte Fuji y con una orientación determinada que permitiría la contemplación del monte sagrado desde su escultura. Esta vez fueron las dificultades financieras de los promotores del proyecto las que le impidieron realizar su sueño.

Contemplando su obra y la que podría haber llegado a crear se tiene la sensación de que Chillida fue un hombre libre que se adelantó a su tiempo, que siempre buscó adentrarse en lo desconocido, que exploró los límites de todo lo concebido intuyendo que formamos parte de un todo indivisible, de ese algo “moderno como las olas y antiguo como la mar” que nos impulsa a perseguir nuestros sueños…

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De teatros, escenarios, sueños y verdades

Carlos Olalla*. LQS. Abril 2019

Hay un único denominador común entre la vida de los intérpretes y la de los personajes: solo somos lo que hacemos

Pocas profesiones tan contradictorias como la de la interpretación. Actores y actrices nos dedicamos a contar mentiras desde la más profunda verdad y, para hacerlo, debemos “desaparecernos”, dejar que sean los personajes y no nosotros quienes suban al escenario ya que, como bien dice Paco de La Zaranda, el escenario es el espacio donde solo debe haber personajes porque allí los actores lo único que pueden hacer es “cagarla”. Y tiene toda la razón. Un actor en un escenario piensa y actuar es precisamente lo contrario de pensar, es escuchar y sentir, y hacerlo desde el personaje. La utilidad de un vaso no está en el material del que está hecho, en su forma, tamaño o color, está en el vacío que encierra porque solo estando vacío puede llenarse, si está lleno ya no sirve porque nada más cabe en él. Del mismo modo, los intérpretes deben “vaciarse” de todo cuanto son y todo cuanto llevan al llegar al teatro y dejarlo en el camerino para dejar que el personaje entre en ellos, en ese vacío que le han dejado para que pueda “habitarles” Llenar nuestro vaso, llenarnos aferrándonos a nuestros conocimientos, muletas o trucos, a cuanto nos da seguridad para enfrentarnos al misterio del teatro, nos impide adentrarnos en ese camino de la creación que nada sabe, ni debe saber, de techos que nos cubran o de redes que nos protejan. Actuar es “vaciarse” para dejarnos habitar por los personajes y, al mismo tiempo, atrevernos a saltar al vacío del misterio poético que vive en el teatro. Solo si estamos dispuestos a despojarnos de nosotros mismos y a dar ese salto hacia lo desconocido nos encontrarán los personajes, porque a los personajes no los encuentran los actores, son ellos los que nos encuentran a nosotros.

Hay un único denominador común entre la vida de los intérpretes y la de los personajes: solo somos lo que hacemos. En el teatro todo es, y debe ser, acción: la palabra, el silencio, el más leve movimiento… es ahí donde viven nuestros personajes. De igual forma, en la vida “real”, tener un bello discurso bien articulado si no somos consecuentes con él de nada sirve, no nos hace ser quienes de verdad somos. Nunca pasará de ser una simple fachada que puede que, en alguna ocasión, engañe a los demás pero jamás a nosotros mismos. Solo somos lo que hacemos, lo que damos, lo que compartimos con los demás.

El espacio del actor nada tiene que ver con los de sus personajes. Nuestro espacio es ilimitado, el de los personajes el del escenario. Otro tanto ocurre con el tiempo: normalmente nuestra vida se debate, o cuando menos está condicionada, entre la nostalgia de un pasado que no ha de volver y el deseo de un futuro que ni siquiera existe. Rara vez vivimos intensamente y con pasión nuestro aquí y nuestro ahora. Y así nos va. Los personajes, en cambio, solo viven, y con toda la intensidad que ellos quieren, su aquí y su ahora, un efímero aquí y ahora que muere cuando bajan del escenario en el que, sin embargo, son capaces de intuir la eternidad que habita cada instante.

Los personajes viven en el escenario pero el teatro, el hecho teatral, vive en la mente, en la cabeza de cada espectador que, a través de lo que ve, escucha y siente, emprende un viaje imaginario que le lleva a lugares incluso insospechados por autores, actores y personajes, allí donde duermen sus historias y vivencias, donde crepitan sus recuerdos, donde despiertan sus sueños. Por eso la comunión que se establece con los espectadores en el teatro tiene ese componente sagrado para quienes nos dedicamos a él. A través de los personajes que nos habitan vivimos en la mente de quienes han ido a presenciar la función, a dejarse penetrar por cuanto sucede en escena y, si las musas son generosas y no hemos hecho mal nuestro trabajo, a volver a casa llevando consigo una experiencia que quizá puede haber cambiado su forma de ver y entender algunas cosas.

Las palabras nacen del silencio y sin el silencio morirían. Nada hay que diga tanto como el silencio compartido entre público y personajes, esa unión mística capaz de permitirnos intuir la luz que penetra todos los misterios. El silencio lo crean los personajes, sale de sus entrañas para inundarlo todo, para dar sentido a todo. Somos silencio, acción y silencio. Solo viendo a través del velo del silencio llegamos a intuir, que no a conocer, la verdad que habita el misterio. Lo que nos atrae de los demás es lo que no conocemos, lo que se esconde tras su propio misterio, lo que tan solo y en contados momentos, alcanzamos a intuir. Esa es, quizá, una de las grandezas del teatro, que nos invita a intuir los misterios pero jamás a descubrirlos.

Los textos teatrales no pueden ser dichos sino habitados, de nada sirve decirlos si no permitimos que los vivan los personajes. Los actores debemos aprenderlos, buscar en sus entresijos; los personajes tan solo olvidarlos para poder así, desde la permanente incertidumbre, darles verdadera vida. Si en la vida real nunca sabemos lo que vamos a decir dentro de un momento, cómo vamos a decirlo o cuánto durará lo que diremos, ¿cómo podemos pretender encadenar a los personajes a unos textos que ni siquiera han escrito ellos? Deben decirlos, sin duda, pero habitándolos desde sus entrañas, desde lo más profundo de su ser, dejándose sorprender en cada función. Solo así cobrarán vida y serán entonces verdad. Por eso nunca dos funciones son iguales, por eso en el escenario cada noche puede ocurrir lo más sublime o la catástrofe más esplendorosa. Actuar no es ponerse frente a un público y decir un texto, es arriesgarse a vaciarnos para dejarnos habitar por ese personaje que, cada noche, vivirá en nosotros y nos dará la vida.

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Dolor y gloria

Carlos Olalla*. LQS. Abril 2019

No recuerdo en la historia del cine algo semejante: interpretar a un personaje público vivo, al que conoces en profundidad, y que dirige tu interpretación

Brutal, valiente, poética, arriesgada, apasionada, generosa, tremenda, mágica, nostálgica, sublime… podría escribir tres páginas enteras de calificativos de la última película de Almodóvar y me quedaría corto. Es tanto lo que hay en ella, tanto lo que hay de él, tanto de esa España castiza que nos ha parido a todos y de esa España urbana que nos ha amamantado a los más. Es, quizá, su película más personal y es, sin duda, su película más universal. Dolor y gloria es un precioso canto a la amistad, a las vicisitudes de la vida que marcan nuestro destino, a la soledad que nos acompaña siempre, al terrorífico placer que habita todo proceso creativo, al amor de nuestra madre, a esos mundos que perdimos pero que siguen habitando nuestra memoria haciéndonos quienes somos, lejanos tiempos de curas y escuela, tiempos de primeros amores que prometían ser los últimos y quizá, quién sabe, lo fueron, tiempos de descubrir la belleza del mundo, de aquel cine de nuestra infancia de sábana blanca y orín, tiempos de asomarnos por primera vez a ese viaje desconocido que es la vida, tiempos del dolor de la ausencia, siempre la ausencia, siempre el dolor…y siempre la belleza.

