Impuestos

No seas ingenuo, tus impuestos se los apropia el Estado. No garantizan la solidaridad. Todo, servicios sociales incluido, lo sostiene el tiempo que trabajas gratis para el capital. Tus impuestos son la desposesión de parte del salario que te han dan por el trabajo que realizas. Antoni Puig Solé

Ilustración general de la crisis del algodón de 1861-65

Antoni Puig Solé*. LQS. Noviembre 2018

Para intentar neutralizar la escasez de algodón, los fabricantes comenzaron a adulterar sus productos de algodón añadiendo otros materiales en el proceso de hilatura. Esto aumentaba el peso de los productos pero disminuía su calidad

Continuación del capítulo sexto del libro III de El capital

Es evidente que la incorporación de un apartado histórico, con forma cronológica, en el capítulo sexto, se hace para ayudar a entender la argumentación teórica. En el relato de Marx, apareciendo los efectos, que en una determinada coyuntura, tuvieron los cambios en los precios de las materias primas, la apreciación y la depreciación, los ciclos de producción agrícola no sincronizados con el ritmo de la acumulación de capital, etc. Pero el apartado también aporta elementos para analizar las crisis económicas.

Hay que tener claro, por lo pronto, que el algodón era la materia prima de la llamada industria algodonera, o sea, de la industria especializada en la transformación del algodón. El algodón es un tipo de producto, que reúne las condiciones de lo que Marx define como «materias primas de origen orgánico».

Tal y como se relata en el capítulo de la acumulación originaria del libro I, hubo una relación estrecha entre la industrialización británica y la economía esclava del sur América. El algodón crudo, cosechado por los esclavos, se transportaba en barco, desde los estados meridionales de los actuales EE.UU., hasta el puerto de Liverpool. Desde allí iba a las fábricas donde servía como materia prima para tejer la tela. Esta interrelación económica creaba las bases para que los capitalistas británicos no tuvieras muchas simpatías por la lucha contra la esclavitud en la guerra civil norteamericana de 1861 a 1865.

Marx comienza el relato antes del bloqueo causado por la Guerra Civil Estadounidense y explica la variedad de factores que confluyen y cómo se relacionan unos con otros. No sólo es capaz de destacar la forma en que el choque externo ocasionado por la guerra civil de EEUU impacta sobre un ciclo industrial-agrícola ya existente, sino que también hace observaciones sobre la forma en que la clase capitalista actúa como clase para preservar sus intereses clasistas en tiempos de crisis y de cómo todo ello empeora las condiciones de la clase obrera.

La prensa de la época, señaló como entre 1861-65, la industria del algodón se tambaleó por la falta de suministro de algodón crudo, de resultas de la Guerra Civil Norteamericana y del bloqueo de los puertos del Sur por parte de la ejército del Norte. Marx, sin embargo, no consideró que esta fuera la única causa, ni la principal, de la crisis de la industria del algodón. Va vincularla a la sobreproducción, con su correspondiente incremento de capitales fijos, que había madurado durante los años del boom de 1859-60, o sea, antes de que empezara la guerra. De hecho, en los años previos al estallido de la crisis, los síntomas de la sobreproducción, de manera puntual, ya iban asomándose, si bien se habían podido paliar. Marx insiste, una y otra vez, al demostrar que la restricción en la materia prima provocada por la guerra, se produjo justo en un momento en que el mercado de productos acabados se había saturado excesivamente, debido a la actividad industrial preliminar.

Una vez se inicia la escasez de algodón, a consecuencia de la guerra, los precios del algodón aumentaron y los capitalistas y el Estado se empeñan en buscar nuevos yacimientos. Se contempló la posibilidad de expandir los ferrocarriles en la India en busca de materias primas más baratas. India ya ayudaba entonces a absorber el exceso de producción procedente de Inglaterra. De hecho, se le asignaron las dos grandes funciones que el capitalismo persigue en una colonia:
1 / absorber el exceso de capital y 2 / proporcionar materias primas baratas.

En 1861, se hizo evidente que los fabricantes habían producido en exceso y que se necesitarían varios años para que el mercado absorbiera la producción. Pero los precios de la materia prima, el algodón en este caso, no bajaron sino que se elevaron debido al bloqueo, como ya hemos explicado. El algodón, por tanto, escaseaba, aunque no de la misma manera para todos: muchas de las empresas más grandes tenían algodón almacenando que se apreció evitando la depreciación habitual del capital total que una crisis suele ocasionar. Por el contrario, los pequeños capitalistas, que habían adquirido un peso considerable y que no habían podido almacenar grandes stocks de algodón, fueron los más afectados por la crisis.

Para intentar neutralizar la escasez de algodón, los fabricantes comenzaron a adulterar sus productos de algodón añadiendo otros materiales en el proceso de hilatura. Esto aumentaba el peso de los productos pero disminuía su calidad. Estos materiales sustitutivos son más difíciles de manejar en el proceso de trabajo y se producen más interrupciones. Esto reduce la productividad. También suelen ser perniciosos para la salud de los trabajadores. Las horas de trabajo se redujeron, los salarios empezaron a caer y estallaron las huelgas.

Se utilizó algodón inferior (proveniente, generalmente de la India,) en todas partes mientras se desaceleraba la producción. El algodón inferior retrasa la producción, por lo que tiene un efecto severo sobre los salarios. Los trabajadores de algodón tenían un sistema de tarifa a tanto la pieza. Esto significa que cuanto menos producen, menos ganan. Los salarios se hundieron. A la vez, los trabajadores eran multados si no produciendo según los mínimos de producto requerido. Paro y subempleo crecieron. Marx señala que esta drástica devaluación de la fuerza de trabajo termina siendo un gran obsequio para la clase capitalista.

Durante todo este tiempo se produjeron aquellas galopante mejoras en maquinaria que ayudan a cambiar la estructura de la industria del algodón, facilitando la concentración en fábricas más grandes, con un número más reducidos capitalistas y con menos operarios. Marx ya había aportado ejemplos, a partir de los informes de los inspectores de fábricas para el año 1863, para ilustrar la ley general de acumulación de capital, en el libro I.

A pesar de que las condiciones de trabajo empeoraron aceleradamente, peor era aún la situación de la masa de los trabajadores que fueron expulsados de la industria.

Los comités de socorro no se establecieron hasta 1862, por lo que al principio los trabajadores sólo podrían recurrir a sus propios recursos o en la odiada Ley del pobre. Sus ahorros se habían agotado como consecuencia de las luchas salariales anteriores. Los almacenes de las sociedades cooperativas se redujeron y a la vez sus ventas cayeron drásticamente. Las cajas de ahorros se vaciaron.

A muchos trabajadores no les quedó otra alternativa que mendigar. Otros prefirieron ponerse a disposición de los odiados tutores de la ley del pobre, que sólo daba ayudas tras una severa investigación sobre los medios económicos del solicitante, la vida privada y su conducta en el pasado. En general se pedía una «prueba laboral», que el parado estaba dispuesto a aceptar trabajos más duros y degradantes de los que realizaba antes y si los rechazaba, se le consideraba responsable de su propia pauperización.

En 1863 se aprobó una Ley de la Obra Pública. Puso a disposición 1.200.000 libras (ampliándose posteriormente hasta los 1.850.000 libras) para entregarlas a las autoridades locales que realizaran obras de utilidad pública y mejora sanitaria dentro de las áreas de la industria del algodón. Para realizar estas obras se utilizaron los trabajadores con salarios raquíticos. Sin embargo, en muchas áreas, el dinero destinado terminaron beneficiando a la clase capitalista que pudo realizar las mejoras públicas con un coste considerablemente inferior al normal.

A mediados de 1864, cuando pasó la peor de la crisis, aparecieron quejas patronales ocasionales por la falta de trabajadores en algunas especialidades. Como los salarios no mejoraron, las huelgas reaparecieron. La protección pública comenzaba a garantizar un poco de seguridad. Esto reanimó a los burgueses para protestar, reclamando que se derogara la Ley de Obras Públicas y lo consiguieron.

Aunque la clase capitalista buscaba los mercados libres y el comercio global para conseguir que el suministro de algodón vuelves a la normalidad y para conseguir la absorción de los excedentes de productos acabados, no defendieron la movilidad del trabajo. Supusieron a cualquier intento de permitir la emigración de trabajadores de los distritos de fábrica de algodón en otros lugares donde hubiera más demanda de fuerza de trabajo.

El relato de Marx acaba sobtadeament, con unas breves referencias a la cuestión de la vivienda. A medida que avanzaba la crisis, muchas casas quedaban deshabitadas y muchos inquilinos no tenían suficiente dinero para pagar el alquiler.

Como Marx explica en otro lugar, la situación terrible en la que se vio abocada la clase obrera, no hizo disminuir sus simpatías por los nordistes. Marx defendió que el apoyo a los que luchaban contra la esclavitud era imprescindible para que la clase obrera asumiera su papel emancipatorio. La resistencia de la clase obrera de Inglaterra alunizar de la insensata campaña criminal que venía a decir que había que proteger Europa, con una cruzada para favorecer la perpetuación y prolongación de la esclavitud al otro lado del Atlántico, va salvar la dignidad de las personas que viviendo en las naciones capitalistas. Pero en cuanto a la conducta de la clase obrera durante la crisis, estuvo muy aleja de lo que podríamos considerar como una conducta revolucionaria. Como se dice al final del capítulo, muchos de los obreros más bien se comportaron como ovejitas.

Casi todos los temas que Marx sopesa aquí, siguen teniendo actualidad. Vimos, como cuando estalló la crisis del 70 del siglo pasado, se quiso reducir todo, a la subida de los precios del petróleo y hoy en día, aún lo hacen, muchos historiadores. Algunos también han pretendido tipificado la primera crisis del siglo XXI, fijándose sólo en la burbuja inmobiliaria o en la conducta de las finanzas. Pero los problemas causados por estas fluctuaciones en los precios de las materiales primas o en la vivienda, forman parte de procesos mucho más profundos de la acumulación capitalista. La forma en que actuó la clase capitalista durante la crisis del algodón, es casi la misma con la que actúa la clase capitalista de nuestros días, cuando hay situaciones de crisis o cuando se crean las condiciones para que la crisis reaparezca. Lo mismo ocurre con la actuación del Estado, que, de una manera u otra, se preocupa de garantizar que el proceso de acumulación de capital se reanude y que la dominación de clase se perpetúe.

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Das Kapital: Libro 3º. Capítulo VI: efectos de la variación de los precios

Antoni Puig Solé*. LQS. Noviembre 2018

Defectos de las oscilaciones del precio desde materiales sobre la tasa de ganancia

Este capítulo explica cómo las modificaciones de precios impactan en el costo de la mercancía y de rebote en la tasa de ganancia. Si sube el coste de producción la tasa de ganancia baja y viceversa.

La explicación la podemos ejemplificar, inicialmente, viendo el impacto de un aumento y una disminución en los precios de los materiales:

si aumenta, para obtener una determinada masa de plusvalía, es necesario poner en funcionamiento una masa superior de capital. En consecuencia, el numerador de la tasa de ganancia es el mismo, mientras que el denominador crece y, en estas circunstancias, la tasa decrece.
Si disminuye, el denominador también lo hace y la tasa crece.

Supuesto numérico:
La tasa de beneficios y la tasa de ganancia se calcula con estas fórmulas:

Tasa de beneficis.- b ‘= p / c + v
Tasa de guany.- g ‘= p / C

P.- Plusvalía
c.- Capital constante.
v.- Capital variable
C.- Capital total, es decir, c + v si capital consumido y capital total coinciden.

A / Si se produce un descenso (que llamaremos d) en el precio de los materiales, pasa lo siguiente:

Tasa de BENEFICIO = p / (c-d + v)> p / c + v
Tasa de GANANCIA = p / (C-d)> p / C
La tasa sube.

B / Si se produce un alza (que de llamaremos a) en el precio de las materias primas, pasa lo siguiente:

Tasa de BENEFICIO = p / (c + a + v)

Tasa de GANANCIA = p / (C + a)

La tasa baja.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

Marx, en consonancia con su explicación de los precios de producción, menciona que estas fluctuaciones de precio no serían tan extremas en una situación de tasas de ganancias medias y precios de producción. De momento estamos suponiendo que el intercambio de las mercancías responde a sus valores. Pero si se acopla a sus precios de producción, la formación de tasas de beneficios medias suavizaría ligeramente esta fluctuación del precio.

Viendo el impacto de los materiales en la tasa de ganancia, no es de extrañar el interés por abaratarlos, en general, y especialmente en los países industrializados. A la vez, el gasto en transporte, la eficiencia del comercio mundial y el sistema tarifario, como que también influeixent los precios de estos materiales, se convierten en preocupaciones centrales para los capitalistas, como observamos ahora mismo.

Los materiales, al ser parte del capital circulante, pasan directamente y en una sola vez, en el producto. El valor del capital fijo, en cambio, lo hace poco a poco. Esto quiere decir que en el primer caso las fluctuaciones en los precios tienen un impacto más directo que en el segundo.

Cuando se incrementa la productividad, aumenta la cantidad de producto consumida en el mismo periodo de tiempo. Si los trabajadores producen el doble, consumen el doble de materiales. Esto, aunque no influye en la masa de plusvalía, impacta sobre el precio unitario que contendrá una porción más escasa de trabajo directo, un valor más o menos similar transferido por el capital fijo y un valor proporcionalmente mayor aportado por los materiales. Estamos, por tanto, ante un fenómeno tendencial que sólo se frena Disminuc el precio de los materiales.

