Cristina Cifuentes o el rock de la corrupción

 

Nota de nosotras: Imposible, no lo hemos podido olvidar, Javier Nix escribía el siguiente artículo en el mes de mayo del 2017. Sabíamos lo que sabíamos, lo que todo el mundo sabe, pero como si no se supiera, algo así como ¿quién es M. Rajoy? lo sabes, pero como si no se sabe…
Ahora con lo del “Master” y la Universidad de nombre tan apropiado para esta situación, no nos hemos resistido a volver a sacar a portada este artículo de hace casi, casi un año ¡Va por ti Cifu!!!

Javier Nix Calderón*. LQS. Mayo 2017 (y en Marzo de 2018)

Cuando Cristina Cifuentes se convirtió en presidenta de la Comunidad de Madrid, pareció que olvidábamos quién era esa mujer de melena rubia, mirada astuta y apariencia moderna que nos pedía su voto, allá en mayo de 2015, desde los cárteles y marquesinas de Madrid. El Partido Popular realizó una extraordinaria campaña de marketing político para adecentar la imagen de una candidata que unos años atrás había escrito una de las páginas más negras de la historia de nuestra comunidad. El Partido Popular habló de regeneración en sus filas, de relevo generacional, de cambio de actitud, de nuevo proyecto político. Cristina Cifuentes se convirtió en pocos meses en la candidata del cambio en un partido instalado en el inmovilismo político, que ha hecho de la inacción su herramienta de gobierno.

Nos vendieron la imagen de una mujer moderna, con ideas frescas, más mesurada y ecuánime, con predisposición al diálogo y al pacto. Una mujer fuerte, independiente, que circulaba en moto por Madrid, con tatuajes (hasta cinco, según ella confesó). Una mujer que sobrevivió a un grave accidente de tráfico cuando circulaba con su moto por el Paseo de la Castellana (sin ITV y por un carril prohibido). Una mujer que copó portadas de revistas de moda y tendencias, que hacía gala de un “espíritu rockero”, que llegó a definirse como “agnóstica, republicana y defensora del matrimonio homosexual”. Quizás Cristina Cifuentes representa mejor que ninguna otra la esquizofrenia de un Partido Popular capaz de sacrificar sus más rancios valores con tal de mantener el poder. O quizás es la introductora de ese nihilismo neoliberal que el Partido Popular ha comenzado a mostrar en los últimos años.

Quizá la desinformación con la que nos bombardeó la prensa en aquellos meses de 2015 haya borrado de nuestra memoria colectiva quién es realmente Cristina Cifuentes. Pues bien. Cristina Cifuentes era la Delegada del Gobierno en Madrid durante las manifestaciones que tuvieron lugar en Madrid durante el verano de 2012. Fue la responsable última de la brutal carga policial en la manifestación del 25-S. Yo estaba allí. Observé a los antidisturbios cargar y emplearse con más brutalidad de la que nunca había visto antes. Para quien no lo recuerde, los vídeos de aquel día se encuentran en YouTube. Antes de comenzar la carga, un grupo de encapuchados se situó ante los antidisturbios y comenzaron a golpearlos con unos sospechosos banderines rojos. Según se supo después, era la señal para el comienzo de la carga. Se dijo, y creó en esta teoría, que eran infiltrados de la policía cuya labor era reventar la concentración para provocar la carga de la UIP (Unidad de Intervención Policial). Quien haya acudido a una manifestación, sabrá que las banderas rojas de plástico barato no suelen abundar, y que son otros los símbolos que los grupos llamados antisistema utilizan. Tras esto se desató el caos. Los antidisturbios, enfurecidos, cargaron por todo el Paseo del Prado. Aquella noche nos dejó imágenes memorables, como la del camarero que se situó ante la puerta de su negocio extendiendo los brazos, impidiendo que los policías entraron en su local. En su frenesí, los antidisturbios llegaron hasta la estación de Atocha, entrando hasta los andenes y golpeando a todos los que encontraron a su paso: viajeros, personas en silla de ruedas, simples paseantes. Llegaron a intimidar a periodistas, exigiéndoles que entregaran los rollos de película e incluso destruyeron partes de las cámaras fotográficas.

No voy a caer en maniqueísmos ni en la tentación de describir a la UIP como asesinos a sueldo o demonios sedientos de sangre. Comprendo la tensión que se siente en una batalla campal, pues estuve allí y temblé de ira e indignación. Tampoco eximo de culpa a las unidades de la UIP. Los Pumas y Camel, acantonados en la comisaría de Moratalaz, adonde llevaron a los detenidos de aquella manifestación del 25S, no se distinguen por su respeto a los ideales democráticos. Aquella comisaría fue la misma a la que llevaron a los detenidos en la manifestación del 15M de 2011, quienes relataron malos tratos, incluidos golpes tras la detención, comentarios homófobos, amenazas, negación de asistencia médica y alteración de los ciclos del sueño. Pero la responsabilidad de la violencia empleada por la UIP pertenece, en última instancia a la entonces Delegada del Gobierno, Cristina Cifuentes. Fue una actuación policial que responde a su filosofía política: ““Cuando digo: ‘si sacas la pistola es para disparar’, quiero decir que no amagues si no vas a dar”. ¿A esto se referían los medios cuando aludían a su “espíritu rockero”? Aquel día, los antidisturbios no amagaron. Dieron, y dieron muy duro.

Esta es Cristina Cifuentes. Este martes, nos enteramos por la prensa de que había sido implicada en irregularidades en la adjudicación, en 2009, del contrato de comedor y cafetería del edificio de gobierno autonómico al Grupo Cantoblanco, propiedad del expresidente de la patronal madrileña, Arturo Fernández. El mismo empresario que había financiado al Partido Popular con 160.000 euros en la campaña de 2007, en cuyas elecciones obtuvo una mayoría aplastante.

La verdad es como un caracol: camina despacio, pero avanza y deja rastro. Más tarde o más temprano, la mentira sale a la luz. Es imposible ocultarla indefinidamente.

Aunque la indignación ya no recorra las calles y haya tomado la forma de discurso político en el Parlamento, no podemos olvidar aquellos días de miedo y vergüenza, ni los nombres propios que hicieron de Madrid la ciudad del asco y la ignominia. No pedíamos más que justicia y dignidad y respondieron a nuestras exigencias con ira y porras. Cristina Cifuentes no es la renovación, ni la apertura a la modernidad ni al diálogo: es el maquillaje barato del partido más corrupto de la historia de España, que a duras penas puede ocultar la podredumbre de sus siglas y su total falta de escrúpulos. Toda la modernidad de Cifuentes se resume en conducir motos por la Castellana mientras baila al son del rock duro, del rock duro de la corrupción.

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Testigos del horror: Los fusilamientos del 3 de mayo

Javier Nix Calderón*. LQSomos. Mayo 2017

Hace poco más de dos siglos, Francisco de Goya pintaba uno de los cuadros más importantes de la Historia del Arte. Tal día como hoy del año 1808, las tropas francesas fusilaban a los patriotas españoles que habían participado en el levantamiento popular del 2 de mayo contra la invasión napoleónica. Su cuadro “Los fusilamientos del 3 de mayo” ha quedado como el testimonio pictórico de uno de los acontecimientos históricos más relevantes de la historia de nuestro país. Es una pintura diseñada para impresionar. No solo por su tamaño, de aproximadamente 3 de metros de largo y alto, sino por la crudeza de la imagen reflejada. Su potencia visual lo ha convertido en una de las mejores radiografías de la brutalidad de la guerra.

Recapitulemos. El día anterior, el 2 de mayo, los madrileños observaron cómo la familia real era sacada de palacio en dirección a Francia. Los que presenciaron la escena en la Plaza de Oriente comenzaron la revuelta. Se lanzaron contra los coraceros franceses que protegían el convoy real. Pronto, la noticia recorrió la ciudad, electrizando el ánimo ya de por sí soliviantado de los madrileños. En aquel momento exacto, el país entero fue consciente de la ocupación francesa. Los madrileños, de forma totalmente espontánea, corrieron por las calles de Madrid organizando la resistencia popular contra el ejército de Napoleón. Dos puntos cobraron especial relevancia en el levantamiento: la Puerta del Sol y el cuartel de artillería de Monteleón, situado en lo que hoy es la plaza de Manuela Malasaña. El pueblo enfurecido se lanzó contra los soldados franceses armados con navajas y los pocos trabucos que habían conseguido reunir. El general Murat, encargado del ejército de ocupación, envió a los mamelucos, un cuerpo de ejército reclutado en Egipto. La lucha en la Puerta del Sol entre estos y los madrileños fue fielmente retratada por Goya en su archiconocido “La carga de los mamelucos en la Puerta del Sol”. La violencia dialéctica del combate entre los mamelucos y los madrileños se refleja en los cuerpos acuchillados de los soldados, en los rostros desencajados por la ira, en la multitud que se agolpa de fondo, mientras los edificios de la Puerta del Sol delimitan la escena creando una atmósfera claustrofóbica, opresiva. No resulta difícil imaginar el ruido de los sables, los relinchos angustiados de los caballos heridos, el griterío ensordecedor de la multitud cargando contra el ejército francés. Es la guerra, y la guerra se revela por fin despojada de épica y heroísmo. No hay banderas, pendones o símbolos militares. Solo hay muerte. Ni siquiera podemos percibir el espíritu patriótico de la revuelta. Solo la sangre, el polvo suspendido en el aire, los cadáveres, el cielo ennegrecido.

Los combates se sucedieron a lo largo de toda la mañana en diferentes puntos de Madrid. El general Murat dio la orden a los 20.000 coraceros franceses apostados en la ciudad de aplastar la rebelión. A primeras horas de la tarde, el levantamiento popular había sido sofocado. Se dio la orden de apresar a cualquier madrileño que se encontrara con armas en su poder. El número llegó a 3.000. Fueron recluidos en cuarteles a la espera de la decisión del Estado Mayor Francés. Aunque hubo fusilamientos espontáneos esa misma tarde del 2 de mayo en la zona de Recoletos y el Salón del Prado, en lo que hoy sería la plaza de Cibeles, la orden de los fusilamientos masivos llegó esa misma noche.

Los madrileños presos fueron tomando conciencia de su situación a lo largo de la noche. Ya de madrugada, largas hileras de prisioneros se encaminaron hacia la montaña del Príncipe Pío, situada en el punto exacto en el que hoy se levanta el Templo de Debod. Los fusilamientos comenzaron aproximadamente a las 4 de la mañana. Este es el momento elegido por Goya para mostrar la brutalidad de la guerra en toda su dimensión. Francisco de Goya pinta la obra que, sin género de dudas, le convertirá en inmortal.

Lo primero que llama la atención del cuadro es la perspectiva desde la que se nos presenta la imagen. La acción ocurre frente a nosotros, como si alguien agachado, que se ha arrastrado por algún camino cercano, se ocultase entre las sombras para presenciar la escena. Pero, ¿quién es ese testigo? ¿Quién se agazapa en la noche para contarnos el horror de los fusilamientos? ¿Es Goya, que ha acudido a la zona para observar lo que ocurre? No. El testigo somos nosotros. Ante nosotros se desarrolla la escena, un fotograma eterno de la tragedia colectiva de la guerra. Los prisioneros forman una hilera. En ellos se nos muestran los tres estadios de la experiencia humana del tiempo: el pasado, el presente y el futuro. El pasado son los que ya han sido asesinados, con sus cuerpos desarticulados sobre el suelo en posiciones grotescas. Son más monigotes que hombres, pues la muerte ya ha se adueñado de sus cuerpos. La sangre mana de sus heridas y su rastro se pierde en los márgenes del cuadro. Los que están a punto de morir componen el presente. En ellos se encuentran reflejadas las diversas actitudes ante la muerte: algunos, aterrorizados, ocultan su rostro entre las manos; un fraile entrelaza los dedos mientras reza con la mirada fija en el suelo y la boca abierta en una mueca. En el centro de la composición, el hombre de camisa blanca, iluminado por la luz del farol que alumbra la escena, alza los brazos ante el pelotón de ejecución. Su camisa, de un blanco inmaculado, quizás el símbolo de la libertad y el triunfo de la valentía ante la muerte, atrae nuestra mirada como un relámpago que restalla en la noche. Ese prisionero es quizás el alma de un pueblo que no se resigna a vivir arrodillado, aunque la muerte sea el castigo por luchar por la libertad. Es el único símbolo patriótico de una pintura que no trata de ser sino relato de lo ocurrido, fotografía de la tragedia, reflejo de las pasiones más bajas del ser humano. Los que esperan su turno para morir, tapándose los ojos ante la inminencia de las balas, son el futuro. El miedo sobrevuela la escena. Todos son reflejados en actitudes humanas, todos menos los soldados. Los soldados no tienen cara. No hay ningún rasgo en ellos que nos permita identificarlos. Goya no quiso pintarlos como seres humanos, sino como un instrumento bélico, una pieza más de la inmensa maquinaria de la guerra, el brazo ejecutor de la muerte. Sus uniformes, de colores grisáceos y ocres, acrecientan esa sensación. Al fondo, Madrid aparece iluminada como una ciudad fantasmal, como una ciudad con un halo tétrico, de cementerio. Madrid se desangraba a través de los cuerpos de los fusilados, que las crónicas sitúan en un número que oscila entre 500 y 3.000. Sus cadáveres fueron enterrados en una fosa común en lo que hoy es el Parque del Oeste, cerca del Teleférico.