El universo almodovariano se centra aquí en su propia historia, en ese mundo manchego de sábanas al viento y madre omnipresente, de tardes sin horas ni merienda, de penurias, de padre ausente, mundo del cine, ese cine que le amamantó y le dio la vida, mundo en el que el blanco de las sábanas seca los sueños que el de la pantalla moja. No es casualidad que el hogar de la infancia de quien vive y nos hace vivir en la oscuridad de una sala de cine fuera una cueva, una cueva encalada por donde, como en el cine, la luz entra desde arriba, desde lo más alto y que, como en el cine, ilumina esa pared blanca por donde pasa la vida. Hay tanta sensibilidad en esta historia, tanta poesía, tanto amor…

Como siempre, el trabajo de actores de Almodóvar es maravilloso, todos los intérpretes dan lo mejor de sí mismos, se desnudan ante nosotros para mostrarnos sus más recónditas verdades, y lo hacen como deben hacerse estas cosas: desde los matices, los detalles aparentemente insignificantes, esas pequeñas cosas de las que están formadas las más grandes. Penélope y Julieta dando vida a una madre que vive en lo que da a los demás, Asier como ese actor que se halla a sí mismo en cada uno de los personajes que interpreta, Leonardo haciéndonos llegar el mundo que pudo haber sido y no fue, Nora encarnando la abnegación y la complicidad de quien ayuda al director a no sucumbir ante el sinsentido de la cotidianidad de hoy, el chavalín Asier Flores, capaz de transmitir en cada plano la luz y la pasión que vive en el alma de un niño, o César Vicente, ese prodigio de inocencia y ternura en la pantalla del joven albañil que les arregla la casa a cambio de que el chavalín le enseñe a leer y a escribir. Mención aparte merece el trabajo de Antonio Almodóvar/Banderas. ¡Qué sutileza, que generosidad sin límite! Verle habitar la pantalla es ver a ese Almodóvar que hemos visto una y mil veces en entregas y entrevistas, y es verle desde la calidez de la mirada, la sutilidad de cada uno de sus movimientos, la poesía profunda que vive en sus silencios. Banderas se acerca a ese Almodóvar que tan bien conoce desde los detalles más pequeños y aparentemente nimios. Enfrentarse a un reto como este debe haber sido algo apasionante y terrorífico, apasionante por cuanto supone para un actor dejarse habitar como él hace por su personaje, y terrorífico por el legendario nivel de exigencia que Almodóvar pide a sus actores. No recuerdo en la historia del cine algo semejante: interpretar a un personaje público vivo, al que conoces en profundidad, y que dirige tu interpretación. Hay que ser valiente, muy valiente, para aceptar un reto de este calibre y tener una confianza absoluta y más allá de toda duda en la persona que te va a dirigir.

Solo de la química personal que los años y las vivencias compartidas han forjado entre ellos podía salir una interpretación tan asombrosa y fascinante como la de Banderas. Imaginar lo que debe ser interpretar a un amigo, que cuenta su historia más personal, que además te dirige y del que todo el mundo tiene una imagen preconcebida, me produce auténtico vértigo, un vértigo que a buen seguro debió sentir Banderas cuando leyó por primera vez el guion y que venció aceptando ponerse totalmente en las manos de Almodóvar desde el primer instante, ya que, como ha dicho en más de una ocasión, cuando llegó al rodaje lo hizo despojado de todos sus trucos y muletas, de todo su saber, de todas sus medallas, como un simple soldado raso dispuesto a acatar todas y cada una de las órdenes que el general Almodóvar le diera. Es fascinante ver que, en un mundo como el nuestro plagado de superficialidad, egoísmo, inmediatez y mediocridad, todavía quedan personas capaces de creer en otras, de jugársela por otras, de confiar sin límite en otras. Eso es lo que han hecho Almodóvar y Banderas en esta película, algo que, en los tiempos que corren, está reservado a los genios y a los soñadores sin remedio.

El personaje que han creado Almodóvar y Banderas es de los que marcan la historia del cine. Hay tanta sutilidad y matices en su interpretación, tanta autenticidad en la creación del personaje de ese director curtido en mil batallas y herido, profundamente herido, que afronta el ocaso de su carrera y quizá de su vida desde la soledad más infinita iluminado solo por el destello de los recuerdos que siguen vivos en él y el del indomable espíritu que le lleva a renacer de nuevo… Alguien dijo que la poesía es la ceniza de lo que hemos vivido. Dolor y gloria son esas brasas aún calientes de lo que nos queda por vivir.

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De exilios, destierros y derrotas

Carlos Olalla*. LQS. Abril 2019

“Estos que ves ahora deshechos, maltrechos, furiosos, aplanados, sin afeitar, sin lavar, cochinos, sucios, cansados, mordiéndose, hechos un asco, destrozados, son, sin embargo, no lo olvides nunca pase lo que pase, son lo mejor de España, los únicos que, de verdad, se han alzado, sin nada, con sus manos, contra el fascismo, contra los militares, contra los poderosos, por la sola justicia; cada uno a su modo, a su manera, como han podido, sin que les importara su comodidad, su familia, su dinero. Estos que ves, españoles rotos, derrotados, hacinados, heridos, soñolientos, medio muertos, esperanzados todavía en escapar, son, no lo olvides, lo mejor del mundo. No es hermoso. Pero es lo mejor del mundo. No lo olvides nunca, hijo, no lo olvides” Max Aub en Campo de Almendros

Se cumplen ahora 80 años de la salida al exilio de miles de republicanos españoles. Cruzaron la frontera con lo puesto y el olvido. Nada pudieron llevarse a esos mundos desconocidos que les acogieron. En algunos lugares fueron bienvenidos, en otros encerrados en campos de concentración. La mayoría huyeron a pie, cruzando los Pirineos, en uno de los febreros más tristes y fríos de nuestra Historia. Otros lo hicieron en barco. Los últimos que salieron de puerto español, los tres mil del Stanbrook, fueron encerrados al llegar a Orán en campos de concentración argelinos. No habían cometido delito alguno, pero tal concentración de comunistas, socialistas y anarquistas juntos despertaba los miedos más ancestrales allí donde arribaban. A todo el mundo habían llegado las noticias de la revolución española y las comunidades libertarias que aquellos refugiados habían creado pocos meses antes y eso les convertía en una amenaza. Penurias, hambre, frío y desolación era la vida diaria de quienes lo habían perdido todo. Otros, los que se quedaron, corrieron peor suerte. A los miles que habían sido fusilados por las tropas sublevadas durante la guerra les seguirían muchos más una vez acabada la contienda en una cruel represión que duraría cuarenta interminables años. Quienes partían al exilio buscando refugio de la barbarie creían que aquella situación sería pasajera, que no podría durar mucho porque eran conscientes de que la Segunda Guerra Mundial estaba a punto de estallar y estaban convencidos de que las democracias europeas no consentirían la existencia de la dictadura franquista en Europa. Por eso muchos de los que partieron al exilio siguieron luchando contra el fascismo al otro lado de la frontera. Lo hicieron desde la resistencia o formando parte de las tropas aliadas que llegarían a liberar París años más tarde. Pero aquellas democracias europeas por las que habían luchado y dado hasta la vida volvieron a darles la espalda, como ya habían hecho en la guerra de España, y permitieron la consolidación del régimen franquista. La razón fue la misma que la que atenazó a algunos gobiernos que recibieron a los exiliados: el miedo a que aquellos idealistas revolucionarios pudieran hacer la revolución en sus propios países. Prefirieron tener como vecino a un dictador criminal a arriesgarse a que en España se instaurase una tercera República que pudiera influir en el pensar y el hacer de los demás pueblos de Europa.

El dolor de la muerte cubrió España de sangre y luto. Los miles de asesinatos de la dictadura destrozaron la vida de quienes sobrevivieron quedándose en esta tierra yerma ya de sueños y esperanzas. La atrocidad de aquellos crímenes perfectamente planificados para instaurar una dictadura basada en el terror llegó al extremo de vengarse de los familiares de los asesinados privándoles de cualquier derecho. Así, una práctica habitual con las y los maestros que asesinaron fue expulsarles de la carrera una vez muertos para que sus viudas y huérfanos no pudiesen cobrar pensión alguna. Cárcel y represión fueron la condena que sufrieron quienes habían cometido el imperdonable delito de defender el régimen democrático de la República.
Pero aquel dolor por la muerte no fue el único. Quienes tuvieron la fortuna de poder partir al exilio pasaron su vida confiando en que tarde o temprano las cosas cambiarían y podrían regresar a su país, a aquel mundo suyo que se habían visto obligados a dejar atrás. México, Cuba, Argentina o Francia les vieron llorar añorando aquella tierra a la que, muchos, nunca volvieron. Estuvieran donde estuvieran siguieron dedicando su vida a luchar contra la dictadura: unos dando conferencias, otros creando revistas, los más ayudando a sus compañeros de exilio a través de las innumerables organizaciones de apoyo que crearon.

