Clima y religión

Nònimo Lustre*. LQS. Diciembre 2019

¿Existe el Cambio Climático? Una mayoría de los altísimos Prebostes del planeta, hoy reunidos en Madrid COP25, dicen creerlo y, por una vez y sin que sirva de precedente, el abajo firmante también lo cree pero sospecho que por diferentes motivos. Existe el Cambio Climático (CC) pero no porque sea un fenómeno coyuntural sino por todo lo contrario: porque –se ha repetido mil veces- el clima es cambiante por esencia hasta el punto que el CC es como la ley de la gravedad o la inevitabilidad de la muerte, ineluctable y sempiterno. Ahora bien, nadie convoca a los más excelsos dignatarios para discutir sobre la gravitación universal o sobre la muerte; si acaso, de tarde en tarde se reúne un puñado de astrónomos o de gerontólogos para mitigar lo inevitable. Al parecer, los susodichos mandamases del COP25 también se ajuntan con el mismo propósito: suavizar los aspectos más dañinos del CC. Nada que objetar… si exceptuamos la pretensión propagandística de sustituir el antiguo término de “calentamiento global” -más preciso y más escandaloso- por el perogrullescamente neutro CC. Como veremos a lo largo de estos párrafos, esta puntualización es una de las varias que muestran nuestra disidencia.

Unanimidad en la inanidad

Cuando observamos que los poderosos más empoderados del mundo pronuncian en la COP25 el mismo discurso, nos tememos que el adocenamiento de su lenguaje, su vacuidad y su hipocresía van más allá de los requerimientos protocolarios. Esta vez, no es que los asesores de palacio se hayan copiado los unos a los otros –que también- ni siquiera que no se hayan copiado porque, después de siglos baboseando los mismos topicazos, no lo necesitan. Esta vez, es una unanimidad inválida e inane. ¿Porque no tienen la menor intención de respetar sus promesas? No, ese es el corolario político al que estamos acostumbrados. En esta ocasión, la unanimidad del Poder no es política sino religiosa. En Madrid, estamos presenciando el crecimiento de una nueva religión satanoide cuyo carácter trascendental, numinoso e irracional es demostrado en primer lugar porque, como todas las religiones, está auspiciada por el Poder. La religión climática cumple con los requisitos sacros puesto que, de entrada, ya tiene altísimos pontífices y miles de sacerdotes encumbrados en el trono secular y capillas a mansalva.

Es insólito que, so pretexto de exorcizarlo, los Próceres hayan creado un dios del Mal, un espectro luciferino. No es su costumbre. Como devotos de Zurván, el dios de la Luz, se apelotonan en los Te Deums o se abrazan para homenajearse a sí mismos mientras depositan coronas de laurel frente a los Héroes. Los ritos zurvanitas son luminosos, nunca lóbregos. Sin embargo, en esta COP25, los Príncipes se han congregado para predicar a sus súbditos que existe Ahrimán, el dios de las Tinieblas. Tal mudanza unánime en el elíseo nocturno no se daba desde los remotos tiempos en los que (no todo) el Leviatán presidencial despotricaba contra el belcebú comunista.

Leviatán mercantiliza al nuevo Lucifer

Menos las ‘mitologías’ ancestrales, todas las religiones -maniqueas, politeístas o vulgaris- necesitan un dios y un diablo. La iglesia climática ya los tiene: el dios Planeta y el Diablo Supremo CO2. El hoy llamado dióxido de carbono (antes anhídrido carbónico o gas carbónico) ha sido deificado/satanizado al desplazar a los demonios anteriores de los altares negros de la corrección política-religiosa-ambientalista. Por poner dos ejemplos, más que la desertificación o el agotamiento de los combustibles fósiles el más perjudicado ha sido el satanás nuclear pues ahora resulta que lo radiactivo no es tan peligroso como parecía -¿Fukushima, Chernóbyl, Three Mile Island en Pensilvania 1979?, no sé de qué me habla-. De ahí que la parte bobalicona del ecologismo europeo, la convencida de que el CO2 es todavía más peligroso que el uranio empobrecido que se usa a diario en las guerras periféricas, se encuentra enmarañada ante la regulación de lo nuclear.