Goya no pertenecía a su tiempo. Quizás tampoco al nuestro. Goya fue un incomprendido en su época, un mensajero de los tiempos que estaban por venir. Su cuadro parece anticipar el horror y ese horror nos interpela desde el cuadro. Es un cuadro atemporal pese a los uniformes y a las ropas de los prisioneros. Nosotros estamos allí, agazapados en un vértice del cuadro, como testigos del horror. También fueron testigos los que existieron antes que nosotros. En Los fusilamientos del 3 de mayo se encuentran los republicanos fusilados por Franco tras el final de Guerra Civil Española, los judíos asesinados por los Einsatzgruppen en Europa Oriental durante la Segunda Guerra Mundial, los bosnios fusilados en Srebrenica por los serbobosnios en la Guerra de Yugoslavia, los civiles ejecutados por el Estado Islámico en Siria o Irak. Goya no está interesado en la política, sino en la Humanidad, en su posición frente a la muerte y en la insignificancia de la vida cuando la brutalidad y el odio entran en escena.

No hay ni un ápice de patriotismo o reafirmación nacional en la pintura. Goya no permite que su obra se ensucie con el barro de la política. Todo en ella es profundamente humano, o inhumano. Goya se convierte, a través de este cuadro, en el representante de esa máxima latina de Terencio que reza “Homo sum, humani nihil a me alienum puto”, o “Hombre soy; nada humano me es ajeno”. Convendría recordarlo, para que la carne de los fusilados deje de abonar la tierra que, por otra parte, parecemos empeñados en destruir.

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La España esteparia

pueblos-estado-espan%cc%83ol-loquesomossJavier Nix Calderón*. LQSomos. Enero 2017

“El español primero es de su pueblo, de su barrio si vive en una ciudad, después de su comarca, más tarde de su región, y en último lugar, de España”. La frase, del historiador Claudio Sánchez-Albornoz, resume el espíritu de un pueblo que nunca fue capaz de agruparse en un proyecto político común, saqueado por oligarquías y espoleado demasiado a menudo por un odio cainita hacia lo diferente. La idea de España se ha construido siempre por oposición: por oposición al musulmán durante la reconquista (sin mayúscula, porque no hay nada de épico en ella), contra el protestante en la España imperial, contra todo lo que no fuera castellano durante el siglo XVIII, a través de la lucha entre tradicionalistas y liberales en el siglo XIX, contra el socialismo y la modernidad en el siglo XX. España es como el protagonista de El lobo estepario, de Herman Hesse: un concepto herido, atrapado entre dos extremos, que se observa a sí mismo incapaz de apreciar la belleza de lo múltiple, la riqueza cultural y lingüística de su territorio, y aterrado ante la perspectiva de observarse en un espejo y ver cómo su realidad se fragmenta.

Se entiende con facilidad que el español sienta en último lugar a España como propia. La vida no es lo abstracto, sino lo inmediato, y lo inmediato es la calle, el pueblo, la ciudad, el paisaje por el que se transita. Los lazos emocionales se establecen con el color de las casas, con el olor de las calles, con los vecinos, con los usos del lenguaje en cada región. España es un concepto que se aprende cuando se está lejos. Al estar lejos, se descubre que España es una construcción lingüística, con una historia falseada y edificada sobre la muerte, el destierro y el miedo. Sobre todo el miedo.

España es el país del miedo. En España el miedo ha tenido la fuerza que en otras naciones ha tenido la esperanza y el afán de modernidad. El motor de la polis693historia de España es el miedo, que siempre se convierte en odio. España es el país del mundo que más guerras civiles ha sufrido, y eso no es casualidad. Continuando con el símil con El lobo estepario, podríamos decir que España mantiene en su interior una pugna entre el Lobo y el Hombre. El Hombre busca el cambio, el contacto con el medio, el diálogo, el crecimiento. El Lobo, en cambio, busca el aislamiento, el silencio, la seguridad ficticia del pasado. Cuando el Hombre avanza un paso hacia el futuro, el Lobo, asustado por la incertidumbre, muestra los dientes y muerde, desgarrando la carne del Hombre. Esa carne desgarrada son los más de 200.000 republicanos desaparecidos tras la guerra civil española. Esa carne desgarrada es Federico García Lorca siendo fusilado en un barranco de Granada en 1936. Esa carne desgarrada es Antonio Machado muriendo exiliado, solo y enfermo en Collioure en 1939.

España ignora, o quiere ignorar, que la identidad nacional es una ficción. España no es Una, Grande y Libre, como rezaba la consigna franquista. Esa consigna, gritada por el Lobo para acallar al Hombre, se disipa al contacto con el primer sol de la realidad. España no es Una: España es una multiplicidad, una cebolla de cien capas, una tela de mil hilos, enriquecida por todos aquellos pueblos que la habitaron. España no es Grande: España es un apéndice de Europa, una frontera entre dos continentes, un pequeño punto en el mundo, un parpadeo de la tierra entre las aguas del Atlántico y el Mediterráneo. España no es Libre: mp197España es una prisión de pueblos, el único país del mundo donde el fascismo ganó la guerra, el lugar donde, hasta hace menos de 40 años, podías ir a la cárcel si hablabas catalán, vasco o gallego en público.

España no duele, como dijo Unamuno. España, o mejor dicho, la idea de España, cansa, aburre, hastía. La idea de España fue construida por aquellos a los que no les importa nada España. La idea de España es una excusa para perpetuar el dominio de un pueblo sobre otros, de una clase sobre otras, de una visión del mundo sobre otras. Mi idea de España no incluye la palabra España, sino otras, más humanas, como Justicia, Dignidad, Igualdad, Oportunidades, Respeto. Mi idea de España es el Hombre domesticando al Lobo, el Hombre observando en un espejo cómo su imagen se fragmenta en dos, diez, mil, un millón de hombres diferentes, únicos, caminando por avenidas paralelas, y los abraza a todos y de todos se siente parte. España no existe porque no existe el Yo. Y si vuelven a gritar que sí, que existe esa España, que existe el Yo, es el Lobo que aúlla, es el Lobo que se retuerce y enseña los dientes, es el Lobo que ataca, es el Lobo huyendo del espejo que le muestra su propia miseria. Pero el Hombre ya no es un Hombre, ahora el Hombre son un millón de hombres y mujeres que han abandonado la estepa, que se internan en el bosque sin miedo al Lobo, que se reconocen en los otros.

El Hombre puede demostrar que Jaime Gil de Biedma se equivocaba al decir que “De entre todas las historias de la historia, la más triste es la de España, porque termina mal”, porque aún no ha terminado. En realidad, no ha hecho más que empezar.

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Aerosol

los-mejores-grafitis-del-mundo-lqsomosJavier Nix Calderón*. LQSomos. Enero 2017

Eres el chorro a propulsión con el que fabricábamos nuestros sueños de adolescente. Eres un millón de partículas en suspensión, que transmuta la materia para convertir lo gris en algo hermoso. Eres la última frontera, el último espacio de libertad entre los muros opresivos de la gran ciudad. Eres droga, el principio y el fin de una adicción. Eres la eterna promesa de un arte libre, del arte del siglo XXI, de la rehumanización de una especie que avanza imparable hacia su conversión en números y datos estadísticos.

Recuerdo tu tacto frío, tu cuerpo robusto metálico, tu forma curvilínea. Recuerdo el golpeteo de la sangre en las sienes en los instantes previos a la salida del color por tu boca. Recuerdo mis dieciséis años, nuestros dieciséis años, y la adrenalina fluyendo, tensando los músculos y aguzando los sentidos. Recuerdo la leve conciencia de estar haciendoseen-grafitti-loquesomos algo hermoso y prohibido. El impulso por transgredir, por avanzar, por colocar nuestro nombre en un lugar más alto, más visible, nos hizo observar la realidad con una mirada distinta. El graffiti nos reconciliaba con un mundo áspero y hostil. Nos sentíamos al margen de una sociedad plana repleta de cánones y normas que sólo añadían más vacío, más tristeza. Lo que empezó como un juego, pronto cobró una dimensión espiritual: fuimos conscientes de que nuestros nombres permanecerán en las paredes mucho tiempo después de que hayamos muerto.

Muchos no lo entenderán. No importa. Ellos no conocen esa sensación, y es mejor así. Acéptalo, eres diferente. Decidiste regalarle al mundo un pedazo de ti mismo cuando eras un niño. A eso se le llama arte. Hoy sabes que el arte maxresdefault-lqsno siempre es armónico, bello o estético: el arte también es un wildstyle que retuerce sus formas y extiende sus líneas hasta el infinito, y el artista, un encapuchado que recorre una ciudad de madrugada. El arte es un aerosol que tintinea en las noches y resplandece entre el plata, el rojo, el verde y el negro. El arte somos tú y yo gritándole al mundo que estamos vivos.

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Fracasar con estilo

funambulo 1 de la jara lqsomosJavier Nix Calderón*. LQSomos. Agosto 2016

El fracaso es un maestro ineludible. En la escuela, en nuestro círculo de amistades, incluso en nuestra familia, se nos cataloga por nuestro nivel de éxito. Tenemos que mantener ese statu quo, porque construimos nuestra autoestima alrededor de nuestra capacidad para triunfar. El binomio éxito-fracaso es el primer elemento que nos separa de los demás. ¿Por qué ese miedo al fracaso, por qué ese amor al éxito? Lo que nos define no son los éxitos. No. Somos quienes somos por los fracasos que acumulamos. En todos ellos hay una enseñanza, algo que afinar. El fracaso es una oportunidad para descansar en el camino. El fracaso no es una piedra con la que tropezamos. Es una piedra, sí, pero una piedra en la que sentarse a descansar, a tomar aire, a recapacitar, a analizar. Fracasar nos hace más conscientes de nuestras limitaciones. Fracasar nos hace grandes, grandes porque somos pequeños y es entonces cuando nos damos cuenta.

Los grandes, los grandes de verdad, se sentían profundos fracasados, sin serlo. Cervantes murió sin haber conocido el éxito económico tras publicar El Quijote. Cuando dos franceses acudieron a la corte de Felipe III, quisieron conocer a quien consideraban el hombre más ingenioso del mundo. Preguntaron en qué palacio vivía. Un marqués les confesó la verdad: Cervantes era “viejo, soldado y pobre”. Cómo puede ser, exclamaron, que el rey no le haya puesto un sueldo vitalicio. El marqués respondió: “Si es la necesidad la que le obliga a escribir, ruego a Dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo él pobre, haga rico a todo el mundo”. Y no es el único caso. Hay miles. Van Gogh, el pintor con el récord de precio de venta de una obra de arte en una subasta, murió solo, pobre y loco. Desasistido, suplicando dinero a su hermano Theo, Van Gogh pasó media vida deambulando por pueblos de Bélgica, Francia y Holanda. Se acercó a los pobres, porque vio en su derrota la esencia de todo aquello que nos hace humanos. Obsesionado con pintar, dedicó ocho años de su corta vida a realizar más de 900 cuadros y más de 3000 dibujos. Y fracasaba siempre, porque no logró vender un solo cuadro. El fracaso le espoleó. El fracaso le enseñó a pintar. La fe en sí mismo le hizo continuar. Persistió, aprendió a fracasar cada vez mejor, a fracasar con estilo, y su pincel se derramó en un sinfín de estrellas que nos iluminan desde hace más de cien años. Mi admirado John Fante no conoció el éxito más que en una fugaz ocasión, en la que vendió uno de sus libros para ser adaptado al cine. Los siguientes treinta años los pasó olvidado, pero siguió escribiendo. Bukowski, que también experimentó el fracaso una vez tras otra, lo rescató de ese olvido, exigiendo a su editor que publicara Pregúntale al polvo, una obra que es hoy ya inmortal. Fante, enfermo de diabetes, ciego, con un brazo y una pierna amputados, sólo disfrutó durante dos años del reconocimiento que siempre mereció.

El éxito es un cable muy fino que recorremos con miedo a caer de él. Creemos que el fracaso es un abismo del que nunca se sale, pero es en realidad el aire en el que podemos desplegar nuestras alas. En el éxito somos funambulistas asustados, pero en el fracaso somos pájaros que remontan el vuelo, que viajan hasta sus profundidades y vuelven a ascender. ¿Dónde están esas alas? ¿En qué lugar remoto de nuestro ser se encuentran? Solo el que ha fracasado muchas veces lo sabe. El éxito nos esclaviza, nos obliga a superarnos constantemente, pero el fracaso es libertad, pausa, crecimiento. Yo he fracasado muchas veces. No soy brillante. Repetí un curso en el instituto. He suspendido dos oposiciones. Han roto varios currículos míos ante mis ojos. No consigo escribir algo digno de ser leído. Me gusta el graffiti, pero no tengo talento. Pero, ¿sabéis algo? Estoy enamorado hasta la médula del fracaso. Pienso en fracasar y algo dentro de mí se agita y me eriza la piel, porque significa que estoy en marcha. Entre un hombre que camina y otro con miedo a comenzar solo media el deseo de fracasar. Quiero fracasar más. Quiero fracasar cada vez mejor. Quiero fracasar con estilo. Y si algún día dejo de fracasar, será porque he muerto. Si algún día dejo de aprender, será porque me he vuelto soberbio y entonces en el fondo ya estaré muerto. El éxito es un cohete que estalla en la noche. Nos maravilla, nos hipnotiza, pero no es real. Desaparece en pocos segundos. Lo que es real es el fracaso. Esa debe ser la primera enseñanza de nuestras vidas. Fracasa. Fracasa siempre. Fracasa bien. Levántate y sigue en marcha. No te rindas. Fracasa. Ten éxito. Vuelve a fracasar cada vez mejor. La noche seguirá oscura, pero la luz te inundará por dentro.

