Cosecha de 1937

abril-republicano-lqsÁngel Escarpa Sanz. LQSomos. Abril 2015

(Totalmente descartada cualquier forma de capitulación)

Para todos los republicanos españoles nacidos aquel año, mientras los padres combatían en Teruel, mientras derrotábamos a los italianos en Guadalajara, y “ellos” bombardeaban Guernica; mientras caían Bilbao y Santander y Málaga y Gijón; mientras se combatía tras cada piedra de Brunete y se defendían los muros de Belchite; mientras se formaba el Gobierno Negrín y caían generosamente en el Jarama los internacionales de la Lincoln; mientras jurábamos que Madrid sería la tumba del fascismo y se multiplicaban los corazones y las canciones en la Casa de Campo, en la Ciudad Universitaria; mientras de las máquinas de las imprentas salía el poderoso Viento del pueblo del poeta Miguel Hernández. Mientras en los cines de las ciudades leales se veían las películas de Ch. Chaplin, J. Renoir, J. von Sternberg y los documentales anarquistas sobre la revolución, y Jory Ivens y Hemingway rodaban Tierra de España. Mientras los poetas Pablo Neruda, Vallejo, Alberti, León Felipe, Cernuda, Spender… unían sus vigorosos poemas a la resistencia, al no menos vigoroso ¡no pasarán! jamás defendido por un pueblo de hombres y mujeres que no se dejaban domar; mientras la República se desangraba, desde el País Vasco hasta las Islas Canarias; mientras los trabajadores del mundo contenían el aliento ante el avance del fascismo hacia la capital del dolor. Mientras las más oscuras tinieblas caían ya sobre las doradas espigas, los centenarios olivares y las luminosas sierras del poeta granadino asesinado y Pablo Picasso tomaba las armas de sus pinceles y sus lienzos para defender causa tan noble.

Un par de almanaques más, un par de inviernos más, un par de cosechas más de esas rojas amapolas y nos habremos instalado en los 80 años. Pero aún esa bendita capacidad de enamorarnos del rostro de esa joven mujer que nos sonríe complacida desde la acera opuesta cuando observa nuestra fascinación ante su belleza, su juventud, cuando nos cruzamos con ella en la calle. Aún esa savia que nos recorre el cuerpo cuando contemplamos ese rostro de mujer perdido entre la multitud, esa mujer a la que, si fuésemos capaces de vencer nuestra timidez, aún seríamos capaces de decirla que nos resultaría facilísimo enamorarnos de ella -si es que no lo estamos ya-, que sentimos una inaplazable y urgente necesidad de amarla, de despertarnos cada día del resto de nuestra vida junto a ella. Aún esa maravillosa llama recorriéndonos el cuerpo cuando vemos arder de deseo a la compañera, cuando rozamos nuestra piel con la suya.

Aún sentirnos en la butaca de la sala cinematográfica como en aquellos lejanos y maravillosos años en los que padre nos llevaba a los cines del barrio para ver al Errol Flynn de Robin de los bosques, al Gary Cooper, de Beau geste; al bruto de Wallace Berry, al galán Clark Gable, a la bella rubia Jean Harlow, de Mares de China y al Mickey Rooney de Edison, el hombre.
Aún el placer de escoger la palabra con textura para exigir el destierro del Rey, condenar la barbarie y el despojo de las personas y de los pueblos por los depredadores, aquí o en el lejano país del tirano de turno; aún una pincelada más en ese escrito aparcado en el ordenador, antes de mandarlo a los camaradas de la web y ponerlo a rodar en facebook.

Aún conmovernos con el albor del día que nos sorprende en el pueblo castellano o en estas islas, aún detenernos ante el blancor del muro recién encalado y el cementerio de aldea donde descansan los que en lejano tiempo faenaron en los campos, con la hoz, el trillo y la yunta. Aún depositar unas flores en la boca de aquel pozo, en aquel campo donde los más mayores afirmaban fueron asesinados los cuatro republicanos que resistieron en el pueblo al paso de las tropas de Yagüe, el guerrillero abatido por la Guardia Civil. Aún pasear por las calles de N. York, de Cuba, Nicaragua, Montevideo, Madrid, Lanzarote, o la isla de Mallorca, esa tela con los colores de María Teresa León, Bayo, Constanza de la Mora y Enrique Líster. Aún deleitarnos saboreando un queso bien curado, un vino no excesivamente caro con el que regar las papas arrugás de estas tierras, el asado castellano en Pedraza, la fabada asturiana ocasionalmente cocinada en casa -a pesar del colesterol-. Pasar la mano por el lomo de esa veintena de libros de Ruedo Ibérico que atesoramos en estos años, esos periódicos de la Guerra Civil, milagrosamente salvados del naufragio de aquellos días en que todo parecía hundirse a nuestro alrededor.

