Contra la originalidad científica

Nònimo Lustre*. LQS. Febrero 2021

Como pregona el programa de TV3 Polònia, “en el capítol anterior” hablábamos de la domesticación de los perros árticos a través de las sobras de los seudo Homo sapiens paleolíticos. Y, para demostrar que los ‘descubrimientos’ suelen tener unos antecedentes inmediatos no siempre reconocidos, incluimos la siguiente frase: “la hipótesis de Lathinen et al –explícita en el título-, no es absolutamente inédita pues flotaba desde tiempo atrás en la cultura científica europea”. Algún amigo ha creído percibir en esta frase un matiz peyorativo o, al menos, una velada descalificación del paper glosado puesto que, a sus ojos, ya no era una investigación pionera sino una continuación de estudios anteriores. ¿Menoscabar dicho paper?: nada más lejos de mi intención y ello por dos razones: en particular porque la existencia de antecedentes no quitaba valor a la susodicha investigación sobre los proto-perros y, asimismo, en general, porque la originalidad absoluta no existe en la Ciencia: “Somos enanos a hombros de gigantes”, reza la máxima que encabeza el Google Scholar –oración atribuida a Newton pero que, por ahora, se remonta al Bernardo de Chartres del año 1.124.

Hoy, me apresto a analizar las circunstancias que rodean a los hallazgos científico-tecnológicos con el evidente propósito de acabar con la idolatría del Héroe Científico, ese supuesto único héroe que lucha contra la complejidad del mundo apoyado –a veces- por el Azar y suponemos que –siempre- por una humanitaria Necesidad. Al final, si me explico correctamente, debería quedar claro que cualquier ‘descubrimiento’ científico es siempre el colofón de un proceso compuesto de infinidad de etapas mayores y menores que pueden datar de muy antiguo pero que, generalmente, están flotando en el aire del tiempo descubridor –de ahí la buena acogida social con el que son implementadas.

Por supuesto, el nuevo ‘descubrimiento’ puede ser sólo una adaptación a la modernidad de algún maravilloso acierto que estaba olvidado. Ejemplo: demostrar fehacientemente, como se hizo a finales del siglo XX, que algunos simios son caníbales, era un dogma de fe en la Antigüedad que, en la Contemporaneidad, había sido oscurecido por la ignorancia etológica –y por un animalismo mal entendido.

Asimismo, desenmascarar a los falsarios actuales suele ser sencillo… si se observan sus métodos o si se examina su ambición política. Ejemplos: 1) Sir Cyril Burt dominó la psicología británica hasta el punto que sus tests de inteligencia, los infames IQ que todavía se usan, decidieron el futuro los escolares del United Kingdom durante las décadas subsiguientes a la IIWW (II Guerra Mundial) Burt fue ennoblecido (repito, fue Sir) hasta que, al poco de fallecer en 1971, sus propios ayudantes demostraron que sus métodos eran racistas, arbitrarios y contradictorios hasta la médula. 2) el nacionalismo puede ser común –“mis vecinos son nacionalistas, yo no”- o cateto hasta el delirio como se manifestó en la obra del ‘eximio’ polígrafo argentino Florentino Ameghino quien, en los años 1870’s, descubrió que la Humanidad había nacido ¡en Buenos Aires! y lo demostró mediante los huesos que obtuvo en un matadero vecinal. Ameghino es un clásico de la denuncia contra el fraude científico y si lo traigo a colación es porque su entrada en Wikipedia (re-consultada el 04.II.2021) pasa de puntillas sobre aquel escándalo desviando la atención a sus honores y prebendas como Prócer argentino –sostenella y no enmendalla, el chauvinismo de Ameghino sigue infectando a sus biógrafos wikipedistas.

En el laboratorio de Fleming, con tantas placas de Petri, una dio la campanada

Delincuencias aparte, nadie discute que el Azar ha sido decisivo en multitud de invenciones científicas. Muchos de sus ejemplos son tan conocidos que casi no merecen el esfuerzo de enumerarlos. Los hay que conllevan el descrédito de sus agentes -Colón presentó a la Corte hispana unos cálculos groseramente equivocados ergo los ‘expertos’ cortesanos que se los aprobaron eran aún más ignorantes o más corruptos que el genovés. Y los hay, como el LSD y la penicilina, que son paradigmas de la concurrencia inesperada de errores -‘involuntarios’, pero también producto del desorden de los laboratorios. El caos productivo.

