Leo una crítica de un compañero en Rebelión, acerca de la película Balada triste de trompeta y esto me anima a decir un par de cosas sobre cine.

Totalmente de acuerdo con el análisis de esta película, quiero decir que, ante el éxito de productos como éste, a veces, por no pecar de desinformado y de reaccionario contra películas simples, poco serias o de contenido poco consistente y claramente dirigidas al consumidor poco crítico, uno no se atreve a llevar la contraria a sus admiradores.

Es asombroso el interés que despierta todavía el tema judío en la industria del cine norteamericana –ya hay de nuevo otra película en cartel, cuando no se apagaron aún los aplausos por El niño del pijama a rayas-, el inagotable filón de la II Guerra Mundial, que ya hemos visto desde todos los ángulos posibles, con el “siempre encomiable” papel que jugaron ingleses y norteamericanos en dicho conflicto (va camino de empatar con el número de weterns). Por el contrario, qué poco interés ha manifestado la industria USA para con el problema palestino si no fue para tacharlos de terroristas en Éxodo, que tal parece que los invadidos, cercados y buenos de la peli fuesen Sal Mineo, Paul Neuman y las bellas e inocentes judías de shorts y frescas carnes. Y esto es extensivo al conflicto saharaui, que ya dura 35 años y todavía no ha asomado el careto ni uno sólo de los que nos entretienen con sus más o menos decorosos filmes. Lo cual deja bastante claro en manos de quién está el capital inversor.

No merece la pena buscar en internet el dato del año en que fue estrenada la grabación Por quién doblan las campanas, del “maestro” Sam Wood. Digamos sólo que, al menos los españoles, tuvimos que esperar unos pocos años para “disfrutar” de las “proezas” de aquel internacional, interpretado por el anticomunista y colaborador en aquella famosa “caza de brujas” de marras en Hollywood que fue Gary Cooper, con Robert Taylor y muchos otros y que mandó al paro y a prisión a numerosos actores, guionistas y directores. Y total, para ver a un “perfecto gentleman” bien aseado y bien vestido, rindiéndose en los brazos de la no menos bella Ingrid Bergman y ambos rodeados de una “manada de “malolientes”, casi “bandoleros”, “dispuestos a vender a su santa madre por un paquete de Bisonte”, “tan poquito de fiar” como la tierra que pisan; que, aquí, el único de fiar es el “bravo” y “serio” americano: los demás nunca conocieron la higiene, las numerosas escuelas que abrió la República ni la poca o mucha cultura que llevaron hasta el pueblo más remoto las Misiones Pedagógicas. No deja de asombrarnos que esta película, tan reaccionaria, que tan pocos favores le debe a aquel Hemingway antifascista, no fuese estrenada en España en 1943, como en el resto del mundo, en tiempos del patascortas, pues poco o nada alimentó nuestra vocación republicana de entonces.

Sin embargo -aun no había fallecido el mencionado y las botellas de champaña estaban por comprar- y, al menos algunos afortunados, sí tuvimos la fortuna de ver El atentado, un excelente film sobre el asesinato del activista marroquí Ben Barca (parece ser que en ese momento su Excremencia estaba “rebotado” con Mohamed V y tuvo un “arrebato liberal”).
 
Creo que de esta época data también el estreno -en Madrid al menos- de La confesión, la brutal persecución, caza y depuración de “elementos enemigos” de la Patria Socialista, en la que un combatiente de las Brigadas Internacionales -Arthur London- es torturado por los esbirros de Stalin para que confiese sus “crímenes”. Bien poco contribuyó a hacernos menos comunistas.
 
Conservo un cariñoso recuerdo de las salas California, el Pequeño Cinestudio, el Cine Bulevar, de Madrid, porque recuerdo estrenos grandiosos, como Tierra sin pan, Un perro andaluz, Nazarín, de Buñuél; La sangre del cóndor, Sierra de Teruel, Morir en Madrid, El acorazado Potemkin…algo posteriores y que raramente son programadas en la tele.
 
Con respecto a la tan celebrada La vaquilla del Berlanga de Bienvenido, Mister Marshall, ¿qué otra cosa se puede decir sino que es un producto lamentable?, una forma muy poco elegante de trivializar nuestra guerra civil, que hubiera estado bien para la familia de los Ozores, los Lazaga, los Sáenz de Heredia que tuvimos que sufrir hasta las postrimerías del franquismo con películas como La fiel infantería, con un “irrepetible” Arturo Fernández en el papel de un oficial fascista. Cuánto mejor hubiera hecho el director de Plácido, si hubiese guardado parte de aquellas energías para regalarnos, antes de dejarnos, una nueva entrega de su Escopeta nacional, esta última dedicada a la actual aristocracia socialista.     
 
Insistiendo en el tema GCE y cine USA, parece que todo es una cuestión de números: quizás no murieron suficientes brigadistas de la Lincoln en el Jarama y allí donde combatieron por la República. Quizás, como dijo aquel “colosal” actor y presidente de EE.UU., Mr. Reagan, simplemente, “se equivocaron de bando”. Lo que sí es cierto es que, restando los documentales de la época, Las nieves de Kilimanjaro –a la cual tan poquito tiene que agradecer la causa de los rojillos-, Casablanca, Tierra y libertad -nada generosa esta última con el gobierno de Negrín-, alguna mención de pasada por parte de algunos realizadores latinoamericanos y un par de cosas más que no logro recordar, nuestra guerra civil no ha merecido un gran interés por parte de los directores extranjeros.
 
Aquí vale destacar los encomiables trabajos de Basilio Martín Patino; Las largas vacaciones del 36, Las bicicletas son para el verano, (con ciertas reservas), ¡Ay, Carmela!, La prima Angélica, Libertarias, La Plaza del diamante, Las 13 Rosas, El laberinto del fauno (aunque “excesiva”, a mi entender, la brutalidad de Sergi López), Réquiem por un campesino español, Soldados de Salamina, Dragón Rapid,  La buena nueva, Mambrú se fue a la guerra (imprescindible), Pim, pam, pum, Fuego, ¡Jo, papa!, Soldados (basado en un relato de nuestro formidable Max Aub), El espinazo del diablo, El viaje de Carol, El espíritu de la colmena, Los días del pasado, La caza. Y aquí abro un generoso paréntesis para los que quieran incorporar su película favorita sobre la GCE (no se aceptan pelis fachas).
 
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Sin ánimo de menospreciar nada de lo ya citado, seguimos esperando “la gran película” sobre la “última guerra romántica”. Esperemos que no tenga que venir a hacerla Clint Eastwood…
 
 
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