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Ilustración: Funámbulo 1, 2001. Fernando de la Jara

Venezuela patio electoral de España

Albert-Rivera-Venezuela-lqsomosJavier Nix Calderón*. LQSomos. Junio 2016

Quizá muchos os preguntéis, como yo, el porqué de ese interés hacia Venezuela que tanto los medios de comunicación como los políticos españoles le han dedicado al país caribeño en los últimos tiempos. En el último mes, los informativos de TVE han dedicado 71 minutos a hablar sobre Venezuela mientras que sólo han dedicado 31 a hablar sobre el desempleo en nuestro país. ¿Casualidad o causalidad?

No hay espacio para la casualidad en la política. Desde el año 2002, los medios de comunicación españoles han actuado como paladines de la oposición venezolana al chavismo, desplegando un lenguaje rico en términos claramente partidistas. Yo, sin ir más lejos, demonicé a Hugo Chávez antes de poder formarme una opinión empujado por los artículos de El País. Era habitual encontrarse con las palabras “caudillo”, “régimen chavista” o la aún más sonora “dictadura”. Bolivia tampoco se salvó de la quema. Evo Morales fue llamado “líder indigenista”, y su gobierno tildado de “régimen etnopopulista”. Es evidente que este lenguaje ha ido configurando una opinión pública claramente contraria al gobierno primero de Chávez, y más tarde de Maduro.

Los medios de comunicación mayoritarios se dedicaron a labrar, hace más de diez años, un campo semántico sobre Venezuela que hoy aran sin ningún tipo de pudor para obtener ganancias electorales. El nacimiento de Podemos, que en origen se nutrió de algunos principios de la revolución bolivariana, asustó a Partido Popular y PSOE, que vieron amenazada su tradicional hegemonía política. No hace falta bucear demasiado en la red para conocer las estrechas relaciones de Felipe Gónzalez con círculos oligárquicos venezolanos, colombianos, peruanos o chilenos. Es bien conocida la relación entre Felipe Gónzalez y Carlos Andres Pérez, presidente de Venezuela entre 1989 y 1993, que abrió las puertas de su país al neoliberalismo y, cómo no, a las empresas españolas. No está de más recordar que bajo el gobierno de Carlos Andrés Pérez se produjo la revuelta popular conocida como “Caracazo”, en marzo de 1989, provocada por los durísimos ajustes que el gobierno venezolano llevó a cabo bajo órdenes del Fondo Monetario Internacional. La brecha social venezolana se ensanchó, situando a más del 35% de su población bajo el umbral de la pobreza, según el informe anual de la ONU sobre la pobreza en el mundo en 1990. Abundan las imágenes de aquel “Caracazo” de personas saqueando piezas de carne de las carnicerías, así como los rumores de que los pobres en Venezuela complementaban su dieta con Perrarina, un pienso para perros. Ciertos o no, lo que sí es cierto son los datos de desnutrición en Venezuela en 1990, que llegaron a un pavoroso 20%. ¿Cómo se cubrió la información de aquella revuelta, reprimida ferozmente por el gobierno de Pérez, desde El País? ¿A quién se achacaron las culpas? Propongo a todo aquel que lea este artículo que acuda a la hemeroteca de El País y busque noticias del día 4 de marzo de 1989. Se encontrará con frases tan significativas cómo «La culpa de la situación la tiene la deuda externa de Venezuela». La culpa de aquella revuelta no fue la actuación del gobierno amigo de Carlos Andrés Pérez, sino la deuda externa, una palabra intangible, etérea. Compárese el tratamiento de este asunto con los disturbios que tuvieron lugar en el año 2014.

Felipe González actuó a modo de celestina entre los medios de comunicación españoles y los grandes empresarios latinoamericanos desde los comienzos de su cebrian-gonzalez_LQSmandato. El Grupo Prisa, propietario de diarios como El País y emisoras como Cadena Ser, y accionista del conglomerado español de canales Mediaset y medios internacionales, como Radio Caracol en Colombia o el Grupo Televisa en México, pronto se mostró como la punta de lanza del neoliberalismo español en América Latina. González, que encandiló a todo un país con su imagen moderna de joven socialista con media melena y chaqueta de pana con coderas, también hechizó con sus cantos de sirena al continente hermano. El expresidente español, el mejor relaciones públicas del Grupo Prisa, cambió influencias en América Latina por el apoyo mediático de El País y Cadena Ser a su gestión, quienes contribuyeron a tapar la guerra sucia contra ETA y a dulcificar la ferocísima reconversión industrial vivida por España durante la década de los 80. La misma década en la que aparece otro nombre propio fundamental para comprender la deriva informativa sobre Venezuela en España: Gustavo Cisneros.

Gustavo Cisneros desembarcó en España en 1983 comprando Galerias Preciados, unos grandes almacenes expropiados por el gobierno y sacados a la venta por 1.500 millones de pesetas, unos 9 millones de euros. En 1988, Cisneros, amigo personal del entonces presidente González, vendía Galerías Preciados a una sociedad inglesa por 30.000 millones, aproximadamente 180 millones de euros. Un negocio redondo que consolidó una amistad que se ha mantenido en el tiempo. Gustavo Cisneros, considerado en 2004 como el segundo hombre más rico de Hispanoamérica, es un magnate venezolano propietario de la mayor televisión privada de Venezuela, Venevisión, que cuenta con importantes participaciones en medios de comunicación en Chile, Estados Unidos, Colombia, Perú y Bolivia. Sus televisiones y periódicos mantuvieron desde el principio una clara línea editorial antichavista. Polanco y Cebrián hicieron lo propio con el Grupo Prisa. Los puentes tendidos a ambas orillas del Atlántico entre España y Venezuela tuvieron a sus arquitectos en Cisneros y González. Hoy resulta evidente que las líneas editoriales del Grupo Prisa y el Grupo Cisneros presentan paralelismos en su tratamiento de la información sobre el chavismo en Venezuela. Es lo que se ha denominado como “intereses cruzados” de Polanco, Cebrián y Cisneros. Aliados más económicos que ideológicos, cuidan de los intereses del otro en sus respectivos países. Amamantan a los suyos, limpian sus desastres y justifican sus desmanes. Pero atacan con saña a los rebeldes que tratan de escapar del redil.

No es un tema baladí. Venezuela ha sido retratada como un régimen autoritario, como una república bananera, como un país profundamente corrompido y últimamente como un país en el que sus ciudadanos comienzan a pasar hambre. ¿Cuánto hay de cierto y cuánto de mito interesado? Empecemos por las certezas. Venezuela tiene problemas económicos gravísimos. Con una economía completamente dependiente del petróleo, la fuerte bajada de los precios del petróleo y la incapacidad de Maduro para reaccionar han llevado a Venezuela a un caos económico del que no saben cómo escapar. La inflación, que ya supera el 60%, se ha unido a una devaluación de la moneda que ha hecho descender la renta media de los hogares de 13.000 a 9.000 dólares al año. Son datos suficientes para aceptar que la situación económica es deplorable y se necesitan soluciones inmediatas, soluciones que es posible que el gobierno de Maduro no esté en condiciones de aportar. A esto debemos unirle el aumento de la violencia, que por otro lado no dejó de cesar ni tan siquiera durante los mejores años del chavismo, en los que el país creció a un ritmo de más del 5%. Sin embargo, no podemos olvidar que muchos otros países del entorno, como Brasil, Colombia o México, sufren la lacra de la inseguridad ciudadana, con su cortejo fúnebre de asaltos, secuestros y asesinatos.

Vayamos ahora con los mitos. No existe hoy por hoy hambre en Venezuela. Sí existe malnutrición. Hay una diferencia fundamental entre la desnutrición y la malnutrición. La primera implica una falta total de nutrientes para el organismo, que desemboca en el hambre y a la larga en la muerte por inanición, mientras que la segunda consiste en una dieta desequilibrada, en la que faltan nutrientes y/o hay un exceso de otros. No deja de ser alarmante la malnutrición en Venezuela, pero, ¿y en España? Vayamos a los datos. En nuestro país, 2,5 millones de niños viven en hogares con una renta inferior a la del umbral de la pobreza, es decir, el 30% de los hogares españoles, según datos de la ONG Save the Children. El 25% de las familias no pueden permitirse una comida de carne, pollo o pescado cada dos días, según el Instituto Nacional de Estadística. Son datos demoledores, producto de la crisis económica en la que nos encontramos desde el año 2008. La malnutrición que afecta a Venezuela, unida a la carestía de algunos productos básicos, es real, las colas de venezolanos que intentan comprar productos a precios subvencionados es real, así como lo es la dificultad de muchos hogares españoles para llegar a fin de mes.

En cuanto a la represión política que ha ejercido el gobierno de Maduro contra algunos líderes opositores, se ha asumido como dogma que en Venezuela existen presos políticos. Si viajamos unos años atrás, a las elecciones de 2013, nos encontramos con una ajustadísima victoria del PSUV, el partido del fallecido Hugo Chávez liderado por Nicolás Maduro, frente a la Mesa de la Unidad Democrática, comandada por Henrique Capriles. Menos de 250.000 votos inclinaron la balanza del lado de Maduro. La fractura política en el país se hizo patente tras las elecciones. Yo mismo pude observar el clima de beligerancia en el país cuando viajé allí, el mismo día de las elecciones, un 14 de abril de 2013. Me encontraba en una ciudad con una larga tradición de oposición al chavismo, Mérida, donde se sucedieron las manifestaciones y las caceroladas durante los diez días que permanecí allí. En su primera alocución televisiva, Henrique Capriles no reconoció los resultados de las elecciones, acusando al gobierno y al Consejo Nacional Electoral, organismo encargado de velar por la limpieza en las elecciones, de manipulación en el conteo de los votos. Un año más tarde, el líder opositor Leopoldo López hace un llamamiento a la desobediencia civil en las calles para forzar una salida del gobierno de Maduro, operación que denominó como “La salida”, que pronto degeneró en enfrentamientos en las calles entre manifestantes (llamados allí guarimberos, por levantar barricadas o guarimbas desde las que se enfrentaron a la policía quemando mobiliario público, así como arrojando piedras e incluso con armas de fuego) y las fuerzas de seguridad y partidarios del gobierno. El balance de muertos fue de 42, y culminó con la detención y encarcelamiento de López, acusado de instigación a delinquir, asociación para delinquir e incendios y daños a edificios públicos, en carácter de determinación. Estos cargos le valieron una pena de cárcel de más de 13 años. La trayectoria en la oposición de Leopoldo López se remonta al año 2002, cuando en los momentos previos al intento de golpe de Estado llevado a cabo por la oposición contra el gobierno de Hugo Chávez, condujo a una masa ciudadana hacia el palacio presidencial de Miraflores para requerir la renuncia del presidente. Lo que sucedió a continuación flota en una niebla oscura producida por la propaganda de ambos bandos: la marcha opositora se encuentra con otra marcha chavista y comienza un tiroteo. El gobierno acusa a la oposición de haber colocado francotiradores en las azoteas, disparando a los chavistas, que cuentan hasta 18 muertos por disparos en la cabeza, cifra que se elevaría a 43 en los disturbios posteriores. La oposición muestra imágenes de chavistas disparando contra la marcha de la oposición, pero la cámara no enfoca contra quién disparaban realmente. La verdad se diluye en esa niebla, y el sol de la verdad se muestra incapaz de disiparla. Leopoldo López es detenido tras el fracaso del golpe de Estado, que concluyó cuando el presidente de facto, presidente también de la patronal venezolana Fedecámaras, abandona el Palacio de Miraflores a la carrera cuando las fuerzas armadas leales al gobierno acuden en auxilio del presidente Chávez, que fue recluido en Fuerte Tiuna. Al día siguiente, el golpe fracasa y Chávez es repuesto como presidente. Leopoldo López es condenado y posteriormente amnistiado por el gobierno en 2007. De ahí en adelante, el gobierno de Chávez llega a un pacto con los medios de comunicación privados venezolanos y los opositores en aras de la estabilidad. La oposición reduce su actividad y Chávez gana elección tras elección, espoleado por una masa social que se mantiene fiel a la “revolución bolivariana”. Así fue hasta el día de su muerte, un 5 de marzo de 2013.