Al ser elementos del capital circulante, los materiales deben ser incorporados de nuevo, una vez rar el otro, después de ser consumidos para fabricar la mercancía (a diferencia del caso del capital fijo, del que sólo se amortiza la parte consumida, constituyendo un fondo de reserva, lo que se puede disponer, o no, para hacer nuevas inversiones). Si el ingreso conseguido con la venta de los productos terminados resulta insuficiente para la sustitución de este capital circulante, entonces el proceso de reproducción en general queda bloqueado.

Finalmente, los efectos sobre el nivel de precios de estos materiales hacen que el tema de los residuos adquiera una importancia adicional. En subirse los precios sube también la cantidad de dinero que acompañan los desechos, lo que suele provocar un mayor cuidado en su generación y administración.

Incremento de valor y depreciación; liberación y vinculación de capital

Marx habla de incremento de valor y de depreciación del capital para referirse a los cambios, por causas diversas, en el valor de cualquiera de los factores de la producción, después de comprarlos.

Un ejemplo de incremento de valor sería comprar petróleo y que, una vez acordado el precio, este precio subes. Un de depreciación sería cuando habiéndose instalado una línea de producción para fabricar un nuevo modelo, se descubre que unas empresas de la competencia ha logrado un sistema mejor, que les permite producir con menos costes.

La revalorización y la devaluación del capital, como veremos, puede afectar al capital constante, al variable o ambos; y, en cuanto a capital constante, puede afecta al capital constante fijo y al capital constante circulante, o ambos.

La liberación del capital es un fenómeno más enrevesado. Ya fue analizada en el volumen II, al observar el período de rotación. Allí se explicaba que para que la producción no se interrumpa y prosiga en la misma escala, hay que avanzar un determinado volumen de capital, no sólo para asegurar el período de trabajo en el que se produce la mercancía, sino también para asegurar el período de circulación porque la mercancía recorra el camino hasta que se vende y se cobra. Si se acorta el período de circulación, el dinero llega antes y se en necesitan menos por el camino; ese dinero se pueden convertir en capital productivo. Como consecuencia, el capital que previamente debía avanzar para cubrir este periodo, ahora, al acortarse, se libera. Por el contrario, si se amplía el período de circulación, es necesario vincular un capital adicional para garantizar que la producción no se interrumpa.

Para entender todo el razonamiento no se puede perder de vista que una parte del capital se encuentra en la esfera de la producción y otra a la de la circulación. En cuanto a la parte incrustada en la esfera de la producción, hay diferencias notorias según sea su destino (materiales, máquinas, edificios, salarios …).

Para ver el efecto de la fluctuación del valor de los materiales, imaginamos un aumento en el precio del petróleo. Al despegar, los precios de los productos acabados y semiacabados derivados del petróleo, así como los valores de los stocks de petróleo, se elevarán. Asimismo, el petróleo añadirá una mayor porción de valor al producto, en comparación con lo que añadía antes. En este supuesto, estaríamos ante un aumento general de valor. Naturalmente, en el caso de una caída del precio, pasaría lo contrario.

Si la proporción de productos derivados del petróleo que ya han llegado al mercado cuando el precio sube, es alta, el aumento producido en el valor del capital en forma de mercancía puede contrarrestar el efecto de la subida en la materia prima y compensar el su efecto sobre la tasa de ganancia. Naturalmente, lo contrario también puede pasar.

Al principio del capítulo, Marx señala que una comprensión completa de estos factores -incremento de valor, depreciación, vinculación y liberación – requieren un análisis del sistema de crédito y del mercado mundial. Estos son temas que Marx tratará más tarde y de momento no se tienen en cuenta. Una situación similar nos encontramos en el incremento o descenso del valor de la tierra, que impacta de lleno en la apreciación y la depreciación de capital, generalmente, en su parte fija (valor de los edificios, por ejemplo). Queda igualmente aplazado, ya que para tratarlo hay que despertar la problemática asociada a la renta de la tierra y Marx que no se pone hasta llegar a la parte final del libro III.

Por el contrario, el tema de la devaluación de la maquinaria ya lo podemos tratar:

Si el valor de uso de la maquinaria se deprecia rápidamente, las máquinas pierden valor, en depreciarse antes de que el trabajo que contienen se pueda transferir completamente a la mercancía. Si, por ejemplo, una empresa automovilística construye una nueva factoría y la competencia en construyen una mucho más eficiente tres años más tarde, las máquinas de la primera pierden valor. La factoría más antigua no podrá vender sus automóviles a precios que permitan recuperar las inversiones en capital fijo. Debe vender al precio de mercado, ahora más bajo, establecido por las empresas más competitivas. Marx denomina a este fenómeno como «depreciación moral». Esto significa que cuando la nueva maquinaria llega a la fábrica, a menudo se necesita urgentemente sacar el máximo provecho haciéndola producir a tope antes de que quede obsoleta, prolongando la jornada laboral, estableciendo turnos de noche, realizando horas extraordinarias, trabajando los festivos y fines de semana, …

Se puede llegar a una cierta estabilidad en el uso de la tecnología, durante un temes. Esto no evita que la maquinaria también se devalúe, ya que es probable que se mejore la eficiencia en su producción, produciéndose las, entonces, a mejor precio. Esto significa que no todos los nuevos usuarios de las máquinas se benefician de la misma manera. A menudo algunos capitalistas salen del negocio, porque no pueden competir. Su capital fijo se debe vender. Otros capitalistas lo compran a precios de ganga y luego pueden obtener un mejor margen de beneficio.

Aquí Marx da una imagen de cómo se modifica la organización del trabajo para evitar la caída de la tasa de ganancia. Ya se ha visto en otros capítulos, y lo veremos de una manera más detallada en capítulos posterior, como un aumento en la composición orgánica del capital incentiva la caída de la tasa. El incremento de la composición orgánica se puede compensar con la caída de precios de la maquinaria y otros elementos del capital constante. Pero cuando caen los precios de capital fijo, en encontramos ante una depreciación moral que también puede perjudicar a muchos capitalistas. Sólo en los momentos de crisis, se puede conciliar la devaluación y la mejora en la tasa de ganancia, pero esto sólo favorece a los capitales más potentes que salen reforzados gracias a la crisis.

Todo ello hace que haya resultados confusos. Si el capital pierde valor mediante la depreciación, esto puede significar, a la larga, que la tasa de beneficios aumenta, ya que relaciona la plusvalía con el valor del capital total. Si se revalúa, la tasa de ganancia baja por los mismos motivos.

Pasemos ahora a considerar las modificaciones en el capital variable.

Ya sabemos que si los medios de subsistencia se encarecen, los salarios deben mejorar para garantizar la alimentación de los obreros y entonces la plusvalía cae. Todo lo contrario ocurre si los medios de subsistencia se abaratan, ya que la fuerza de trabajo se desvaloriza.

Cuando los salarios caen, una parte del capital variable se libera. Esta «propina» se puede utilizar para el disfrute del capitalista o se puede reinvertir en la producción, expandiéndola y contratando más trabajadores para explotar. Cuando el valor de la fuerza de trabajo se encarece, sucede todo lo contrario: se necesita más capital «ligado» al capital variable, lo que significa que si la producción se mantiene en la misma escala, la plusvalía mermará. En estas circunstancias, tasa de plusvalía y tasa de beneficios caen.

Una parte del capital variable puede ser liberado también por cambios de productividad. Si aumenta, es posible obtener la misma cantidad de mercancía con menos trabajadores, liberando capital variable. Sin embargo, como ya hemos visto, esto suele ir acompañado de un crecimiento en el consumo de los materiales, obligando al capitalista a invertir más capital constante. Las cantidades relativas de la liberación del capital variable y el incremento del capital constante, determinan el efecto sobre las tasas de beneficios.

En general, un crecimiento en el capital constante se justifica para garantizar más productividad. La situación inversa la encontraríamos en el caso particular de la agricultura: si la fertilidad del suelo disminuye, se necesitará más capital constante para obtener la misma cantidad de producto de la tierra. En este caso, en cuanto cae la productividad, el capital constante se incrementará.

En caso de que la disminución del capital variable de lugar un incremento del capital constante de la misma cuantía, se producirá un cambio en la distribución del capital entre sus componentes variables y constantes, una redistribución que cambiará tanto la masa como la tasa de plusvalía, pero se tratará de un fenómeno distinto al de la liberación de capital que ahora estamos analizando.

El capital constante también puede quedar afectado si el aumento de la productividad del trabajo requiere el uso de más mateirals, máquinas e instalaciones, para una determinada masa de capital variable. La dificultad en estos casos es que, como vimos en el volumen II, tanto en términos de valor como en términos de unidades físicas, las proporciones de los elementos de producción (mano de obra y medios de producción) están determinadas por el carácter técnico del proceso de producción. Aparte de la fuerza de trabajo, el elemento de producción más sensible a las fluctuaciones en el precio son las materias primas: el desgaste del capital fijo se puede compensar, en general, comprando de nuevo, en cualquier momento de la facturación los precios. En cambio, las materias primas, como ya hemos visto, se sustituirán por nuevas materias primas, en la cantidad adecuada y en el momento puntual. Las fluctuaciones violentas en el precio (o en el subminstrament de las materias primas) dan lugar a interrupciones, a grandes perturbaciones e incluso a catástrofes en el proceso de reproducción.

Cuando el precio de las materias primas llegan a un pico al que nunca se había llegado, los capitalistas a menudo se unen en asociaciones para estimular la producción de estas materias primas. Esta es una de las maneras en que los capitalistas actúan colectivamente como clase cuando se ven amenazados como clase. Pero tan pronto como la producción vuelve a la normalidad, los capitalistas vuelven a abrir las compuertas de la competencia en el mercado y su ideología de «libre comercio» humedece el terreno.

La agricultura es un buen ejemplo de todo ello. Una mala cosecha, una plaga, etc. pueden hacer fluctuar los precios agrícolas. Los productos de la naturaleza no son tan estables y previsibles como los productos del trabajo puramente humano en otros ámbitos de producción. La producción agrícola tampoco puede aumentar ni disminuir inmediatamente para afrontar las fluctuaciones de la demanda, aunque el capital no para incorporar nuevas técnicas para hacerlo. La producción, en buena parte de los correos, se planifica en torno a los ciclos anuales de cultivos y no se puede ajustar hasta el comienzo de la próxima temporada de siembra. Esto significa que puede haber excesos y carencias de productos agrícolas.

La moral del relato que saca Marx, en estos temas, y que también se puede extraer de otras discusiones de la agricultura, es que el sistema capitalista se opone a una agricultura racional o que una agricultura racional es incompatible con el sistema capitalista , incluso si esta última promueve el desarrollo técnico en el campo. El sistema necesita pequeños agricultores que trabajan para ellos mismos o asociados con otros productores. Es de extrañar, pues, que hoy, buena parte de la agrícola dependa de subvenciones y aranceles masivos?

Marx concluye el capítulo con extractos detallados de los informes de los Inspectores de fábrica, que ilustran el último punto y una cronología de la «crisis del algodón», que trataremos en una futura entrega.

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La actualidad de Marx en su bicentenario

Antoni Puig Solé*. LQS. Septiembre 2018

Si nos atenemos al capitalismo actual, podemos decir que este sistema perdurará hasta que las fuerzas productivas choquen de pleno con las relaciones de propiedad y con la vida ideológica e institucional que el sistema ha creado

El bicentenario del nacimiento de Marx ha dado lugar a numerosas conferencias, artículos y reseñas dedicadas a aspectos de sus investigaciones y de su vida. Ha aparecido también una nueva y monumental biografía que se suma a las muchas ya existentes y, incluso, se ha rodado una película sobre su juventud.

El capitalismo de nuestros días, conserva las grandes características que Marx describió de manera elocuente en El capital, hace más de 150 años. He aquí que los activistas que luchamos por superar este sistema seguimos prestándole atención y porque todavía está de actualidad.

Para Marx, los individuos no somos abstracciones. Somos criaturas sociales, inmersas en un sistema concreto e histórica de relaciones de producción.

Todos los modos de producción tienen que ver con el trabajo humano. En el capitalismo, la división del trabajo ha llegado a niveles inimaginables en los modos de producción precedentes. El trabajo humano, ahora, se destina a producir mercancías, bajo el dominio del capital. Pero las mercancías no se producen principalmente para satisfacer las necesidades sociales, sino para venderlas a quien tiene poder adquisitivo, y obtener ganancias.

El capital es, por tanto, una suma de dinero que crece (se valoriza) gracias a un sistema concreto de relaciones sociales, sustentado en la explotación del trabajo humano y dedicado a la producción mercantil.

Marx, en su análisis del capitalismo, desarrolla la teoría del valor trabajo para mostrar como la explotación laboral permite extraer plusvalía. El término plusvalía la utiliza para señalar que el beneficio capitalista proviene de una forma particular de dominación, donde el capital, como propietario de los medios de producción, dirige la actividad económica y subordina los productores.

¿Como lo hace? El tiempo de trabajo se contrata en el mercado, ya que en el capitalismo todo está mercantilizado. Comprar tiempo trabajo, no significa adquirir el trabajador que vende su tiempo. El trabajador es un ser libre. El sistema constitucional burgués le respeta unos derechos, que varían según el lugar y el momento. De hecho, para que el capitalismo progrese, se necesitan trabajadores/as que sean y se sientan libres; productores que «disfruten» del derecho de vender y comprar.

El capital usa el tiempo de trabajo pactado «entrega» para impulsar el proceso de producción. Es el soberano de este proceso y el dueño de las mercancías producidas. El trabajador, por lo tanto, es libre, pero su vida, debe ponerse al servicio del capital, durante un período acotado de tiempo, que es, precisamente, el tiempo consagrado a la producción. Tienes que estar preparado para producir de manera eficiente y dispuesto a hacerlo, si no quieres ser excluido definitivamente.