El primer microondas quiso ser un accesorio de los radares pero pesaba 340 kgs

Buena parte de los ‘descubrimientos’ contemporáneos fueron hallados por error (algunos ejemplos: la radioactividad, los rayos x, el velcro, los marcapasos, la viagra, la insulina, la vulcanización, la vaselina, los exoplanetas y cientos de nuevas especies) Pero, cuando se toparon con ellos en la exploración del espacio, tiende a pensarse que alguna de sus aplicaciones misilístico-satelitales tuvieron una utilidad en la Tierra con lo cual se justificaría el dispendio de salirse de la órbita doméstica. Para precisar este prejuicio propagandístico, conviene añadir un ejemplo contrario: el del microondas. Hacia 1946, un ingeniero de la Raytheon Corporation –empresa belicista donde las haya-, andaba mejorando radares y se encontró en un tubo de vacío con un mecanismo que, en efecto, corregía algunos detalles de localización. Por ello, bien podríamos decir que el microondas ayudó a la guerra espacial. De un misil saldría el teflón, ¿cierto?, pero del microondas salieron radares más exactos [ese artilugio fue detestado por las dos mujeres que más he amado en mi vida –mi madre y C.-, de ahí su abrupta inclusión en estas notas que ruego me perdonen]

Un micro-fuego para mejorar fuegos colosales

Si me pongo extremista, diría que todos los descubrimientos son productos del azar. Pero, precisemos: el azar es sólo un fragmento del origen del hallazgo o ‘descubrimiento’ final. Lamentablemente, la educación religiosa –paradigma de la irracionalidad-, consigue que la expresión ‘fragmento del origen’ sea casi incomprensible porque el origen con minúscula degenera en El Origen y éste sólo puede ser Uno e Indivisible. El azar no es la panacea que libra al investigador de todo mal porque no resuelve sus problemas de un plumazo; el azar se despliega en infinidad de posibilidades –unas fructíferas, otras estériles-, y todas ellas interesan al científico quien, llegado a esta tesitura, debe guiarse por su intuición, una facultad que depende de su saber holístico.

Exposición pública de Raytheon Co. Misiles y microondas

Para bien o para mal, algunas de estas posibilidades son ajenas al investigador. Ejemplo, la penicilina ya estaba descubierta durante la IIWW pero los británicos la engavetaron y siguieron usando las sulfamidas –Churchill se curó de una infección por ellas pero en secreto pues eran un producto nazi; la guerra tuvo que incrementarse para que, al final, los Aliados recurrieran a la penicilina. Otras veces, el científico descubre la utilidad de guiarse por el vulgo; el caso de la vacuna –de vaca o de vaquera- antivariólica de Jenner es uno de los primeros. Ejemplo: en 1859, un joven químico que trabajaba en los pozos de petróleo de Pennsylvania oyó hablar a sus obreros de la rod wax, una sustancia grasienta que entorpecía las máquinas pero curaba sus pellejos: era la vaselina, o petroleum jelly como comenzó a comercializarse.

Sea por  (azar), recuperación archivística, desorden del proceso metodológico, consulta al proletariado, celos nacionalistas o etc., a menudo la Ciencia encuentra cuando no busca. Pero ello no deteriora la figura del Héroe científico, un personaje que no es de fiar porque demasiadas veces su aura oscurece la de sus predecesores. Ejemplo: es probable que Fleming conociera la obra de Vincenzo Tiberio (1869-1915) quien, 35 años antes que el famosísimo bacteriólogo, publicó en la revista italiana Anales de higiene experimental de 1895 sus estupendas observaciones sobre la lucha entre mohos y bacterias. Así pues, aborrezcamos de la absurda e inexistente Iluminación Científica y de su ídolo, el Héroe individual. Pero, sobre todo, estudiemos los antecedentes de cualquier ‘descubrimiento’ porque en ellos pueden estar están los genes y errores primordiales, allá donde se guardan otras posibilidades de inventar.

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