¿Qué nos dice todo esto? Que lo que en España se conocen como “presos políticos” son más bien “políticos presos”. De hecho, el propio Capriles pronto se desmarcó de la estrategia de “calentar las calles” de López, consciente de que el poder en Venezuela debe ser conquistado por las urnas. Existen muchos mitos relacionados con Venezuela que nos son inoculados desde televisión, radio y prensa sin apenas contraste. La propia clase política ha creado lo que en comunicación política se llaman “sound bites”, es decir, palabras con una profunda carga emocional que etiquetan al adversario político, anulando cualquier atisbo de razón y redirigiendo el debate por cauces emocionales. Palabras como “chavista” o “bolivariano” se han convertido en sinónimo de dictadura, represión, ausencia de libertades, términos todos ellos aplicados a Podemos desde el inicio de su andadura política. Dicho esto, debemos no perder de vista los problemas estructurales de Venezuela y del chavismo como construcción política. Su gestión económica ha sido deficiente. No ha sabido salir del atraso usando el incremento de sus ingresos petroleros en los tiempos del boom del crudo, mostrándose incapaz de diversificar su economía y redistribuyendo esos ingresos en ayuda asistencial que no termina de crear una industria potente y una clase media pujante. El gobierno de Chávez y el de Maduro no han sabido acabar con la lacra de la inseguridad ciudadana, y Caracas es hoy, y desde hace unos años, una de las ciudades con más asesinatos del planeta, con unas cifras semejantes a las de la guerra de Afganistán. Sólo el año pasado hubo aproximadamente 28.000 muertos en Venezuela. ¿Es todo culpa del gobierno? Evidentemente no. La situación es similar en otros países de América Latina. Pero no debemos olvidar que los grandes medios de comunicación están en manos de grupos empresariales que apoyan a los partidos de derechas, que siempre han estado más cerca de los poderes económicos. Aun así, el gobierno tiene una responsabilidad sobre estas cifras, y su incapacidad para reducirlas una muestra de que la situación parece superar a un gobierno con una credibilidad cada vez más mermada entre sus propios ciudadanos.

Vistos los mitos y las realidades en Venezuela, es el turno de la explicación del porqué de la sobreexposición mediática de Venezuela en España. Los años de trabajo semántico de los medios españoles para situar a Venezuela entre los enemigos de Occidente comenzaron a dar sus frutos con la aparición de Podemos en el escenario político. Podemos se presentó como el partido de la gente, de los de abajo, construido para frenar las políticas neoliberales que los gobiernos de PP y PSOE habían llevado a cabo en los años de la crisis en España. Comenzaron reivindicando una forma diferente de hacer política, creando una dicotomía gente-casta, los de abajo-los de arriba, con eslóganes como “Somos la gente” o “Somos los de abajo”, que recuerdan a la estrategia política de Hugo Chávez de “Somos el pueblo”. Beben de fuentes semejantes, ya que Podemos en sus inicios se desmarcó del resto de formaciones políticas definiéndose como la única hecha por la gente y para la gente, rescatando el concepto de patria, basándose en las teorías de lo “nacional-popular” que los movimientos de izquierdas latinoamericanos habían utilizado a principios del siglo XXI. Algunos de sus dirigentes, como Juan Carlos Monedero, firme defensor de la revolución bolivariana, fueron apartados de la dirección a medidas que pasaron los meses tras los intentos de los partidos rivales de acercarle a Venezuela. Los “bites sounds” aparecieron de nuevo. Les acusaron de simpatizar con ETA, pero la fuerza evocadora del terrorismo sobre la sociedad española no era la misma tras el abandono de las armas de la banda terrorista. Cambiaron entonces la terminología. Les llamaron chavistas, bolivarianos, amigos de los iraníes, antidemócratas, golpistas, populistas. Los ataques arreciaron desde todos los flancos. Los medios de comunicación vivieron un curioso desdoble de la personalidad al necesitar a líderes como Pablo Iglesias, Errejón o Monedero en sus tertulias porque incrementaban los índices de audiencia, y al atacar sus posiciones ideológicas por ser cercanas a lo que tanto habían criticado en el pasado. Volvieron al campo semántico del antichavismo y lo araron con energía. Uno de sus frutos fue apartar a Monedero de la cúpula de Podemos, por sus lazos con la Venezuela de Chávez. Los estereotipos son poderosos en España. Podemos se desligó una y otra vez de Venezuela. Pero los “bites sounds” siguen ahí, ladrando insultos y tratando de ocultar las ideas con emociones, la razón con sentimientos. Al fin y al cabo, la política es un músculo y no un órgano, por eso muchos partidos eligen un corazón como símbolo y no un cerebro.

Erey-Juan-Carlos-Arabia-Saudi-LQSomosEspaña se enfrenta a innumerables problemas en el futuro cercano. Vamos a votar por la segunda vuelta de las elecciones en dos semanas, y la situación política se antoja tan inestable como hace seis meses. A medida que se acercaba la fecha de la votación, partidos como Ciudadanos se subían al carro de la oportunidad y colocaban a Venezuela en el centro del debate, con la visita de Albert Rivera invitado por la oposición a Caracas. El campo semántico aún tiene tierra fértil de la que se pueden cosechar votos. El Partido Popular hace lo propio. De hecho, en los últimos días Pablo Casado, vicesecretario de comunicación del PP, ha colgado una foto de unos disturbios en el Congo como si las imágenes perteneciesen a Venezuela. El PSOE, más cauto tras los resultados del 20 de diciembre, intenta dar una imagen menos hostil y disminuye las alusiones a Venezuela. Los medios de comunicación de masas colocan la alfombra que los políticos pisan después, dedicando gran parte de sus programaciones a hablar de la situación en Venezuela. Una parte de la opinión pública se enfurece y se asusta, al identificar a Podemos con Venezuela. Es lamentable observar como los informativos no dedican un solo minuto a hablar del régimen saudí, conocido por su persecución de homosexuales y opositores y una total falta de respeto por los derechos humanos más elementales, o de Marruecos, que mantiene bajo su bota al pueblo saharaui sin que desde España nadie alce su voz, o de Guinea Ecuatorial, un régimen dictatorial que pisotea los derechos humanos gobernado por un dictador. Estos tres países tienen algo en común con España: intereses económicos con las élites que dominan estos países. Arabia Saudí tiene jugosos contratos de compra de armas con la industria armamentística española, que sólo en 2015 ascendieron a más de 1.700 millones de euros; Marruecos es el país por el que pasa el gas que calienta España en invierno, y no es difícil imaginar a la monarquía de Mohammed VI cerrando la espitas de los gasoductos en caso de conflicto diplomático; por último, Guinea Ecuatorial, cuyo presidente Obiang, famoso por haber asesinado a más de 50.000 personas en su llegada al poder, ha favorecido los negocios de grandes multinacionales españolas.

Los medios de comunicación en España manipulan y lo hacen sin ningún tipo de vergüenza. Manipular no consiste solo en mentir o deformar la realidad: también incluye no mirar hacia donde sí se están produciendo auténticas violaciones de los derechos humanos, silenciando el dolor de unos para aumentar la ganancia electoral de otros. Como ciudadanos de un país democrático, tenemos la obligación de identificar si no la verdad, sí al menos las mentiras. Si dejamos la construcción de nuestra visión del mundo en manos de unos pocos canales de televisión, si la prensa escrita mayoritaria es la encargada de edificar los cimientos desde los que construimos nuestra idea de la realidad, nos arriesgamos a vivir instalados permanentemente en la mentira. Los medios de comunicación tienen una responsabilidad social: informar con decencia y el mayor porcentaje de veracidad posible. Si los de siempre no lo hacen, escapémonos de esa falsa realidad por alguna hendidura. El sistema es una maquinaria casi perfecta, engrasada durante décadas, pero tiene fallos. Están ahí. Sólo debemos leer, preguntarnos, ser críticos y, sobre todo, ser valientes. La verdad es una luz que se enciende despacio, pero que nadie puede apagar cuando por fin brilla.

* En Fila India

Venezuela-LQSomos

Guernica: para que el mundo no olvide

guernica-Picasso-LoquesomosJavier Nix Calderón*. LQSomos. Abril 2016

De entre todas las afirmaciones que se han realizado sobre el Guernica de Picasso, sólo hay una en la que coinciden todos los críticos de arte, artistas y estudiosos de la obra picassiana: Guernica es algo más que un cuadro. No sólo por sus grandes dimensiones, de 3,5 metros de alto y casi 8 de altura, que lo convierten en la obra más grande que realizó Picasso, sino también por el simbolismo que encierra y su innegable vocación universal. Guernica se convirtió en el mismo momento de su alumbramiento en una declaración de guerra contra la guerra y un manifiesto contra la violencia. Aunque el leitmotiv de la creación del cuadro fue el bombardeo aéreo de Guernica por parte de la Legión Cóndor alemana, el objetivo último de Picasso era convertir su obra en un símbolo universal de denuncia de la violencia causada por la guerra y de las muertes de un siglo en el que los métodos de producción en masa se pusieron al servicio de la industria militar. Por esa razón, pronto su Guernica entró en ese reducido club de cuadros que integran la formación visual de las generaciones, tanto posteriores como contemporáneas al trágico bombardeo. La lista, que puede alcanzar diez o quince pinturas, está compuesta por algunos cuadros como El grito, de Munch, La Gioconda, de Leonardo da Vinci o Los girasoles, de Van Gogh.

La historia que encierra el título del cuadro es bien conocida. La Legión Cóndor, que participaba en la guerra civil española en el bando del general Franco, bombardeó la villa de Guernica el 26 de abril de 1937. La operación militar, que tuvo como nombre en clave “Operación Rügen”, fue el primer bombardeo por saturación realizado sobre una población habitada en el siglo XX. Guernica no fue elegida al azar por los generales del bando sublevado. Guernica era el símbolo de la autonomía vasca, ya que era en esta localidad donde los reyes juraban los fueros vascos bajo el roble milenario situado frente a la Casa de Juntas. Estos fueros, una norma jurídica que regulaba la vida económica, política y social de muchas regiones en España durante la Edad Media, se conservaron en el País Vasco, en reconocimiento de su singularidad territorial. Franco, feroz enemigo de las autonomías y las nacionalidades del Estado español, decidió que era el momento de asestar un golpe mortal en el corazón del orgullo vasco, con el objetivo de minar la moral del ejército republicano en el norte. Pero su objetivo no era puramente militar, sino también simbólico. Guernica, con su carga emocional para el pueblo vasco, constituía la piedra angular de sus raíces históricas y de su identidad como nación.

Tras el bombardeo, en el que fueron destruidos el 70% de los edificios y murieron 126 personas según los últimos estudios, Picasso comenzó la creación del mural, encargo realizado por la República española para decorar la sala principal del pabellón español en la Exposición Universal de Paris de 1937. Aunque había comenzado a idear el cuadro a principios de ese año, tras el bombardeo de la ciudad Picasso decide cambiar la temática completamente. Crea entonces ese alegato contra la guerra y la violencia que es Guernica, adoptando una secuenciación horizontal, narrativa, que el espectador puede observar como si de una escena cinematográfica se tratase. En fases sucesivas, va añadiendo elementos verticales a la obra, hasta llenar todo el espacio. La carga simbólica, tan representativa de la obra de Picasso, alcanza en Guernica su máxima expresión. Crea ocho personajes, que aparecen en orden desde laguernica-destruida-loquesomos izquierda del cuadro. La primera figura corresponde a una mujer, que grita mirando al cielo con su hijo muerto en brazos, símbolo de la Piedad, del dolor inhumano de la madre que sobrevive a sus hijos. A su lado, aparece un toro, símbolo de la fuerza instintiva y animal y también trasunto del propio Picasso. A continuación, el caballo, quizás símbolo del pueblo sufriente, blanco del horror de la guerra. Después, un soldado caído de espaldas, que asegura en su mano derecha una espada rota y una flor que nace de la espada, como símbolo de la derrota pero también de la esperanza de un futuro sin guerras ni violencia. Así, uno tras otro, los diversos personajes del cuadro aparecen en escena, como fotogramas que componen una realidad en la que el drama de la guerra se refleja en toda su crudeza: una mujer envuelta en llamas, otra que corre despavorida y en el centro de la composición, una lámpara sostenida por una mano, elevada sobre el resto de figuras, simbolizando la luz incombustible de esa esperanza que también se refleja en la flor tenue, apenas esbozada, que nace de la espada rota. Sobre todas ellas está la lámpara, mitad bombilla, mitad sol, iluminando la escena. Esa lámpara en el techo quizás es el símbolo de la razón, de la lógica perversa de la guerra, del progreso científico y racional al servicio de la destrucción y la muerte. Cabe recordar la famosa frase de Goya, “El sueño de la razón produce monstruos”, que da título a unos de sus grabados más conocidos. En Guernica, la razón no está dormida, sino allí encima, planeando sobre la escena. En última instancia, esa lámpara-sol quizás sea el símbolo de un mundo que asiste al drama del pueblo español de brazos cruzados, ajeno y lejano, mientras las bombas caen, segando las vidas de hombres, mujeres y niños.

