Alejandro Pacheco / Iñaki Alrui. LQS. Septiembre 2018

Antes de nada y después del título lo primero dejar claro, para l@s mal@s entendedor@s, que lo último que pretende hacer este escrito de opinión es entrar en el debate “abolicionista”, cargado de falsas moralinas o de consignas salvadoras de “happy flowers”

No, no vamos a defender la prostitución, como no defendemos los métodos de producción y servicios que tiene el sistema… Nos negamos a defender los trabajos asalariados, no aceptamos que ninguna persona tenga que vender su capacidad física e intelectual, su tiempo de vida y su soberanía personal durante el tiempo de trabajo.

Esto es capitalismo, en él estamos, todo se vende, todo se compra; yo, tú, él, nos vendemos por una pequeña parte de lo que luego sacan los que nos compran… Así el sistema hace ricos y pobres, esto ya es muy antiguo. En esta venta constante entramos tod@s. ¿Venderse es prostituirse? ¿La diferencia está en la parte de nosotros que vendemos? ¿La diferencia entre trabajo y esclavitud está en la magnitud de lo obtenido por nuestra venta?

Las condiciones sociales de esa compra-venta de tiempo, trabajo y soberanía personal desencadenan la lucha de l@s trabajador@s por la conquista y/o mejora de sus derechos como asalariados. El vehículo organizativo de esa lucha han sido históricamente los sindicatos, hasta el punto de que el derecho a la sindicación es hoy un componente elemental e indispensable en el ideario de cualquier sociedad democrática. A nadie se puede negar ese derecho, puesto que es dejarlo abandonado a la máxima vulnerabilidad social, al abuso laboral, a la exclusión y, en no pocos casos, a la clandestinidad…

De vez en cuando llegan a la opinión pública noticias de situaciones laborales extremas y repugnantes. Como los casos recientes de las trabajadoras de la fresa o los falsos autónomos conocidos como “raiders”… Que luchen, que se defiendan, que aborden colectivamente su problemática, que la difundan, que busquen la necesaria solidaridad, que se organicen para conquistar sus derechos… todo eso es positivo, natural y debería hacerse y apoyarse mucho más de lo que se hace. ¿Es tan difícil comprender esto?

En días pasados ha sido noticia el “escándalo” de que el Gobierno ha autorizado inadvertidamente un sindicato de trabajadoras sexuales, esto es, de prostitutas. Hay aquí una cuestión de género, por supuesto, pero también de cuestión de clase. No es el debate paternalista de abolicionismo sí o no. Hablamos de los derechos laborales de una situación laboral realmente existente, de una autoorganización contra los estigmas culturales, sociales y económicos que afectan a la prostitución, y de un paso más contra la violencia de género y la trata de personas.

Cuando los trabajadores forman un sindicato es siempre con la esperanza de mejorar sus condiciones de vida. También las prostitutas. No hace falta ser un lumbreras para saber que con la sindicación se distinguiría mucho mejor entre la prostitución no forzada y la esclavitud sexual, se avanzaría en condiciones sociales, sanitarias y laborales, se limitarían las mafias de proxenetas y de trata y transporte clandestino y forzado de mujeres, se les sacaría de una vida de marginación, y se abrirían unas posibilidades de relación con movimientos obreros, sociales o feministas, a día de hoy inexistentes.

Reconocer el derecho a la sindicación no es alimentar y dar carta de naturaleza a una degradante explotación; es precisamente demostrar que se quiere acabar con ella.

Existe una patronal de “puticlubs” en perfecta sintonía con el empresariado patriarcal español. Ningún ministro ni ministra ha dicho que esto sea un gol que les han colado. Nadie alza la voz por ello. La prostitución es un vector económico regularmente incluido en el Producto Interior Bruto (PIB), una estadística anual, una fuente de generación de capital… No pasa nada, se asume. Sabemos de las agresiones, violaciones, maltratos contra prostitutas.. Nada de eso cuenta, forma parte de la normalidad. Sin embargo, alguien pide un sindicato para las prostitutas y se abre la caja de los truenos. ¡Curioso!

Se trata de poner luz donde hoy todo está sospechosamente oscuro y borroso. Podemos seguir sin hacer nada o haciendo como si no pasara nada, mirando hacia otro lado. Se irá así por la borda cualquier esperanza de garantizar un salario mínimo, días libres, jornadas dignas, bajas por maternidad o enfermedad, vacaciones, una jubilación…

Lo mejor de esto es que son las propias prostitutas las que han decidido ejercer su derecho a decidir sobre sus propios cuerpos y sobre cómo organizarse. Son ellas las protagonistas y, como ocurre en tantos otros casos, están hartas de que hablen en su nombre quienes no son ellas mismas. No quieren ser sujetos pasivos. ¡Bravo por ellas!

Sólo podemos repetir que viva la lucha de la clase obrera, sea cual sea la parte de sí que venda… Menos si es su conciencia.

¡Ah! y sobre la prostitución legalizada en el matrimonio heterosexual… hablamos otro día.

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