Muchos de los que partieron eran poetas, los más grandes que ha tenido la convulsa y desgarrada España del siglo XX. En su poesía vivía la nostalgia por lo que perdieron, la rabia contenida, el anhelo del imposible regreso. Aquí tienes alguno de sus gritos del alma:

CONTIGO (Manuel Altolaguirre)

“No estás tan sola sin mí.
Mi soledad te acompaña.
Yo desterrado, tú ausente.
¿Quién de los dos tiene patria?
Nos une el cielo y el mar.
El pensamiento y las lágrimas.
Islas y nubes de olvido
a ti y a mí nos separan.
¿Mi luz aleja tu noche?
¿Tu noche apaga mis ansias?
¿Tu voz penetra en mi muerte?
¿Mi muerte se fue y te alcanza?
En mis labios los recuerdos.
En tus ojos la esperanza.
No estoy tan solo sin ti.
Tu soledad me acompaña”

CON LOS PIES DESNUDOS (Zenobia Camprubí)

“Con los pies desnudos
y el cabello suelto,
oía la música
en mi pensamiento.
Sentía la música
latiéndome dentro
y también latía
mi corazón muerto”

NO ES CONSUELO (Ramón Gaya)

“No es consuelo, silencio, no es olvido
lo que busco en tus manos como plumas;
lo que quiero de ti no son las brumas,
sino las certidumbres: lo perdido
con toda su verdad, lo que escondido
hoy descansa en tu seno, las espumas
de mi propio sufrir, y hasta las sumas
de las vidas y muertes que he vivido.
No es tampoco el recuerdo lo que espero
de tus manos delgadas, sino el clima
donde pueda moverme entre mis penas.
No esperar, mas tampoco el desespero.
Hacer, sí, de mí mismo aquella sima
en que pueda habitar como sin venas”

“LA ANSIEDAD DE VOLVER…” (Paulino Masip)

“La ansiedad de volver no será nada
junto a la certidumbre de haber vuelto
y encontrar que la vuelta no ha resuelto
el drama de tu vida desterrada.
Hallarla eternamente enajenada,
ver que partida fue en iguales trozos;
sentir que siempre enturbiará alborozos
de una mitad, la otra mitad airada.
No desdirás tu estirpe gachupina,
o, si mejor te place, perulera
y por sus huellas correrá tu suerte.
Tu destino español a ser te inclina
puente tendido de una a otra ribera
a caballo del mar hasta la muerte”

EL RELINCHO (León Felipe)

“Rocinante….
¿no recuerdas nada de tu infancia?
¡Haz un esfuerzo!… ¡Recuerda!
¡¡Recuerda!!
¿Fuiste alguna vez potro salvaje?
¡¡Recuerda!!
¿Quién te domó?
¿Cómo te hiciste amigo del hombre?
¿Tuviste un maestro duro de látigo y espuela?
¿Cuándo te pusieron el freno?
¿Cómo aprendiste a obedecer?
La palabra “Justicia”
¿no la habías oído nunca antes de servir a tu señor?
¿Cuándo vino a ser la palabra “Justicia”
un látigo mágico para ti?
Recuerda esto bien: ¿Cuándo la palabra Justicia
pronunciada por tu señor,
(con aquel modo enfático y versánico
del Caballero del delirio)
cuándo, cuándo por primera vez
te encabrita eléctricamente
y te hace relinchar
hasta sacudir furiosamente el firmamento
y haces temblar a las estrellas?
¿Cuándo relinchaste por primera vez
como en el retrato de Picasso?
¿Cuándo fue cuando al conjuro solo
de la palabra “Justicia”
diste aquel
rabioso relincho, Rocinante?
¡Oh, qué relincho!
¿Quién ha relinchado nunca así?
¡España…una vez relinchaste de este modo!
¿Cuántos años hace?
No sé…pero bien se me alcanza
que ya nunca más volverás a relinchar de esta manera”

Los republicanos que se quedaron aquí, los que no partieron, vivieron otro exilio, el exilio interior, ese que les obligó a negar lo que eran, a callar lo que pensaban y a silenciar sus sueños rotos. Si el exilio exterior y el destierro había sido duro, el exilio interior no lo fue menos. Uno de los colectivos que más lo sufrió fue el de los maestros y las maestras de la República, jóvenes en su mayoría que se habían formado al calor de la Institución Libre de Enseñanza y se forjaron en las Misiones Pedagógicas que creó la segunda República. La enseñanza es una las profesiones más vocacionales que existen. Duele imaginar lo que debieron sentir aquellos jóvenes maestros que, tras la dictadura de Primo de Rivera, pudieron dar rienda suelta a sus sueños cobijados por una República que puso la educación en el centro mismo de su existencia, consciente de que de poco o nada servía luchar por cambiar la sociedad en un mundo en el que el analfabetismo era ley. La segunda República solo duró seis años, seis años en los que se crearon miles de escuelas y artistas y maestros recorrieron los pueblos más recónditos de nuestra geografía llevando con ellos esperanzas, alfabetos y sueños. Todo aquello se truncó de golpe y la gran mayoría fueron expedientados y represaliados por la administración franquista que les condenó a renunciar a lo que eran, maestros, y a lo que habría sido la vida que habían elegido. Duro, terriblemente duro, debió ser para ellas y ellos alejarse de su vocación o tener que plegarse a las exigencias de un modelo educativo que suponía un retroceso brutal, la renuncia a todo cuanto habían soñado y una represión como nunca vivida hasta entonces.

Otro de nuestros exiliados, Max Aub, escribió en “Campo de Almendros” el desolador paisaje humano que quedó en el puerto de Alicante tras la partida del Stanbrook, la última esperanza de salvación que partió de una España rota en los mil pedazos de los sueños destrozados de quienes se quedaron. Sus palabras están dedicadas a todos los que se quedaron pero cobran especial sentido si al escucharlas pensamos en lo que debieron sentir aquellos maestros que todo lo perdieron:

“Estos que ves ahora deshechos, maltrechos, furiosos, aplanados, sin afeitar, sin lavar, cochinos, sucios, cansados, mordiéndose, hechos un asco, destrozados, son, sin embargo, no lo olvides nunca pase lo que pase, son lo mejor de España, los únicos que, de verdad, se han alzado, sin nada, con sus manos, contra el fascismo, contra los militares, contra los poderosos, por la sola justicia; cada uno a su modo, a su manera, como han podido, sin que les importara su comodidad, su familia, su dinero. Estos que ves, españoles rotos, derrotados, hacinados, heridos, soñolientos, medio muertos, esperanzados todavía en escapar, son, no lo olvides, lo mejor del mundo. No es hermoso. Pero es lo mejor del mundo. No lo olvides nunca, hijo, no lo olvides”

Las historia de los exiliados republicanos españoles es la de unas personas que vivieron intensamente un aquí y un ahora que solo duró un instante y que tuvieron que pasar el resto de su vida añorando un efímero ayer que dio sentido a sus vidas y un sempiterno mañana que nunca llegaría. Pero, a pesar de lo injusta que fue la vida con ellos, nunca se rindieron porque nunca dejaron de soñar y de luchar.

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Ecología y feminismo, ahora o nunca

Carlos Olalla*. LQS. Marzo 2019

Un sistema basado en la desigualdad de las mujeres, y tantas y tantas otras, y en la asunción de que la economía debe crecer continuamente es hoy el nuevo Titanic en el que navegamos

Los retos a los que se enfrenta el mundo de hoy sin duda encuentran respuesta en los dos movimientos sociales más significativos que estamos viviendo: el de la ecología y el del feminismo. Por eso corrientes de pensamiento y acción como ecología y feminismo están de más actualidad que nunca y son más necesarios que nunca. Porque son los únicos movimientos que pueden y deben cambiar el mundo antes de que sea demasiado tarde. No se trata de que los partidos políticos incluyan conceptos ecologistas o feministas en sus programas, sino de que todos tomemos conciencia y cambiemos nuestra forma de pensar poniendo la ecología y el feminismo en el eje de nuestra visión del mundo y de nuestra forma de vivir en él. No nos queda mucho tiempo para alcanzar un punto de no retorno, ese punto en el que ya no habrá una posible vuelta atrás. Por eso es ahora o nunca. Por un lado nos enfrentamos al mayor problema al que se ha enfrentado la humanidad a lo largo de su historia: la propia destrucción del planeta a consecuencia de la acción del hombre que ha propiciado un calentamiento global que solo los más ignorantes o los más interesados niegan ya. Y por otro, con consecuencias directas en el primero, estamos viviendo los estertores de un sistema económico social, el capitalismo en su forma más agresiva y descarnada que es el neoliberalismo, que antepone el beneficio económico a corto plazo a todo lo demás, y se basa en la desigualdad social y la injusticia de un patriarcado que nos ha llevado a un callejón sin salida. Ver la fuerza que están tomando movimientos como el feminista tomando las calles y paralizando el país o la respuesta que los más jóvenes están dando al problema del calentamiento global con sus protestas y sus huelgas escolares son un claro motivo de esperanza, de que aún estamos a tiempo, de que no todo está perdido. Que doce mil científicos de todo el mundo hayan manifestado su apoyo al movimiento de los jóvenes contra el cambio climático es algo que nos debe hacer pensar a todos, no solo a nuestros políticos.

