Contrabandista de la utopía: Lezo Urreiztieta Rekalde

Por Angelo Nero*. LQSomos.

Cuando estalló la guerra civil comenzó también a trasladar refugiados vascos a Francia, y a transportar armas para la defensa de la República, consiguiendo desembarcar 8.000 fusiles en Santander, en su primer viaje, que llegaron el 24 de septiembre de 1936 a los frentes de Bizkaia…

Lezo de Urreiztieta Rekalde hubiera sido el protagonista de una serie de Netflix de haber nacido en New York, en vez de nacer en Santurtzi, y sin duda su nombre sería recordado en calles y avenidas no solo por los servicios prestados a su país, si no por sus arriesgadas misiones humanitarias y por haber luchado por la libertad con todas sus fuerzas. Su vida, que comenzó un 16 de octubre de 1907, no es fácil de resumir, y la misma wikipedia dice que “estuvo llena de habilidad, aventura y curiosidad”, además de subrayar que Lezo fue “marinero, patriota, guardia de fronteras y contrabandista”.

El realizador bilbaino Josu Martínez, del que hablamos hace unos días en estas páginas por su excepcional “Caminho Longe, dirigió en 2018 “Jainkoak ez dit barkatzen” (Dios no me perdona), un documental en el que reconstruye la vida de Lezo Urreiztieta, al que nos presenta como “un pirata del siglo XVI, nacido por error en 1907”, cuarenta años después de su muerte, acontecida en Bayona, en 1981, a través de las conversaciones mantenidas entre Lezo y el escritor Martín Ugalde, entre 1975 y 1978.

“Cuando di con aquellas 35 horas de entrevista sonora a un personaje tan interesante y del que apenas se sabía nada, tuve claro que antes de que recogiera la idea otro, la tenía que contar yo”, declaró en una entrevista a la BBC, Josu Martínez.

Y es que la vida de Lezo es digna de ser llevada a las pantallas, con ocho años se introdujo en su Santurtzi natal en el contrabando de coñac y, después, en el de tabaco, y a los diez años dicen que ya ganaba más que el capitán del barco, aunque él aseguraba que era más importante la aventura que el dinero. También afirmaba, en una de las cintas en las que se conserva su conversación con su biógrafo, Martín Ugalde, que el contrabando no era ningún pecado, lo que mantenía intacta su fe católica, y que, además, era un servicio a la humanidad.

Ese amor por la humanidad, y la constatación de las duras condiciones de trabajo que tenían que soportar las clases populares, como los marineros y los trabajadores portuarios, entre los que Lezo ya empezaba a ser conocido, hicieron que se afiliara muy joven al sindicato nacionalista ELA (Eusko Langileen Alkartasuna), que se había fundado sólo cuatro años después de su nacimiento. También muy joven comenzó a militar en el grupo independentista Jagi-Jagi, desgajado del PNV, liderada por Eli Gallastegui, Gudari, aunque siempre mantendría una estrecha amistad con Luís Arana, fundador tanto de ELA como del PNV, y creador de la ikurriña.

En 1934 Lezo Urreiztieta comenzó a implicarse también en el “contrabando de personas” como a el le gustaba llamar a sus operaciones de rescate. Tras el fracaso de la Revolución de Octubre de ese año, la represión desatada por el estado español, especialmente en Asturias, fue brutal, y Lezo llevó un barco hasta Santoña, para sacar del país a varios líderes socialistas implicados en la rebelión obrera. Ahí comenzó a sumar a disidentes políticos que salvó de la muerte y de la cárcel, hasta sumar 826 personas.

“Me vigilaban, así que para engañar a los carabineros hice el tonto y aparenté estar borracho”, recuerda en la conversación con Martín Ugalde el mismo Lezo, cuando en mitad de la noche zarpó con el Carmen de Amorebieta y recogió a los derrotados de la revolución de la costa asturiana, poniendo rumbo a Francia mientras se desata un fuerte temporal. Urreiztieta se pone al timón desnudo, para que la ropa mojada no le pese y le arrastre, y se adentra en la tormenta, arriesgando su vida para salvar otras, y llegando ileso al puerto de Donibane Lohizune.

A pesar de que era contrario a las tesis marxistas, entabló una gran amistad con Indalecio Prieto, el dirigente socialista que ocuparía las carteras de Hacienda, Obras Públicas, Marina y Aire, y Defensa Nacional durante la Segunda República.