Como toda riqueza/pobreza, el CO2 no es fácilmente cuantificable pero Leviatán ha decidido que lo sea y, más aún, ha ordenado que se mercantilice en el Mercado del Carbono. Claro está que, quien inaugura un mercado, sabe perfectamente que abre la puerta al fraude. En este caso, un colosal fraude que beneficia a los países enriquecidos y el mismo fraude que, correlativa e inversamente proporcional, empobrece al resto del planeta. Transmutado en vulgar mercancía, el malvado CO2 ya puede blanquearse. La religión climática necesita venerarle y para ello ha plagiado una vieja norma medieval: la ha construido una catedral y la ha entronizado como Instituto Global de Captura y Almacenamiento de Carbono, IGCAC, entelequia seudo-mercantil que regula (es un decir) las cotizaciones del dióxido de carbono y el tráfico de millones de toneladas ponzoñosas que se compran y se venden como si el mercado disminuyera su toxicidad. En otras palabras, el IGCAC escenifica el culto tétrico al súcubo carbónico y a su sacristán, el Efecto Invernadero.

¿Es imaginable que la nueva religión climática hubiera nacido sin mercado e incluso sin herejes? Las viejas religiones abusaban de las bulas, indulgencias, legados y hasta de la socorrida Donación de Constantino; por ende, el mercado sacro siempre ha existido, como bien supo Lutero. La COP25 se adapta a la modernidad pero corre el riesgo de que su oscuro monetarismo sea una grieta que pueden aprovechar sus todavía minoritarios herejes. En todo caso, ya tenemos la raíz o ultima ratio de la hagiografía carbónica: el nuevo dios de las Tinieblas nace bajo el signo de la deidad jupiterina del Dinero. Es una mera mercancía.

El Antropoceno

Consideremos que la COP25 atañe a la Humanidad. En este momento se suscitan muchas interrogantes, la primera de las cuales es dilucidar si engloba a todos los humanos o sólo a unos cuántos. Espinosa cuestión que pone en solfa la unidad del Homo sapiens puesto que los humanos son mayoritariamente productores que coexisten con una minoría que son destructores. Y no estoy señalando a la industria bélica –que también y sobre todo- sino a la no tan ínfima minoría que destruye al planeta a través de sus emprendimientos, aquellos desalmados que preconizan el pan para hoy y el hambre para mañana. Por tanto, podríamos adelantar que el Hombre Universal no existe: lo que existen son las clases sociales y las etnias –a las que, por mor de la brevedad, podemos definir rudimentariamente como la clase social más aherrojada.

En este punto, debemos señalar que la unidad monolítica del Homo sobre la que se establece la religión climática es falsa. Ciertamente es un rasgo inédito para las religiones, creadas sobre la invención de innumerables diferencias entre ortodoxos y heterodoxos que, además, solían llevarse al extremo esencialista como cuando, ¡hasta en pleno siglo XIX por no decir en el XX!, algunos listillos bocazas pontificaban que los indígenas estaban más cerca de los simios que de los Hombres.

Sin embargo, siendo infinitas las discriminaciones, aquellas religiones antiguas no tenían en cuenta los factores señalados en el párrafo anterior, justamente en los que nos apoyamos para avanzar en el análisis de las causas subyacentes al CC. Partiendo de la constatación de que el Homo es tan poderoso como para que sea obvio que vivimos en la nueva era del Antropoceno, debemos responder a las cuestiones designadas con dos términos absolutamente claves: capacidad de carga y progresión demográfica. Dicho de otro modo, el CC surge –y molesta- cuando, aparente o realmente, se supera la capacidad de carga del planeta, sea ésta consecuencia o causa y esté o no vinculada al incremento poblacional. Los neomaltusianos ya tienen su respuesta pero nosotros queremos discutirla con algunos datos: en el año 1999, se dijo que la Humanidad había sobrepasado en un 20% la capacidad de carga de la Tierra –dicho con cierta simpleza, que la tasa de reproducción de la vida terrícola había sido un 20% inferior a la tasa de consumo destructivo. Item más, en 2011, la población llegó a los 7.000 millones de personas y, en este año de 2019, se calcula que vivimos no menos de 7.500 millones de bípedos implumes. Olvidando el dato de aquel lejano 20%, excuso hacer la cuenta de la vieja sobre lo que puede destruir/producir esta millonada de hormiguitas atómicas.