Desigualdad y cambio climático son problemas que nos afectan a todos los habitantes del planeta, son problemas globales que necesitan de soluciones globales. Por eso hemos de ser todos quienes tomemos conciencia de esta realidad y nos enfrentemos a ella. Ambos movimientos, el feminista y el ecologista, son, y deben ser, políticos porque las causas que originan los problemas son políticas y las respuestas que pueden solucionarlos son, y deben ser, políticas. Hablar de feminismo liberal o criticar su claro componente político es no entender nada y pretender poner puertas al campo. Combatir la desigualdad, luchar por la equidad, supone modificar por completo la estructura económico social del patriarcado en la que vivimos hoy, una estructura basada en negar, al no remunerar, la existencia de ciertos trabajos como los cuidados desarrollados hasta ahora fundamentalmente por mujeres. En una sociedad que confunde valor y precio, que no se remunere el trabajo “doméstico” supone negarle su existencia lo que, a su vez, conlleva falsificar la contabilidad real de nuestra economía. Del mismo modo, nuestro sistema contable se engaña a sí mismo y nos engaña a todos al no contemplar el coste ecológico de las cosas que producimos y consumimos. Si de verdad contabilizásemos los costes ecológicos que conlleva cada uno de los productos o servicios que consumimos sin duda dejaríamos de consumirlos porque tendrían un coste que no podríamos pagar. No es lo mismo pagar 15 euros por un kilo de ternera que lo que tendríamos que pagar si el precio incluyera los 15.000 litros de agua que han sido necesarios para producirlo. Al no contabilizar los 15.000 litros de agua porque el agua es “gratis”, estamos falseando el coste real del kilo de ternera. Del mismo modo, al no contabilizar las horas dedicadas al cuidado de niños, enfermos o mayores estamos falseando la realidad de su coste. ¿Qué pasaría si decidiésemos imputar todos los costes reales a los productos que compramos y consumimos? Que nuestro sistema económico no podría resistirlo. Sería una revolución de tal calibre que cuestionaría los pilares mismos de nuestra sociedad. Y esa es la clave de la cuestión: que toda nuestra sociedad se asienta en una gran y formidable mentira.

Vivimos en una sociedad que se contenta con el ideal, en los mejores casos, de no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan a nosotros. Nada más alejado de la que debería ser una sociedad justa basada en hacer a los demás lo que nos gustaría que hicieran con nosotros. Del mismo modo, luchar por la igualdad es muy loable, pero a todas luces insuficiente porque por lo que hay que luchar es por la equidad, es decir que no todos recibamos lo mismo, sino que reciba más quien más lo necesite. Solo a través de la equidad podemos llegar a la justicia social. Y solo desmotando las mentiras en las que se basa nuestra sociedad podemos llegar no solo a la justicia social, sino a nuestra supervivencia como especie y a la de nuestro planeta. Justicia social y supervivencia del planeta son conceptos que están íntimamente ligados en un mundo cada vez más globalizado. Nos creemos libres porque nos dejan votar una vez cada cuatro años. Esta es otra de las mentiras en las que basamos nuestra sociedad. No puede haber libertad si no hay justicia. Un mundo que margina a la mitad de su población por el simple hecho de ser mujer es un mundo abocado a su autodestrucción. Como también lo es un mundo que sigue quemando combustibles fósiles contribuyendo al calentamiento global sin hacer nada para remediarlo.

Un sistema basado en la desigualdad de las mujeres, y tantas y tantas otras, y en la asunción de que la economía debe crecer continuamente es hoy el nuevo Titanic en el que navegamos. A los que van en la cubierta de primera clase poco les importa que vayamos de cabeza hacia el naufragio. Creen que se salvarán porque hay suficientes botes salvavidas para ellos. Pero en esa cubierta no viaja más que el 1% de la humanidad. El 99% restante viajamos en las cubiertas inferiores o en la sala de máquinas y ya sabemos que para nosotros y para la tripulación nunca habrá botes salvavidas. Para el 1% no sería rentable tener botes salvavidas para los demás y son ellos quienes deciden cuántos botes lleva nuestro barco. Por eso tenemos que ir, y ya, a un sistema basado en la justicia social y el decrecimiento. El neoliberalismo jamás podrá dar respuesta a los gravísimos problemas a los que nos enfrentamos como especie porque sigue tomando, e imponiendo, sus decisiones basándose en una contabilidad falsa con la que nos están engañando a todos.

Habrá quien se pregunte cómo es posible que ese 1% privilegiado no se dé cuenta de que vamos de cabeza al precipicio. Por supuesto muchos se dan cuenta, no todos, pero inmersos en una visión tan extremadamente superficial y cortoplacista que nos impide pensar no ya en la vida que les espera a los hijos de nuestros hijos, sino en lo que nos puede pasar a todos a pocos años vista, optan por ignorar la realidad o protegerse ante las adversidades que puedan venir. Y lo hacen construyendo refugios contra las posibles revueltas sociales o catástrofes medioambientales, almacenando víveres, o acaparando tierras ricas en agua que compran a precio de ganga en los países más pobres de la Tierra.

Hay quienes no ven, o no quieren ver, que ecología y feminismo son temas absolutamente inseparables y critican a quienes dentro de esta lucha defienden, por ejemplo, el cierre de los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIEs), donde se encierra a las personas migrantes en tanto se tramita su expediente de expulsión. Las personas migrantes son las primeras víctimas del cambio climático. Hoy huyen de sus países en muchos casos por la influencia que el calentamiento global ha tenido y está teniendo en su modo de vida. Territorios cada vez más desérticos y continuas hambrunas provocadas por las sequías provocan su éxodo. Son, en última instancia, migrantes y refugiados climáticos. Y precisamente quienes más sufren las consecuencias de estos cambios son las mujeres, que son discriminadas por ser mujeres, por ser de raza diferente y por ser pobres. Hay que revertir esta situación ahora que todavía estamos a tiempo. Y para hacerlo es necesario cambiar por completo nuestra manera de pensar y el sistema en sí, porque el culpable es el sistema que es quien crea, porque es inherente a él, la desigualdad y el cambio climático. Por esto, aunque todavía haya quien no lo quiere entender, ecología y feminismo no solo son temas políticos, sino ideológicos. Hoy tienen más sentido que nunca los gritos que los y las jóvenes de Friday For Future gritaban el viernes pasado en la marcha que les llevó de Puerta del Sol al Congreso: “Menos polución y más revolución”, “Vuestros beneficios nos contaminan”

De nada nos servirá que un mayor número de mujeres ocupen puestos de responsabilidad si lo que hacen para conseguirlos o mantenerlos es repetir los modelos patriarcales que nos han llevado a esta hecatombe. Son los valores femeninos los que nos pueden salvar a todos, valores que anteponen la cooperación a la competencia, la razón a la fuerza, el diálogo a la imposición y la solidaridad a la caridad. La anécdota que Federico Mayor Zaragoza cuenta de uno de sus encuentros con Nelson Mandela es el mejor ejemplo de ello: cuando, un día en el que estaba desanimado viendo el devenir del mundo, le preguntó a Mandela si esto tenía solución, Mandela le respondió “por supuesto que la tiene, y no tardará mucho en llegar aunque ni tú ni yo la veremos. Esto lo solucionarán las mujeres cuando lleguen al poder porque ellas raramente emplean la violencia para resolver sus problemas mientas nosotros raramente dejamos de usarla”

Nuestro futuro está en esa llama que nos calienta y nos ilumina cada día, esa llama que son los movimientos feministas y ecologistas. Todavía estamos a tiempo, aunque no nos queda ya mucho. Son las mujeres y los jóvenes de movimientos ecologistas como Fridays For Future quienes pueden y deben marcar nuestro camino, un camino que no será fácil y que exigirá muchos sacrificios, pero que será mucho más llevadero si los hombres tomamos verdadera conciencia de la realidad y llegamos no solo a no temer, sino a decir con orgullo y pleno conocimiento de causa que somos feministas y ecologistas, y actuamos en consecuencia renunciando a nuestros privilegios y afanes de protagonismo, deconstruyéndonos y caminando junto a ellas. Como bien decía Eduardo Galeano, en un mundo de plástico y ruido debemos ser de barro y silencio. Es la hora de que vivamos en feminista y en ecologista. Aprovechémosla con decisión y entusiasmo antes de que se pare el reloj. Nos va la vida en ello. Es ahora o nunca.

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Djelem, djelem

Carlos Olalla*. LQS. Marzo 2019

El pueblo gitano siempre ha encontrado en la música la forma de expresar sus sentimientos y de contar lo que le acontece. No en vano ha sido una cultura que ha transmitido sus valores de forma oral, principalmente a través de las mujeres, ya que nunca ha tenido textos escritos que recojan sus leyes o sus costumbres