Escuchar una vez más ese amado tema de guitarras de la película Morir en Madrid, el poema de Brecht cantado por Adolfo Celdrán, interesarnos por las movilizaciones de la clase obrera aquí y allá, echar un vistazo a ver cómo van las cosas en Cuba, en la Venezuela chavista, en el Uruguay del Frente Amplio y en el país de Evo Morales. Mirar una vez más esa vieja colección de localidades de los ya desaparecidos cines de nuestra infancia.

Volver a leer esos gastados volúmenes de cuentos de Max Aub y de Ignacio Aldecoa, volver a visitar la tumba de padre y de la familia y memo267pasar las yemas de los dedos sobre los nombres y las fechas, antes de que la lluvia y el tiempo borren definitivamente los caracteres de la piedra. No ceder ante el chantaje de las cifras de las encuestas y resistir, seguir militando en la esperanza, seguir reuniéndonos con los camaradas de la organización, aunque tampoco sea éste el año de la victoria. No ceder jamás ante un descalabro: a fin de cuentas, una derrota, para un ejército, puede representar el principio del fin, pero para un luchador antifascista, no debiera ser más que un estado de ánimo a superar.

Regar las plantas, vigilar los triglicéridos, tomar esas dos pastillas diariamente y beber esos dos litros de agua que te manda el médico; tender la colada, hacer las camas, devolver ese libro de Rafael Chirbes a la biblioteca…, pero no olvidarse de pagar la cuota del partido, no olvidar que se cumplen 70 años de la liberación de Auschwitz por las tropas soviéticas. 70 años, y la bandera soviética ondeando sobre el cielo de Berlín, tras la humillante caída de Madrid, la carnicería de Stalingrado y la miserable crueldad desatada en Oradour-sur-Glane.

Escribir al menos un artículo mensual contra esto y contra aquello para estimular la combatividad de los más jóvenes, para alimentar la necesidad de la resistencia en las redes. Ver en la tele una vieja película de los maestros, aunque solo sea por el sano ejercicio de repetir los nombres que aún no olvidamos, antes de que el cáncer del Alzheimer o cualquier otra maldición borre de nuestras mentes tanto nombre y tanto rostro: ése era John Garfield, que se solidarizó con la República en los años difíciles, ése era Cassen, éste el Julio Peña de aquel Sierra de Teruel de Malrraux y Max Aub; E G Robinson, J Lee Thompson, James Cagney, Sterling Hayden, Burt Lancaster, Lina Canalejas, Amparo Rivelles, Ana Mariscal, Margarita Andrey…; antes de que la artritis o cualquier otra maldición nos condene definitivamente al destierro de una silla que no abandonaremos hasta dejar definitivamente este mundo. Antes de que las crueles aguas del olvido derriben el edificio de la Memoria Histórica y arrasen también de la memoria de estos pueblos los nombres de los millares de fusilados por defender los valores republicanos, los colores de nuestra viejas banderas y los nombres de los héroes del pasado.

Volver a la calle una vez más a condenar los 40 años de la presencia marroquí en el Sáhara y la presencia de Israel en tierras palestinas, apoyar todas las causas justas, sin olvidar decirle a ella que, aunque ya nuestros cuerpos no sean los de ayer, aunque éstos ya no sean los bellos edificios de hace cincuenta años, la sigues amando, sigues necesitándola para no hundirte en la nada. Sigues recordando aquellas terrazas de los años sesenta donde acudíais los dos en las tardes de verano para bailar a los ritmos de Glenn Miller y Pérez Prado, mientras, sobre la mesa, se fundían los hielos que enfriaban la sangría en el interior de una jarra de cristal. Sigues recordándola, joven, hermosa, a pesar de aquella vieja cicatriz en vuestra relación; aquella antigua infidelidad ya perdonada, pero jamás olvidada.