En recompensa por la entrega «voluntaria» del tiempo de trabajo, los trabajadores recibimos una remuneración (generalmente, pero no únicamente, de tipo salarial), pactada en el contrato. La remuneración permite adquirir mercancías necesarias para la subsistencia y reproducción de los productores, aunque la reproducción conlleva muchas más derivadas, además de la compra mercantil a través del salario y esta compra también tiene otras consecuencias, además de la reproducción.

El tiempo de trabajo que los productores entregan al capital, da lugar a un número superior de mercancías de las que ellos pueden adquirir con el salario. Al cabo de abajo, es la vida laboral de todos los trabajadores, lo que hace posible la producción de todas las mercancías. Han producido alimentos, coches, edificios, libros, periódicos, actividades de ocio y otras mercancías. Una parte las adquirirán los propios productores. La otra parte pasará a otras manos. Pero también han producido máquinas, aviones, armas, fábricas, hoteles … o barcos de lujo, que irán a manos de sus explotadores, asegurando las condiciones para que los sigan explotando, permitiendo que los más ricos propaguen medio mundo de abundancia y ocio e inflando el capital para que se siga expandiendo y haciendo de las suyas.

El último paso de Marx en la explicación sobre la dominación del capital, es destina a analizar el proceso de acumulación. El capital, como hemos visto, es una cuantía de dinero que se valoriza gracias a la plusvalía. Esta plusvalía puede devenir nuevo capital, con lo cual, la producción capitalista crece en forma de espiral, a medida que crece el capital dedicado a esta producción. El proceso de acumulación, va acompañado del cambio técnico que incrementa la productividad e incentiva la competencia entre capitalistas. Acentúa, a la vez, las diferencias sociales. Crea, también, un «ejército de reserva» de parados, que proporciona la base para fortalecer la disciplina laboral, contiene los salarios, permite formas de producción desreguladas, como por ejemplo el trabajo sumergido y garantiza que el capital disponga de mano de obra sobrante para atender cualquier oportunidad de negocio.

El capitalismo, pues, por su naturaleza, necesita aumentar continuamente la explotación del trabajo y someter cada vez más gente en su organización productiva, y lo necesita a escala mundial.

Marx, a pesar de ser un gran investigador, no dejó una teoría completa. Esta no era, además, su intención! No llegó a conocer las mutaciones que el capitalismo ha sufrido los últimos 150 años, ni asistió a la aparición de nuevas corrientes económicas burguesas, como por ejemplo, la keynesiana. Sin embargo, El capital se ha convertido en una obra de referencia, especialmente, a partir del estallido de la crisis económica en 2007. Esto ha sido posible, porque es una obra que también sienta las bases para una teoría de la crisis. No dedica, ciertamente, ninguna sección a tratarla, de una manera general. Pero las crisis tienen un papel importante a lo largo de toda la investigación de Marx.

Marx considera que una forma de sociedad humana no da paso al otro hasta que el desarrollo de las fuerzas de producción que caracterizan una época entran en un conflicto fundamental con las relaciones sociales existentes de producción. Si nos atenemos al capitalismo actual, podemos decir que este sistema perdurará hasta que las fuerzas productivas choquen de pleno con las relaciones de propiedad y con la vida ideológica e institucional que el sistema ha creado.

Ahora hemos llegado a un punto donde las crisis económicas prosperan en el mercado mundial capitalista, en intervalos casi regulares. Este patrón ya se había observado en el segundo cuarto del siglo XIX. Las crisis han brotado de nuevo, a pesar de los intentos de los gobiernos capitalistas para evitarlas. El keynesianismo tampoco las esquivó.

Los periodos de crisis violentas, hasta ahora, se han superado, aunque a menudo lo han hecho causando un gran sufrimiento a la población, y han dado lugar a períodos de florecimiento capitalista o periodos donde las crisis son más moderadas. Pero tarde o temprano apareciendo crisis más severas, como ya hemos podido comprobar.

A medida que progresa la acumulación de capital, la enorme fuerza expansiva de la industria moderna, choca de lleno con las relaciones de propiedad. La extensión de los mercados y el impacto de una producción creciente sobre la naturaleza, no pueden soportar la ampliación folla de la producción. Como el sistema no puede encontrar ninguna solución definitiva, las colisiones se hacen periódicas y devienen inevitables.

Por eso, mientras este modo de producción exista, Marx será leído como un buen investigador que nos ayuda a analizar y transformar la realidad.

* El artículo forma parte de al colaboración mensual del Seminario de Economía Crítica Taifa con la revista “Directa”

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Das Kapital: Capítulo V

Antoni Puig Solé*. LQS. Abril 2018

Durante su inactividad, los medios de producción descansan en el mundo de los muertos a la espera de que el trabajo humano los transporte al de los vivos, pero su descanso no evita que las manecillas del reloj sigan girando

Supongamos que un capitalista dispone de una cantidad de dinero y decide empezar un negocio. En sus bolsillos o cuenta corriente, este dinero no era capital monetario. Sólo era dinero, utilizable para varios fines. Pero cuando el dinero se destina a comprar capital productivo ya toma la forma de capital, pues su finalidad es obtener plusvalía. La utilización del dinero para comprar, tendrá lugar en la esfera de la circulación. Una vez efectuada la compra, una parte de este capital, trasmutado ahora en capital productivo, será capital constante (materiales, herramientas, maquinas, edificios, etc.) que permanecerá en la empresa durante un periodo mayor o menor, según el elemento en cuestión. Los materiales se incorporaran al proceso productivo o quedaran en reserva como existencias, mientras que las máquinas, herramientas y edificios, quedarán disponibles para la producción durante un periodo más o menos largo, en función de su vida útil. Luego las mercancías producidas partirán de nuevo hacia la esfera de la circulación, con la intención de intercambiarse por dinero. Todo esto requiere su tiempo, al que llamamos tiempo del ciclo del capital y que será la suma del tiempo de producción y el de circulación, en sus dos momentos.

TIEMPO DE CIRCULACIÓN (D-M)

+ TIEMPO DE PRODUCCIÓN (..P..)

+ TIEMPO DE CIRCULACIÓN (M’-D’)
—————————–
TIEMPO DEL CICLO DEL CAPITAL
EL TIEMPO DE PRODUCCIÓN

El tiempo de producción computa, lógicamente, el horario del proceso de trabajo, o sea, el tiempo durante el cual opera el trabajo vivo. Pero también suma las interrupciones periódicas que impiden el normal funcionamiento (noches, festivos, etc.) y el tiempo en que los medios de producción permanecen inactivos en el lugar de trabajo a la espera de participar más adelante, en la producción. Esto incluye el tiempo en que los materiales permanecen almacenados, para evitar futuras rupturas en el proceso de producción.

Durante su inactividad, los medios de producción descansan en el mundo de los muertos a la espera de que el trabajo humano los transporte al de los vivos, pero su descanso no evita que las manecillas del reloj sigan girando.

En todo caso, pese a ser una parte del capital, que por una u otra causa, quede inactivo durante un tiempo, no abandona su condición de capital productivo al ser imprescindible para reemprender la producción y transferir valor. Es capital productivo adormecido en la esfera de la producción aunque no se active momentáneamente en el proceso de trabajo.

Existen casos particulares donde el producto, después de que el trabajo vivo le haya dado el empujón inicial, debe reposar para seguir su curso, pero con este reposo algunos de los medios de producción siguen activados cumpliendo una función productiva. Sería el caso, por ejemplo, del vino que debe fermentar. Aquí, aunque el proceso de trabajo se ha paralizado, el medio de producción sigue su curso y transfiere valor. Pensemos en la contribución de la barrica para que al final tengamos un buen vino.

Marx para describir todas estas situaciones en las que el trabajo vivo no opera, se refiere a los medios de producción como capital latente y al describir la situaciones en las que este capital latente está disponible, pero no opera de ninguna manera porque la producción a la que contribuye queda paralizada o el medio de producción queda fuera de ella, habla de capital en barbecho.

Los periodos de espera, pueden necesitar de alguna actividad humana para evitar deterioros o aportar mejoras. Las materias primas y auxiliares, por ejemplo, deben ser almacenadas adecuadamente lo que exige trabajo vivo y consumo de trabajo muerto. Este trabajo vivo también será creador de valor y de plus valor. Aquí no está de más recordar que el valor de una mercancía proviene de todos los trabajos realizados para que dicha mercancía pueda llegar en las condiciones exigidas allí donde se va a consumir, por lo cual también incorpora los trabajos de conservación y transporte.

Cuando el capital productivo queda en barbecho, no transfiere valor alguno al no haber creación de producto. Esto no quiere decir que durante las interrupciones, las máquinas y los edificios no pierdan valor. Lo pierden, o mejor dicho, lo derrochan. El ejemplo más ilustrativo lo tenemos en las situaciones de crisis, donde una parte del capital constante deja de operar, pero pese a ello envejece, se oxida, se pudre o se descompone, sin poder transferir valor.

El tiempo de circulación

En la circulación, el capital existe únicamente como capital mercancías y capital dinero, pasando de una a la otra forma, según sea el caso. Durante este tiempo, esta parte del capital no funciona como capital productivo. No produce plusvalía.

Por lo general, mientras una parte del capital opera en la circulación, otro lo hace en la producción. El capital se transmuta y una forma alimenta a la otra.

Esto no evita, que cuanto más dura el proceso de circulación, mayor será el tiempo que esta forma del capital necesitará para transmutarse en capital productivo y producir producto y plusvalía. Esta duración puede aumentar o disminuir, por circunstancias diversa. Puede incluso tender a cero: Si una empresa produce sobre pedido y cobra al contado, el paso M’-D’ tendrá una duración fugaz. En estas condiciones, todo el capital se puede destinar a la producción. La situación aún es más favorable si se cobra por anticipado.

¿Cómo percibe la economía política clásica el tiempo de circulación? Se deja engañar por las apariencias. Concibe el tiempo de circulación como positivo, porque sus efectos lo son, ya que es allí donde se realiza la plusvalía.

En la esfera de la circulación el capital lleva a cabo sus dos fases contrapuestas. Primero (compra) pasa de D a M. Más adelante (venta) pasa de M a D. El tiempo de circulación contabiliza estas dos partes. Ambos tiempos, no sólo se encuentran separados por el tiempo. También pueden estarlo por el espacio, ya que la compra se puede efectuar en un lugar y la venta en otro distinto y su duración puede ser dispar. Salvo algunas excepciones, la segunda, o sea la venta, es la más dificultosa y por consiguiente, es a la que se destina más tiempo.

La compra, va asociada al proceso de reproducción. Si esta reproducción funciona bien, la compra de medios de producción y de fuerza de trabajo, presentará pocas dificultadas. Si una empresa, además se encuentra en una situación de dominio, puede comprar exigiendo a algunos de sus proveedores pago aplazado, con lo cual, este tiempo de circulación se reducen pero se alarga para el proveedor. Eso no quiere decir que en determinadas coyunturas las dificultades no puedan aparecer a diestra y siniestra. Pensemos, por un momento, en todas las barreras con las que históricamente el capital se ha encontrado para garantizar los recursos energéticos y los materiales necesarios para poder producir con normalidad.

Hay, en todo caso, una diferencia fundamental entre D-M y M’-D’: La segunda permite la realización de la plusvalía. Por esto, además de ser el paso más difícil, es el más importante.

En la parte final del capítulo, encontramos una reflexión de Marx, sobre las limitaciones en el tiempo de circulación para determinadas mercancías, sobre la cual puede ser interesante añadir alguna cosa.

«Cuanto más perecedera sea una mercancía, cuanto más rápidamente deba ser consumida y, por tanto, vendida, después de su producción, menos podrá alejarse de su lugar de producción, más reducida será, por tanto, su esfera territorial de circulación, mayor carácter local tendrá su mercado de venta. Por consiguiente, cuanto más breve sea la vida de una mercancía, cuanto más estrecho sea, por su carácter físico, el límite absoluto de su tiempo de circulación como mercancía, menos apta será como objeto de la producción capitalista. Esta sólo puede aclimatarse en lugares de gran densidad de población o a medida que las distancias geográficas se acortan con el desarrollo de los medios de transporte. La concentración de la producción de un artículo en pocas manos y en lugares densamente poblados puede, sin embargo, crear un mercado relativamente grande para esta clase de artículos, como ocurre por ejemplo con las grandes fábricas de cerveza, las grandes lecherías, etc.»

El ejemplo hace referencia, principalmente, a los productos alimentarios y es válido, tanto para los de consumo humano, como para los de consumo animal y ya nos anuncia que estos productos puede «crear mercados relativamente grandes».

El capitalismo ha actuado, no sólo sobre el transportes, sino también sobre la organización productiva, para superar la limitación temporal. Los animales han pasado a ser alimentados con piensos y muchos han quedado confinados en grandes granjas donde se reproducen y permanecen hasta que son «sacrificados». Los pocos animales que aún gozan de «una cierta libertad», lo hacen, por lo general, encerrados en tierras valladas, que han sido abandonadas por la agricultura para destinarlas a la ganadería. Los alimentos de consumo humanos, ahora ya pueden conservarse durante largos tiempo y transportadas en cámaras frigoríficas. Su durabilidad se acrecienta con la introducción de conservantes. Todo esto flexibiliza los tiempos de circulación y hace que las mercancías sean más aptas para la producción capitalista.

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Una reflexión sobre valores y precios

Antoni Puig Solé*. LQSomos. Diciembre 2017

El capitalismo se basa en la producción de mercancías, es decir, de objetos útiles destinados a la venta. El valor de estas mercancías no se desprende de la cantidad de trabajo concreto consumido al producirlas. Va asociado al trabajo abstracto socialmente necesarios. Con este concepto, Marx se refiere al tiempo medio de trabajo requerido, usando la tecnología predominante en cada momento, para producir una mercancía.