Cuenta la leyenda que hace más de mil años un rey persa estaba muy triste porque su pueblo no cantaba. Le habían hablado de otro pueblo que tenía la música más bonita del mundo. Él los llamó y doce mil gitanos vinieron del norte del Ganges. Como le gustaban sus canciones le regaló a cada uno un pedazo de tierra, un burro, una vaca y mil semillas para que se quedasen a vivir en su reino. Un año después fue a ver cómo estaban y se enfadó mucho: los gitanos se habían comido las vacas y las semillas. Como castigo les expulsó y les condenó a vagar por el mundo. Partieron de allí subidos en sus carromatos en todas direcciones para cumplir la sentencia de aquel rey: tener que ganarse la vida con sus canciones. Por eso es un pueblo que siempre canta, canta al atardecer, en las bodas y en los entierros, cuando están contentos y cuando están tristes, su vida es canción, canción bajo el único techo que conocen, el de las estrellas. Nunca aceptaron las costumbres o las leyes que fueran contra sus tradiciones. Ellos tenían su propia ley, la ley de los rom. Lo que no cuenta la leyenda es que aquel pueblo indómito fue perseguido allí donde fue. Los habitantes de las zonas por las que pasaban en su sempiterno vagabundear consideraban una amenaza su forma de vivir libres de contratos y ataduras. A ellos les bastaba su palabra, pero los otros, allí donde fueran, no se contentaban con eso y les exigían acatar otras leyes y atarse con mil y un contratos. Poco a poco el viaje de los gitanos fue transformándose en huida, en escapada de quienes amenazaban su libertad. Marginados y estigmatizados, todos los prejuicios conformaron la imagen que la gente de los pueblos por donde pasaban tenía de ellos. Su forma de defenderse fue encerrarse en sí mismos para mantener viva su cultura y sus raíces. Conocidos originariamente como “egipcianos”, su persecución se remonta a más de 5 siglos atrás, con la Pragmática de Medina del Campo promulgada por los Reyes Católicos que ordena su expulsión si no renuncian al nomadismo: “… se ordena la expulsión del Reino de todos los Egipcianos que anduviesen vagando sin aplicación u oficios conocidos.” La ley exigía que dejaran de ser errantes, que sirvieran a un señor, que desempeñasen un oficio y que abandonaran su lengua y sus otras señas de identidad. La persecución no había hecho más que empezar y no tardaron en llegar las acusaciones de robos o hechicería que han creado la imagen negativa que se tiene del pueblo gitano, una imagen que ha perdurado hasta nuestros días. La historia de los gitanos en España demuestra la falsedad de quienes defienden que nuestro país no es racista. Si no lo fue con los negros fue porque no los había, pero siempre olvidamos cómo hemos marginado y estigmatizado a los gitanos y los prejuicios que tenemos en nuestro ADN contra ellos.

El pueblo gitano es canción, vieja música que, venida de un viaje de miles de años y kilómetros, nos habla de camino y herradura, de hogueras en la noche, de guitarra y soledad, de estrellas y noches de luna negra, de hablar con los que ya se fueron y sentir lo que perdimos, de río y silencio, de la nostalgia de un ayer que quizá nunca existió, de los sueños compartidos y del sufrimiento que acompaña su sempiterno caminar. Odjila (alma y canción) es un grupo serbio fundado en 1983 en la antigua Yugoeslavia que se disolvió durante la guerra y volvió a unirse en 2003. Escucharles es aceptar la invitación a subir a cualquiera de los carromatos que han llevado a este pueblo durante siglos a recorrer toda la geografía del mundo y sentarse con ellos a bailar alrededor de un fuego en la intimidad de las noches sin luna.

Esta persecución, junto a la explosión de la revolución industrial, hizo que, a finales del siglo XIX, empezase el proceso de sedentarización en nuestras ciudades en lo que fue uno de los momentos más difíciles para el pueblo gitano que renunció a la que había sido una de sus señas de identidad: el nomadismo. Asentados en barrios marginales y pobres, pronto se consolidó otro de los prejuicios que han marcado nuestra forma de ver a los gitanos: la aporofobia, el miedo al “pobre”. Ser pobre y ser gitano han sido sinónimos en el inconsciente colectivo de buena parte de nuestra sociedad. El desconocimiento que los payos tenemos de su cultura y sus tradiciones ha contribuido a que sigamos asociándoles a conductas de marginalidad y delincuencia que hemos extendido a todo el colectivo a pesar de que sean pocos los gitanos que hacen del delito su forma de vida. Ese desconocimiento y los prejuicios ancestrales que tenemos contra ellos nos hacen verles como personas que no son de fiar, que trafican con droga, machistas, vagos, ignorantes… desconociendo, cuando no negando, los enormes valores positivos que tiene la cultura gitana: el respeto a los ancianos, la mediación que hacen entre ellos para resolver sus conflictos, la fuerza de su unión familiar, la solidaridad entre ellos conocida como “guante” que hace que se ayuden unos a otros desinteresadamente, su hospitalidad, el que acojan a sus ancianos y ancianas sin encerrarlos jamás en residencias de tercera edad, el valor que le dan a la palabra por encima de todo lo demás…

Sin duda su cultura es una cultura patriarcal y androcéntrica marcada a fuego por el machismo, pero no mucho más machista que lo era la sociedad paya de hace solo unas cuantas décadas. Hoy son varios los colectivos de mujeres gitanas feministas que luchan por sus derechos y cada vez son más los y las jóvenes que finalizan sus estudios intentando abrir las puertas de su futuro. Dentro del pueblo gitano conviven formas muy diferentes de entender la vida y la sociedad de hoy. Su grado de integración en la sociedad paya también es muy diferente. Lo que más les une es su conciencia de pueblo y el orgullo de su etnia, una conciencia y un orgullo que les ha permitido sobrevivir hasta nuestros días a pesar de los permanentes ataques y amenazas que han sufrido. Una de estas amenazas es el impacto que las redes sociales y las nuevas tecnologías están teniendo sobre ellos: su estructura social piramidal que sitúa en la cúspide a los ancianos, que son quienes median en los conflictos y hacen acatar la ley gitana, se está tambaleando porque las nuevas generaciones no reconocen autoridad a personas que no saben lo que es Facebook o twitter. Eso hace que una generación que fue educada de acuerdo a su tradición para ejercer el poder no tenga con quien hacerlo y que otra generación más joven haya perdido los referentes que podría tener. Quizá situaciones como ésta están empujando al pueblo gitano a tener una orientación cada vez más fuerte hacia la iglesia evangélica, el “culto” que llaman ellos, una iglesia que no se caracteriza precisamente por ser muy progresista y abierta. Este es, sin duda, uno de los retos más importantes a los que se enfrenta hoy la comunidad gitana.

El pueblo gitano siempre ha encontrado en la música la forma de expresar sus sentimientos y de contar lo que le acontece. No en vano ha sido una cultura que ha transmitido sus valores de forma oral, principalmente a través de las mujeres, ya que nunca ha tenido textos escritos que recojan sus leyes o sus costumbres. Su conciencia de pueblo y de clase les está llevando a acercarse y unirse a las demás comunidades gitanas que viven dispersas por todo el planeta. En el primer congreso internacional gitano celebrado en Londres en 1971 aprobaron la bandera y el himno que, por encima de las diferencias que puedan tener, les une a todos. Ese himno se llama “Djelem, djelem” (Anduve, anduve, en lengua romaní) y viene a decir:

“Anduve, anduve por largos caminos.
encontré afortunados romà,
Ay romà ¿de dónde venís
con las tiendas y los niños hambrientos?
¡Ay, romà, Ay muchachos!
También yo tenía una gran familia
fue asesinada por la Legión Negra
hombres y mujeres fueron
descuartizados
entre ellos también niños pequeños
¡Ay romà, Ay muchachos!
Abre, Dios, las negras puertas
que pueda ver dónde está mi gente.
Volveré a recorrer los caminos
y caminaré con afortunados calós
¡Ay romà, Ay muchachos”
¡Arriba, gitanos! Ahora es el momento
Venid conmigo los romà del mundo
la cara morena y los ojos oscuros
me gustan tanto como las uvas negras
¡Ay romà, Ay muchachos!”


El grupo de gitanos rusos Loyko que aquí ha interpretado el tema Gulya se formó en homenaje al legendario violinista gitano Loyko Zobar que, hace trescientos años, tocaba el violín de tal manera que, según cuenta la leyenda, hasta los animales del bosque salían para escucharle.

Pocas películas como “Gadjo Dilo”, (El extranjero loco) de Tony Gatlif reflejan la realidad del mundo gitano y su pasión por la música y por la vida. Aquí tienes uno de los temas de su banda sonora, “Nora Luca”. Tras él tienes el Liuli Liuli de Dimitri Bouzylev que escuchaba Marcello Mastroianni en la película “Ojos negros” de Nikita Mijalkov en los inolvidables planos en los que veía marchar a los gitanos con sus carromatos por el camino y soñaba con su libertad.

Son muchos y graves los problemas a los que se enfrenta hoy el pueblo gitano, algunos nuevos, otros tan viejos como ellos, pero no me cabe duda de que un pueblo que ha sobrevivido durante siglos sin renunciar a su esencia, que no se ha rendido ante la persecución y la marginación, que tiene un dicho popular que dice “cuando te encuentres al final del pozo, deja de cavar” y que saluda con un “Satispen tali” (salud y libertad), sabrá resolverlos.