Picasso utiliza el blanco y negro en Guernica por una razón que va más allá de lo puramente estético. La monocromía se opone frontalmente al mundo colorido de la experiencia cotidiana, por lo que el blanco y el negro no son utilizados para reflejar la realidad, sino potenciar la sensación de abstracción en el observador. Guernica no busca la realidad. Guernica es, ante todo, la representación visual de una idea: la del dolor y el miedo ante las bombas. El blanco y negro, colores atemporales, fijan la escena en la retina como un icono del horror, como símbolo completo, y ceden la fuerza narrativa al movimiento de las figuras, compuestas por líneas ondulantes, dimensiones opuestas y trazos geométricos. En cuanto al Guernica en relación a la obra de Picasso, significa la culminación de la abstracción cubista, a la que une su fase azul, profundamente melancólica y pesimista, y las sugestiones surrealistas. El cubismo, que revolucionó el mundo del arte pictórico, es llevado a su máxima expresión en el Guernica.
El tratamiento de la violencia es lo más importante del cuadro. No existen enemigos, bombas o antagonistas; sólo las víctimas, entre el dolor y el miedo, las llamas, las ropas rotas, el relincho desgarrado del caballo y la mirada atónita del toro. La violencia ocupa toda la escena, pero no es la violencia dialéctica del combate que Goya reflejó magistralmente en La carga de los mamelucos o Los fusilamientos del tres de mayo, con sus rostros contraídos por la ira y la tensión de la batalla. En Guernica, la violencia es una idea que trasciende la realidad, un grito sordo, una boca abierta, un cuerpo de niño que yace sin vida en los brazos de su madre. Es una violencia universal y con vocación de eternidad, una violencia nauseabunda y terrible, sin épica ni heroísmo, que se prolonga más allá de las figuras y parece salir del cuadro. Quizás por esta razón, al ser exhibido en el pabellón español suscitó tanto rechazo entre los asistentes. Europa trataba de contener el ansia de expansión y conquista del nazismo alemán mientras hacía oídos sordos a las peticiones de ayuda por parte de la República española. Guernica fue, en aquel momento, una bofetada simbólica de realidad en la cara de la sociedad europea, temerosa del nazismo alemán y cegada aún por la memoria de los campos de batalla de Verdún, pero incapaz de anticipar Auschwitz, Stalingrado o Hiroshima.

Tras su exhibición en la Exposición Universal, Picasso decidió que su obra no sería expuesta en España hasta que la dictadura del general Franco picasso-guernica-loquesomosterminara. Tras un breve periplo por Europa, el cuadro pasó a pertenecer al Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York (MOMA) desde 1939 hasta 1981, año en el que finalmente regresaría a España. Actualmente se encuentra en el Museo Reina Sofía de Madrid. La colocación de la obra en el museo tampoco es aleatoria. La sala 206, en la que se puede observar el cuadro, siempre llena de personas, se abre a continuación de otra. Nada ni nadie prepara al visitante para la experiencia de contemplar la obra. Tras atravesar la sala, una pequeña multitud situada ante el cuadro nos indica que estamos a punto de presenciar algo grande. Y así es, efectivamente, el Guernica, con sus dimensiones titánicas, se extiende en la pared frontal. El blanco y el negro nos dan la bienvenida al horror, a la muerte, a la cara más oscura del ser humano. Allí está Gaza y sus niños heridos llevados en volandas hasta una ambulancia; Irak y los muertos de Fallujah; Hiroshima y los cuerpos quemados por la radiación. Allí está la guerra eterna, la muerte victoriosa, la desolación de las casas incendiadas. El espectador confronta lo atroz de la muerte bajo las bombas. Entre el murmullo de los visitantes puede escucharse el grito sordo de auxilio de una Humanidad que clama por la justicia, la paz y el cese de la violencia.

Picasso quiso convertir su Guernica en algo más que la representación de un suceso histórico. «No, la pintura no está hecha para decorar apartamentos; es un instrumento de guerra defensiva y ofensiva contra el enemigo», dijo. Nunca explicó el simbolismo que encerraba el cuadro por una sencilla razón: Guernica no debe entenderse, sino sentirse. El espectador debe situarse ante él y sentir el miedo que irradia desde todos sus vértices. El arte existe para ser sentido, para emocionar, para que traspase la piel y viaje más allá de la retina, hasta dentro del cuerpo, hasta el lugar donde se encuentra lo que nos hace humanos: la compasión, el perdón, la solidaridad, el amor por los otros. Guernica es un instrumento de guerra que busca combatir al enemigo que todos llevamos dentro: la pulsión de muerte, el odio, la violencia. Las víctimas de Guernica, eternizadas por Picasso, son las víctimas de un siglo atroz que amenaza con perpetuarse en el nuestro, portadoras de un dolor que nos interpela desde el cuadro y ante el que tenemos el deber de no girar la cabeza. Picasso creó algo más que un cuadro: creó la obligación moral de observar el horror de la guerra de cerca para que el mundo no olvide lo terrible de la existencia.

* En Fila India

Poemas en desorden

Vari@s autor@s. LQSomos. Febrero 2015

poesia140La guerra

Todos, alguna vez, volvemos de una guerra.
La guerra en la que se convierte el amor,
la guerra en la que se transforma la vida,
la guerra con sus mil caras violentas o de desidia.

Volver de cada una de estas batallas,
regresar a la casa derruida,
remendar los andrajos cuando te sientes derrotado,
cuando el dolor está bien clavado, es amargo.
No merecemos tanto disparo a bocajarro.

Vivimos a la intemperie
y caen la pólvora y el fuego
como cae la lluvia,
sin permiso.

Todos, alguna vez,
volvemos de una guerra,
la guerra del amor,
la de la vida,
la de las mis caras violentas o de desidia,
pero no morimos,
sólo van quedando pedazos
de corazón en el camino.

Silvia Delgado Fuentes

.-.-.-.-.-.

Lumpen (De poetas y similares)

Me lo dijo un dan
dy de greñas y pies descalzos:
aquí, por la palabra
directo al lumpen.

Eso fue después de darme la suya
un libro andrajoso de otro greñudo
(gallego como él, pero éste de Ma
drid y barba larguísima)
y justo antes de irse
recitando en voz alta
los nombres de los paseos del parque,
Ecuadorhonduras, Perú y Guatemala,
Uru
guay
y Venezuela, Argentina, etcétera,
países americanos.

Otros se van al Norte de los hielos,
a escribir poemas al Norte de los hielos
como he leído en el periódico de hoy.

Hay que joderse, amigo
todos nos vamos
y yo también me fui porque total
mis botas no son menos lumpen que tus pies,
poetas y similares.

Jesús Gómez Gutiérrez

.-.-.-.-.-.

Rozavillones

Que comen a expensas de otros
Sujetos licenciosos
Envanecidos, engreídos
Presuntuosos por los votos
Demócratas desbaratados
En las costumbres y modo de vida
Por lo regalado y zángano
De sus políticas
De vida regalada y sensual
Como la de “tocome las pelotas
Y dinero gano”
Vistosos, ufanos
Montados en sus roznos
Borricos pequeños
Roznan, Rebuznan de modo claro
Preciso y terminante
Paseando la relajación
Corrupción y desarreglo
Desmontando y rompiendo
Las tierras cultivadas
Para convertirlas en eriales
Cual royas y honguillos
Hongazos parásitos
Que atacan los cereales
Y otras plantas
Viéndoles que, ahora
Dejados los putiferios
Y putas variadas
Vendrán a follar contra la rozadura
O herida en los pinos royos
En sifué o sobrecincha
Que va sobre la primera cincha
Por encima del aparejo
Contrahechos de piernas
Por tenerlas juntas por las rodillas
Y separadas por abajo
Cual pavos representados
En su escudo heráldico
Con la cola abierta
Y el sol en mediodía
Cuando aprieta más el calor
Dándoles en el sieso
Extremidad inferior del recto
Viéndoles y riéndoles Zaida
Esa ave zancuda
Parecida a la grulla
Que les hace escolta
Y repite con los grajos
Al mismo tiempo
La siesta o música que se canta o toca
Por la tarde en las iglesias
Rozando con sus mordazas
O esposas bíblicofascistas
Las tierras limpias de ratas
Que, ahora, ellos traen en alforjas
Y que comienzan a rodar
Y resbalar unas sobre otras
Como en el bipartidismo
Donde cortan como los Asnos
Con los dientes la hierva
De sus programas inútiles
Tropezándose o hiriéndose sus pies
Unos con otros
Embarazándose al Rebuznar
Pronunciando mal las roznas palabras
Que forman con los dientes
Rebuznando.

Daniel de Cullá
.-.-.-.-.-.

Aquel Puente

Lo supimos en aquel puente.
Recuerdo el aire helado
y las luces de los coches
circulando bajo nosotros.
Recuerdo tu pelo rubio ceniza
agitado por el viento,
como un campo de heno en agosto,
y la luna temblando en tus pupilas.
Te miré, fotografiando tu rostro,
bebiéndome tus rasgos,
para evitar que el tiempo
te borrase de mi mente.
No dijiste nada.
Te quedaste quieto,
posando ante mi memoria,
y respiraste muy profundo.
Lo supimos en ese instante:
Que todo debía pararse
para nosotros.
Que el tiempo debía detenerse,
como en un cuadro de Hopper,
para permitirnos vivir eternamente
en aquella noche,
en aquel puente.
Pero no lo hizo.
No lo hizo.
No lo hizo.

Javier Nix Calderón

.-.-.-.-.-.

Canción para vagabundos
(que compuso Juancito Caminador)

Salud a la cofradía
trotacalle y trotamundo.
Todo nos falta en el mundo,
todo menos la alegría.

Y viva la santa unión
de sin-ropas y sin-tierras.
Todo nos falta en la tierra.
Todo menos la ilusión.

Corto sueño y larga andanza
en constante despedida.
Todo nos falta en la vida.
Todo menos la esperanza.

Amigos de las botellas
pero poco del trabajo.
Todo nos falta aquí abajo.
Todo, menos las estrellas.

Inofensiva locura,
sin razón de vagabundo.
Todo nos falta en el mundo.
Todo, menos sepultura.

Prosigamos, si Dios quiere,
nuestro camino sin Dios,
pues siempre se dice adiós,
y una sola vez se muere.

Raul González Tuñon

.-.-.-.-.-.

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Por qué amamos el graffiti

lqs+we+love+graffitiJavier Nix Calderón*. LQSomos. Febrero 2015

Amamos el graffiti porque va unido al ser humano desde el comienzo de nuestra especie. El hombre habitaba en cavernas y ya decoraba las paredes para conseguir cazas más abundantes o pedir favores a sus arcaicos dioses. Los romanos también lo realizaban. En la base de la pirámide de Gizeh hay inscripciones de soldados romanos en las que se leen los nombres de los integrantes de las legiones que conquistaron Egipto. También lo hicieron los soldados napoleónicos, en esas mismas pirámides, en el siglo XIX. El graffiti representa la pasión del individuo inmerso en la masa por distinguirse del resto.

Amamos el graffiti porque éramos unos niños ansiosos de sentir la adrenalina fluyendo por nuestras venas. La adrenalina es una carrera a oscuras en un laberinto de gritos y uniformes. Nos atrapó desde la primera dosis. Nos atrajo su enorme poder, su efecto sobre nuestros cuerpos. Nos hizo conscientes de estar desafiando un orden constituido por una doble moral: el arte debe estar en los museos, no en las calles. Luchamos, resistimos y nos escapamos entre las dobleces de un sistema estúpido que sueña con hombres lisos. Y vimos la luz.

Crecimos inmersos en un sistema de signos, símbolos, letras y nombres que representan cosas que sólo nosotros y los que son como nosotros comprendemos. El graffiti nos abrió un mundo nuevo, un mundo en el que lo prohibido y lo artístico se entremezclan haciéndonos conscientes de nuestra dimensión de individuos únicos e irrepetibles.

Amamos el graffiti porque creó un vínculo fuerte entre nosotros. Lo amamos porque nos enseñó que la unión hace la fuerza. Nos enseñó también a luchar, a reivindicarnos, a forjarnos un carácter distinto: luchador, competitivo, valiente. Lo amamos porque a través de él podemos elegir quiénes somos. Nuestro nombre no es el de nuestro carnet de identidad; nuestro nombre es el que escribimos en la pared con la determinación y el anhelo de trascender de los poetas. Amamos el graffiti porque nos permite coger un nombre y hacerlo grande.

Amamos el graffiti porque nació en los guetos. Lo amamos porque en tan solo unos años arrasó en todo Estados Unidos. La juventud de todo el planeta vio en esta forma de expresión un vehículo para descargar el odio y la rabia contra un mundo enloquecido cuyo único objetivo es convertirnos en números. Lo amamos por Seen, por T-Kid, por Cope2, por Muelle. Lo amamos por sus orígenes contraculturales, por la lucha que representa. Lo amamos por la creatividad sin límites, por la exuberancia del color sobre las paredes grises.

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Amamos el graffiti porque es la mejor forma de recordar a los que ya no están con nosotros. Amamos el graffiti por Nyx, por Zuk, porque ellos lo amaron con la misma intensidad que nosotros. Al escribir sus nombres en la pared, la muerte parece retroceder asustada, consciente de que su recuerdo jamás será borrado.

Amamos el graffiti porque hemos crecido con él. Lo amamos por el plata y el negro, por el dorado y el rosa erika, por la explosión de colores. Lo amamos por la expresión inglesa “power line”, que significa “línea de fuerza”. Lo amamos por su carácter indómito, porque el graffiti y la vida son semejantes. Ambos son salvajes e impetuosos. Amamos el graffiti porque es ilegal, porque las masas no comprenden nuestro impulso creador. Lo amamos porque nos enseñó a caminar por el lado salvaje de la vida. Lo amamos tanto porque está perseguido.