La tecnología tiene que ver con los medios de producción (maquinaria, edificios, materiales, etc.). A la cantidad monetaria destinada a adquirirlos, Marx le llama capital constantes. Estos medios funcionan gracias a la fuerza de trabajo, una fuerza que debe ser suficiente y bien formada para usar cada una de las tecnologías. La cuantía monetaria destinada a la adquisición de esta fuerza de trabajo, Marx le llama capital variable.

Cada proceso productivo tiene sus particularidades. Esto da lugar a diferentes proporciones de capital constante y variable. La relación entre estas dos formas del capital, se denomina composición orgánica y difiere entre unas empresas y otras y entre sectores productivos.
El valor de la mercancía sólo se expresa en el momento del cambio, poniéndose al lado de las otras mercancías (o sea en el mercado) que también tienen su valor. Lo hace a través de un precio. En otras palabras: el tiempo de trabajo abstracto socialmente necesario es la esencia y el precio la apariencia.

La diferencia entre la esencia y la forma de aparecer es importante. En realidad, los productos individuales casi nunca, salvo extrañas coincidencias, tienen un precio que equivalga a la magnitud del tiempo de trabajo socialmente necesario para producirlos. Por eso es importante distinguir entre valor y «precio de producción» y entre éste y «precio de mercado». Marx no desarrolla estas distinciones hasta llegar al libro 3º de El Capital.

El precio de mercado es el que realmente paga el cliente al pasar por la caja registradora. De hecho, es el precio que emerge y que finalmente expresa el valor. El precio de mercado, por lo tanto, es la apariencia del valor que, como ya hemos dicho, es la esencia. Este precio no es otra cosa que la cuantía obtenida a cambio, de la mercancía que actúa como el equivalente universal, es decir, el dinero obtenido con la venta. Inicialmente, esta mercancía (dinero) que representa universalmente el valor de todas las mercancías, fue el oro o la plata, que a su vez dio lugar a su presentación en forma de moneda. Después se originó el dinero simbólico.

El precio de producción, en cambio, es la cantidad de dinero por la que una mercancía se debería cambiar para garantizar que la tasa de beneficio fuese igual en todas las ramas y empresas capitalistas. Es un precio teórico. Por eso Marx habla de tendencia a la igualación de la tasa de beneficio. Pero es una tendencia importante que permite acercarnos a la superficie de la vida económica. La tasa media de beneficios existe en la mente de los capitalistas que están interesado en sobrepasar todos los obstáculos para alcanzarla y superarla si es posible. Cualquier plan de inversión, por ejemplo, parte de una estimación informada del precio que supuestamente respetará el mercado y que lo hará (o no) viable. Este precio, podríamos decir, de una manera burda, que es el precio de producción.

Ahora bien, a pesar de la diferencia entre valor mercantil, precio de producción y precio de mercado, todo se relaciona. La falta de correspondencia entre precio de producción y precio de mercado, por ejemplo, no puede escindirse del tiempo de trabajo socialmente necesario. Cuando bajan los precios a causa de exceso de oferta, se pone de manifiesto que se ha destinado un tiempo de trabajo a producir tal o cual mercancía, superior al socialmente necesario, es decir, se ha empleado más trabajo del que puede absorber el mercado.

Pero, si bien la oferta y la demanda nos pueden explicar por qué el precio de mercado difiere del precio de producción, ¿qué diantres explica que los precios de producción no concuerden con los valores?

El modo de producción capitalista, no responde a la actuación de uno, sino de un grupo de capitales que compiten entre ellos y cooperan a la vez, unos con otros. Estos capitales se desplazan en busca de la situación más rentable, lo que produce una equiparación de las tasas de beneficio en el mercado, e incentiva, como veremos, una desviación entre valores y precios.

El capital es una cantidad de dinero que se valoriza, a través del circuito D-M-D’. El incremento de valor que expresa D’, proviene de la creación de un excedente. Marx demostró que este excedente (plusvalía) existe gracias a la diferencia entre el valor de la fuerza de trabajo (salarios) y el valor creado con la utilización de esta fuerza. La explotación del trabajo es lo que permite, pues, la valorización del capital. Cuanto mayor sea el número de trabajadores explotados, mayor será la masa de plusvalía generada.

El capital, al apropiarse de los medios de producción (incluidas las redes de distribución) fundamentales, deja al obrero despojado sin más opción que vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. El capitalista se apropia finalmente de la mercancía producida y del dinero obtenido con la venta de esta mercancía. El excedente (plusvalía) puede aumentar prolongando la jornada de trabajo. También puede hacerse reduciendo el tiempo de trabajo necesario para producir las mercancías que el obrero necesita para asegurar la reproducción de la fuerza de trabajo. Esta reducción de tiempo se obtiene gracias a un cambio tecnológico que aumenta la productividad del trabajo. La competencia, impulsa a los capitalistas a aumentar la productividad.

Como Marx ya explica en el 1er volumen de El Capital, el capitalista que se anticipa en la introducción de una mejora tecnológica puede producir por debajo del tiempo de trabajo socialmente necesario (reduce costes, según su jerga) y por tanto obtiene una plusvalía extraordinaria si vende sus mercancías respetando el precio que determina la productividad media. Al aumentar la productividad, aumenta el número de mercancías producidas y amplía la oferta. Esto puede reducir los precios, pero el descenso no evita que el capitalista innovador siga en una situación privilegiada. Por el contrario, amenazará las ganancias de otros capitalistas. Algunos se arruinarán y el innovador ganará mercado. Puede, incluso, vender por debajo del valor derivado del nuevo tiempo de trabajo socialmente necesario (dado que su tiempo de trabajo necesario es menor que la media), obteniendo su correspondiente tasa de plusvalía y garantizándose aún una cierta plusvalía extraordinaria. Pero no hay mal (ni ventaja) que mil años dure.

Otros capitalistas adoptarán las mismas o similares innovaciones, aumentando su productividad. Entonces, la mayoría de los capitalistas producirá en condiciones del trabajo socialmente necesario, obteniendo así sólo la «plusvalía ordinaria», que al fin y al cabo, no está nada mal. Este estadio comportará la desaparición de la plusvalía extraordinaria y animará la búsqueda de una nueva innovación, que dará lugar a otra tanda de cambio tecnológico. No es necesario aclarar que una táctica habitual de los capitalistas llamados innovadores es dedicar una fracción de la plusvalía extraordinaria (y de la ordinaria) a promocionar la innovación. Este proceso de innovación permanente del capital, agiganta su composición orgánica, es decir, crece más la cantidad de capital constante (máquinas, materias primas) que la de capital variable (salarios). El aumento de la composición orgánica del capital pone presión sobre la tasa de beneficio.

Los capitalistas sólo producen si al hacerlo obtienen un lucro y quieren que este lucro sea el más alto posible. Difícilmente aceptan que su beneficio sea menor que el del resto. Sólo lo hacen aquellos capitales que están mal posicionados y han de comulgar con ruedas de molino. Los capitalistas no producen pensando en lo que la gente necesita sino con lo que la gente puede comprar por un precio suficientemente alto que permita que su beneficio iguale, o si es posible supere, el obtenido por otros capitalistas. Esto es lo que llevó a Marx a hablar de precios de producción como suma entre los gastos de producción y la tasa media de beneficio vigente en cada momento.

De hecho, el mercado establece una tasa media de beneficio para los capitales agregados que circulan. Las empresas con composiciones orgánicas más bajas, si producen respetando el tiempo de trabajo socialmente necesario, generarán más plusvalía que las que tienen una composición orgánica más alta, ya que tienen, en consecuencia, una mayor proporción de capital variable, pero no por ello han de obtener mayores tasas de beneficio. Si fuera así, los capitales no se dirigían a aquellas empresas que necesitan más tecnología que el resto a excepción de cuando y donde esto les puede generar una plusvalía extraordinaria. Entonces, el sistema perdería parte de su dinamismo. Para compensar esta «anomalía», las empresas con baja composición orgánica, no pueden apropiarse de la plusvalía total producida.

Venden por debajo de su valor, pero garantizando, no obstante, la misma tasa de beneficio que las otras, ya que su patrón de conducta no es el valor mercantil sino los precios de producción. De este modo, se transferirá (de nuevo a través de una realidad fantasmagórica) parte de la plusvalía a las empresas con mayor composición orgánica, que también venderán según el patrón de los precios de producción. En otras palabras, las empresas o ramas con más capital constante, utilizan menos tiempo de trabajo social, pero se apropian de una mayor parte de la plusvalía social. Este proceso toma la apariencia de los precios, pero lo que realmente contiene es valores y lo que hay detrás de esta redistribución de beneficios, es plusvalía. Los precios y los valores no son iguales, pero se relacionan entre sí. Al final, los precios oscilan en torno a los valores y difieren dentro de unos límites. Los beneficios, por su parte, están asociados con la plusvalía global. Este proceso se produce continuamente y da lugar a una mayor centralización y concentración de capital. Periódicamente también crea sobreproducción y el colapso de muchos de los capitales menos productivos. Todo ello incentiva un flujo de capital hacia aquellos sectores con mayores tasas de beneficio, lo que obliga a invertir una cuantía superior de capital constante, elevando, a la vez, la composición orgánica en los sectores menos productivos si quieren subsistir, para poder atrapar a los más productivos. El resultado es una equiparación de la tasa de beneficio entre unas empresas y otras, lo que no quiere decir que esta tasa de beneficio sea igual en todas partes, ya que hay capitales mejor posicionados que otros y que, gracias a ello, pueden beneficiarse de los intercambios desiguales.

Ahora mismo, vemos que la producción industrial se desplaza a países donde el valor de la fuerza de trabajo es menor que en los países del centro imperialista y, por tanto, la tasa de plusvalía es superior. El número de asalariados en estos países ha crecido de una manera nunca vista. Mientras la población asalariada crece a nivel mundial, las industrias que permanecen en los países del centro imperialista tienen composiciones orgánicas extremadamente altas de capitales y utilizan muy pocos trabajadores. Por lo tanto, se produce cada vez menos plusvalía en los países imperialistas y cada vez se produce más en los países de la periferia. Esto, junto a la cuestión de los precios del monopolio, la extracción de plusvalía extraordinaria y el intercambio desigual, nos ayuda a analizar de dónde vienen los grandes beneficios que obtienen las gigantescas corporaciones del centro capitalista. Algo similar hay detrás de los procesos de descentralización productiva que prospera en los países del centro imperialista.

Estos procesos de movimiento de capitales, continúan día tras día, a través de los ciclos de acumulación pero también afrontan, como ya hemos dicho, momentos de crisis. Paradójicamente, en la crisis, a medida que las empresas van a la quiebra, el capital global se va devaluando y entonces la composición orgánica del capital cae (en términos de valor). Cuando la rentabilidad se restaura y el PIB crece otra vez, se inicia un nuevo ciclo de acumulación.

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¿Qué diablos es eso de la brecha social de la que tanto nos hablan?

Antoni Puig Solé*. LQSomos. Noviembre 2017

Durante los últimos meses hemos oído hablar mucho en Cataluña del concepto «brecha social». De hecho comenzó a difundirlo por España la derecha más extrema, y de una manera particular, José María Aznar, pronosticando que la reivindicación independentista provocaría una división extrema difícil de superar.

Desgraciadamente, últimamente este concepto, utilizado cada día por los medios de comunicación de masas, también ha calado en algunos partidos de izquierda y entre algunos sindicalistas. Han llegado a considerar que la realización de manifestaciones independentistas por un lado y de manifestaciones reivindicando la unidad de España, por la otra, con sus banderas y consignas correspondientes, serían la evidencia de que la brecha ya se ha producido. Las caceroladas de distinto signo y la aparición de banderas «confrontadas» en los balcones de nuestros pueblos y ciudades, añadirían nuevas constataciones de esta brecha.

Pero el término «brecha social» se empezó a emplear, en el ámbito general, de una manera muy diferente a la que ahora se utiliza para ensuciar la lucha de liberación nacional en Cataluña y hacerla responsable de no se sabe cuántas fechorías.

Inicialmente se popularizó, especialmente en América Latina, para señalar una situación extrema en las diferencias sociales, pero sin hacer ninguna referencia a la lucha de clases, ya que no es un concepto desarrollado desde el marxismo.

La palabra brecha (o fractura) evoca, no sólo a una situación de diferencia social extrema, sino a una grieta, a una rotura. Entonces, en una esquina quedan los incluidos y en la otra los excluidos.
Por lo tanto, en vez de hablar de clases en lucha, los teóricos de «la brecha social», prefieren quejarse por las situaciones que ellos consideran críticas y piden que se eviten, para garantizar la paz social. Si, por ejemplo, funciona el llamado «ascensor social», entonces hay un buen mecanismo para impedir llegar a la brecha y ya podemos sentirnos todos incluidos, ya que pensamos que el sistema nos ofrece posibilidades de mejorar. En estas condiciones, según estos teóricos, el sistema marcha bien. Si no funciona este «ascensor social», en cambio, y una parte de la población no encuentra un trabajo con un salario digno, entonces hay una gran inseguridad económica e incertidumbre en el futuro entre una parte de la población y esto puede animar a los disturbios, especialmente en los suburbios donde la población se siente excluida. Aún así, la situación todavía se puede parchear con políticas públicas para atenuar la desgracia «de los que no siguen», y conseguir que gracias a estas políticas no se sientan excluidos.