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Greta Thunberg, el futuro que nos mira a los ojos

Carlos Olalla*. LQS. Marzo 2019

Reino Unido, Francia, Alemania, Estados Unidos, Australia o Suiza fueron los primeros países donde prendió la llama de esta protesta

Que una adolescente de 16 años, sola, haya sido capaz de poner el cambio climático en la agenda de políticos y en primera plana de medios de todo el mundo es una noticia esperanzadora. Que, además, su ejemplo haya prendido en jóvenes de todo el mundo que se han unido a su huelga escolar por el cambio climático es algo que nos indica que, quizá, no todo está perdido. Esa joven, esos jóvenes, son un espejo al que no tenemos más remedio que enfrentarnos, un espejo que muestra de forma inexorable el rostro de quienes, por activa o por pasiva, les estamos robando el mundo que merecen y al que tienen todo el derecho. Esa chica es sueca, se llama Greta, tiene síndrome de Asperger y, sin el apoyo de nadie, se declaró en huelga escolar para ir a protestar en horas de clase frente al parlamento de su país con un simple cartel pintado a mano que decía: “Huelga escolar por el clima” Empezó a hacerlo a finales de agosto del año pasado con motivo de la campaña electoral que se vivía en Suecia. Una vez realizadas las elecciones, ella siguió con su huelga y su protesta frente al parlamento sueco todos los viernes, y lo seguirá haciendo hasta que los políticos tomen medidas concretas para solucionar el mayor problema al que se enfrenta la humanidad y que nos empeñamos en no abordar. Greta colgó en redes sociales imágenes de su protesta, imágenes que pronto prendieron la mecha de muchos otros jóvenes en todo el mundo. Que una niña, porque prácticamente es lo que es, sola, tuviera esa determinación llamó la atención de los medios de comunicación que acudieron a interesarse por su acción. Les sorprendió la determinación que tenía y la coherencia de lo que decía con lo que vivía: es vegana, no toma aviones, cuida el medio ambiente, y ha hecho que su familia también adopte ese modo de vida. No hay ninguna grieta entre lo que dice y lo que hace. No hay ninguna fisura en su potente discurso. No hay ninguna duda de que mantendrá su protesta hasta conseguir sus objetivos porque, como ella dice cuando le preguntan, la cuestión no es cuándo acabaré mi protesta sino cuándo empezarán los políticos a hacer algo para frenar el calentamiento global e invertir la tendencia que nos lleva a la destrucción del planeta. Greta ha sufrido ataques personales que la califican de marioneta al servicio de no se sabe qué oscuros intereses, de ella han dicho que ha sido manipulada por sus padres, e incluso han llegado a decir que podría ser una “espía rusa”, y, cómo no, los políticos de los grupos popular, liberal y de extrema derecha en el parlamento europeo han prohibido que hable a la cámara diciendo que lo que tiene que hacer es ir al colegio y dejarse de protestas. Pero Greta no ha caído en esas fake news y provocaciones y su respuesta ha sido tremendamente pausada y razonada: “Quienes dicen esas cosas solo pretenden desviar el foco de atención para no tratar el tema que de verdad importa: el cambio climático” Como también lo ha sido la que ha dado a los políticos que han dicho que no querían hablar con ella ni con los miles de jóvenes que la siguen en todo el mundo: “No pasa nada, nosotros tampoco queremos hablar con ellos, lo que queremos es que los políticos hablen con los científicos que llevan décadas advirtiendo inútilmente de lo que nosotros estamos diciendo”

El ejemplo de Greta ha llegado a jóvenes de todo el mundo que se han unido a su huelga escolar por el clima. Bélgica es uno de los países en los que se han mostrado más activos y donde ha aparecido otra líder, Anuna de Wever, de 17 años, que, con un discurso muy similar al de Greta, encabeza uno de los movimientos más importantes que ha vivido ese país y que ha provocado ya la dimisión de la ministra de medio ambiente. No es casualidad que hayan tenido que ser precisamente dos chicas quienes hayan dado el primer paso y abanderen un movimiento no ya necesario, sino imprescindible como éste.

Reino Unido, Francia, Alemania, Estados Unidos, Australia o Suiza fueron los primeros países donde prendió la llama de esta protesta. Aquí también ha llegado. Entró por Girona y Barcelona donde jóvenes estudiantes se unieron en esta campaña de desobediencia civil que está resultando imparable. El viernes pasado realizaron una sentada frente al Congreso y el 15 de marzo se unirán en una huelga multitudinaria a escala mundial que han convocado las diferentes plataformas y movimientos que se han unido en esta protesta que bajo el lema Fridays For Future ha hecho que miles de estudiantes en todo el mundo falten a clase todos los viernes para ir a protestar frente a sus respectivos parlamentos para exigir acción climática a los políticos.
Estas son las palabras que Greta dijo a finales del año pasado ante la cumbre del clima de Naciones Unidas: “Mi nombre es Greta Thunberg. Tengo 15 años. Soy de Suecia. Hablo en nombre de Climate Justice Now (…) Ustedes solo hablan del crecimiento económico verde y eterno, porque tienen demasiado miedo de ser impopulares. Solo hablan sobre seguir adelante con las mismas malas ideas que nos metieron en este desastre, incluso cuando lo único sensato que pueden hacer es poner el freno de emergencia. No son lo suficientemente maduros para decir las cosas como son. Incluso esa carga nos la dejan a nosotros los niños. Pero a mí no me importa ser popular. Me preocupo por la justicia climática y por el planeta (…) Nuestra biósfera se está sacrificando para que las personas ricas en países como el mío puedan vivir de lujo. Son los sufrimientos de muchos los que pagan por el lujo de unos pocos (…) Ustedes dicen que aman a sus hijos por encima de todo, pero les están robando su futuro ante sus propios ojos (…) Necesitamos mantener los combustibles fósiles en el suelo y debemos centrarnos en la equidad. Y si las soluciones dentro del sistema son tan imposibles de encontrar, tal vez deberíamos cambiar el sistema en sí mismo. No hemos venido aquí a rogar a los líderes mundiales que se preocupen. Nos han ignorado en el pasado y nos volverán a ignorar. Nos hemos quedado sin excusas y nos estamos quedando sin tiempo. Hemos venido aquí para hacerles saber que el cambio está llegando, les guste o no. El verdadero poder pertenece a la gente. Gracias.”

“Si las soluciones dentro del sistema son tan imposibles de encontrar, tal vez deberíamos cambiar el sistema en sí mismo… El verdadero poder pertenece a la gente” Es difícil poder decir más con menos. Los mensajes de Greta, como sus frases, son contundentes y directos, llegan a cualquiera que tenga dos dedos de frente y esté dispuesto a ver la realidad a la que nos enfrentamos: que quizá aún estamos a tiempo, aunque por poco ya, de evitar la peor catástrofe que ha vivido este planeta y que puede dar al traste con todo lo que conocemos. Los científicos llevan décadas avisándonos de que tenemos que reaccionar, nos advierten de que nos enfrentamos a un fenómeno de dimensiones desconocidas que, una vez iniciado, ya no tendrá vuelta atrás, una y mil veces nos han avisado de que todavía estamos a tiempo, si actuamos rápido y decididamente, de evitarlo… Pero nuestros políticos, elegidos por nosotros, y eso es lo más grave, no han querido escuchar. Han negado la evidencia o se han contentado con poner paños calientes que, en el mejor de los casos, solo retrasarán la debacle. Perece que nos empeñamos en no querer ver la realidad, en no admitir la evidencia. Que tengamos una visión temporal que no sobrepasa nuestro horizonte de vida contribuye a que nos dejemos cegar por nuestros problemas para llegar a fin de mes, por esa absurda y peligrosa querencia que tenemos a pensar que es un problema muy complejo que deben solucionar los políticos o por las falsas promesas que queremos escuchar de que lo solucionarán.

El cambio climático es responsabilidad de todos y cada uno de los seres que habitamos este planeta. A nuestra pequeña escala también podemos contribuir utilizando el transporte público, consumiendo productos de cercanía, disminuyendo o eliminando la carne de nuestra dieta, hablándolo con nuestros familiares, amigos o vecinos, votando a partidos que se comprometan de verdad a actuar… Son muchas las cosas que podemos, y debemos hacer. Abrir los ojos y mirar de frente al problema es la primera. Cuestionarnos por qué los informativos nos dan imágenes de bañistas en la playa en febrero como si fuera algo positivo porque atraerá a más turistas que consolidarán nuestro imparable crecimiento, en lugar contarnos que en realidad esa imagen no es más que un síntoma de que cada día estamos más cerca del punto de no retorno del cambio climático.
Greta es un verdadero ejemplo porque lo tiene muy claro: ella renuncia a dar charlas y conferencias en medio mundo porque para desplazarse tendría que coger un avión, el medio de transporte mas contaminante. A Davos y Polonia, donde habló ante los gerifaltes del mundo, se desplazó en tren desde Suecia. Su madre, reputada cantante de ópera, siguiendo el ejemplo de su hija, ha renunciado a dar conciertos y recitales que la obligaran a coger un avión. En su casa ya nadie come alimento de origen animal porque son los que más contaminan el medio ambiente. Es toda una lección de generosidad y filosofía de vida ya que no solo lo hacen por su propia salud, sino para preservar la de nuestro planeta.
Soy, o me empeño en ser, optimista por naturaleza y que sean ahora Greta y miles y miles de jóvenes quienes nos miren a los ojos para decirnos que no quieren que les robemos su futuro quizá pueda convencernos y conseguir lo que los científicos no han conseguido durante décadas. Solo de nosotras y nosotros depende. Sin duda voy a apoyar en todo lo que pueda esta llama que acaba de encenderse y que puede curar nuestra ceguera.