Lo amamos por las noches pintando. Nos atrae porque cuando lo hacemos nos aislamos del mundo. Nos atrae porque nos permite conectar mano y corazón en un mismo gesto. Amamos la competición inherente al graffiti, la amamos porque es una manifestación de nuestra individualidad. Defendemos el graffiti porque nos enamoramos de un sueño: que las ciudades sucumbieran ante una explosión de colores. Soñamos con muros arrasados por millones de colores.

Amamos el graffiti porque nuestros nombres permanecerán escritos mucho tiempo después de que hayamos muerto. Lo amamos porque ensancha nuestras almas, porque al hacerlo nos sentimos vivos. Lo amamos porque al ver el color viajar por las paredes, sentimos que la sangre se convierte en un rumor de caballos salvajes galopando. Lo amamos porque el mundo se rendirá ante su poder: el graffiti conseguirá que las diferencias se atenúen en una sucesión infinita de azules, rosas, rojos y verdes. Lo amamos porque el graffiti nos permite vomitar arcoíris eternos.

El graffiti es un niño con un rotulador en la mano que se alza de puntillas para pintar en la cara del poder. Nosotros no dejaremos que ese niño muera. Está dentro de nosotros, nos pertenece, nos grita para que no dejemos de escucharle. El graffiti es una llamarada de color en un mundo en tinieblas, un grito de libertad en un mundo sordo, ciego y mudo.

* En Fila India

Querido Muelle
Fuera del rebaño, no hay salvación

Viajar solo: Jerusalén

jerusalen+foto+de+portadaJavier Nix Calderón*. LQSomos. Enero 2015

No recuerdo qué fue lo que me atrajo de Jerusalén. Tenía dieciséis años y había caído en mis manos un libro sobre el conflicto árabe-israelí. Lo leí con voracidad, sorprendido por la historia de esta región tan convulsa, apenas un pedazo de desierto habitado desde los comienzos de la civilización. Tres mil años de guerras, conquistas y saqueos que orbitan alrededor de un nombre: Jerusalén, la Ciudad Santa para las tres religiones monoteístas más practicadas del mundo. Yo quería entender por qué los hombres se mataban invocando a un Dios que era el mismo nombrado de tres maneras distintas. Aún no conocía las conexiones económicas y políticas inherentes a toda religión que impregnaban esa ciudad en mayor medida que ninguna otra. Pensaba que algo debía poseer esa ciudad que la hacía única, algo más allá de Jesucristo, las Cruzadas, la Cúpula Dorada, la Iglesia del Santo Sepulcro o el Muro de las Lamentaciones. A mis dieciséis años, intuí que en la contradicción que Jerusalén representa se encontraba la respuesta para ordenar el caos de la existencia humana. Tras recorrer los rincones de la ciudad, ocho años después, descubrí que Jerusalén no es la respuesta. En todo caso, Jerusalén es otra pregunta. Quizás la última. La pregunta final.

Con veintitrés años decidí que había llegado el momento. Me sentía preparado para viajar solo. Mi familia y mis amigos me avisaban de que era peligroso. Las imágenes de los autobuses reventados por el efecto de las bombas palestinas habían recorrido el mundo desde la Segunda Intifada, a comienzos del año 2000, pero lo cierto es que no sentía miedo. La situación en el 2009 era tranquila. La perspectiva de la soledad me producía cierta ansiedad, pero me dije a mi mismo que ese viaje era un reto, una forma de explorar mis límites. Entre ilusionado y temeroso, subí al avión un 1 de noviembre. Tras llegar a Tel Aviv me monté en una sherut, una especie de microbús compartido que por unos diez euros me llevó hasta Jerusalén. Llegué al cabo de una hora. Era de noche y llovía. No había llevado paraguas, así que me mojé mientras deambulaba por las calles cercanas a la Puerta de Damasco buscando mi hostal. No me importó demasiado. Me sentía felizmente ajeno. Yo ya no era yo. Por unos segundos volví a tener dieciséis años y me vi mirando emocionado las fotografías de los amaneceres sobre el desierto de Judea. Al cabo de un rato encontré el hostal, regentado por unos árabes que me llevaron hasta mi habitación. Recuerdo que la inseguridad me impidió balbucear más que unas palabras de agradecimiento en inglés. Mi habitación, si así se le puede llamar, era un cuarto sin ventanas, con un aseo de 1’5 metros cuadrados que reunía en el mismo espacio inodoro, lavabo y ducha. Me senté en la cama, tiré mi equipaje al suelo y cogí un cuaderno, un bolígrafo y mi Ipod. Prescindí de la guía de viajes. Quería perderme por las calles de la Ciudad Vieja de Jerusalén.

Mi hostal estaba situado a pocos metros de la Puerta de Damasco. Recuerdo que me paré un minuto delante de la entrada y traté de imaginar al general israelí Mordecay Mur 2puerta+de+damascoembistiendo la puerta de madera que cerraba la muralla con su tanque en la guerra de 1967, en la operación que acabaría con la reconquista de la parte de la ciudad controlada por la Legión Árabe de Jordania desde 1948. A medida que avanzaba por la calle principal, sentí la cercanía del Muro de las Lamentaciones. Pensé que quizás fue la misma sensación que experimentaron los paracaidistas israelíes que participaron en el ataque aquella mañana de junio de 1967. Cuentan las crónicas de la batalla que en un momento del ataque, mientras los soldados israelíes corrían pegados a los muros esquivando las balas de los francotiradores jordanos, sintieron la presencia del Muro. Se olvidaron de las balas, de la guerra e incluso de sus vidas y comenzaron una carrera enloquecida por alcanzar el Muro Occidental, como también se conoce al Muro de las Lamentaciones. Algunos murieron abatidos por los disparos, pero la mayoría llegó a la explanada. Un fotógrafo logró inmortalizar el momento en que unos soldados, apenas adolescentes, llegaban hasta allí, extasiados, enfervorizados, con los ojos húmedos. Fue una de las primeras imágenes del conflicto árabe-israelí que vi. Cada vez que la recuerdo, me echo a temblar. En ese momento, mientras avanzaba por aquella Jerusalén nocturna y vacía, entendí la carga emocional que encerraba la imagen de los soldados y que estaba igualmente encerrada en sus estrechas callejuelas y en sus piedras centenarias.

4Jerusalén-lqsNo sabía a dónde me dirigía exactamente. Me dejé guiar por la intuición. A medida que avanzaba hacia el interior de Jerusalén aumentaba el número de soldados. Cerca del Muro, la ciudad se convierte en un fortín. Seis check-points guardan las entradas a la Explanada del Muro, custodiados por militares, jóvenes que cumplen el servicio militar obligatorio. Al llegar al arco de seguridad, los soldados me registraron y me dejaron pasar. Me latía muy fuerte el corazón al bajar las escaleras que daban acceso a la plaza. Había fantaseado muchas veces con el momento en que vería el Muro. No me movía la fe. No soy creyente, pero considero que la dimensión espiritual constituye una parte fundamental del ser humano. Llegué a la plaza, semivacía a aquellas horas, y lo miré. Me sentí intimidado. Terriblemente pequeño. Me acerqué hasta las piedras del Muro y las toqué. No sentí nada especial al hacerlo. Los judíos ortodoxos entonaban la última oración de la noche y me sentí como un invasor, un ateo en el Reino de Jehová. Apoyé la cabeza sobre las piedras y cerré los ojos. Pensé en mi hermano Alberto y lloré en silencio. Lloré, sobre todo, por no poder compartir con él que por fin había cumplido uno de mis sueños. La emoción me abrumaba, así que me retiré unos metros de la zona dedicada a la oración. Me fui a un extremo de la plaza y me senté en el suelo, contra una pared. Un gato se me acercó, interrogándome con la mirada. Quizás percibió mi tristeza. La soledad me pesaba, pero me había acostumbrado a ella y había aprendido a llevar su carga con serenidad. La verdad es que no sentí alegría en ningún momento, ni tuve una epifanía religiosa. Mis ojos no se llenaron de luz. La fe no vino a mí para arrastrar la incertidumbre que la muerte instaló en mi alma cuando mi hermano murió. Pero sí sentí cómo mis límites se expandían un poco más allá. Sentí orgullo por haber sido capaz de superar mis miedos y haber viajado hasta allí. Saqué mi cuaderno y me puse escribir. Ya de madrugada, guardé mi cuaderno y volví al hostal. Dormí apenas unas horas. Aún recuerdo el sueño de aquella noche: llegaba a Jerusalén, pero Jerusalén era una sombra. Las piedras de sus edificios eran transparentes y, a medida que recorría sus calles, se desdibujaban sus formas y terminaban por desvanecerse. Me desperté sobresaltado. El ruido de los pocos coches que circulaban en la madrugada me tranquilizó. Sólo había sido un sueño. Jerusalén existía.

Los días siguientes transcurrieron a toda velocidad. Aunque me planifiqué un itinerario, no quería encorsetar el tiempo e intenté que cada día trajera su propia aventura. Durante las primeras jornadas de mi viaje visité Masada, una antigua fortaleza militar judía. Situada en lo alto de una colina en las inmediaciones del Mar Muerto, fue testigo de la resistencia de los zelotes, un grupo de judíos ultranacionalistas que lucharon contra los romanos en la insurrección de Judea en el año 70 d. C, resistiendo un asedio de dos años por 5masadaparte de las legiones romanas, lideradas por Lucio Flavio. Durante ese tiempo, los romanos construyeron una rampa de tierra para hacer llegar sus torres de asedio hasta las murallas y derribarlas. La historia cuenta que ante el inminente final, los zelotes eligieron el suicidio. Como la religión judía prohíbe tajantemente el suicidio, los hombres mataron a sus familias, eligiendo a diez de ellos para quitar la vida al resto. De estos diez, eligieron a otro. El elegido ejecutó a sus compañeros, incendiando después toda la fortaleza, salvo los depósitos de víveres, para demostrar así que su decisión estaba motivada por la resolución de no rendirse ante los romanos, y no por desesperación. De esta manera, Masada se convirtió para los judíos en un símbolo de la resistencia ante el invasor, algo similar a lo que representa Numancia en España. El día que visité la fortaleza, pude ver como algunos jóvenes que realizaban el servicio militar hacían el juramento a la bandera de Israel. Pensé que todos los pueblos buscan en su historia los elementos necesarios para justificar su propia existencia, aunque tengan que desvirtuarlos. El conocimiento de la Historia, en muchas ocasiones, es un medio al servicio de los intereses de unos pocos, y no un fin en sí mismo.

Aquel mismo día fui al mar Muerto. La Tierra me mostró su cara más inhóspita en un terreno surcado por las grietas y la ausencia de vida. El mar Muerto, con una concentración de sal cuatro veces superior a la del mar Mediterráneo, es la extensión de agua salada más baja de la tierra, a cuatrocientos metros por debajo del nivel del mar. Para llegar hasta la orilla del mar tuve que caminar casi un kilómetro en un paraje más parecido a un desierto lunar que a cualquier parte del mundo. Cuando llegué hasta allí, me sumergí y comprobé que las leyes de la física se hacían añicos mientras mi cuerpo flotaba debido a la sal. Quise vivir la experiencia que tantos otros habían vivido, pero no era el turismo de masas el que me había llevado hasta Israel. Fue la primera y única vez que me sentí como un turista durante aquellos días. Yo quería viajar sin colocarme el corsé del turismo, ese arnés de seguridad que todo viajero debe desabrocharse si de verdad se quiere conocer un lugar. En los días siguientes lo hice, lanzándome a un descenso vertiginoso por las cavernas de la ciudad más contradictoria que probablemente existe sobre la Tierra.

Viajar significa andar lo desconocido. Y es algo que, si se puede, debe hacerse solo. Así lo hice. La mañana siguiente me levanté, dispuesto a recorrer las diferentes geometrías de Jerusalén. Y digo diferentes geometrías porque la fisonomía de las casas, de las calles e incluso de los rostros de sus habitantes, cambia a medida que se avanza por sus barrios. La Ciudad Vieja, rodeada por la muralla construida por el Imperio Otomano en el siglo XVII, está constituida por cuatro barrios: el musulmán, el cristiano, el armenio y el judío. 6Jerusalén-lqs.Separados apenas por unas calles, cada uno de estos es un mundo distinto. Los recorrí todos durante días, perdiéndome en sus callejuelas, casi laberintos. El bullicio de los barrios musulmán, cristiano y judío contrasta con la quietud del armenio. El barrio armenio es el más pequeño de los que componen Jerusalén, y también mi preferido. Fue poblado por la primera comunidad cristiana que habitó Jerusalén, en el siglo IV d.C. Superviviente de innumerables persecuciones e invasiones, el pueblo armenio no olvida. Pude ver los cárteles que hacían referencia al genocidio armenio llevado a cabo por los turcos durante la Primera Guerra Mundial. En ellos aparecían fotografías de hombres y mujeres decapitados y de las deportaciones masivas, que devinieron en auténticas “Marchas de la Muerte”, en las que perdieron la vida más de un millón de armenios. No conocía el genocidio armenio, eficazmente silenciado en los libros de Historia, antecedente inmediato del genocidio judío realizado por los nazis. Aún resuenan en mi memoria las palabras de Hitler (“¿Quién se acuerda hoy de los armenios?”) que leí en un libro sobre el tema, pronunciadas dos años antes de idear la Solución Final en la Conferencia de Wannsee. El barrio armenio parece recoger ese dolor. El silencio de sus calles, apenas roto por el sonido de los pasos de los pocos visitantes que se adentran en él, invita al recogimiento y a la introspección. Cuando quería huir de las hordas de turistas que invadían Jerusalén a primera hora de la tarde, siempre me dirigía al barrio armenio. Me sentaba allí durante horas mientras escuchaba los cantos de la liturgia ortodoxa armenia que provenían de las iglesias del barrio. Para mí, el barrio armenio representa la Jerusalén más pura e intangible. Si Dios existe, debe estar más cerca de la humildad de sus calles que de la pomposidad de los Santos Lugares del barrio cristiano.