Una analogía de este concepto, la hemos encontrado últimamente en la llamada «brecha digital» que daría lugar a dos grupos sociales diferenciados: uno sería el que tiene acceso a internet y el otro el que no lo tiene y queda excluido de los ventajas que de ello se derivan. Es evidente que la analogía sólo es anecdótica y hay que tomarla únicamente como un ejemplo para ilustrar lo que decimos.

Como se puede constatar, nada de esto tiene que ver con la pluralidad política o con las diferentes concepciones que la población puede tener sobre un tema concreto, como es en nuestro país, la cuestión nacional. La pluralidad política e incluso el mismo concepto de PARTIDO indican que una parte de la ciudadanía se organiza de manera separada del resto para hacer realidad un proyecto político que otra parte no comparte. La brecha social, en cambio, vendría dada, por el tipo de desarrollo económico y por el marco de relaciones sociales existentes. Esto, ciertamente, no es independiente de la aplicación de los programas políticos, pero sí que hay que tener claro la particularidad del fenómeno.

Hay que decir, en todo caso, que los marxistas no acostumbramos a emplear este tipo de terminología sesgada. Para nosotros las diferencias sociales son debidas a la posición de clase que los individuos ocupan en un sistema determinado de relaciones sociales de producción y consideramos que entre estas clases hay una lucha, que tarde o temprano termina siendo irreconciliable. Y hay que tener claro que quiere decir esto de irreconciliables para no encontrarnos con sorpresas en el momento que la conflictividad estalla.

Es una lastima, pues, que gente que se autodefine de izquierdas, salga ahora con esta terminología y caiga en la trampa de emplearla para hacer referencia a las distintas percepciones sobre la cuestión nacional que existe entre la población, unas percepciones que en momentos críticos como los que ahora estamos viviendo, emergen.

Más lastimoso es aún, que los mismos que afirmaban hace cuatro días que la cuestión nacional es un engaño de la burguesía para ocultar las fechorías sociales del capitalismo, ahora digan que la cuestión nacional crea la fractura social, tapando que es el capitalismo el que crea este tipo de fractura.

¿Podemos, en algún caso, utilizar esta terminología y hacerla compatible con el análisis de clases? ¡Sí, claro que podemos! Podemos hacerlo, por ejemplo, al señalar aquellas situaciones extremas en que al problema de la explotación se agrega el de la exclusión. Marx, en todo caso, para referirse a estas situaciones extremas a las que se ven condenados una parte de los explotados, utilizó el concepto «pauperización». Estas situaciones de pauperización deben analizarse cuidadosamente y deben ser bien gobernadas, evitando caer en el error de ignorarlas o en el error de considerar que los explotados son únicamente los excluidos, mientras que el resto de las clases trabajadoras se las asimila a las mal llamadas «clases medias». La lucha contra la exclusión, en todo caso, nos obliga a escuchar y dialogar, para evitar un enfrentamiento entre unos explotados y otros y nos obliga a construir un proyecto político que tenga como columna vertebral, la unidad y la solidaridad en la lucha contra todas y cada una de las formas de opresión, sin claudicar, en ningún momento, de nuestras aspiraciones emancipatorias.

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El capital de Marx celebra su 150 aniversario

Antoni Puig Solé*. LQSomos. Septiembre 2017

El 14 de septiembre de 1867, Karl Marx, después de muchos esfuerzos y sufrimientos, tuvo en las manos, la edición del primer volumen de El capital. De esto hace 150 años

Había estado trabajando en la sala de lectura de la biblioteca del Museo Británico durante más de diez años, investigando las particularidades del modo de producción capitalista. Aún vivió tiempo suficiente para ver publicada la 2ª edición del libro en alemán y lo aprovechó para hacer algunas modificaciones. También llegó a visualizar la publicación de la edición francesa, de la que corrigió la traducción personalmente y a la vez cooperó con la traducción de la edición inglesa que aparecería después de su muerte. Desgraciadamente, no tuvo tiempo de terminar el resto de los libros previstos en la obra, aunque dejó mucho material escrito que permitió a Engels publicar, más adelante, los libros 2º y 3º de El capital. 150 años después, podemos decir que esta gran obra ha sido traducida prácticamente a todas las lenguas y que, a pesar del silencio al que ha sido sometida y haber sido declarada muerta o obsoleta muchas veces, se ha convertido en una de las más consultadas y comentadas de la historia.

¿Qué explica, pues, el libro?

En primer lugar, parte de un hecho tan obvio, como que todos los productos y servicios que necesitamos provienen del esfuerzo del trabajo humano sobre la naturaleza. Como Marx comentó en una carta «Cualquier niño sabe que una nación que deja de trabajar, no un año, sino incluso unas semanas, se hunde. Todo niño también sabe que las masas de productos que corresponden a las diferentes necesidades , requieren masas diferentes y cuantitativamente determinadas del trabajo total que debe llevar a cabo la sociedad”.

Bajo el capitalismo, este trabajo crea valor y este valor tiene un papel relevante a la hora de determinar la cantidad con la que unas mercancías se intercambian por otras o para determinar el montante de dinero asociado a cada una de ellas. El capitalismo, pues, se distingue de las formas anteriores de producción social por la creación de valor, que al fin y al cabo, no es otra cosa que trabajo (abstracto) asociado a cada una de las mercancías. Los mecanismos de la competencia, fuerzan la mejora tecnológica, empujando a los capitalistas a no superar el nivel de trabajo «socialmente necesario» y reducirlo si es posible, mejorando la productividad social y desarrollando las fuerzas de producción. Todo ello modifica cada día la cuantía de valor de cada una de las mercancías. Pero este valor no es creado por personas que controlan su producción y trabajan de manera aislada. Bajo el capitalismo, la propiedad de los medios de producción, imprescindible para poder realizar el proceso de trabajo en las condiciones tecnológicas apropiadas, se encuentra en manos de unos pocos, mientras que la gran mayoría sólo tiene la posibilidad de vender su fuerza de trabajo o trabajar de manera subordinada, al servicio y antojo de las grandes corporaciones. De este modo, la producción (y el valor) queda en manos de los capitalistas, que no buscan otra cosa que la creación de un beneficio. Este beneficio se obtiene a través de una plusvalía apropiada gracias la explotación de los trabajadores. El poder está en manos del capital y el trabajo es alienado.

Un concepto central, y muy potente, de El capital, es el de «fetichismo de mercancías». En términos más generales, este fetichismo es la ilusión que surge de la centralidad de la propiedad privada en el capitalismo, que determina no sólo como la gente trabaja y interacciona, sino también como percibe la realidad a través de este intercambio, mientras que el proceso de trabajo y las relaciones sociales de producción, quedan escondidos.

Para Marx, el capital no es una cosa aislada, ya sea una fábrica, un robot, una tienda, una entidad financiera o una cantidad de dinero. ¡Es una relación social específica! Una fábrica es una propiedad privada y el trabajador debe trabajar haciendo lo que le ordenan. La relación social entre el empresario y el trabajador es la que permite la producción capitalista.

Para que haya capitalismo, se requiere que los trabajadores sean «libres» en un doble sentido: «libres» para vender su propia fuerza de trabajo (no vinculada por otras relaciones y limitaciones socioeconómicas) y «libre» de cualquier propiedad de los medios de producción, de manera que no tengan ninguna otra elección que no sea vender esta fuerza de trabajo si quieren garantizar la supervivencia material. Incluso ahora, que las relaciones contractuales parecen más complejas debido a la aparición de la subcontratación y el trabajo en red, esta relación social subyacente sigue siendo fundamental.

Pero el capitalismo no siempre ha existido y no es eterno. No es la única manera que tenemos los seres humanos para organizar las sociedades. Más aún, el capitalismo, es una forma de producción que no nace de «manera natural», sino que lo hace con violencia y opresión, destruyendo libertades, lenguas, culturas y pueblos, expoliando a las poblaciones de sus medios de producción, para poner a la mayoría de los humanos a disposición de los grandes capitales que lo monopoliza todo. La concentración de la propiedad de los medios de producción en unas pocas manos es lo que hace que el capital pueda ejercer su papel en la producción. Esta concentración se sustenta en la expropiación de aquellos que antes estaban vinculados a la tierra, como campesinos y pequeños artesanos que podían producir de manera independiente. El proceso de «acumulación primitiva» ha sido a menudo un proceso violento, y aún lo es, aunque ahora lo hace de maneras más complejas, debido al desarrollo desigual del capitalismo en diferentes regiones y en diferentes sectores.

Marx consideró que el modo de producción capitalista va de la mano de la acumulación de capital y que esta acumulación es la razón principal de la existencia de diferencias sociales cada vez mayores y del proceso creciente de la población parada. Hoy en día, una nueva generación, sufre en propia piel, las grandes crisis capitalistas. Cada vez hay más gente preocupada por su futuro y la creciente desigualdad, pero son pocos los que vinculan todo ello con la dinámica propia e inevitable del capitalismo. Esto nos obliga a rechazar una parte de nuestro legado intelectual, mayor de los que algunos imaginan, y recuperar las herramientas de análisis que El capital nos aporta. Si, como decíamos más arriba, para que haya capitalismo es necesario que haya concentración de los medios de producción en pocas manos, a medida que se desarrolla el capitalismo y se expande el mercado mundial, este proceso de concentración y expolio aumenta. El capitalismo no puede alcanzar su propio objetivo de extraer más y más beneficio explotando el trabajo y eliminar a la vez la explotación, la pobreza, el desempleo y las desigualdades sociales. Además, es un sistema condenado periódicamente a situaciones de crisis. Hay una contradicción fundamental entre la producción de los bienes y servicios que necesitamos y la necesidad de que los propietarios privados de los medios de producción y controladores de nuestro trabajo, obtengan beneficios en un modelo organizado sobre la competencia.

La clase obrera fabril que Marx describe en El capital puede haber disminuido, pero la clase obrera del mundo nunca había sido tan grande como lo es ahora. Hay miles de millones de hombres y mujeres al servicio del capital, en la India, Brasil, China, África y tantos y tantos otros lugares. Las diferencias sociales no han disminuido sino que han aumentado en los últimos 150 años. El paro ha alcanzado unas cuotas nunca vistas, y ahora hay un ejército industrial de reserva mundial de millones y millones de personas, muchas de las cuales se ven obligadas a ir de un lugar a otro, buscando la manera de subsistir. Todo esto no es culpa de la tecnología, como intentan hacernos creer desde el pensamiento dominante. Tiene que ver con las relaciones sociales de producción. Y esta es, precisamente, una de las grandes aportaciones que hizo Marx en El capital.

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La Ley del Valor y la ecología en Marx

Antoni Puig Solé*. LQSomos. Septiembre 2017

Aunque en la época de Marx (hace más de 150 años), los daños del capitalismo al medio natural no eran tan evidentes como, por desgracia, en los últimos 50, en sus textos ya podemos encontrar esbozos sobre lo que podía pasar, especialmente en el terreno social, pero también, en el medioambiental, aunque de manera embrionaria.

El Capital fue su obra más sobresaliente. Su objetivo central no era, ciertamente, la cuestión ecológica. Tuvo por principal mérito, como el propio Marx admitió, demostrar el doble carácter del trabajo (expresado como valor de uso y valor de cambio) y el análisis de la plusvalía. Ambos aspectos van asociados a la teoría del valor, una teoría que desde la economía ecológica se ha considerado insuficiente e incluso es vista como un estorbo a la hora de entender los daños ecológicos que conlleva el capitalismo. Nosotros pensamos lo contrario y lo vamos a argumentar.
Esto no nos hace olvidar que la obra de Marx quedó inconclusa. Originariamente, El Capital era parte de un proyecto mucho más ambicioso, que no se llevó a cabo. Marx había planeado completarlo con libros sobre la propiedad de la tierra, el trabajo asalariado, el Estado, el comercio internacional y el mercado mundial. Pese a su amplitud, el proyecto no incluía, como se puede ver, ningún libro sobre la cuestión ecológica. Tampoco le dedicó, como ya hemos dicho, ningún capítulo en El Capital. Su importancia en este campo, radica, en todo caso, en dos aspectos. En primer lugar, ayuda a comprender el funcionamiento del sistema capitalista, que es el marco en el que ahora prosperan los problemas ambientales. En segundo lugar, como iremos viendo, introduce conceptos cruciales para la construcción de una ecología revolucionaria.

Marx y el concepto naturaleza (1)

Naturaleza es un vocablo polisémico. Marx por lo general lo emplea (en su sentido amplio) para referirse a todo lo que es material. Desde este punto de vista, no tiene sentido incluir en la naturaleza a una parte de los seres vivos y excluir otra (los humanos, por ejemplo). Ocurre algo distinto cuando lo relaciona con el medioambiente. En este segundo caso, señala las interrelaciones y condicionamientos que hay entre una cosa y su entorno natural. Es lo que hizo, de forma temprana, en los manuscritos económicos y filosóficos de 1844, diferenciando entre “el cuerpo orgánico” de los humanos y la naturaleza considerada como “su cuerpo inorgánico” del que no se pueden separar. Aunque parezca contradictorio, esta segunda interpretación la relaciona con la primera, como dejó claro en aquellos mismos manuscritos al añadir que “el hombre es parte de la naturaleza”.

En el prólogo de El Capital, le da un nuevo significado, asociándolo al conocimiento (a su naturaleza) de un sistema social históricamente determinado. He aquí por qué afirma que su propósito es descubrir “las leyes naturales (genuinas, propias…) de la sociedad capitalista”. Marx, habla allí de las leyes naturales de la producción capitalista, contraponiéndolas a las “leyes naturales” que sostiene el naturalismo clerical y a las que atribuye los males que sufrimos los humanos. Un ejemplo sería la ley de la población. La visión clerical ve la pobreza como consecuencia lógica de “una ley natural que conlleva la aparición de una población excesiva”. Marx, por su parte, reconoce la existencia de una población obrera sobrante (“ejército de reserva”) pero busca sus causas en la “ley general de la acumulación de capital”. Otro ejemplo sería la “ley del desarrollo desigual del capitalismo” contrapuesta a “las leyes naturales” que pretenden justificar la diferencia entre países del centro y de la periferia, por la existencia de diferencias “naturales”. Resumiendo: Se podría decir que el naturalismo clerical culpa a la naturaleza de los males de los humanos. Marx, en cambio, pone al descubierto los males atribuibles a la organización social.