Olvidemos asimismo la veneración hacia los datos porque ya reza el ingenio popular que “hay verdades, mentiras y estadísticas”. Y centrémonos en una tercera palabra clave: la distribución –tanto de la riqueza como de la pobreza, tanto de la producción como de la destrucción. La obsesión neomaltusiana por achacar los males de la Tierra a la excesiva producción de seres humanos padece de una visión estática y hasta quietista de la distribución; su terquedad es producto de haber nacido en la tremenda desigualdad que reina dentro de las sociedades humanas pero, si hacemos un ejercicio de imaginación –no utópico ni eutópico-, constatamos que la tierra y el agua de la Tierra son sumamente feraces y, por ende, distribuidos con justicia, sus productos pueden mantener a poblaciones aún mayores que la actual.

Pero, cuando la justicia distributiva ni está ni se la espera, es obvio que las malas prácticas productivas –y no digamos las militares o destructivas-, conllevan un insoportable CC. Los feligreses de la tan mentada religión climática mienten cual bellacos al predicar que vivimos en el mejor de los mundos posibles porque, según sus doctrinarios, las manchas en el brillo humanitario que aparecen en los medios, las recurrentes hecatombes que asolan el planeta, sólo son desastres naturales. Satánicos al fin y al cabo, se lavan las manos y que crucifiquen a la Naturaleza por sus desmanes y que los hombres se vayan de rositas –volveremos sobre ello. Dicho en plata, unos pocos Homo que de sapiens tienen muy poco, se benefician de la destrucción de la Tierra -uno de cuyos síntomas es el CC– y unas muchísimas personas humanas, lo padecen. Y el conjunto no es natural sino político.

Insistiremos en lo que llevamos años estudiando: no hay desastres naturales. Lo que hay son pueblos que han sido obligados a vivir en sitios inestables y peligrosos. Un tsunami es mortal para quienes viven en las orillas marítimas… y relativamente inocuo para quien habite en los cerros. Y quien habita en los cerros y no disfruta de espacios seguros, también puede sufrir avalanchas y etcétera. Y todos ellos sufren el incremento del dióxido de carbono… pero en muy distintos grados.

La cuarta palabra clave es propiedad. Porque el CO2 tiene propietarios aunque ninguno lo reconozca. O, peor aún, distribuyan esa maldita propiedad indistintamente entre todos los humanos. Pues no. Los desheredados poseen una ínfima parte del CC, cierto, pero es simplemente canallesco hacerles culpables en igual medida que a los grandes contaminadores. El 99% de la Humanidad genera una cantidad de CO2 ridícula y despreciable si la comparamos con ese 1% poderoso que fabrica el que probablemente -no hay apenas datos fidedignos-, sea el 99% de la contaminación carbónica. O sea, que los porcentajes se invierten y, por esa misma razón, se ocultan.

Visto lo cual, volvemos a la utilidad que para los Próceres tiene la religión climática. Porque, como toda religión, esta nueva creencia trascendental se instaura con una doble moral que castiga asimétricamente a los humanos en función de su poder, no de la moralidad de sus acciones. Esta nueva injusticia parte del absurdo postulado de que los ricos no poseen más CO2 que los pobres. Ergo, individualmente hablando, los ricos son tan inocentes o tan poco pecadores como los pobres. Pero, para desfacer esta falacia, no hay más que ver quiénes pagan y quiénes cobran. Huelga añadir que los de abajo pagan el CC mientras que los de arriba cobran -y se lucran-, con el CC.

Cuando el neofranquismo discrepa del consenso CC

Para ilustrar la injusticia patente en la religión climática, nada mejor que reproducir la vomitona de un dirigente del partido neofranquista Vox. Este neofascista español –famoso por su desfachatez urbanística- cuyo nombre no escribiré porque no quiero darle la menor publicidad, ha denunciado «alarmismo exagerado e infundado» sobre el CC a pesar de lo cual niega ser negacionista escudándose en que su banda de desalmados «es un partido preocupado por preservar el medio ambiente, pero también preocupado por nuestra agricultura, por nuestros pescadores, por todos los que viven en el mundo rural» –los trabajadores como último recurso contra los trabajadores. Y refuerza sus ‘argumentos’ con unos datos tan embusteros como todos los que esgrime sin el menor respeto al trabajo científico consolidado: «La industria del automóvil produce en España el 12% del PIB y se está intentando acabar con el sector del automóvil y del diésel… en estas cumbres se está hablando del peligro de volar en avión y el turismo es el 15% del PIB español… hay centenares de miles de puestos de trabajo en peligro» –vuelta la burra al trigo.