El barrio judío, por el contrario, simboliza el poderío israelí, renovado desde la reconquista de la Ciudad Vieja en 1967. Galerías de arte se mezclan con tiendas de delicatesen y restaurantes decorados con un gusto (o quizás debería decir mal gusto) próximo a lo kitsch. Sus calles son, con diferencia, las más limpias de toda la Ciudad Vieja. Me gustaba pasear por allí, pero me parecía que el barrio judío estaba más orientado al turista que deseaba gastar sus dólares que al viajero que quería descubrir los secretos de Jerusalén. A medida que uno se adentra en el interior del barrio, descubre la Jerusalén de las sinagogas y las yeshivas (centros para el estudio de la Toráh, el libro sagrado del judaísmo), mientras las calles pierden el relumbre del oro de las tiendas de lujo de las avenidas principales. La primera vez que escuché los cánticos y oraciones que provenían de las yeshivas, pensé que Jerusalén se conocía antes por el oído que por la vista. En aquel caos religioso, donde los lugares santos de las tres religiones más practicadas del mundo se encuentran situados a escasos cien metros unos de otros, es importante afinar el oído para reconocer los límites de la fe.

Me pasó algo realmente curioso relacionado con esto al quinto día de mi estancia en Jerusalén. En las guías de viajes, diseñadas para un turista medio, no hacen referencia a ello,7roof+top pero yo lo conocí de casualidad al encontrarme con un fotógrafo vasco que viajaba por el mundo retratando ciudades en conflicto. Había visitado Belfast y Nicosia, y su tour finalizaba en Jerusalén. Me habló de “The Roof Top”, unas calles que discurren por los tejados del barrio musulmán de Jerusalén y que son transitadas únicamente por judíos. Puede parecer extraño, pero en Jerusalén el equilibrio entre los pueblos que la habitan es tan precario como el recorrido de un funambulista por un cable sobre un precipicio. La historia es la siguiente: Durante los años 70 y 80, muchos árabes, acuciados por las deudas y el acoso económico que el gobierno israelí practicó contra ellos, se vieron en la necesidad de vender sus propiedades a familias judías adineradas. Estas familias convirtieron las viviendas en pequeñas islas judías dentro del barrio árabe. La mayoría son yeshivas, y dado que están situadas en territorio hostil, el acceso a las mismas se realiza por escaleras desde las calles del barrio judío. Subimos unas escaleras sucias y oscuras, y cuando llegamos a la azotea, no di crédito a lo que veía. Decenas de judíos ultraortodoxos caminaban por los tejados de los edificios, acondicionados, eso sí, para el tránsito. Con los ojos abiertos de par en par, comenzamos a andar por los tejados. Las vistas eran impresionantes. A medida que avanzábamos escuchamos un bullicio creciente. Estábamos caminando justo encima de los bazares del barrio árabe. Apenas podía creerlo, pero nadie a mí alrededor parecía darle importancia. Lo insólito en Jerusalén no es una anécdota, sino algo habitual. Al final de aquella “calle”, había una garita de seguridad con un guardia armado. Un judío “haredim” (como también se conoce a los judíos ultraortodoxos), nos adelantó montado en su bicicleta. Justo en aquel momento, algo llamó la atención del fotógrafo a la derecha. Sacó la cámara, apuntó y disparó. Tuve el tiempo justo de ver lo que había fotografiado: un joven “haredim” caminaba por una cornisa, manteniendo el equilibrio con los brazos extendidos mientras al fondo se recortaba la Cúpula Dorada, aún más dorada bajo la luz del sol. No se me ocurre una imagen mejor para describir la esencia de Jerusalén.

8Jerusalén-lqs.El barrio cristiano, en la actualidad, sólo tiene de cristiano el nombre. Está poblado en su inmensa mayoría por musulmanes. La presencia de cristianos se reduce a los frailes dominicos, agustinos y franciscanos que viven en los monasterios e iglesias del barrio, como la del Santo Sepulcro, de la que hablaré después. De los cuatro, es el menos cuidado, quizás por ser el más deshabitado. Me costaba aceptar que el paisaje urbano podía cambiar en apenas unas decenas de metros. De la calma de las calles del barrio armenio pasaba a la suciedad y tristeza que emanaba de las casas abandonadas, con la basura acumulándose en las esquinas de sus calles. No tenía nada atractivo para la vista ni el oído: la vida efervescente del barrio musulmán quedaba muy lejos de allí, a pesar de estar a escasos 50 metros. El barrio musulmán, sin embargo, no deja indiferente. Por él discurre la Vía Dolorosa, que lo cruza y continúa en el barrio cristiano, el camino que supuestamente realizó Jesucristo con la cruz a cuestas hasta el Gólgota. Digo supuestamente porque es imposible que este sea el recorrido histórico. Jerusalén fue arrasada completamente cinco veces y parcialmente catorce tras la muerte de Jesús. De hecho, tras la victoria romana en la guerra del año 70 d.C., Jerusalén dejó nominalmente de existir. Sobre las ruinas de la ciudad se edificó Aelia Capitolina, con un trazado en cuadrícula propio de los campamentos romanos que a día de hoy aún se mantiene. No es mi intención insultar la fe de los creyentes, pero es una evidencia histórica que la Jerusalén de los tiempos de Jesús se encuentra enterrada a más de setenta metros de profundidad. En Jerusalén, todo es una cuestión de fe, hasta la Historia.

En medio del barrio cristiano se encuentra la iglesia del Santo Sepulcro. Construida en el siglo IV d.C., se dice que está edificada sobre el lugar exacto en el que Jesús fue crucificado. Esto tampoco es cierto. Los estudios modernos de topografía indican que el Gólgota o lugar del calvario se encuentra situado a las afueras de la ciudad, en lo que hoy sería la Jerusalén extramuros. Pero en Jerusalén la verdad es relativa y mucho menos importante que la tradición. Cuando llegué a la plaza que da acceso a la iglesia, me sorprendí de su pequeño tamaño. Las puertas de entrada también son mucho menos espectaculares de lo que cabría esperar, tratándose del lugar que se trata. No en vano, la iglesia del Santo Sepulcro está considerado el lugar más santo de la Cristiandad. Nada más entrar, uno se da cuenta de qué va todo. Una piedra ungida de aceites aromáticos se encuentra situada a dos metros de la puerta. Es la supuesta lápida en la que se embalsamó a Jesús. Decenas de fieles se arrodillan luchando por acariciarla y santiguarse. Me pareció muy sospechosa tan estratégica ubicación. Pero eso no era todo. El lugar exacto en el que murió Jesús se encuentra en el centro de la nave principal de la iglesia. Un altar ricamente decorado se erige allí, con las preceptivas urnas para donativos que uno no deja de encontrarse por todas partes. Los altares secundarios también se suceden por toda la Iglesia. Las tres ramas más importantes del cristianismo, armenios, griegos ortodoxos y católicos romanos, se reparten los diferentes altares, en los que recogen suculentos donativos. La lucha por las donaciones es tan fuerte entre las Iglesias, que en más de una ocasión se han producido auténticas batallas campales entre monjes por la usurpación de un altar. Me imaginé a los franciscanos peleando con armenios y griegos, y tuve que reprimir una carcajada. De hecho, tras estas peleas, las distintas confesiones acordaron que cada noche un miembro de su congregación se encerraría en la iglesia con el objetivo de vigilar a los demás. Así es la religión en Jerusalén: una contradicción flagrante llena de intereses monetarios enmascarados por la fe. La cosa no acaba ahí. Como la puerta debe cerrarse con llave desde fuera, un palestino acude con una escalera cada noche para cerrarla. Es el conocido como “Guardián de la llave”, y su familia la custodia desde hace más de mil años. Cierra la puerta con llave e introduce la escalera por una portezuela en el interior de la iglesia. Esto puede resultar extraño, pero tiene su lógica: si la llave la tiene un musulmán, una persona neutra y ajena al cristianismo, no puede haber disputas ni tratos de favor hacia las distintas confesiones. Ese simple hecho dice mucho del equilibrio precario de la Jerusalén actual.9Jerusalén-lqs.

La iglesia del Santo Sepulcro me pareció un parque temático de la fe en el que los fieles oyen lo que quieren oír y ven lo que desean ver. Sin embargo, si uno se aleja de las naves principales de la iglesia, aún es posible percibir algo de espiritualidad. En mi caso, caminando por una de sus galerías, encontré una procesión de franciscanos. Formando dos filas, los monjes y los fieles que los seguían portaban velas y se paraban ante cada estación del Via Crucis, entonando oraciones. La potencia de sus voces y los cánticos en latín me hicieron evadirme de la realidad por unos minutos. Les seguí a cierta distancia, pero pronto me desencanté al comprobar cómo algunos de los monjes franciscanos que iban más atrasados manipulaban sus teléfonos móviles. Me alejé de la procesión y exploré algunos de los pasadizos más escondidos de la iglesia, pero sólo encontré basura y pintadas en las paredes. Me fui de allí más desengañado de lo que entré. Decidí que buscaría la espiritualidad lejos de las grandes iglesias. Al fin y al cabo, como todo símbolo de poder, están diseñadas para vender una imagen. Y la imagen que transmitía el Santo Sepulcro era de decadencia. De una profunda decadencia moral.

En los días siguientes visité San Juan de Acre, la ciudad de los cruzados por excelencia. Lo único destacable fue el viaje en autobús. No se conoce un país hasta que se viaja en un autobús de línea. Compartí asiento con soldados, judíos ultraortodoxos y árabes israelíes. Lejos de lo que pueda pensarse, las diferentes religiones y etnias coexisten en una aparente calma. Israel, al fin y al cabo, es un país con apenas sesenta años de historia y se construyó gracias a la inmigración. Existe una gran diversidad de culturas y de razas, aunque no es difícil apreciar que también hay racismo en la sociedad israelí. Los judíos askenazíes, de origen europeo, siguen constituyendo la élite. Los sefardíes, originarios del norte de África les siguen y en último lugar están los árabes israelíes, auténticos ciudadanos de segunda, apartados de las estructuras de poder y condenados a los trabajos menos remunerados y valorados. En la estación de autobuses de Jaffa pude verlo. Todos los trabajadores de las tiendas y de las empresas de limpieza tenían unos inequívocos rasgos árabes.

Acre aún posee un aura medieval, aunque en el centro de la ciudad se advierte la decadencia que acompañó al descenso del turismo en la década de los noventa. Los edificios templarios están bien conservados. Sin embargo, lo mejor de Acre no son las estructuras que los Cruzados levantaron. Lo más bello de Acre es el mar Mediterráneo rompiendo 10barrio+musulman+nochecontra las murallas mientras un sol rojizo y gigantesco se hunde en el horizonte. Me detuve durante unos minutos contemplando la puesta de sol. Cuando anocheció, volví a Jerusalén. Aquella noche, al regresar a mi hostal, decidí caminar por las calles de la Nueva Jerusalén. Es una ciudad como casi todas, de corte más europeo que oriental, trazada en cuadrícula, con poco o ningún atractivo visual. Los centros comerciales abundan, así como los edificios de apartamentos. Sin embargo, es interesante observar la Ciudad Vieja desde los nuevos barrios de Jerusalén. En la distancia, las murallas otomanas se recortan sobre un fondo iluminado por los Santos Lugares. La Jerusalén Eterna opone su espíritu a la Jerusalén Efímera. Mi paseo duró poco. Decidí volver al Muro de las Lamentaciones para observarlo de noche. Era la una de la mañana y estaba vacío. La mística del lugar llega a su cenit de madrugada. Me senté y medité durante unos minutos. Pensé en que al día siguiente me esperaba una jornada dura y opté por volver al hostal. Al atravesar las calles desiertas del barrio musulmán, sentí que Jerusalén tenía voz propia, más allá de las oraciones y los rezos: una voz que no cesa de preguntar por qué. Por qué tantas muertes, odios y dolor. Las piedras parecían gritar a través del eco de tres mil años. Cuando la Humanidad calla en Jerusalén, la ciudad habla.

