Contra la libertad de expresión sin expresión de la libertad

Pero el mundo ha dado muchos tumbos, y donde ayer había ética hoy hay negocio; donde apuntaba democracia existe consenso entre notables; y donde información y opinión libres sólo empresas de comunicación y periodismo asalariado (la libertad de expresión al servicio de la libertad de prensa). La invasión de la “representación indirecta” como elemento fáctico inevitable por una supuesta complejidad de las modernas sociedades, deja un camino de servidumbre que hoy transitamos con toda natural. Democracia de masas, economía de masas y medios de comunicación de masas son las burkas que nos ciegan.
 
Estamos ante un mundo “re-presentado”, en el que los intermediarios (esos mutantes que parasitan a productor y consumidor), sustituyen a las personas por su ventrílocuo, como la copía al original. El dinero como mediador universal tiene su reflejo en otros ámbitos estratégicos del sistema, como la política y la información. Políticos profesionales (nuestros representantes) y periodistas profesionales (nuestros heraldos) usufructúan un territorio que antes formaba parte de los bienes comunes.
 
Con tamaña arquitectura, cortoplacista, jerárquica, autoritaria y depredadora, se ha diseñado la moderna jaula social. Un nuevo panóptico bajo el que hoy se reproducen los ciudadanos en cautividad. Por eso su verdad, esa certeza de mercado y mercaderes, ya no nos hará libres. La opinión pública no existe, hay sido trucada por la opinión publicada. La verdad de antaño sólo resiste heroicamente en los márgenes del sistema. Como dijo Luisa Michel, “es preciso que la verdad ascienda desde los tugurios porque desde las alturas sólo se desprenden mentiras”.
 
No necesitamos tanto libertad de expresión como expresión de la libertad, y eso no lo provee el mercado sino la calle insurgente. La constitucionalizada libertad de expresión, en un país como con tan escasa tradición democrática y una configuración de los medios públicos como simples artefactos gubernamentales, se convierte en una patente de corso para el control social.
 
Aceptamos la perversidad de un sistema en el que bajo la retórica de una libertad de expresión ,confinada fundamentalmente en empresas mercantiles y mercenarios de la noticia, esos perros guardianes del poder, se legitima en la práctica la política del candado sobre la expresión de la libertad. Así, hablar de censura o de autocensura, en la tradición del victimismo clásico de la “clase periodística”, es en buena medida una forma torticera y grandilocuente de vedettismo.
 
Al fin y al cabo, la prensa en su remoto origen era un soporte publicitario envuelto en noticias, lo mismo que en la actualidad, aunque la mona se vista de seda. La prueba está en que la crisis de los medios que ha dejado en la calle a casi 9.000 periodistas se debe sobre todo a la retirada de la publicidad, su amo de ayer y de hoy. Grandísima ironía: no existen medios informativos de titularidad pública real pero los existentes tienen como misión publicitar los intereses privados.
 
Pública o privada, da prácticamente igual, es propaganda institucional. No hay más que ver esas escenas del sofá que protagonizan los tertulianos con pedigrí en algunos programas de opinión que radios y televisiones nos ofrecen como marchamo de libertad de prensa. En realidad no son sino nuevos púlpitos de la misma cofradía, porque a tales convocatorias acuden –eso si,en procesión- periodistas y periodistos de los medios de comunicación convencionales. De tal manera que sólo regurgitan lo que escriben o dicen en sus pesebres de procedencia, pero condimentado con especies más exóticas.
 
El verdadero combate por la libertad de expresión, contra la censura y la autocensura, se libra en la expresión de la libertad que ejercitan, las asambleas de base, los periódicos de los movimientos sociales, las radios libres, y sobre todo en esa acción de periodismo cívico que llevan a cabo esos hombres y mujeres que con sus videos en ristre (vía móvil, tableta, ordenata, cámara digital, etc.) registran la realidad que el poder quiere ocultar. No el glamuroso periodismo de los medios tarifados, sino los anónimos soldados Manning, los miles de wikileaks de barrio, plaza, calle o subsuelo, los autónomos que editan cortos en You Tube mostrando la barbarie del sistema, son los defensores de la libertad de expresión. Ellos en primer lugar son quienes representan a la opinión pública. Porque asumen la libertad de expresión desde la rabiosa expresión de la libertad, y contra el simulacro diario de muchos medios con collar.
 
 *Nota: Este artículo ha sido publicado en el periodico de las Asambleas del movimiento 15M de Madrid (madrid 15m).
 
 

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