Su negacionismo absoluto se muestra en toda su tosquedad y perversidad social cuando afirma sin despeinarse que «es muy peligroso para el empleo en España que haya un exceso de alarmismo, que se atribuyan al hombre cosas que no necesariamente está demostrado que produzcan ningún tipo de cambio climático» (mis negrillas) Léase, para esta bestia parda, ningún Hombre es culpable de ningún CC, entiéndase como se entienda el cambio y/o su religión concomitante. La culpa es de la Naturaleza o el Cosmos… y, por el momento, omite incluir a Dios por la simple razón de que su praxis pública y, en especial, la financiación de su banda están absolutamente ligadas a la vieja iglesia española, golpista, inquisitorial y genocida.

Pero, paradójicamente, la caridad cristiana no le impide pastar con la piara de energúmenos que se regodea insultando a Greta Thunberg –la llaman de todo, desde bruja hasta niña mimada y la han etiquetado desde Gretus amargatus animal sumamente dañino, hasta recetarla que «necesita sexo porque es una histérica mal amada». Por otra parte, estos saqueadores embrutecidos odian a todos los adolescentes –salvo a sus propios vástagos. Envejecidos desde la cuna, es lógico que, en sus mezquinas vidas, añoren sin decirlo aquellos escasos años en los que sus progenitores les chantajeaban, “si no respetas mis órdenes, te desheredo”. Debe ser triste ver pasar la juventud de Otros pero esos Otros no tenemos por qué pagar sus frustraciones. Que se consuelen regurgitando sus horribles bibelots que para eso los compran compulsivamente.

Una voz indígena

Para compensar el mal sabor de boca que nos dejan los exabruptos de los herederos de Franco e Hitler, volvamos al sentido común:

Mientras se sigan celebrando estas cumbres climáticas como una ceremonia de poder, no se va a conseguir establecer una estrategia y una ruta real que pueda combatir la crisis climática. Las cumbres, como la de Madrid, se han convertido en un espacio donde los organismos multilaterales y las empresas, que hacen una labor de lobby, trabajan para que no se asuman verdaderos compromisos y, sobre todo, para que se sigan implementando falsas soluciones a la coyuntura climática… Es en estas cumbres, donde se aprueban fondos verdes que, sin embargo, terminan convertidos en instrumentos que fortalecen a las instituciones de los gobiernos” (Miriam Miranda, garífuna y líder de OFRANEH, Organización Fraternal Negra de Honduras; 30.XI.2019)

Olvidemos que Miranda parece admitir la existencia de una “crisis climática” aunque la atenúe y hasta reduzca al añadir la expresión “coyuntura climática”. Quedémonos, sin embargo, con sus palabras porque son poquísimas las voces indígenas que hemos oído en esta COP25.

NB. Hemos logrado llegar al final de estos párrafos sin apenas mencionar a Greta Tintin Eleonora Thunberg. He obviado a la joven de semejante nombre compuesto porque la infalible Nazanín Armanian ya lo dijo todo en La “Cruzada de niños” de Greta dirigida a la privatización de la naturaleza, un artículo cuyo magisterio comienza por el título (3.XII. 2019, https://blogs.publico.es/puntoyseguido/6142/la-cruzada-de-ninos-de-greta-dirigida-a-la-privatizacion-de-la-naturaleza/ ) Si acaso, sólo puntualizaría a la exiliada sabia iraní que la medieval Cruzada de los niños con la que encabeza su ensayo no buscó, como ella escribe, “conquistar Palestina, la Tierra Santa” –ese fue un bulo para emborronar la Historia- sino que, a mi juicio, fue una campaña monárquico-papal encaminada a erradicar los últimos residuos de los Cátaros por el expeditivo método de eliminar a sus descendientes infantiles. Quien lo dude, no tiene más que observar estas fechas: año 1209, destrucción del bastión cátaro de Béziers, cuando, preguntado a qué herejes habría que salvar, el abad Amalric pronunció su imperecedera sentencia: Matadlos a todos; Dios conocerá a los suyos; Caedite eos. Novit enim Dominus qui sunt eius. Año 1212, sólo dos veranos después de Béziers, embarque en Marsella de los últimos niños cátaros. Sin embargo, Armanian acierta cuando concluye que ninguno de los niños llegó a Palestina: “obviamente, murieron de hambre, de enfermedades o fueron traficados por los adultos.”

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