Me quedaban apenas tres días en Jerusalén y aún tenía muchos lugares por conocer. La mañana de mi octavo día me encaminé hacia Mea Shearim, el barrio de los judíos ultraortodoxos. Si hay un sitio que merece la pena visitar fuera de la Ciudad Vieja de Jerusalén, es este. En las guías sobre Jerusalén se aconseja al turista que se abstenga de visitarlo, y sí lo hace, que tome precauciones. Los haredim no se distinguen por su hospitalidad precisamente. Mea Shearim significa en hebreo “Cien Puertas”, y hace referencia al pasaje de la Toráh que se leía en las sinagogas de Jerusalén en el momento de la fundación del barrio, en el siglo XVIII. Visitarlo es transportarse doscientos años atrás en el tiempo. Los hombres y mujeres que lo habitan visten al estilo yiddish, con grandes gorros y sombreros de ala ancha que evocan su origen polaco, ucraniano y ruso. Nada más entrar me encontré con varios carteles, en los que estaban escritos en inglés y hebreo las normas de vestimenta para visitar el barrio. Las mujeres no podían entrar con faldas, pantalones ajustados o camisetas de manga corta. La exigencia era algo menor con los hombres, que tenían vetada la entrada con pantalones cortos. Si a alguien se le ocurriera desobedecer estos “amables” consejos, se expone a ser insultado e incluso apedreado. Los ultraortodoxos de Mea Shearim no ocultan su antipatía por los visitantes. Al intentar realizar fotografías de algunas de las personas que allí vivían, la reacción era siempre la misma: al verme, se cubrían la cara con su sombrero y pasaban por mi lado sin dirigirme la mirada.

Mea Shearim me pareció un barrio triste y lóbrego. En mi paseo vi a varios niños jugando en patios en penumbra, con el pelo rapado y los habituales tirabuzones que les colgaban a ambos lados de la cabeza. Alguno de ellos me miró y percibí en sus ojos la tristeza del niño que se ha convertido en hombre antes de tiempo. Por mi lado pasaban familias superlativas, de seis, siete, ocho miembros. La mujer caminaba detrás de su marido, mientras los niños lo hacían junto a su padre. Lo más triste de Mea Shearim, sin embargo, no se encuentra en la mirada de los niños, sino en la sumisión de las mujeres. Su pelo está cubierto por un pañuelo, porque para los ultraortodoxos el cabello de la mujer es una invitación al pecado y no pueden mostrarlo en público. Algunas mujeres, para vestir con más “libertad”, se rapan el pelo al cero y se colocan una peluca. Al no ser su pelo el que muestran, pueden prescindir del pañuelo. Hay algo perverso en esta lógica que recuerda al Medievo más profundo. Cuando abandoné las calles de Mea Shearim, tuve la sensación de haber estado en algún ghetto de Europa oriental.

Antes de comer, decidí visitar un lugar aún más pintoresco que Mea Shearim. Jerusalén está llena de puertas que dan acceso a siglos pasados e incluso a otras partes de la Tierra. No es una exageración. A la derecha de la Vía Dolorosa, subiendo unas escaleras, me topé con un lugar que apenas aparece en las guías de turismo. A través de una pequeña puerta, entré de golpe en el África Negra. En Etiopía para ser exactos. Tras aquella puerta se encuentra el Barrio Etíope de Jerusalén, habitado por una pequeña comunidad de cristianos coptos. Constituido por apenas una veintena de casas de adobe y sesenta personas, está edificado, ni más ni menos, justo encima del tejado del Santo Sepulcro. Puede parecer increíble, pero así es. Jerusalén no es sólo un rompecabezas religioso; también es un rompecabezas urbanístico. Los etíopes que allí viven estaban sentados en las puertas de sus 12barrio+etiopecasas, tomando el sol en un silencio casi reverencial. Todo recuerda a África: los colores y estructuras de las casas, los olores que provienen de sus cocinas… incluso las gallinas de los corrales parecen conscientes del silencio que las rodea y mantienen su cacareo en un tono de murmullo. Los etíopes observaban a los turistas con esa calma tranquila del que vive más cerca de Dios que de los hombres. No en vano están, y nunca mejor dicho, rozando el techo del Cielo cristiano.

Estuve en el barrio etíope cerca de una hora. El sol comenzaba a declinar, así que me apresure a conocer la Basílica de San Pedro de Gallicantu, situada extramuros de la Ciudad Vieja, sobre una colina que domina los barrios que componen la Jerusalén palestina. Es una iglesia preciosa, restaurada el siglo pasado, que aún conserva reminiscencias bizantinas en sus coloridas vidrieras. Unas monjas muy simpáticas la custodian, o más bien custodian la inmensa tienda de regalos que se encuentra situada a muy pocos metros. Supuestamente, la iglesia ocupa el lugar en el que Caifás, el sumo sacerdote judío que condenó a Jesucristo a morir en la cruz, tenía su residencia. En el episodio bíblico que relata la Pasión de Cristo, se cuenta que fue allí donde tuvieron retenido a Jesús la noche antes de su crucifixión. Esa noche, Jesús advirtió al apóstol Pedro que negaría conocerle tres veces antes de que cantara el gallo. La propia palabra Gallicantu es una contracción de la expresión “Canto del Gallo” en latín. La tradición cristiana también explica que allí se realizó la Última Cena. Vamos, que el lugar va bien servido de simbolismo religioso.

Este es un buen momento para hablar sobre el síndrome de Jerusalén. En seguida se comprenderá por qué he decidido hablar aquí sobre este aspecto y no antes. El síndrome de Jerusalén es una enfermedad psíquica que afecta a los turistas, cristianos y judíos sobre todo, que visitan Jerusalén. Se manifiesta a través de una psicosis acompañada de delirios en los que los afectados se identifican con figuras de la tradición bíblica como Moisés, el Rey David, San Juan Bautista o incluso Jesucristo, hasta el extremo de creer que son esas personas. Los afectados por el síndrome sienten como una fuerza superior les empuja a propagar el mensaje bíblico. En términos más comunes, diré que el síndrome de Jerusalén es una quiebra del sentido común ante la sobrecarga espiritual que flota en el ambiente. No es poca cosa. Es un problema realmente serio en Jerusalén. De hecho, toda un ala del hospital de Ein Karen de Jerusalén está especializada en tratar este tipo de trastorno. Uno se sorprende al comprobar cuántas personas han padecido este síndrome: desde primeros ministros británicos, pasando por seleccionadores de combinados nacionales de fútbol, artistas… nadie está a salvo. Generalmente, las personas que presentan el síndrome poseen algunos rasgos previos que hacen posible la aparición de este tipo de psicosis religiosa.

En mi caso, el contacto con el síndrome se produjo esa tarde en San Pedro de Gallicantu. Al bajar las escaleras de piedra que dan acceso a la iglesia, en el patio frontal de la misma, me encontré con un grupo de turistas afroamericanos que permanecían en silencio ante un grabado en el que estaba representada la flagelación de Jesucristo. Un guía les explicaba en inglés lo que allí había ocurrido. Me abrí paso entre ellos discretamente y me situé al final de las escaleras. Cerca de mí estaba un miembro del grupo, al que pregunté de dónde eran. Me contestó que de Carolina del Sur, Estados Unidos. En ese momento, el guía finalizó su explicación, y las mujeres del grupo comenzaron a gritar “Oh Jesus, thanks Jesus!”, mientras lloraban y acariciaban el grabado de la pared. Alzaban sus brazos al cielo y se abrazaban. Los hombres enterraban la cara entre las manos y lloraban entre hipos. De repente, una mujer se separó del grupo y se desmayó. Cayó a plomo sobre el suelo mientras los demás gritaban “Aleluya, Aleluya, Aleluya Jesus!”. Hice varias fotografías; incluso grabé un vídeo. No pensé que fuera a encontrarme con algo así. El síndrome de Jerusalén tiene varios grados y me resultó evidente que aquel grupo de peregrinos estaba superado 13Jerusalén-lqs.por la religiosidad del ambiente.

Bajé otro tramo de escaleras hasta llegar a lo que se considera el Cenáculo, el sitio en el que se realizó la Última Cena. Allí vi a otro grupo de cinco personas en círculo que mantenían un silencio sepulcral. Me alejé un poco y les observé. Pasaron dos minutos, cinco, diez. A los veinte minutos seguían en la misma posición, con los brazos cruzados y mirando al suelo. Me aburrí antes que ellos y entré en la iglesia, por la zona de las catacumbas en las que supuestamente estuvo Jesús prisionero. Había algunos carteles que contaban el episodio bíblico. Los leí, toqué las piedras y me di cuenta de que poco más podía hacer allí. Visité la iglesia, y después de admirar las vidrieras, me fui. A mi llegada, había visto un mirador a la derecha de la iglesia y pensé que sería un buen lugar desde el que observar el atardecer, que estaba a punto de producirse.

Yo no tuve ningún síntoma del síndrome de Jerusalén, pero en aquel mirador, situado justo encima de los suburbios palestinos de los valles de Josafat y Kidrón, experimenté una sensación que hoy, cuatro años después, considero casi mística. Me apoyé sobre la barandilla del mirador, y en el mismo instante en que el sol se puso en el horizonte, los minaretes de las mezquitas entonaron la llamada a la oración de la tarde. El aire se llenó con los cantos de “Allah Akbar”, repetidos como una letanía, mientras las casas comenzaban a encender sus luces. En ese momento, descubrí que el sonido puede tener el tacto de la piel y que la voz humana puede convertirse en una presencia casi física. Me quedé estático durante lo que me pareció una eternidad. Cuando los minaretes callaron, abandoné el lugar con una profunda sensación de irrealidad. En ese momento, sentí la necesidad de observar Jerusalén desde la distancia. Me dirigí al Monte de los Olivos. Al llegar, la noche ya era completa y no había nadie allí. Me senté en un banco y observé Jerusalén a lo lejos. Las iglesias cristianas comenzaron a repicar sus campanas. Pensé en el significado de la palabra Jerusalén, “Ciudad de la Paz”. Sentí la paz en aquel instante. Los sonidos de las campanas cristianas y los almuecines musulmanes, lejos de estorbarse, se concertaron para enseñarme que la coexistencia de los opuestos no sólo es posible, sino que además es necesaria.

14Jerusalén-lqs.Esa noche no pude conciliar el sueño. Estuve despierto toda la noche, tomando té en el salón del hostal, observando Jerusalén por la ventana mientras el gato de los dueños jugaba tumbado en mi regazo. Sentí una profunda nostalgia a pesar de seguir allí. Mi tiempo en Jerusalén se agotaba. Apenas me quedaba un día en la ciudad. A las seis de la mañana me levanté y me dirigí a la Explanada de las Mezquitas, que sólo está abierta al público durante las primeras horas de la mañana. La Cúpula Dorada ocupaba majestuosa el centro de la explanada, rodeada por árboles y bancos. Algunas personas paseaban; otras se dirigían a realizar el primer rezo de la mañana a la Mezquita de Al Aqsa, situada muy cerca. La algarabía de los Santos Lugares cristianos y judíos contrastaba con la quietud de los musulmanes. La vida discurría a otra velocidad allí. Me acerqué hasta el extremo norte de la explanada, en el lugar que ocupa la muralla. Desde allí se observaba el Valle de Josafat, en el que según la Biblia tendrá lugar el Juicio Final. Todo en Jerusalén es bíblico, histórico o ambas cosas. Pero también hay espacio para la belleza en Jerusalén. La Cúpula Dorada, irradiando la luz de la mañana en todas direcciones, es, sin duda, el lugar más hermoso de todos los que tuve ocasión de visitar.

El resto del día lo empleé en vagar sin rumbo por la ciudad. Me perdí entre sus calles durante horas, visitando los mismos lugares que ya había visitado. Caminé por “the ramp walk”, el camino que circunda las murallas. Me colé sin pagar entrada y cuando uno de los revisores del recorrido me pidió que le mostrara mi ticket, me disculpé diciendo que no tenía y que era mi último día allí. Me sonrío y me dejó marchar. Recorrí por las calles del barrio musulmán bajo un sol extrañamente cálido para ser noviembre. Apenas comí aquel día. No tenía hambre. Ni siquiera sed. Caminé en sus calles para llenarme de Jerusalén porque no sabía cuándo podría 15CUPULA+DORADAvolver. Aquel último paseo fue mi manera de despedirme de la ciudad. No había conseguido respuestas a las preguntas que me llevaron a Jerusalén. En vez de eso, tenía aún más preguntas que a mi llegada. Le estaré eternamente agradecido a Jerusalén por aquellos diez días: comprendí que lo importante no es encontrar respuestas a las preguntas, sino conseguir hacerse las preguntas adecuadas.

Por la noche, cogí un autobús que me llevó hasta Tel Aviv. En el aeropuerto, tras sortear una huelga de pilotos de Iberia y sobrevivir a los terribles controles de seguridad, monté en el avión con destino a Madrid. Cuando despegamos, miré por última vez las luces de Tel Aviv y sonreí. Había cumplido uno de mis sueños. La felicidad que experimenté en aquel instante me acompaña hasta el día de hoy.

Como dije antes, no conseguí responderme a ninguna de las preguntas que me habían llevado hasta allí. Volví a España con dudas de las que aún no he logrado desprenderme, pero también lleno de certezas. En aquellos diez días, aprendí que lo diferente no nos aniquila. Lo diferente nos fortalece. Que Jerusalén es la suma de todas las almas, de todos los credos, de todos los anhelos de trascendencia. Aprendí, sobre todo, que la paz es posible. Ese es el grito de Jerusalén: paz. Desde su nombre, la Ciudad de la Paz pide paz. Me resisto a caer en el pesimismo. Creo que algún día el ser humano abandonará las trincheras de la fe y caminará al encuentro del Otro. Que Dios no es otra cosa que Paz. Sé que la paz es posible: yo la sentí mientras los cantos de los minaretes y el repique de las campanas de las iglesias se perdían en mi interior.

* En Fila India

16Jerusalén-lqs.niños