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Arvo Pärt, músico del silencio

Carlos Olalla*. LQS. Marzo 2019

La música de Pärt nos invita a acompañarle en un fascinante viaje al origen de las armonías perdidas, al canto gregoriano, a las raíces de la música occidental, a las polifonías renacentistas

Quizá no seamos más que el leve sonido que existe entre dos silencios, que nuestra vida no sea más que lo que habita entre dos nadas, un instante de luz entre dos oscuridades. La música de Arvo Pärt se adentra en ese universo sonoro del silencio en el que vivimos o morimos. Sus constantes campanas no suenan a muerte, sino a vida, a esa intensa y fugaz vida que se nos escapa de las manos con la fulgurante velocidad del relámpago que ilumina la noche. No somos más que ese inesperado y fugaz relámpago que convierte la noche en día durante unos segundos antes de que nos alcance la voz del trueno. Somos campana, campana y silencio en la noche de esta humanidad que vaga perdida en medio de un universo que no entiende y se empecina en dominar. Nuestra ignorancia y androcentrismo nos llevan a vernos como el zenit de todas las cosas cuando, quizá, no somos más que el nadir de la realidad. De eso habla la música de Pärt, su profundo silencio trasciende a la palabra y da sentido a lo que significa ser un ser humano. Su música es música para ser escuchada con los ojos cerrados y con el alma abierta. Lentamente, como la prístina gota de un manantial, va entrando en nosotros, en lo más hondo, para llevarnos a ese no lugar en el que somos capaces de sentir la belleza que habita en todos y cada uno de nosotros, nuestro espíritu. Su música detiene el tiempo para hablarle no a esa voz que escuchamos en nuestro interior, sino a la que observa a esa voz, a ese otro yo que nos habita y que, quizá en realidad, es quien somos.

La música de Pärt nos invita a acompañarle en un fascinante viaje al origen de las armonías perdidas, al canto gregoriano, a las raíces de la música occidental, a las polifonías renacentistas. Un viaje a nuestro origen, a nuestras propias raíces, a aquello de lo que venimos y perdimos. Él mismo se halló perdido en una época de su vida marcada por el neoclasicismo hasta que, rompiendo con todo y con todos, apartándose de modas y tendencias, decidió regresar al origen primigenio de nuestra música. Su viaje no solo fue un viaje musical, sino también espiritual, un viaje que le transformaría a él y a su música para siempre, un viaje que le llevó a exiliarse de su Estonia natal y a un profundo exilio interior donde halló todo lo que siempre había buscado.

Su música es evocación, evocación de los paraísos soñados, de los mundos que perdimos, de lo que fuimos antes de nacer o de lo que quizá seremos cuando hayamos muerto. Por eso hay tanto silencio en sus composiciones, un silencio que habla el lenguaje que hay más allá de la vida. Su música es una música que está más allá de espacio o tiempo, que está en ese aquí y ahora que podemos intuir cuando escuchamos lo que late en nuestro interior, lo que nos da la vida.

Tarkovski del cine o Kandinski de la música, Pärt se aparta de los caminos recorridos por otros para seguir el que le guía hacia esos imaginados claustros desiertos donde, poco antes de que caiga la nieve o despunte el alba, habla el silencio. Todo está allí, en las ruinas de ese claustro románico de un monasterio abandonado desde hace siglos donde viven los recuerdos de lo que nunca fue, visitado hoy solo por la indomable imaginación de nuestro espíritu. Allí, cerrados los ojos, podemos escuchar las voces del silencio, el eterno fluir del agua sobre las piedras, el pausado caminar de los pasos no dados. Allí, donde la vida recupera su vacío existencial, podemos intuir que no somos más que la tenue luz de esa pequeña candela que ilumina nuestro aquí y nuestro ahora, un aquí y un ahora preñados de eternidad.

Cuando la nada nace a la vida, cuando muere la muerte, podemos llegar a intuir lo que somos, un leve latido de la eternidad sin tiempo de la que venimos. Átomos errantes sin rumbo ni destino que vagamos cabizbajos en el insondable vacío del cosmos, en esa inmensa nada que nos amamanta y cuestiona. Somos plancton y galaxia, palabra y silencio, gota que nacida en la montaña es consciente de que su único destino es el mar. Nuestra vida es viaje, un apasionante viaje entre dos nadas donde aprendemos, o quizá una triste nada entre dos todos donde solo olvidamos. Puede que nuestra vida no sea más que memoria del olvido, un acorde perdido en el tiempo que inútilmente busca a otros para componer la sinfonía del silencio. Dios es silencio. Nosotros somos silencio. Y nuestra ignorancia nos hace creernos dioses. Los cuerpos de los que nos antecedieron duermen bajo tierra, son agua, tronco, hoja o raíz. ¿Qué queda de sus sueños? ¿Qué, de todo aquello que tanto anhelaron?, ¿Dónde va el amor de los muertos? Vivimos desolados por creer que esa diminuta gota que somos desaparecerá cuando, al acabar su viaje, llegue al mar. Escuchar la música de Pärt desde lo más hondo nos invita a abrir esa puerta que nos separa de la nada y que nos recuerda que el mar es agua, es lluvia, y, sobre todo, es vida.

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Marta Sibina, gracias por representarme

Carlos Olalla*. LQS. Marzo 2019

No es casualidad que el ministro que practica esta política sea precisamente el juez que más denuncias recibió de los tribunales europeos por no investigar las denuncias de casos de tortura de detenidos. Viendo en lo que se ha convertido nuestra política de fronteras, tampoco lo es que Pedro Sánchez le eligiera precisamente a él como ministro del Interior

Gracias, Marta, por haber alzado tu voz contra el crimen que el gobierno de Pedro Sánchez está cometiendo contra las personas migrantes a las que deja morir en el mar bloqueando la salida de puerto de los barcos Aita Mari y Open Arms. Desde que el 8 de enero el gobierno les prohibiera zarpar a salvar vidas en el Mediterráneo son 500 las personas que han muerto ahogadas por culpa de esta prohibición. Que una diputada anteponga el respeto a los derechos humanos, la coherencia y la dignidad a todo lo demás negándose a votar cualquier resolución presentada por el Gobierno en tanto no permita que esos barcos zarpen me hace pensar que no todo está perdido, que en este mundo de barbarie y abyección todavía quedan personas en las que puedo creer y confiar. Sin duda tú eres una de ellas, Marta. Tú sí me representas.

La coherencia y el compromiso forman parte de tu ADN y lo has demostrado en todo lo que has hecho: desde la revista café amb llet denunciando el robo del que ha sido objeto la sanidad pública, desde tu firme defensa de los derechos civiles en cuantos parlamentos o tribunas has tenido, desde tu inquebrantable defensa del derecho a decidir y tantas y tantas otras causas que la mayoría considera perdidas pero que, gracias a personas como tú, todavía no lo están.

Es imprescindible que voces como la tuya se levanten contra nuestra política de fronteras, una política de fronteras que mata inocentes al prohibir que barcos que podrían salvar vidas puedan salir de nuestros puertos; que incumple la legislación y los tratados internacionales al practicar devoluciones “en caliente” por las que nuestros sucesivos gobiernos han sido repetidamente denunciados por Naciones Unidas y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos; una política que crea una zona sin ley junto a la valla de Ceuta o Melilla donde los derechos humanos son pisoteados a diario; una política que inunda de millones de euros a países de tránsito de la emigración para que nos hagan el “trabajo sucio” y que los cadáveres de quienes intentan entrar a Europa no lleguen a nuestras costas para que no los veamos; una política que criminaliza a quienes salvan vidas, como Helena Maleno y tantos otros, acusándoles de traficar con personas; una política que deja sin radares a los barcos de salvamento marítimo para que no puedan localizar las pateras que están a la deriva con riesgo de hundirse; una política que acaba de aprobar la devolución de las personas rescatadas por Salvamento Marítimo a Marruecos; una política que financia un Estado fallido como Libia donde se practica la compraventa de personas; una política que ha militarizado los buques de Salvamento Marítimo obligándoles a que Guardias Civiles naveguen en ellos; una política que construye nuevos Centros de Internamiento de Extranjeros (CIEs) donde encierran a personas que no han cometido delito alguno en tanto tramitan su expulsión; una política que practica las expulsiones “express” de personas que llevan años viviendo en nuestro país para llenar los “vuelos de la vergüenza” en los que son deportadas; una política que expulsa a los MENAs (menores extranjeros no acompañados) que llegaron a nuestro país siendo niños y son deportadas a países a los que ya nada les une; una política, en suma, que aplaude entusiastamente el neofascista Salvini. A eso ha llegado la cobardía de un Pedro Sánchez que cínicamente se vanagloria en su best seller de haber salvado la vida de los 630 migrantes del Aquarius.

No es casualidad que el ministro que practica esta política sea precisamente el juez que más denuncias recibió de los tribunales europeos por no investigar las denuncias de casos de tortura de detenidos. Viendo en lo que se ha convertido nuestra política de fronteras, tampoco lo es que Pedro Sánchez le eligiera precisamente a él como ministro del Interior.