memo24Aún sentir en la punta de la lengua el impacto de los copos de nieve, como cuando éramos niños y volábamos hacia el colegio, envueltos en la ventisca. Volver a salir para condenar el asesinato ayer de los 43 de Ayotzinapa, condenar el degüello de otro periodista, condenar el asesinato de otra mujer por su expareja, el asesinato encubierto por el Estado de esa mujer que ayer se arrojó al vacío, antes de ser desahuciada, los despidos aquí y allá, la corrupción, la brutal indiferencia de determinada clase política ante las penurias de tantas familias, la feroz competitividad y la manifiesta crueldad de estos tiempos para con los más débiles.

Escuchar una vez más en YouTube las baladas antifascistas en las voces de Woody Guthrie y Pete Seeger. Escuchar otra vez Yo pisaré las calles nuevamente en la voz de Pablo Milanés. Volver a escuchar una vez más la hermosa Balada de Sacco y Vanzetti en la voz de Leonard Cohen. Escuchar otra vez Al alba, las voces de J. Cash, Violeta, Chavela Vargas, Mercedes Sosa, Carlos Cano, Víctor Jara; los hermosos temas de Mark Knoffler, Albéniz, Falla, el Concierto de Aranjuez y El cóndor pasa, y Puente sobre aguas turbulentas, y a Silvio, y el sublime tema de Muerte en Venecia de Mahler; Recuerdos de la Alambra, La Internacional, interpretada por los Coros Rusos. ¡Ah!, extinguirse suavemente, envuelto en los hermosos coros de Nabucco, el Imagine de J. Lenon, el bello tema What a wonderful world, en la voz de Louis Armstrong; volver a ver Novecento, y Muerte de un viajante y De aquí a la eternidad, y Surcos y Tristana; de nuevo Matar un ruiseñor, y La jungla de asfalto y La reina de África, y otra vez El sur y El espíritu de la colmena y La caza, El bosque animado, Las uvas de la ira …,y, por enésima vez, ese poema hecho imágenes, en las manos del maestro Kurosawa: Dersu Uzala.

Caminar en la noche bajo el murmullo de la lluvia, tras haber escuchado quizás un concierto en algún lugar, colaborar con alguna organización solidaria, ordenar los libros, la ropa, en un día laborable, sabiendo con certeza que nadie va pegarle una patada a la puerta en mitad de la noche y te va a reventar la cabeza de un tiro.

Callejear una vez más por la ciudad del Acueducto, sintiendo bajo los pies las piedras que un día caminaron, Zuloaga, Machado, Emiliano Barral, Agapito Marazuela, y dejar volar los ojos sobre las crestas de la formidable obra milenaria, sobre las veneradas piedras de la Veracruz y las cúpulas de los templos centenarios. Trepar por la sierpe de la carretera que conduce a Zamarramala para admirar una vez más la magnífica vista de la ciudad, la Sierra cercana, encanecidas sus cumbres con los restos de las nieves del último invierno.

No capitular jamás, ni en el peor momento; no olvidar que somos los hijos de Negrín y de Pasionaria, los que no abandonamos nuestras ciudades para salvarnos y marchar a Méjico, a Inglaterra, a la URSS, a los países de acogida, porque, cuando ya parecía inminente la entrada de los facciosos en las ciudades leales, apenas si nos andábamos a gatas. Aun oír tu nombre en la oscuridad de la noche en la alcoba conyugal, del otro lado de la cama; en la cocina, si te levantaste a tomar un vaso de agua en la alta madrugada: hola, ¿estás ahí?, ¿te pasa algo?

Todavía oír que te llaman padre, abuelo, camarada; saber que tu opinión cuenta en las asambleas, con el solo gesto de levantar una mano. Aún oír el crujido de las hojas muertas bajo tus pies, en los breves paseos por el monte en otoño. Aún sentarte sobre el poyo de la entrada de casa y observar el vuelo de la cigüeña que regresó un año más al nido de la vieja fábrica abandonada.

