Con poesía: Palacio de Justicia

Cristina Ridruejo*. LQS. Julio 2019

Los poemas de Rosa Burgos nos estremecen porque lo que narra es tan estrictamente real, que cuesta asimilarlo. En ocasiones es necesario detenerse un momento al terminar un poema, recobrar el aliento y pensar en lo que has leído

Con demasiada frecuencia, la temática de la poesía se limita a la vida personal del autor, a sus sentimientos frente al amor, el desamor o la soledad, tratando poco o nada el mundo que le rodea, la sociedad en la que vive. Este, desde luego, no es el caso de Rosa Burgos, cuyo libro Palacio de Justicia acaba de publicar Ediciones El Garaje, adornado con unas extraordinarias ilustraciones de Alejandro Pacheco.

Rosa tiene mucho que contarnos. Ha vivido mucho y, por su profesión de secretaria judicial, ha sido testigo de la cara más amarga y sombría del mundo “civilizado” en que vivimos. En sus poemas nos relata, con el tono neutro del secretario judicial que levanta acta, la dura realidad que se esconde en las barriadas, los tribunales… o a la vuelta de nuestra esquina.

Tono neutro, solo a primera vista. Porque el mero hecho de contar la realidad tal y como es, constituye por sí mismo una denuncia. La denuncia de la sociedad en que vivimos, que permite impasible la miseria, que tolera o incluso alienta el latrocinio generalizado, que normaliza la violencia, que sigue mirando el partido, impertérrita, mientras tantas vidas naufragan —en un suburbio cualquiera o en el Mediterráneo—.

Este libro nos acerca al mundo de la justicia, o quizás al mundo de la injusticia. En su cubierta, la alegoría de la Justicia, con su venda en los ojos. Siempre creímos que la venda representaba la imparcialidad, pero tal vez represente ese mirar para otro lado, esa indolente ceguera ante el sufrimiento ajeno que caracteriza nuestra sociedad.

Los poemas de Rosa Burgos nos estremecen porque lo que narra es tan estrictamente real, que cuesta asimilarlo. En ocasiones es necesario detenerse un momento al terminar un poema, recobrar el aliento y pensar en lo que has leído. Solo al terminar el libro comprende uno lo necesario, lo imprescindible que era leerlo, que existiera, que alguien nos contase esta cara oculta de nuestro mundo. Pone de relieve la invisibilidad de los don nadie —los “destinatarios de los códigos penales”—, la coexistencia de mundos, planos paralelos que solo se tocan en esos momentos que suelen constituir delitos, y por ende en los trámites judiciales posteriores.

Reconocimiento en rueda

A mí,
sujeto pasivo del proceso,
autor material del delito,
ejecutor del hecho punible,
infractor de bienes jurídicos,
responsable criminal del caso,
inculpado en el sumario,
habitante probable del presidio,
destinatario de los códigos penales,
a mí,
por primera vez me vienes a mirar.

Este libro no es una selección de poemas inconexos, es un todo que debe leerse entero, casi como una novela en capítulos, pues leyendo un poema suelto no es posible atisbar la imagen panorámica del inframundo delictivo que nos presenta. Drogas, miseria, asesinatos, violencia de género, suicidio, corrupción, trapicheo, terrorismo, tráfico de influencias, justicia de clase, inmigración. Venimos a mirar, sí. Por primera vez. Y no olvidaremos nunca las imágenes que nos presenta.

En el libro no solo colisionan los mundos mencionados. Contiene igualmente un choque formal: podríamos decir que el lenguaje jurídico es la antítesis del lenguaje poético, pues sus formulismos se oponen a la búsqueda de originalidad expresiva de la poesía, su estilo anodino se opone a las figuras de estilo y las imágenes poéticas. Y sin embargo, Rosa Burgos consigue conjugar ambos, creando un novedoso lenguaje “jurídico-poético”. Los destellos de lirismo se cuelan por las rendijas del atestado judicial, las figuras poéticas se entrelazan sin esfuerzo con el relato. Este libro nos ofrece la posibilidad de asomarnos al mundo de la justicia y el crimen a través de la mirada poética de una infiltrada: una poeta disfrazada de secretaria judicial.

Rosa Burgos López
Nació en Cúllar (Granada). Reside en Málaga. Es licenciada en Derecho por la Universidad de Granada. Perteneciente al Cuerpo Jurídico Superior de la Administración de Justicia, ha ejercido como Letrada de la Administración de Justicia (los antiguos Secretarios Judiciales) toda su vida profesional.
Figura en la Antología Escritoras y artistas contemporáneas andaluzas, Instituto Andaluz de la Mujer, 1997, donde le publican el poema «La difamación» .
Fue finalista del Premio de Poesía del Ateneo de Málaga en 1998, con la obra Fuga de voces. En 1999, el mismo Ateneo le publica, en sus Hojas de Cortesía, Sigue las pisadas de mis tacones rojos.
Figura en la Antología de poemas, canciones, visuales y cómics, Aldea Poética II, 2002, donde le publican el poema «Madrugada del 7 de febrero de 1995» o «carne desvenada».
Como investigadora de nuestra historia reciente, es autora de los libros: La muerte de García Caparrós en la transición política, 2007; El sumario Fernández Quesada, ¿una transición modélica?, 2008; La bala que cayó del cielo, 2012 (publicado en El Garaje Ediciones); y Las muertes de García Caparrós, 2017.

PALACIO DE JUSTICIA. Autora: Rosa Burgos López
Ilustraciones: Alejandro Pacheco
EL GARAJE EDICIONES. Colección Poesía
66 páginas. Formato: 16,5 x 12 cms.
ISBN: 978-84-949265-3-2. Precio: 10 euros

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* Miembro de la Asamblea de Redacción de LoQueSomos
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Un comentario sobre “Con poesía: Palacio de Justicia

  • el 22 julio, 2019 a las 00:12
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    El día que la gente normal tome conciencia cabal de la interioridad de la justicia, de sus miserias y del inframundo de las oficinas judiciales, las veleidades y piscología de jueces y fiscales y de la estafa de su su función social constitucionalizada y nunca cumplida, seguramente asaltará los juzgados y será un acto más revolucionario que el asalto al palacio de invierno. El control de los parias en las sociedades democráticas formales, -y todas dicen serlo, tanto las occidentales como las otras-lo, se ejecuta en dos ambitos; físicamente, mediante la policía, la G.C. y otros persuasores y repartidores de consejos y de leña, guiados por jueces y fiscales promovidos al cargo y pagados por los detentadores del poder real para su defensa. Así obligan a la gente a hacer lo que no quiere hacer, le quitan de la cabeza la idea de asaltar bancos y meten al personal en el trullo o expropian sus bienes o derechos, embargándole la cuenta corriente y las devoluciones de hacienda si acaso se descontrolan más de la debido. Muy bonito pintaban todo eso Pareto, Weber, el viejo Montesquieu y todos esos, con más retranca que un vendedor de crecepelo; que si la ley, que si el Estado, el contrato social, la convivencia y todo eso de que es igual para todos, -decían-…

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