La contradicción entre el valor de uso y el valor de cambio

El Capital nació como crítica de la economía política clásica. Smith y Ricardo, entre otros, vieron que el entorno natural ofrece a los humanos variados valores de uso que, al suministrarlos gratis, en una sociedad mercantilizada carecen de valor de cambio. Algo diferente ocurre con los valores de uso que provienen del trabajo. Estos, al convertirse en mercancías, sí tienen valor de cambio.
Marx aceptó este planteamiento como punto de arranque al investigar la naturaleza del capitalismo (que es lo que vaticinó en el prólogo de El Capital). A partir de esta constatación, desarrolló su singular teoría del valor (2). Pero sostuvo, asimismo, que la naturaleza es la fuente originaria de todos los valores de uso, con o sin valor de cambio y que los humanos, a través del proceso de trabajo, nos limitamos a alterar la materia natural, como hace el resto de la naturaleza (3). Es en dicha alteración donde germina el valor mercantil.

Al definir este proceso, habló de “metabolismo” (4), lo que no había hecho la economía clásica, anticipando así un concepto que ha hecho fortuna 150 años después, tanto en la llamada “economía ecológica” como en el “marxismo ecológico”.

¿Qué es el metabolismo?

Al usar la palabra metabolismo, respecto a la sociedad o respecto a determinado proceso o relación social, se los asemeja a los organismos vivos. Metabolizando, los seres vivos transformamos materia proveniente del entorno natural en sustancias que permiten la reproducción del propio cuerpo y la de la especie. No ocurre lo mismo con los objetos sin vida, ya que no metabolizan y por ello, la acción metabolizadora del medio los transforma en algo con cualidades diferentes o los descompone. Por tanto, para Marx, la relación de los humanos y la de la sociedad con el entorno natural no es un mero proceso técnico. Es cuestión de vida o muerte.

Pero Marx, no solamente habla de metabolismo al tratar la ecología; lo hace en otros campos. Ve la transferencia de mercancías de unas manos a otras como un proceso de metabolismo social, propio del capitalismo. El dinero es considerado a la vez, como un medio que facilita este metabolismo. Las crisis económicas capitalistas son el resultado de una perturbación metabólica.

La noción de perturbación metabólica también es utilizada por Marx, al referirse a las consecuencias del productivismo capitalista sobre el entorno natural y a algunos procesos de desposesión. Este tipo de perturbaciones no suponen necesariamente una crisis económica capitalista, si bien pueden contribuir a ella. En todo caso, provocan crisis ambientales, o sea, crisis en la auto reproducción del planeta, que el capital, para garantizar su subsistencia, intenta sortear (5) y que, como veremos, agrava.

Marx alertó de este tipo de perturbaciones al final de la Sección Tercera, al señalar las virtudes y defectos del desarrollo tecnológico. Insistió en el capítulo dedicado a la acumulación originaria. Pero donde más ahondó fue en el libro 3º, concretamente en el capítulo 47, al tratar la intensificación de la agricultura (6) cuando hubo que alimentar a las ciudades y, por tanto, a la industria. Para alcanzar este objetivo, se aumentó la presión sobre el suelo, suplantando el ciclo de los nutrientes por una ayuda externa de contenido químico. Este fue (y es) un proceso creciente incentivado por el comercio con un radio más grande que el de los límites de un solo país.

¿Qué es el valor?

Con el fin de desvelar las leyes naturales de la producción capitalista, Marx quiso desembrollar, en primer lugar, qué hay detrás de esto que la economía clásica denominó valor de cambio. Resolvió el dilema al descubrir que, bajo el capitalismo, el valor de la mercancía proviene de la energía vital que los humanos tienen que desprender al operar sobre la naturaleza. Observó al mismo tiempo que la producción mercantilizada necesita tratar esta energía como una mercancía particular de la que el capital se apropia y utiliza con el fin de apropiarse de plusvalía.

La mercancía, por tanto, requiere el trabajo necesario de dos sumandos: 1, el trabajo (muerto) previo para producir los medios de producción (materiales, máquinas, infraestructuras, energías…) que transfieren su valor a las mercancías producidas y 2, el trabajo (vivo) para llevar a cabo el proceso puntual de producción y que permite obtener nueva plusvalía. Es esta suma la que en cada caso determina el valor mercantil.

Pero no se trata de un trabajo cualquiera, sino del trabajo abstracto (indiferenciado) socialmente necesario (7) en cada momento. Con ello, los procesos de producción menos eficientes, para producir una determinada cantidad de valor, necesitan más tiempo que los que son más eficientes y corren el riesgo de desaparecer. El capitalismo se comporta así como un sistema competitivo, lo que suele torpedear el entorno natural. La competitividad actúa como motor de los incrementos de productividad.

Hay una curiosa relación entre valor y productividad: Las mejoras en productividad permiten obtener en el mismo tiempo de trabajo un número mayor de mercancías que antes. Aumenta así la riqueza material (unidades de valor de uso producidas), pero disminuye el valor unitario de cada una de ellas (ya que su producción incorpora menos tiempo de trabajo vivo). No ocurre necesariamente lo mismo con relación a la cuantía de sustancia arrancada al entorno natural, que en muchos casos sigue siendo la misma por unidad producida (y superior si se tiene en cuenta la suma total de unidades). El impacto sobre el entorno natural crece de forma desmesurada.
La agricultura no queda al margen de esta conducta. Se persiguen unos rendimientos agrícolas cada vez más altos y para lograrlos se trastoca todo, como ya hemos dicho al hablar de la perturbación metabólica.

El capital como relación social y valor en expansión

Marx desarrolló una crítica trascendental de la economía burguesa, a partir del papel del trabajo vivo como condición necesaria para la lógica del capital. El capital crece (se valoriza) al explotar trabajo enajenado apropiándose del plus-valor.

Para hacerlo posible fue necesario enajenar a los trabajadores de su medio natural y obligarlos así a vender su fuerza de trabajo a los propietarios de los medios de producción. El capital es visto así como una relación social en la que los trabajadores no tienen control del proceso de trabajo. Esta situación se reproduce, se expande y se agranda continuamente, como veremos más adelante.

La privatización del entorno natural

La ley del valor opera como un factor determinante (como una ley natural del sistema). Esto ya nos viene a aclarar que el capital se especializa en la explotación del trabajo social y se asegura, asimismo, que los costes ecológicos que su producción conlleva queden excluidos.

La naturaleza, por tanto, es vista por los capitalistas como una aportación gratuita pero imprescindible, a la que recurren para poder obtener sus beneficios. Así, el capital no se hace responsable de los perjuicios ecológicos que genera. En el mejor de los casos, los trata como externalidades.

Como sea que el capital quiere maximizar el beneficio, abusa de todo lo que puede acaparar y tarde o temprano lo mercantiliza. Pese a que las sustancias naturales que no han sido alteradas por el trabajo, desde la lógica del sistema no toman forma de valor, cuando alguien se las apropia, aprovechando una posición de dominio, puede exigir por ellas un precio o una renta. Llegados a este extremo, una parte del capital (o los terratenientes, propietarios de inmuebles y los Estados) hace negocio con ellas. Otra parte las paga cuando las necesita, destinándoles una fracción de la plusvalía arrancada a los obreros. También las pagamos los obreros si las necesitamos, pero nosotros nos vemos obligados a destinarles nuestro salario o nuestros ahorros (o tenemos que endeudarnos) como hacemos al adquirir cualquier otro producto mercantilizado.

En el libro 2º de El Capital, se desvela que la cantidad total de plusvalía conseguida, depende de la rapidez con la que rota el capital. Por esto hay tanto interés en acortar los ciclos productivos. Al multiplicar el número de ellos, se multiplican los beneficios, pero se violan los ciclos de la naturaleza llegándose incluso a mantener la producción para explotar trabajo vivo durante las 24 horas del día.

La nocividad ambiental del capitalismo no nace únicamente de su priorización del lucro. También tiene que ver con la contradicción entre la producción social (división del trabajo) de la riqueza material y la forma privada de apropiación de esta riqueza, dando lugar a la anarquía del sistema. Por ello, las consecuencias de una producción (que siempre conlleva intervención sobre la naturaleza) que cada capitalista organiza según le parece, son imprevisibles y pueden tener efectos destructivos e irreparables sobre la producción del mismo capitalista o sobre la producción de otros, como estamos viendo ahora mismo.

Una diferencia insalvable entre la economía ecológica y marxismo

La economía ecológica actual no comparte la teoría del valor tal como la formuló Marx. Sugiere que para determinar el valor de una mercancía se tome en consideración la entropía que su producción conlleva. Según la segunda ley de la entropía (8), la energía se transforma pasando de una forma más ordenada a otra anárquica. Nicholas GeorgescuRoegen, tipificó la termodinámica como la física del valor económico, de forma que la “ley de la Entropía constituya la base de la economía de la vida a todos los niveles” (pp. 4748) (9).

José Iglesias Fernández, hace algunas reflexiones interesantes sobre esta concepción. Las compartimos y pese a su extensión las reproducimos a continuación:

“En primer lugar, el que la materia y la energía se degraden continua, irrevocable e independientemente de su uso nos plantea la siguiente cuestión: ¿qué valor económico puede tener la entropía que se genera por sí misma sin que intervenga ni el capitalismo ni el ser humano aislado? El carbón, o el petróleo sin extraer, que todavía permanecen en la vena de la mina se están degradando, generando entropía. Por tanto, ¿debemos darles un valor e incluirlo en los costos de reproducción de la energía y trasladarlos al resto de la producción de bienes y servicios? Así mismo, en los demás planetas y estrellas la materia y la energía se están degradando por lo que nos preguntamos si se le puede y debe asignar algún valor”. Ampliando las anteriores cuestiones Georgescu Roegen dice: “en el Universo hay una degradación cualitativa continua e irrevocable de energía libre en energía dependiente, de transformación del orden en desorden, de una estructura ordenada en una distribución desordenada y caótica” (p.50). Es decir, la entropía (10) es un índice de la cantidad relativa de energía dependiente, disipada, caótica. Por tanto, ¿habría que asumir e incluir el valor de la materia y la energía que se desordena por sí misma en el Universo en el proceso económico de aquellos servicios y mercancías que se producen en La Tierra? ¿Podríamos cuantificarla?

De todas maneras, el propio Georgescu Roegen suaviza las conclusiones que algunos autores apresuradamente han establecido sobre el significado final de la Ley de la Entropía cuando dice que “la degradación es cualitativa, pues cuantitativa no es posible, y que tiene lugar únicamente en relación con el trabajo mecánico realizado conscientemente por algunos seres inteligentes (11). Como lo pone de manifiesto la energía solar, la degradación entrópica prosigue por sí misma con independencia de si la energía libre se emplea o no para la producción de trabajo mecánico. De este modo, la energía libre de un trozo de carbón se degradará finalmente en energía inútil incluso aunque se deje el trozo en el filón”. (p.50).

Por tanto, la entropía nos lleva a posicionarnos con respecto al uso racional de la materia y la energía. En la medida que esta ley es válida para un espacio cerrado como La Tierra, las poblaciones podemos aprender que hay, efectivamente, un cambio cualitativo en la materia y en la energía aunque no la utilicemos.

Ahora bien, el hecho de reconocer la entropía en los procesos productivos no debe invalidar la teoría del valor trabajo pues en caso de hacerlo perderemos de vista la explotación humana en el capitalismo. La mercancía sólo cobra valor en cuanto encierra trabajo, trabajo humano materializado. En la medida que el capitalismo hace un mal uso de las energías y otros recursos naturales, abusando de las que provocan un alto grado de entropía, es el único responsable del desequilibrio entre el hombre y la naturaleza. Por tanto, no podemos decir que hay una explotación de los recursos naturales en el mismo sentido que el sistema hace con la fuerza de trabajo, sino un mal uso o abuso de los mismos. Se da una depredación, una devastación, una rotura (rift) de la naturaleza, no por el hombre, sino por las exigencias de acumulación del propio sistema, una depredación que no puede ser cuantificable en términos de entropía. Una depredación que no tiene capacidad teórica para sustituir a la teoría del valor trabajo. Por tanto, la conclusión es que una utilización racional de la materia y la energía, un uso racional de la entropía, requiere otra organización social distinta del capitalismo.

Por último nos surgen otras preguntas. Así, ¿por qué reducir nuestro análisis y reflexiones a las energías no renovables (fósiles, extractivas) como hacen los ecologicistas? No debemos ignorar la existencia de otras energías renovables como son la hidráulica, la biomasa, las de mareomotriz, la solar, la eólica y la geotérmica, por ahora. Y sobre todo, ¿por qué no pensar, cómo hacen ya otros investigadores, en la posibilidad de utilizar energías limpias, gratis e ilimitadas? (12).

Como hemos ido viendo a lo largo de este escrito, el capitalismo se mueve siguiendo una lógica distinta de la que nos sugiere la economía ecológica. Entonces, ¿podemos poner al descubierto las leyes naturales de un sistema utilizando un criterio que estas leyes no incorporan?, ¿se pueda acusar a quien descubre esas leyes, las reprocha y lucha por superarlas, responsabilizándolo de su existencia, contenido y limitaciones?, ¿podemos conseguir que este sistema abandone sus propias leyes naturales dando lugar a otras que lo enverdezcan?, ¿podemos lograrlo modificando simplemente nuestra manera de analizarlo?

