Correspondencia de cuarentena, 14-16 de abril

Luz Modroño*-Enriqueta de la Cruz*. LQS. Mayo 2020

En estos días raros, de cuarentenas encadenadas, de aislamiento y cárcel particular, de falta de visitas y muertes sin despedida; en esta pandemia criminal que ha venido a romper nuestras rutinas, nuestras vidas, ya partidas por la mitad; en que reflexionamos y buscamos al amigo, al ser humano por los balcones, y aplaudimos lo que nos salva y repudiamos odios y gritos, robos y asesinatos, disimulos, maldad… Luz Modroño y Enriqueta de la Cruz iniciaron una correspondencia, volcando ahí de forma personal sus observaciones, inquietudes, deseos de colaborar con lo que saben hacer, aquí nos comparten este mundo epistolar creado entre ellas dos.

Comienza el hilo de esta correspondencia que alojaremos en esta página de principio a fin, un hilo epistolar que será rojo, que será republicano, que será, que es, de hablar claro…

VOZ DE ENRIQUETA

Abril, primavera, 14, fecha emblemática para los republicanos.

Hola Luz, hola, ¿cómo estás?, espero que sigas bien; yo bien, gracias, como se decía en las cartas antiguas. Dicen que estamos otra vez en guerra, otra guerra, la misma guerra que no ha parado en uno u otro sitio, que nos concierne siempre, porque los que las sufren nos conciernen.

Dicen que saldremos de esta todos juntos, pero los mejores mueren más, los pobres mueren más, la mano de obra que todo lo construye, los viejos que aportan la memoria, la sabiduría, mueren más y se liquida el tema con cifras frías. No, no seremos todos pero no olvidaremos a los que no pudimos ni despedir.

Recuerdo a nuestro común amigo, Eduardo Montagut, con sus sabias enseñanzas, el rescate de la historia de la que aprendemos, de la memoria, imprescindible para no caer en los viejos errores; avanzar, “progresar” diría mi abuelo, librepensador, esta palabra, ese significado que tantos intentan eliminar del diccionario, de raíz.

Te recuerdo a ti Luz, activa, comprometida, con tantos refugiados, con tantos hombres y mujeres, que éstas pagan la rapiña de otros, la violencia de otros, el doble o más, mucho más. El juego de otros poderosos. Y como nos ha salido del alma la idea de contarnos y contar al mundo, ahí van algunos versos para empezar esta correspondencia, no tan escueta como piden las reduccionistas modas del titular, pero espero que interesante para contribuir con la palabra, con nuestro granito de arena, a que esto no sea un desconcierto, una desorientación, una ignorancia, una violencia, un asquito, un rendirse… Nunca eso, nunca nos rendiremos.

Un fuerte abrazo y allá va.

P.D.: Quedo a la espera de tu respuesta y continuación del hilo…

Tu abrazo, nuestra solidaridad

Me acuerdo ahora de tu abrazo,
denso, cálido, abrazo.
Y yo lo defenderé como maná,
pese a los agoreros, pese a los represores,
contra el mundo insensible, rastrero, bobo, vacío…
Y te daré la mano y tenderemos juntas otra vez, una y otra vez
esa red solidaria que es la revolución que les espanta…

Asquerosamente nos matan,

nos venden, niegan la vida humana.
Les decimos: nos daremos la mano y el abrazo,
nosotros y millones frente al mundo miserable del dinero, de la materia muerta,
frente a la muerte terca, ignorante muerte que no nos vencerá.

VOZ DE LUZ

16 de abril

Siguiendo el hilo de ese comienzo de carta tan hermoso, queridos Enriqueta y Eduardo, al recibo de esta espero que os encontréis bien y vuestras familias también. Nosotros, todos bien. ¡Qué bonito, Enriqueta!, qué bello recuerdo de infancia. Imágenes guardadas en la memoria, esa Memoria que tan empeñado está Eduardo en rescatar a sabiendas de que cuando todo termine será lo único que sobrevivirá. Porque la verdadera muerte es el olvido.

Esa historia, que es la microhistoria de una madre sentada en su mesa escribiendo a los familiares y esperando la respuesta del hermano o la hermana, de la madre, de la amiga que había dejado atrás. Siempre, más pronto que tarde, acontecía. La llegada del cartero marcaba el inicio de una esperanza. Esperábamos, y encontrábamos, ese sobre blanco que encerraba el sabor de unos besos, el abrazo aplazado por la distancia. Ese sobre tan pequeño que guardaba tanto. Aún conservo algunos de aquellos sellos que mi madre me permitía arrancar cuando ya la carta era archivada. Sin saber que algún día serían el vínculo del encuentro con mi propia historia.