Gracias, Marta, por denunciar todo lo que está pasando, por saltarte la disciplina de voto de un partido que cada día se aleja más de lo que podría haber sido y que nos ilusionó a tantos cuando nació; gracias por no mirar a otro lado ni callar cuando los demás lo hacen; gracias por recordarnos con tu ejemplo que todavía hay políticos en los que creer; gracias por ser algo cada vez más escaso aunque más necesario en este país: comprometida, coherente, digna y valiente; gracias, Marta, por recordarnos que, como decía José Bergamín, existir es pensar y pensar es comprometerse.

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Cinecicleta, porque el cine también puede ser nuestra Ítaca

Carlos Olalla*. LQS. Febrero 2019

Inspirados en las misiones pedagógicas de la segunda república, Isa y Carmelo se embarcaron en un proyecto para el que tuvieron que dejar atrás rutinas o trabajos y aceptar el reto que supone enfrentarte a lo desconocido

Hay sueños maravillosos, sueños que dan sentido a lo que hacemos y que, a veces, no son imposibles de convertir en realidad. Solo hace falta entusiasmo, ilusión y coraje para llevarlos a cabo. Eso es lo que hicieron Isabel Segura y Carmelo López, ingeniera ella, maestro él cuando, en 2015, decidieron recorrer África en bicicleta para llevar el cine a las aldeas más recónditas y perdidas del continente. Su viaje, una preciosa aventura poética, les llevó a recorrer más de 18.000 kilómetros en 25 meses por toda la geografía africana. Realizaron un total de 217 proyecciones y, lo más importante, se demostraron y nos demostraron, que hoy, en pleno siglo de oscuridades y sombras, aún es posible compartir nuestros sueños con los demás, llevar el cine allí donde nunca lo han visto, y hacerlo de una forma totalmente autosuficiente ya que la generación de energía para proyectar las películas la hacen los propios espectadores pedaleando por turnos en una bicicleta. Inspirados en las misiones pedagógicas de la segunda república, Isa y Carmelo se embarcaron en un proyecto para el que tuvieron que dejar atrás rutinas o trabajos y aceptar el reto que supone enfrentarte a lo desconocido. Tenían, sobre todo él, experiencia en viajar en bicicleta y planificaron cuidadosamente su viaje, pero mal viaje sería si no hubieran dejado espacio para los imprevistos, para la posibilidad de que ocurra lo impensable. También se y nos demostraron que hoy en día dos blancos pueden recorrer África en bicicleta sin que les acechen todos esos peligros que años y años de ignorancia y eurocentrismo han inoculado en nuestro cerebro. Partieron a la aventura con la idea de dar, de compartir lo que son y ese mundo mágico del cine que llevaban a cuestas y recibieron más, mucho más de lo que habían siquiera podido imaginar. Su proyecto, esa preciosa CINECICLETA capaz de hacernos soñar a todos, ha sido un encuentro con otras gentes y otras culturas, con otros sueños, con otras realidades. Por eso ha sido un viaje lleno de vida, de verdadera vida, esa que no es más que encuentro y su viaje, como el viaje a Itaca de Kavafis, les ha regalado experiencias, emociones y una profunda sabiduría.

Adentrarse por caminos desconocidos con la soledad y el silencio por compañeros es también un profundo viaje interior, un viaje que nos cuestiona y descubre realmente quiénes somos. Ese es el viaje que Isa y Carmelo con su CINECICLETA han hecho durmiendo bajo las estrellas, cobijándose a la sombra de cualquier árbol solitario, compartiendo espacio y comida con las personas que encontraban en su camino, ese camino que, no podía ser de otra manera, les llevaba al Sur a ese Sur que nos llama con tanta fuerza a los desnortados habitantes del Norte.

Verles recorrer esos caminos interminables, esas cuestas que parecen no tener fin perdidas en medio de ninguna parte, es una invitación a la aventura, a que recapacitemos sobre lo que estamos haciendo con nuestras vidas

Lejos de ser la aventura de dos blanquitos caritativos que llevan la cultura y nuestro cine a los pobres negritos de África, la filosofía de CINECICLETA es precisamente la contraria. Se han acercado a esos pueblos, a esas gentes, para conocerlas, para compartir su realidad; lo han hecho sin contaminar ni destruir su medio ambiente, sus costumbres o sus culturas; la propia selección de las películas ha sido cuidadosamente elegida incluyendo desde películas de cine mudo (lenguaje universal ya que en muchas de las aldeas que visitaban no hablaban inglés ni francés), documentales sobre la naturaleza mostrando ballenas o pingüinos a las gentes del desierto, y, sobre todo, cine africano, cine hecho por y para esas personas que les muestra la realidad de otros pueblos próximos o lejanos que se enfrentan a los mismos retos que ellas.

Que una pareja pueda hoy en día vivir su propio sueño dejando atrás el sinsentido de la vida que llevamos confinados en nuestras ciudades y circunstancias es un grito de esperanza para nuestras adormecidas conciencias cegadas por la inmediatez de fin de mes o la inexorable dependencia de recibos, alquileres o hipotecas. Otro mundo existe y otra vida existe. Eso es lo que nos demuestran Carmelo e Isa con su aventura. Verles recorrer esos caminos interminables, esas cuestas que parecen no tener fin perdidas en medio de ninguna parte, es una invitación a la aventura, a que recapacitemos sobre lo que estamos haciendo con nuestras vidas. Como también lo es ver las caras de esos chavalines viendo cine por primera vez, chavalines que ríen y disfrutan con lo que, de niños, también reíamos y disfrutábamos nosotros. Chaplin y su Charlot no saben de fronteras o siglos; la aventura de viajar, de compartir nuestra experiencia con los demás, tampoco. Una de las cosas que más han valorado de su aventura es comprobar la alegría y la generosidad de las personas que han encontrado en su camino. No tener nada no impide poder darlo todo: una sonrisa, una mirada, un baile o una simple canción bajo el brillo de las estrellas son más, mucho más que lo que solemos recibir por nuestros lares. Cuando no tienes nada material que ofrecer es tu corazón lo que das, eres tú mismo lo que entregas a los demás. Puedes hacerlo compartiendo una historia, un vaso de agua, o una sonrisa. Ese lenguaje universal nada sabe de mapas, barreras o muros. Es un lenguaje inherente al ser humano, un lenguaje que nos une, que nos acerca, que nos demuestra que, aquí o allá, todos los seres humanos tenemos los mismos sueños.

África no es un país, ni un continente siquiera, es un mundo, un mundo de diferentes culturas y gentes que pueblan una geografía milenaria sobre la que nosotros, colonizadores europeos, dibujamos fronteras que los habitantes de África jamás entendieron. Como tampoco entienden unas leyes que ellos no han promulgado que permiten que sus riquezas puedan viajar libremente de un país a otro mientras a ellos se les prohíbe hacerlo. Esos pueblos llevan miles de años viajando de una tierra a otra en función de las necesidades que les crea la naturaleza con sus ciclos y sus ritmos. A esas necesidades se han unido la devastación de sus recursos naturales, el hambre y las guerras que nosotros seguimos provocando en su mundo. Por eso esas personas huyen hacia el norte. No es un efecto llamada lo que las mueve, sino un efecto huida. Los que intentan llegar hasta aquí son lo mejor de cada casa, de cada familia, de cada aldea. En ellos cifran todas sus esperanzas de supervivencia. Nuestro egoísmo y nuestra indiferencia lleva siglos haciéndoles la vida imposible. Cuando esas personas no tenían intención alguna de dejar su tierra atrás, los esclavizamos y enviamos en barcos a Europa y a América. Muchos se forraron con aquel negocio amparado por la ley, por nuestra ley. Ahora que necesitan venir aquí para evitar la muerte y que incluso nosotros necesitamos que vengan para asegurar nuestras pensiones, construimos muros que les impiden llegar o los abandonamos deliberada e intencionadamente en el mar para que mueran sin que siquiera lo veamos. Son muchos quienes hoy se están forrando con este negocio amparado por la ley, por nuestra ley.

Y, sin embargo, lo que Isa y Carmelo han constatado en su viaje por catorce países africanos es que esas personas no nos odian. Abren su corazón y sus brazos al extranjero, al extraño, al que no conocen. Y lo hacen desde lo más hondo porque saben que solo somos lo que damos. Sería precioso que una pareja de Gambia, Camerún o Senegal viniese a España en una bicicleta cargada de libros de poetas y escritores africanos, escritores maravillosos en su mayoría absolutamente desconocidos aquí, y que se sentaran con nosotros para que, alrededor de una lámpara alimentada por el pedalear de una bicicleta, nos contaran sus historias y compartieran la experiencia de su viaje con nosotros. Por desgracia eso hoy no sería posible. No les hubiéramos dejado pasar la frontera, les habríamos encerrado en un CIE si hubieran conseguido cruzarla, y no habría aparecido ni un solo voluntario para iluminarles con su pedaleo solidario. Es mucho, tanto lo que nos queda por aprender…

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