Marx veía la ruptura definitiva con el capitalismo como el momento idóneo para reparar la relación entre la humanidad y la naturaleza, enterrando la ley del valor, que como hemos visto, la asoció a la mercancía y a la naturaleza del capitalismo. Sería entonces cuando podría prosperar un metabolismo social construido en función de las necesidades de la gente. “La libertad (…) únicamente se puede alcanzar con el hombre socializado, cuando los productores asociados, regulen el metabolismo humano con la naturaleza de una manera racional, poniéndolo bajo su propio control colectivo,(…); llevándolo a cabo con el menor gasto de energía y en condiciones más dignas y adecuadas para su naturaleza humana” (13), nos dice en el libro 3º de El Capital.

Pese a que en la cuestión del valor existe un desacuerdo insalvable entre la economía ecológica actual y el marxismo, en otros terrenos hay puntos de avenencia. Contrariamente a lo que hace la economía convencional al considerar la economía como un sistema cerrado, la economía ecológica recuerda que no es posible un proceso económico sin la incorporación de sustancias originadas por la naturaleza y que a la vez, la actividad económica acarrea residuos. Ya hemos visto, e insistiremos en ello, que Marx fue un precursor del enfoque que ve la economía como un sistema abierto. La economía ecológica ha recuperado este enfoque, poniendo sobre el tapete y analizando algunos temas que Marx no tuvo en cuenta o no llegó a conocer y ha analizado otros con una profundidad superior a la de Marx. Valga como ejemplo, todo lo que atañe a los recursos naturales no renovables. No hay duda, pues, que en este terreno es posible establecer una cooperación fructífera entre economía ecológica y marxismo, beneficiosa para ambas corrientes.

El carácter transhistórico del proceso de trabajo y el contexto histórico

La economía clásica (como hace la economía convencional de nuestros días), suponía la existencia de una esfera económica que opera de forma independiente del tiempo y del espacio de la reproducción humana y de la vida. La concepción que Marx tiene del proceso de trabajo, matiza este asunto, al considerarlo como una relación metabólica entre nuestra actividad laboral y el entorno natural que modificamos. Si bien este metabolismo (con sus respectivas perturbaciones) ha existido desde las primeras civilizaciones, siempre se llevó a cabo a través de una determinada forma de organización social y con un nivel específico de desarrollo tecnológico, que se alteran con el tiempo.
La explicación más completa que nos dejó Marx del proceso de trabajo y que reproducimos a continuación, es la del capítulo 5º de El Capital, y que como vimos, ya la había insinuado el capítulo 1º.

“El trabajo es, en primer lugar, un proceso entre el hombre y la naturaleza, un proceso en que el hombre media, regula y controla su metabolismo con la naturaleza. El hombre se enfrenta a la materia natural misma como un poder natural. Pone en movimiento las fuerzas naturales que pertenecen a su corporeidad, brazos y piernas, cabeza y manos, a fin de apoderarse de los materiales de la naturaleza bajo una forma útil para su propia vida”.

Destacan dos aspectos. El primero es la referencia a la manera como el hombre se relaciona con la naturaleza. Es aquí donde aparece la referencia al metabolismo. El segundo, que refuerza al anterior, explica que el fin que se persigue con esta relación es modificar la materia natural para que tome una forma útil para los humanos, lo que no deja de ser un requisito imprescindible para que el metabolismo surta efecto.

La expresión “apoderarse de los materiales de la naturaleza”, a oídos de algunos ambientalistas, puede sonar a robo o manipulación. Nos recuerda, simplemente, que el hombre, ejerce “su poder natural”, algo que puede hacer de maneras diferentes y a título individual o colectivo. Guste o no guste, sin ejercer este poder natural sobre la naturaleza, no hay metabolismo.

Ahora bien, esta definición del proceso de trabajo, si hacemos abstracción de las referencias concretas a la corporeidad, en cierta medida, puede valer para la relación del resto de seres vivos con la naturaleza ya que todos ellos metabolizan apropiándose de materia arrancada de su entorno natural. No es esto lo que Marx se propone. Quiere observa “el trabajo bajo una forma en la cual pertenece exclusivamente al hombre.” De ahí que añada tres elementos básicos del proceso laboral:
1.- La actividad orientada a un fin o sea el trabajo mismo,
2.- Su objeto (lo que ofrece directamente la naturaleza o cosas que han sido ya modificadas por el trabajo y que denomina materia primas) y
3.us medios, (aquello que el trabajador interpone entre él y el objeto de trabajo).
Cada uno de estos elementos presenta sus particularidades según el momento histórico y el modo de producción vigente.

El primer elemento nos recuerda que con el término trabajo nos referirnos en exclusiva a una actividad humana. Requiere un esfuerzo. Ha habido una planificación previa y persigue un fin. Existe, por ello, una actividad intelectual y una actividad manual que se pueden escindir con la división del trabajo.

El segundo señala que el objeto que se modifica, o bien proviene originariamente de la naturaleza o bien es materia natural transformada por un trabajo anterior. Se insiste de nuevo en la dependencia de los humanos con relación a la naturaleza y que con esta relación, buscamos adecuar la naturaleza a nuestras necesidades.
Los medios (instrumentos) de trabajo son un órgano anexo al cuerpo humano que los propios humanos nos procuramos a través del trabajo. La capacidad de modificarlos, es una de las características específicas de nuestra especie.

Al contemplar las particularidades del proceso de trabajo bajo el capitalismo, Marx habla de subsunción del trabajo por el capital. Con esta palabra nos viene a alertar de que el proceso de trabajo se lleva a cabo en virtud de las necesidades del capital y que es él quien decide qué valores de uso se producen y cuáles no. El capital, por consiguiente, decide cómo se transforma la materia natural y qué es lo que se obtiene con esta transformación. Los productores, en cambio, quedan relegados del control del proceso de producción que ellos mismo deben llevar a cabo.

Con esta enajenación, en primer lugar, el trabajo es considerado como algo ajeno al productor que lo realiza. En segundo lugar, la naturaleza deja de sentirse como cuerpo inorgánico, ya que el objeto sobre el que se trabaja y los medios con los que se trabaja, se los ha apropiado el capital. Y en tercer lugar, el resultado del proceso de trabajo, es considerado también como algo que pertenece a otro (14).

El proceso de trabajo aparece así, a ojos del productor, simplemente, como el único medio a su alcance para obtener una cantidad de dinero que permita adquirir mercancías que aseguren su subsistencia como ser humano y la de una prole, que el capital coloca bajo su tutela.

Cabe señalar que en la Ideología alemana, Marx y Engels, ya habían empleado el concepto subsunción, que Marx desarrolló unos años después al analizar la relación entre el trabajo y el capital que lo domina. Allí, ambos ya anticiparon que la relación entre el capital y la naturaleza se modifica con el desarrollo de las fuerzas productivas y que esta modificación es un requisito imprescindible para asegurar la subsunción del trabajo al capital. Lo que aquel texto de juventud nos viene a decir, es que mientras solamente existía un bajo de las fuerzas productivas, el productor estaba subsumido a la naturaleza y la propiedad privada quedaba reducida a la posesión de una fracción de la tierra y/o de unos medios de trabajo muy rudimentarios. Más adelante, con el desarrollo de las fuerzas productivas, es posible apropiarse de las obras de los hombres, o sea, del trabajo muerto en forma de medios de producción. Entonces la propiedad privada amplía su ámbito y toma forma de capital. A partir de este momento, el capital puede ejercer su dominio subsumiendo al productor. Esta idea tan potente, también se puede relacionar con el metabolismo asociado al proceso de trabajo, ya que, de hecho, la relación metabólica entre el trabajo y la naturaleza pasa a ser un metabolismo entre naturaleza y capital.

La ecología de la fuerza de trabajo

La falsa visión según la cual Marx se desentendió de la naturaleza, ha sembrado la idea de que marxismo y ecológica dan lugar a dos movimientos y discursos diferentes, cada uno con su propia historia y especialidad: El primero tendría que ver con las relaciones de clase; el segundo, con la relación entre los humanos y el medio natural.

La obra de Marx tiene, ciertamente, un contenido humanista. Le preocupa el presente y futuro de los humanos. Considera que la fuerza de trabajo de los humanos en sí es un recurso natural. “La fuerza natural de las personas” y “la fuerza natural de la tierra” son “las dos únicas fuentes de riqueza, saqueadas por el capitalismo” nos dice en El Capital. Más adelante, en el penúltimo capítulo, explica cómo el uso de la fuerza de trabajo como mercancía requiere como condición previa, separar la fuerza natural del productor del dominio de los medios de producción (incluida la tierra). El capitalismo no habría sido posible sin esta “ruptura violenta” entre la mayoría de los humanos y su “cuerpo inorgánico” y necesita perpetuarla.

En estas condiciones, el trabajo se convierte en una actividad rutinaria, monótona, alienada, a veces insalubre y sin garantías de continuidad, ya que el pleno empleo no es el estado normal del capitalismo. La obra de Marx y Engels está llena de relatos sobre los afectos perversos que el capitalismo tiene en la persona del trabajador (sobre su cuerpo orgánico) y en su entorno (sobre su cuerpo inorgánico).

Fuerzas productivas, fuerzas destructivas y relaciones de producción

Cualquier análisis de la sociedad y sus problemas, exige conocer sus procesos de producción y reproducción. Todas las sociedades humanas han de satisfacer, en primer lugar, ciertas necesidades básicas: se ha de alimentar, vestir y alojar a las personas. Mediante el uso de herramientas e instrumentos que permiten actuar sobre la naturaleza, los seres humanos procuramos satisfacer estas y otras necesidades.

A medida que progresan las potencialidades productivas del trabajo, aumenta la riqueza social al multiplicar el volumen de valores de uso producidos, como ya hemos visto. A estas potencialidades se las denomina “fuerzas productivas” y no son otra cosa que el resultado de una determinada combinación de los medios de producción y la fuerza de trabajo. Pero no lo olvidemos. Todo esto ocurre bajo unas determinadas relaciones de producción, que en el caso que nos ocupa, son capitalistas.

Los seres humanos somos ingeniosos: conseguimos mejorar constantemente la fuerza productiva del trabajo y no vemos que haya que renunciar a las ventajas obtenidas por esta mejora. Este ingenio es, de hecho, una característica que distingue a los humanos de otros animales.
El nivel de desarrollo de las fuerzas productivas y el modo en que la sociedad organiza su funcionamiento son, precisamente, dos elementos que marcan las diferentes etapas del desarrollo humano. Esta es una evidencia histórica. En un primer momento las fuerzas productivas progresan, cualquiera que sea la forma de organización social que toma la producción. Pero a la vez, las mejoras tecnológicas, las mejoras en la capacidad del ser humano para ganarse la vida, se encuentran detrás de los grandes cambios en la sociedad. Desde este punto de vista podríamos decir que la evolución de las fuerzas productivas de la sociedad está favoreciendo el cambio.

El capitalismo precisamente se impuso aprovechando el desarrollo de las fuerzas productivas y de su gran capacidad para dar un empujón a este desarrollo. Esta también es una evidencia histórica fácil de comprobar, observando cómo el capitalismo barre todas las formas de producción preexistentes y observando, a la vez, los prodigiosos avances en la productividad en los dos últimos siglos.

Pero esto es solamente un aspecto de la cuestión que desgraciadamente ha sido exagerado por algunas corrientes reformistas con una gran influencia en el movimiento obrero y en la izquierda política durante los últimos tiempos.

Desde su punto de vista, el desarrollo de las fuerzas productivas siempre es sano y por tanto conviene estimularlo y saludarlo, ya que tarde o temprano hará realidad el cambio social. A partir de este convencimiento sugieren seguir confiando en el capitalismo y darle alas para que mejore la técnica y la organización del trabajo, sin tener en cuenta qué produce y cómo lo hace. Una opinión similar, la encontramos ahora mismo con el ecologismo reformista que mantiene la esperanza de que los mecanismos basados en el mercado y la tecnología resolverán nuestros problemas medioambientales.

Esta mistificación de las fuerzas productivas considera la tecnología como la clave principal para crear un mundo mejor, lleno de productos de todo tipo, muchos de ellos banales y, a la vez, disminuye la importancia de la lucha de clases en el proceso revolucionario. No tiene en cuenta que el comunismo NO debe dar continuidad a una sociedad consumista, semejante al capitalismo que hoy impera en los países más desarrollados, sino que debe basarse en la sostenibilidad, la democracia y el bienestar.

Marx fue de los primeros en destacar el papel histórico de las fuerzas productivas (15). Todo lo que hemos dicho sobre este desarrollo lo podemos encontrar en su obra. Pero Marx, además de analizar las fuerzas productivas materiales que desarrolla el capitalismo, analiza (sobre todo) sus relaciones de producción y descubre cómo unas y otras entran en contradicción. Las relaciones de producción capitalistas han convertido el desarrollo de las fuerzas productivas en su contrario, o sea, las ha transformado en fuerzas destructivas.

Al separar al productor de la propiedad de los medios de producción (por tanto, del control de la técnica y de la naturaleza) y de la propiedad del valor de uso producido (por tanto, del dominio sobre la riqueza material), los productores pierden la capacidad de decisión. Su trabajo se convierte en una mercancía que se vende en el mercado y que su comprador, como ya hemos dicho, emplea a su antojo y explota.