Hoy ya no escribíamos cartas ni nos preguntábamos por nosotros mismos. Mucho menos, por nuestras familias. De vez en cuando, alguna llamada de teléfono, convertido hoy en un apéndice de nosotros mismos. Pero la palabra escrita no puede ser sustituida por la hablada. Mientras aquella permanece, esta desaparece en el mismo instante en que es pronunciada. No hay nada más efímero. Quizás como en aquel viejo libro de la adolescencia, Momo, porque los hombres grises habían terminado ganando la partida, habían terminado robándonos el tiempo. Recuperar lo micro, volver la mirada a la esencia que no es otra cosa que lo esencial.

Recuperar el deseo de estar bien, de que nuestros familiares se encuentren bien, de que nuestros amigos y amigas estén bien. De que todo el mundo esté bien, el que nos rodea y el que está más allá de nuestra cotidianidad. A sabiendas de que solo nos recuperaremos si todos nos recuperamos. Y ese todo nos trasciende.

Y sí, es verdad. Como siempre, serán los más débiles, los más pobres, los más sabios, por ancianos, las mayores víctimas de este reencuentro. Una vez más un sacrificio. Es como si el ser humano, desde aquellos lejanos tiempos de nuestra primera evolución social, no haya sido capaz de desprenderse del sacrificio. El mundo trepidante en el que estábamos inmersos se ha detenido. Un virus microscópico nos ha obligado a parar, a tendernos la mano, a reencontrarnos. Y a reflexionar.

Habrá poca gente que, en estas largas y tediosas horas de obligado confinamiento, no se haya enfrentado a su propio espejo y haya recuperado viejas preguntas que tenía guardadas en el cajón de la memoria. Que tire la primera piedra quien no se haya detenido, aunque solo haya sido un momento -todavía es pronto para reencontrar el valor del tiempo tranquilo en el que oler una flor o mirar las fases de la luna no sea tiempo perdido-, a pensar y recuperar aquellas preguntas que empezaban por un ‘cómo’, ‘por qué’, ‘cuándo’, ‘para qué’, ‘dónde’…

Sabemos -o mejor intuimos con la certeza de lo irremediable- que, cuando por fin consigamos abrir la puerta de nuestra casa, ni el mundo de afuera ni el de adentro serán como los dejamos. Atrás quedará este siglo XXI que tan mal había empezado (porque mira que sabemos hacer mal las cosas cuando nos empeñamos en hacerlas mal) y tendremos la oportunidad de empezar de nuevo. Mira por dónde este terrible bicho tenía que tener algo bueno.

Y, como es propio del ser humano tratar de encontrar respuestas a preguntas que parecen no tenerlas, buscamos una pequeña luz que nos ayude. Vamos a tientas por un camino desconocido, tanto como este virus que nos ha obligado a cambiar de perspectiva, pero no sabemos qué camino es ni donde está. Quizás sea llegada la hora de recuperar lo común, de saber antes que nada que ese camino ha de ser recorrido por todos, aunque sea a ciegas, pero juntas. La hora del abrazo y el beso que unen y que no podremos darnos en mucho tiempo.

El siglo XX fue el siglo de lo común, de la conciencia de que sólo la unión podría ser capaz de vencer y ganar el terreno a la injusticia, la insolidaridad y la ausencia de fraternidad. Nos habíamos ido olvidando poco a poco de ello. El Yo estaba ganando la partida al Nosotros. Este virus ha vuelto las cosas a su cauce. Hoy todas sabemos que sólo juntas venceremos. Más allá de cualquier frontera, sea del tipo que sea o esté donde esté.

Desde la caída del muro de Berlín el mundo no había sufrido una conmoción semejante.

No ha hecho falta el estallido de bomba alguna ni la caída de ningún otro muro para que este mundo que habitábamos se haya puesto patas arriba.

¿Qué pasará? ¿Seremos capaces de hacer esta vez bien las cosas o volveremos a cagarla?

* Las autoras de la correspondencia:

Luz Madroño es profesora de Historia en Secundaria, es doctora en Psicología, psicóloga, por tanto, que también que en estos momentos echa una mano al que puede y necesita; es activista social, trabaja por los derechos humanos a pie de obra y recientemente ha llegado de Lesbos, en ese lugar donde los refugiados se debaten entre el vivir o vivir, porque hay que sobrevivir, porque llegaron de un infierno para meterse en otro, pero no se rinden. También Luz está vinculada a la UNESCO desde su presidencia del Centro en Madrid, donde organiza estupendas jornadas. Feminista, mujer de mundo, honesta… Y mucho más.

Enriqueta de la Cruz, es escritora y periodista. Cinco novelas publicadas enraizadas en Memoria Histórica, presente y nuestro futuro. La última: Despertando a Lenin, de reciente aparición y dos libros de conversaciones con el republicano y ex presidente del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid, César Navarro, psiquiatra, humanista, políglota y sobre todo, buena y culta persona. La última, Tiempos de plomo y ceniza, acaba de salir de imprenta. Colaboradora en LoQueSomos y otras Web alternativas.

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