Cuando estalló la guerra civil comenzó también a trasladar refugiados vascos a Francia, y a transportar armas para la defensa de la República, consiguiendo desembarcar 8.000 fusiles en Santander, en su primer viaje, que llegaron el 24 de septiembre de 1936 a los frentes de Bizkaia. “Las primeras armas las traje desde Checoslovaquia y las embarqué en Danzig, Polonia”, señala Lezo en el documental. En total fueron 17 los barcos en los que Lezo trajo armas para el ejército y las milicias republicanas. Con el barco Scotia llegó al puerto de Bilbao con 32 torpedos de 75 toneladas, aprovechando la niebla y conocimiento de la orografía costera, burlando a la marina franquista.

Por entonces, ya con una considerable fortuna, compró el Palacio Kerroch en Bretaña, a donde trasladó a su familia, para ponerlos a salvo de la contienda, y que también sirvió de refugio a centenares de personas rescatadas de la península.

Mientras una parte del PNV negociaba con el Tercer Reich un Euskadi Independiente, si este ganaba la guerra, Lezo fue contundente: “yo fui el único que se opuso”. Su antifascismo no tenía fisuras, ni tan siquiera los intereses de su nación para conseguir una hipotética autodeterminación.

En 1940 se encontraba en Donibane Lohizune, al otro lado de la muga que divide el país de los vascos, dónde había establecido su centro de operaciones, cuando los nazis ocuparon el estado galo, por lo que fue detenido y su flota confiscada, pero no tardó en ser liberado y en continuar con su lucha. Dos años después viajó de incógnito a la capital española para negociar en la embajada americana la compra de armas para el maquisard, la Resistencia Francesa. En la Francia ocupada por los nazis también creo una red que consiguió salvar a cientos de judíos y de republicanos españoles de acabar en los campos de exterminio.

En 1948 realizó la última y, tal vez la más arriesgada, operación de rescate, para lo que entró otra vez en la España franquista, disfrazado de cura, y pasó varios meses buscando un grupo de guerrilleros antifascistas en Asturias, liderados por el Comandante Flórez, Manuel Fernández Peón, para llevar con éxito la extracción de 28 personas que llevaban más de año y medio resistiendo en el monte, y que embarcó en un atunero con destino a las costas de Iparralde.

“Es difícil saber si quedó a dos milímetros o a cuarenta kilómetros de lograrlo, ya que las acciones clandestinas se suelen dar a conocer cuando han tenido éxito, no cuando llegan a buen puerto”, decía el director de “Jainkoak ez dit barkatzen” sobre una de las obsesiones de Lezo: acabar con el dictador. Quiso bombardear el palacio de Aiete con helicópteros, cavó un tunel bajo la residencia veraniega de Franco en Donostia para llenarlo de explosivos, e ideó varios planes más. “Yo prefería secuestrarle y atarle como un animal, desnudo, con un collar de perro”, afirmaba el antiguo contrabandista.

En los años 50 emigró a México con la familia que había formado con su segunda mujer, “llegó a ser tres veces millonario, y tres veces se arruinó. Tenía los bolsillos rotos y trataba de ayudar a todos, así que igual que le entraba el dinero, le salía”. Aún así continuó con su gran proyecto: la creación de un País Vasco independiente en la isla mexicana de Guadalupe, frente a la Baja California, en el Pacífico. “Quería hacerlo en un lugar deshabitado porque tenia conciencia anticolonialista. Así que no se trataba de ponernos nosotros para echar a otros de un lugar. El decía que si México tenía no sé cuántas islas desiertas, pues seguro que les daría igual”, señala Josu Martínez. Incluso Guadalupe tiene los mismos kilómetros de costa de Euskadi. Incluso dibuja un mapa de la isla con los puntos donde edificaría las ciudades vascas, que siempre llevaba consigo. El presidente Lázaro Cárdenas negocio con él la posibilidad de un Euskadi Tropical, pero no llegaron a un acuerdo sobre la soberanía.

El realizar de este extraordinario documento que recupera la figura de Lezo Urreiztieta, afirma: “Me parece que a Lezo no se le ha hecho justicia, seguramente porque era un heterodoxo y un guerrillero de la utopía, que andaba por su cuenta y ayudó a todo el mundo: nacionalistas vascos, comunistas, anarquistas, socialistas, gente de centro-derecha.”

* Nueva Revolución

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