El capitalismo ha mercantilizado la fuerza de trabajo transformando la relación de las personas con los medios de producción y convirtiéndola en una fuente de la tiranía contra el productor. En El Capital Marx comparó el trabajo pre capitalista con el trabajo capitalista y explicó cómo el productor termina siendo un apéndice de la máquina. Después de un detallado análisis llegó a la conclusión de que “la producción capitalista sólo sabe desarrollar la técnica y la combinación del proceso de producción social socavando al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el trabajador”. Esta ha sido una de las maneras más claras de explicar cómo las fuerzas productivas se han convertido en fuerzas destructivas y de poner sobre la mesa, quienes son las víctimas de esta destrucción.

Paradójicamente, el crecimiento de las fuerzas productivas del capitalismo viene de la mano de una regresión perpetua. La acumulación de capital provoca un divorcio cada vez mayor entre un extremo y otro de la población. En lugar de conseguir una reducción sustancial de la duración y de la dureza del trabajo, el aumento de la productividad del trabajo provoca la expulsión de la producción de una masa cada vez mayor de trabajadores en todo el mundo que pasan a alimentar el ejército obrero de reserva. Se genera así una sobrepoblación de la que el sistema se aprovecha para empeorar las condiciones laborales y cuando esta población sobrante es excesiva, puede incluso estimular su anulación física o utilizarla como carne de cañón en las guerras imperialistas. A la vez, una fracción de la producción se destina a la preservación del orden capitalista, tanto en el ámbito nacional como en el internacional. La satisfacción de las necesidades humanas, por tanto, queda sepultada por el intento de perpetuación del capital y la acumulación de capital entra en conflicto abierto con la preservación a largo plazo de la biosfera y con la diversidad biológica, a la que los seres humanos siempre hemos estado vinculados.

Todo ello nos viene a decir que el progreso histórico de la humanidad hoy en día ya no se produce a través del desarrollo de las fuerzas productivas, bajo el dominio del capital. Revela perfectamente la traba creciente que el capital representa para el desarrollo de la sociedad, dejando al descubierto la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción que Marx ya anticipó.
De hecho, si todo dependiera exclusivamente de las fuerzas productivas, a estas alturas ya habríamos llegado a un punto donde la gran capacidad productiva alcanzada crea las condiciones (y la necesidad) para superar la sociedad capitalista. Gobernando y desarrollando adecuadamente las fuerzas productivas ya existentes, podríamos organizar una sociedad comunista capaz de satisfacer todas las necesidades de los humanos, sin ningún tipo de privilegio o exclusión.

Pero este paso únicamente se dará cuando el sujeto del cambio tenga la capacidad y la fuerza para hacerlo y encuentre el momento propicio. Por esta razón hay que poner precisamente la lucha de clases en el punto central de la acción política en todos los campos; también en el campo de la ecología.

Hay aún otra derivada a tener en cuanta. La mayoría de progresos técnicos pueden ser empleados con fines beneficiosos o perversos. Un cuchillo ayuda a cortar una lechuga o a afilar la punta de un lápiz, pero a la vez puede servir para acuchillar a una persona. Dado las potencialidades actuales de los nuevos inventos, la capacidad destructiva se acrecienta. Basta recordar todo el debate de hace décadas sobre los posibles usos de la energía atómica.

Un marxismo al servicio de la ecología

Marx consideró que el poder destructivo del capitalismo, no afecta únicamente a los trabajadores, sino que también se dirige contra la naturaleza.

A medida que el capitalismo avanza, su impacto negativo está llegando más lejos. La globalización y los continuos procesos de desposesión empujan cada vez con más fuerza hacia lo que podría llamarse la privatización de la naturaleza, convirtiendo el subsuelo, el agua, los bosques… y las plantas en bienes mercantilizados en manos del capital. Estos procesos tienen su vertiente bélica, con un impacto tremendo sobre los humanos y sobre la naturaleza, que no se suele contemplar.
Sin embargo, hoy por hoy, el cambio climático se ha convertido en la expresión más clara de la crisis global a la que nos lleva el capitalismo, de su potencial de la destrucción social y ecológica y de su capacidad de hipotecar a las generaciones futuras. No se trata, en ningún caso, de un hecho aislado, sino que más bien es una expresión y una causa del continuo deterioro de las condiciones sociales y económicas: sequías, migraciones masivas, conflictos por la tierra y el agua, guerras que incluso incluyen el uso de armas nucleares, etc. y sobre todo, es una expresión de la forma anárquica de crecimiento que conlleva la acumulación de capital.

Marx y Engels dijeron que los proletarios tienen un mundo que ganar y nada que perder más que sus cadenas. A su vez aclararon que el proletariado, al emanciparse, emanciparía a toda la sociedad e incluso pondría fin a la sumisión de otros seres vivos. La actual deriva hacia una catástrofe ecológica añade una nueva dimensión a esta visión liberadora. Si el marxismo está a la altura de su propia máxima como una teoría que interpreta adecuadamente el mundo y que a la vez quiere cambiarlo, entonces debe continuar desarrollando su contenido ecológico, tanto teórica como práctica… ¡Hay mucho en juego!

Metabolismo, lucha social y sujeto del cambio

Pese a las diferencias entre aquellos que han trabajado por forjar un marxismo ecológico, todos coinciden en la necesidad de conformar una alianza entre el movimiento obrero y los nuevos movimientos sociales, incluyendo, por supuesto, al movimiento ecologista.

La cuestión principal, por tanto, sería cómo hacer avanzar la lucha de todas las víctimas del capitalismo, a partir de su propia lucha y experiencia, superando la tentación de montar “vanguardias” al margen de estas víctimas o la de querer forzar la coordinación de sus organizaciones y movimientos para tutelarlos, atentando con ello, contra su propia soberanía.
El capital explota a los trabajadores en los centros de trabajo. La lucha contra esta explotación tiene muchas caras. La primera y más primitiva es la lucha económica colectiva, garantizando un salario (estabilidad en el empleo) y mejorarlo (incremento salarial). Esto únicamente asegura el mantenimiento del cuerpo orgánico del explotado (y su prole). Al lado de esta lucha está aquella que favorece su relación con el entorno inorgánico (reducción de la jornada laboral, salubridad de los puestos de trabajo, etc.) y que hemos caracterizado antes como ecología de la fuerza de trabajo. Pero la lucha es necesaria también fuera de los centros de trabajo (vivienda, entorno urbano, sanidad, subsidios, pensiones, renta básica…). Esta es otra de las facetas de esta ecología de la fuerza de trabajo, de la que estamos hablando. Estas luchas deben incorporar una vertiente política y emancipadora, lo que conlleva el combate por la democratización de la sociedad y la perspectiva del control obrero del proceso de trabajo y del entorno natural.

A la vez, hay que estar alerta de todas las tretas del capital, dando respuesta a sus actos vandálicos y de una manera especial a sus conductas guerreras y belicistas, animando un fuerte movimiento social contra el imperialismo y por la paz.

Pero las víctimas del capital no son solamente los explotados dentro y fuera de los centros de trabajo regulados, más o menos precarizados. Existen otras. Destacan todos aquellos y aquellas que conforman el ejército de reserva y, en especial, los condenados y relegados, a los que se les suele tratar directamente como ilegales o indeseables para el orden social establecido (sin papeles, manteros, etc.).

A medida que estas luchas se multipliquen y avancen, las víctimas del capital podrán consolidar su conciencia como víctimas y como tales establecer una relación metabólica entre ellas, dando vida al auténtico sujeto del cambio, con el fin de acabar con el sistema que los ha reducido a víctimas y que destruye su (nuestro) entorno natural.

Bibliografía:
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VERAZA, Jorge: Karl Marx y la técnica desde la perspectiva de la vida. Ítaca, 2012

Notas:
1.- Este apartado no tiene la pretensión de reconstruir todos los lazos de la obra de Marx que se refieren a la naturaleza, ya que ello se trata en otros apartados del informe.
2.- Uno de los mayores méritos de Marx, fue corregir la teoría del valor-trabajo que había formulado la economía clásica, para convertirla en una teoría que explica de donde viene la ganancia y como se explota a los trabajadores. Esto es muy importante, porque el capitalismo es un sistema de explotación, como lo fueron el feudalismo o la esclavitud, pero que tiene la habilidad de esconderlo a través de la compra de fuerza de trabajo. Sin esta formulación de la teoría de valor no se pueden entender correctamente el dinero, los precios, la acumulación y la centralización de capital y, en última instancia, las crisis del capitalismo, o por qué el capitalismo es un sistema históricamente acotado.
3.- Esta tesis también fue explícitamente formulada en la crítica del programa de Gotha al combatir las ideas de Lassalle y sus seguidores:”El trabajo no es la fuente de toda riqueza. La naturaleza es también la fuente de los valores de uso (¡que son sin embargo la riqueza real!) tanto como el trabajo, que en sí mismo no es sino la expresión de una fuerza natural, la fuerza de trabajo del hombre”
4.- Stoffwechsel en alemán, es decir, literalmente, “intercambio material”.
5.- Incluso lo convierte en un nuevo ámbito de valorización.
6.- Luego de estudiar el trabajo del químico y agrónomo alemán Liebig sobre los aspectos negativos de la agricultura moderna.
7.- Que según Marx, tarde o temprano se acaba imponiendo como “ ley natural reguladora”.
8.- A principios de la década de 1880, Sergei Podolinsky publicó un análisis energético del trabajo humano donde trató de reconciliar la teoría laboral del valor de Marx con la primera ley de la termodinámica (conservación de la energía). Desde la economía ecológica, se ha defendido que Marx la ignoró y Engels la minusvaloró a pesar de que Podolinsky se puso en contacto con ellos solicitando sus opiniones. Paul Burkett y John Bellamy Foster, sostienen que Marx tuvo en cuenta la obra de Podolinsky, pero sólo pudo acceder a un borrador publicado en francés y esto ocurrió en sus últimos días de vida. Es probable que le enviara algunos comentarios y que éste los incorporara en una versión publicada posteriormente, lo que se puede deducir con la lectura de esta versión. Engels, por su parte, respondió con una cara a Podolinsky. No rechazó la ley de la entropía en sí. Se opuso a la extrapolan de esta en la “teoría de la muerte térmica del universo” y se atuvo a lo que sostenía la ciencia natural de su época. Para profundizar en este tema ver el importante artículo. Alfonso M. Rodríguez de Austria: Economía y naturaleza en Marx: el “asunto Podolisnky” como prueba de un divorcio inexistente.
9.- Los principios están esencialmente resumidos del libro de Nicholas GeorgescuRoegen. La Ley de la Entropía y el proceso económico. Fundación Argentaria 1996. pp47/48.
10.- Refiriéndose a la pérdida progresiva de la energía mecánica ante la falta de producción de calor (usar materia y expulsar residuos), R. Clausius acuñó (1865) este aspecto de la Naturaleza con la palabra entropía. S. Toulmin y J. Goodfield. The architecture of matter, p. 294. Pelican Book, 1962.
11.- Marx no aceptaría esta expresión de que algunos seres inteligentes causan la grieta metabólica, dado que el capitalismo ha separado a los trabajadores del acceso a los ingredientes que componen la riqueza, como son los recursos naturales.
12.- Ver José Iglesias Fernández. El final está cerca, pero el comienzo también. Desde el marxismo, reflexiones para la recuperación del ecologismo. Baladre / Para escudriñador@s, 2014.
13.- Las cursivas son nuestras.
14.- El productor no ha sido el que lo ha decidido y, además, en muchos casos, incluso desconoce su destino y características, dado que tan solo participa de manera fraccionaria, en un proceso de trabajo organizado y dividido por el capital.
15.- El texto “canónica” de este punto de vista es el famoso prefacio de la Crítica de la Economía Política (1859).

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Salarios, inflación y devaluación monetaria

Antoni Puig Solé*. LQSomos. Junio 2017

Hay mucha palabrería sobre los efectos de los incrementos salariales en la economía. Con el afán fascistoide de buscar cabezas de turco, uno de los primeros argumentos retorcidos del neoliberalismo fue la insinuación de que, la causa de la crisis de los setenta, se debía buscar en la fuerza que habían conseguido los sindicatos.

Antes de aquella crisis, el capitalismo se enfrentó a un fenómeno que se llamó estanflación, que era la manera de decir que el crecimiento era bajo y la inflación alta. Los sindicatos respondían con reclamaciones salariales y huelgas, porque veían cómo los salarios reales se encogían y cómo la inflación se comía sus conquistas contractuales. La lucha por mejoras salariales no era, por tanto, la causa sino una consecuencia de la inflación.

El capitalismo es un sistema con una fuerte capacidad para hacer crecer la productividad del trabajo y esto reduce el valor unitario de cada mercancía. De rebote, esto debería conllevar una reducción de su precio. Pero entonces no fue así (y tampoco lo es ahora). Lo evitó, precisamente, la devaluación monetaria. Esta devaluación tenía varias causas. Una muy potente fue el colapso de Bretton Woods -que supuso que el dólar, con el que se vinculaban (y vinculan todavía) todas las monedas- se desacopló del oro. Entonces, los papelitos que representaban los dólares se devaluaron y de resultas de esta devaluación se disparó la inflación.

Los teóricos del capitalismo no quieren reconocer esta realidad y se escudan tras el truco de que los trabajadores si son fuertes y tienen sindicatos, destruyen la economía. Debemos contrarrestar esta distorsión y recuperar la explicación marxista sobre la desvalorización de la fuerza de trabajo, gracias a los incrementos de productividad y poner al descubierto cómo esta desvalorización suele ir acompañada de una devaluación de la moneda con la que los trabajadores perciben su salario. Sin entender esta particularidad, difícilmente seremos capaces de explicar las razones por las que cada vez crecen más las desigualdades sociales.

– Ilustración de «El Roto»
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