Y volver a caminar los riscos de la Sierra de Guadarrama bajo sus amados pinos, retratando rocas y vueltas del camino que llevan a ese Peguerinos que antaño cantara Alberti, beber agua de nuevo en la Fuente de los Geólogos, bañar nuestras manos una vez más en aquellas aguas donde, en la infancia, un día capturábamos cangrejos en compañía de madre, en aquel arroyo de Segovia, poco antes de que ella muriera. Todavía sentarnos al borde de cualquier acantilado un amanecer cualquiera y contemplar el maravilloso espectáculo de los pastores del cielo conduciendo los rebaños de estrellas hasta sus majadas, hasta hacerlas desaparecer en los oscuros rediles de la noche que se aleja.

Caminar aún hasta el pinar, hasta el río donde, bien chico, marchabas con el padre, a lomos de la vieja burra parda, para regresar con una buena carga de piñas para el fuego.

Descansar del calor del verano y de la caminata sentados en la penumbra de alguna antigua ermita, alguna iglesia medieval, mientras recuperamos el resuello para seguir el camino.

Aún disfrutar de la precipitada irrupción de una primavera prematura anunciándose en los campos, en los almendros en flor; recibir en el en-la-memoria-angel-escarpa-lqsrostro las primeras manifestaciones del otoño en forma de rachas de viento fresco, celebrar la inminencia del invierno tras los cristales de algún viejo café, mientras la gente pasa delante de sus puertas, a lo suyo, y le pides al camarero una copa o lees en la prensa sobre las intenciones de EE.UU. con respecto a Venezuela, o como 22 millonarios del fútbol se disputaron la pelota entre sí en la pasada jornada. Interesarnos por el conflicto en Siria, en Ucrania.

Antes de que la cruel vulgaridad y la desmemoria se instalen definitivamente en los pueblos, sobre la belleza, sobre el compromiso con las ideas de progreso y de la conservación del Planeta.
Antes de que el silencio caiga sobre esos rimeros de libros, esos álbumes de fotos, estos cuatro trastos inservibles para otras personas que no seamos nosotros; antes de que se cierren irreversiblemente las páginas del libro de nuestras vidas, que quizás nadie volverá a abrir tras nuestra extinción, antes de que cierre el último cine y la última librería, el último teatro.

Y no capitular jamás; como no lo hizo aquel último Presidente del Gobierno republicano. A fin de cuentas, allí donde vayamos, somos los hijos de aquella joven República democrática de trabajadores a los que no pudieron exterminar ni someter, por mucho que se esforzaran en ello unos y otros. No seremos los dignos hijos de los vencedores de todas aquellas batallas del pasado, pero representamos lo más noble, la España indómita, la que aún levanta su puño ante la humillación y el castigo. En nuestros gritos de rebeldía encarnamos lo más nuevo, pero también fieles a la raíz de donde procedemos.

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5 comentarios sobre “Cosecha de 1937

  • el 6 abril, 2015 a las 09:10
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    no te preocupes, jamas capitularemos y hasta nuestro ultimo aliento seguiremos nuestra lucha por la República, Verdad, Justicia y Reparacion, pero hace falta que haya gente que continue el combate cuando nosotros desaparezcamos, pronta Republica

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    • el 6 abril, 2015 a las 14:31
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      Salud, Milagros: En tanto haya personas que piensen como tú, nuestros sueños serán posibles. ¡Viva la República!

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  • el 1 abril, 2015 a las 22:22
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    Querido amigo:
    Ya que cita a la gran película Novecento , de Bertolucci, que tan bien nos muestra la historia del fascismo en Italia, yo quiero reivindicar que se haga algo similar con el franquismo , que material no va a faltar.
    O por ejemplo , una película sobre el cerco a Madrid , de tres años , que llevaron a cabo los franquistas contra el pueblo madrileño , en la línea de las películas como Leningrado.

    En vez de hacer eso ,en España se gastan el dinero en bodrios pseudohistóricos, como el Ministerio del Tiempo.

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    • el 5 abril, 2015 a las 18:09
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      ¿Y qué podemos esperar de este gobierno posfranquista que el personal vota, compañera?
      Un pueblo sin memoria, tiene el gobierno que está pidiendo en las urnas.
      Enhorabuena por su labor de recuperación de la Memoria Histórica. Un abrazo, Cristina

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      • el 6 abril, 2015 a las 19:48
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        Hago lo que puedo , que no es mucho , dado que estoy muy censurada, pero gracias a webs como Lqsomos y otras republicanas , doy a conocer mis artículos.
        Gracias por sus reconocimientos.

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