Chato Galante: compromiso, corazón y ternura

Carlos Olalla*. LQS. Abril 2020

Oírte contar tu historia, hablar sin odio del dolor que te causaron, verte derramar lágrimas que solo los más grandes dejan caer, sentir la fuerza de tu necesidad de justicia, verte caminar de derrota en derrota hasta la victoria final

Entraste en mi vida cuando, hace unos años, vine a vivir a Madrid. Y lo hiciste como solo tú sabías hacerlo, inundándolo todo. Solo te conocía por referencias. Es lo que tiene ser un mito, Chato. Había oído de tu espíritu inquebrantable, de tu compromiso, de tu generosidad, de tu profunda e irrenunciable coherencia. Y de repente te tenía ahí, cabello blanco, sonrisa sabia. No sé si lo que más me llamó la atención de aquel día fue tu calidez o tu humildad. Estábamos allí para organizar un acto contra la impunidad del franquismo, uno más. No sé a quién se le ocurrió que lo presentase yo. No te puedes imaginar lo que supuso para mí que tú y tus compañeros y compañeras de La Comuna me invitarais a presentar aquel acto, a mí, que, por edad, solo di unas cuantas carreras delante de los grises y poco más.

Aquel fue el primero de otros muchos actos que siguieron. Y tú siempre estabas por en medio, mojándolo todo, como diría Eduardo, con esa luz que irradiabas. Solías quedarte detrás, no querías protagonizar ni molestar. Sabiendo una y mil veces más que yo de micros, luces y escenarios, no solo me pedías mi opinión sino que me dejabas hacer cuanto quisiera. Esto aquí, aquello allá, aquello otro más allá… Cuando me asaltaba una duda, porque las dudas siempre asaltan al analfabeto de lenguajes sónicos y lumínicos, acudía a ti y tú, invariablemente, sonreías, me decías tú mismo y siempre acababas diciéndome el mantra que me enseñaste: “Tranquilo, todo saldrá bien. Está hecho con amor”

Quizá eso de ser hermanos de infartos y stents nos unió en esa comunión invisible y silenciosa que une a quienes le hemos guiñado el ojo a la parca. Pocas personas como tú me han inspirado tanta ilusión, seguridad y confianza. Eras ese hermano mayor que sabes que siempre te tenderá su mano, que estaba ahí cuando más le necesitabas, que haciéndolo todo parecía no hacer nada porque todo lo hacía desde el silencio y la sonrisa. Hacedor de mil consensos, mullidor de mil acuerdos, siempre sabías dónde y cuándo quitar o añadir aquella palabra capaz de superar diferencias y unirnos a todas.

Oírte contar tu historia, hablar sin odio del dolor que te causaron, verte derramar esas lágrimas que solo los más grandes dejan caer, sentir la fuerza irresistible que te daba tu necesidad de justicia, verte caminar de derrota en derrota hasta la victoria final, verte hacerlo sin agachar jamás la cabeza ni perder tu sempiterna sonrisa… Son tantas las cosas que me quedo de ti. Más de una vez, al calor de un vino en cualquier barra, te comenté que me hubiera encantado tener nietos. No sabes cómo siento ahora no tenerlos, Chato, porque me hubiera gustado poder contarles que un día te conocí, que conocí a un gigante enorme y bonachón que iba por la vida arreglando el mundo regalando ternura.

LA NOCHE QUE MURIÓ LA TERNURA
(A Chato Galante)

La noche que murió la ternura
estabas monitorizado y solo.
Mascarillas y manos azules
luchaban por salvarte.

Vencedor de mil batallas,
cerraste los ojos para buscar a los tuyos.
No podían estar contigo, lo sabías,
pero tú sí podías sentirles cerca.

Todos pasaron ante ti,
con sus risas y sus carcajadas,
con su silencio algunos,
con el grito compartido los más.

En la roja oscuridad del alba
aparecieron los abrazos,
todos los abrazos que diste,
y de lejos, de más allá de la infancia,
el primero que te dieron
y que te hizo como eras.

Una desconocida sensación de paz
invadió tu cuerpo y tu silencio.
Eras silencio, pero no soledad.
Tú nunca estuviste solo.

En tu interior te llamaba el último abrazo,
aquel con el que todos contamos.
Cuando ya creías que no iba a llegar,
la suave caricia de una mano azul
agarrando la tuya
te hizo abrir los ojos.

Nos buscaste en los suyos.
En aquellos ojos anónimos
nos viste a todos,
una profunda sensación de calma y paz
te ayudó a cerrarlos y, en silencio,
dejaste escapar tu última sonrisa
mientras susurrabas
“Aquí no se rinde nadie”

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